¿Dónde está Joe Biden? Ventajas y desventajas del candidato demócrata

¿Dónde está Joe Biden? Ventajas y desventajas del candidato demócrata

A seis meses de las elecciones generales en Estados Unidos, los candidatos ya están definidos y la precampaña electoral funciona a toda máquina. En esta crónica, nuestro corresponsal en Nueva York repasa las virtudes y flaquezas del aspirante demócrata, Joe Biden


“Nunca hemos tenido un escenario tan bonito como este, ¿cierto?”, declaró Donald Trump el domingo por la noche. El presidente de Estados Unidos concedía una entrevista a su televisión de cabecera, Fox News, al pie de la estatua de Abraham Lincoln. Sus palabras hacían eco bajo la inmensa cúpula de mármol, en el corazón de Washington. Un monumento al eterno poder de los presidentes.

Mientras, en su casa del estado de Delaware, el demócrata Joe Biden seguía disputando la presidencia desde su sótano. Un hombre sociable y campechano como él, que necesita la ayuda de su nieta para manejar su propio teléfono, condenado a hablar por Skype con las televisiones que de vez en cuando solicitan su presencia. Un candidato encerrado, casi desaparecido del paisaje político estadounidense.

Desde mediados de marzo a mediados de abril, según el portal Axios, Donald Trump ha sido mencionado en televisión el triple de veces que Joe Biden. El republicano ha generado seis veces más tráfico en internet y siete veces más interacciones en las redes sociales, donce acumula 15 veces más seguidores que su rival.

La ausencia de Biden ha puesto nerviosos a los progresistas, que se preguntan, como la autora Elie Mystal, “¿Dónde demonios está Joe Biden? ¿Por qué no está contraprogramando a Donald Trump? ¿Por qué no está cada día en televisión?”.

El motivo más inmediato de esta ausencia es el propio confinamiento. Joe Biden tiene fama de ser un político accesible, de esos que brillan a pie de campaña, estrechando manos y acercando el oído a las preocupaciones de los votantes. Un experto en retail politics. El confinamiento, sin embargo, le ha quitado ese poder. Como un Sansón al que han rapado la melena, Biden hace su campaña desconectado de la gente, del líquido amniótico que lo regenera y le carga las pilas.

El aspirante, además, ha adoptado un mensaje de campaña sobrio y positivo. Ha querido enaltecer su medio siglo de experiencia política y recordar al electorado las pruebas que le ha puesto la vida. En 1972, su mujer y su hija de seis años murieron en un accidente de coche. En 2015, su hijo mayor, Beau Biden, fallecía tras una larga lucha contra un tumor cerebral. La campaña vende a Biden como el hombre curtido, el señor que devolverá la tranquilidad y la decencia al Despacho Oval.

Este relato sentimental y reconfortante, sin embargo, no tiene la garra viral de un buen ataque: el morbo sabroso de la polémica y el bulo, como han sopesado sus propios asesores. “La empatía también es buena para involucrar (al electorado)”, dijo a Politico el director digital de su campaña, Rob Flaherty. “Las madres suburbanas y empáticas de Facebook sobre las que pensamos mucho, esa gente está sedienta del contraste entre la oscuridad de Donald Trump y la bondad de Biden”.

De momento, el vídeo más visto de su campaña ni siquiera tenía como protagonista a Joe Biden, sino a su antiguo jefe: el expresidente de EEUU, Barack Obama. Su expresión de apoyo a Biden tuvo más visionados que cualquier otro anuncio o declaración del candidato.

Un tercer motivo es que Biden no se enfrenta a un político tradicional, sino a Donald Trump: un expresentador de televisión que sabe cómo agarrar por el cuello la atención del público. Cómo agarrarla por el cuello y arrastrarla por los derroteros de la polémica, la división y las llamadas “guerras culturales”.

“¡Liberad Michigan!”, dijo el presidente, en mayúsculas, por Twitter, después de ver a un grupo de manifestantes anti-confinamiento rodear, fusil en ristre, el Capitolio de este estado. El mensaje de Trump, que técnicamente llamaba a la desobediencia civil contra un gobierno estatal, se propagó rápidamente por los medios y redes sociales, absorbiendo todo el oxígeno de la sala.

Cuando la actualidad se le escapa de las manos, llega el golpe, la amenaza, el comentario indignante o desfasado, y los medios acuden como adictos a comprarle el titular al presidente: otra dosis de viralidad para mantener engrasada la caja.

Su campaña, además, ha unificado la estructuras del candidato y del Partido Republicano: todas las fuerzas conservadoras se han puesto bajo un mando único, y su capacidad recaudatoria deja en muy mala posición a la de Biden. Solo en los tres primeros meses de este año, la campaña de Trump ha recaudado 244 millones de dólares. La de Biden, aproximadamente una quinta parte: 57,2 millones.

Hasta aquí todo son ventajas para el presidente. Una serie de bazas, sin olvidar el púlpito presidencial, que no obstante están muy lejos de garantizar su reelección en noviembre. La realidad es esta: desde el principio de la campaña, todas las encuestas han dado como ganador, una y otra vez, a Joe Biden.

El candidato de Delaware goza de los apoyos tradicionales demócratas: el voto urbano, el voto de las minorías, sobre todo la afroamericana, el voto de la mayoría de las mujeres y también de la mayoría de los jóvenes. Probablemente hubiera sido igual con cualquier otro aspirante, pero Biden tiene algo que no tenían ni Barack Obama ni Hillary Clinton: un respaldo mayor entre los votantes blancos.

En 2016, Hillary Clinton recibió el 37% del voto blanco; la intención de voto a favor de Joe Biden, en este grupo demográfico, es del 42%. Una pequeña diferencia que puede serle muy útil en los estados en los que Hillary se quedó a las puertas: Michigan, Wisconsin y Pensilvania.

Hay otro territorio en el que Biden juega con ventaja. En 2016, los votantes que tenían una opinión negativa de ambos candidatos, Clinton y Trump, favorecieron al segundo: el candidato del cambio, el deslenguado héroe de la América interior. Ahora mismo, los votantes descontentos con ambos políticos votarían a Biden en un factor de 6 contra 1.

Todos estos elementos pintan un paisaje peliagudo para Donald Trump: el presidente más impopular de la historia. El único líder estadounidense cuyo índice de aprobación no hay llegado jamás al 50%, y cuya base, por tanto, aunque leal y enérgica y bien repartida, es escasa y en teoría puede ser fácilmente vencida.

Según la media de nueve encuestas elaborada por Real Clear Politics, Biden ganaría a Trump por un margen del 5,3% a nivel nacional. Una diferencia que, según el sondeo de NBC News y The Wall Street Journal, sube al 6% en los 11 estados clave: aquellos que pueden caer de un lado o de otro. Incluso Arizona y Texas, estados tradicionalmente republicanos que en los últimos años (gracias, en parte, a la inmigración) se han ido volviendo demócratas, pueden acabar en el bolsillo de Biden.

Todavía quedan seis meses para las elecciones presidenciales; Joe Biden tiene sus propios problemas, como las acusaciones de acoso sexual por parte de una antigua subordinada suya, Tara Reid, o las maniobras de su hijo, Hunter Biden, que desde hace años se envuelve en el apellido familiar para hacer suculentos negocios.

Aún así, pese a continuar encerrado en el sótano de su casa, la inercia política de fondo parece ayudar a Biden en las encuestas. Convirtiéndolo en la peor pesadilla, con permiso del coronavirus, de Donald Trump.



Se adhiere a los criterios de transparencia de

Archivado en:
Nuestras Historias del Día
Otras noticias destacadas

Añade tu comentario

Necesitas estar loggeado para comentar el post.


Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies