La ciencia de EEUU cierra filas contra Donald Trump

La ciencia contra Donald Trump

La ciencia contra Donald Trump

Los más prestigiosos medios especializados en ciencia han emitido sonoras descalificaciones al presidente de EEUU Donald Trump por desoír los criterios médicos y científicos en su forma de abordar la pandemia de coronavirus. Es el episodio final de una legislatura en la que el inquilino de la Casa Blanca se ha mostrado como una persona claramente anticientífica, amiga de apelar a las emociones antes que atender a datos o evidencias


Argemino Barro | Corresponsal en EEUU
Nueva York | 9 octubre, 2020


En un país polarizado, la mano de la política lo toquetea todo, dejando la forma grasienta de sus huellas dactilares incluso en las superficies más limpias. Los debates se vuelven broncos, algunas amistades se marchitan, las cenas familiares acaban en peleas o silencios incómodos, y no hay campo, de la educación a la religión al periodismo, que salga indemne de la espiral fanatizante y turbia. Una guerra de percepciones que acaba enervando hasta al más racional de los gremios.

“Nunca hemos apoyado a un candidato presidencial en nuestros 175 años de historia, hasta ahora”, dice un editorial de la revista Scientific American, editada por Nature. “La evidencia y la ciencia demuestran que Donald Trump ha dañado gravemente a Estados Unidos y a su gente: porque rechaza la evidencia y la ciencia”.

La publicación incide, sobre todo, en la respuesta del presidente a la pandemia de coronavirus, que califica de “inepta y deshonesta”, y lo acusa de haber provocado un resultado “catastrófico” que podía haber sido, al menos, mitigado. También dice que el presidente “ha atacado las protecciones medioambientales, el cuidado médico y a los investigadores y agencias públicas científicas que ayudan a este país a prepararse para sus más grandes desafíos. Por eso le urgimos”, dice el editorial, rompiendo casi dos siglos de tradición, “a votar por Joe Biden”.

Otras revistas acostumbradas a lidiar únicamente con los números, los experimentos, las comprobaciones y los ensayos revisados por otros compañeros, han dado el salto: también se han manchado, se han quedado cubiertas de las huellas dactilares que Donald Trump va dejando por Estados Unidos.

Pese a representar solo el 4,3% de la población mundial, Estados Unidos acumula más del 20% de las muertes de Covid-19

“Mientras le quitaba importancia al virus ante el público, Trump no se confundió ni se le informó inadecuadamente: mintió de plano, repetidamente, sobre la ciencia, al pueblo estadounidense”, escribe el editor jefe de la revista Science, Holden Thorp, en una dura columna contra el presidente. “Estas mentiras desmoralizaron a la comunidad científica y costaron incontables vidas en los Estados Unidos”.

Dirección irresponsable

El corresponsal en Washington de la revista Nature, Jeff Tollefson, va más allá y dice que el presidente no solo ha “ridiculizado” el uso de las mascarillas y la distancia social, sino que también ha apremiado a la gente a desafiar el confinamiento y “ha minado, suprimido y censurado a los científicos del Gobierno que trabajan para estudiar el virus y reducir su daño”. Entre otras cosas, Trump “ordenó a las agencias que publicaran información errónea, emitieran recomendaciones desaconsejadas y considerasen tratamientos no probados y potencialmente dañinos contra el Covid-19”.

Tollefson cita a expertos a quienes aún les cuesta dar crédito a la gestión del Gobierno, como Jeffrey Shaman, epidemiólogo de la Universidad de Columbia, que dice que esto va más allá de la mera incompetencia. “Esto no solo es ineptitud, es sabotaje. Él ha saboteado los esfuerzos para mantener a la gente segura”, declaró el doctor, con un dato de fondo: pese a representar solo el 4,3% de la población mundial, Estados Unidos acumula más del 20% de las muertes de Covid-19.

De la propia administración Trump han huido asesores que no podían respaldar lo que veían, como Miles Taylor o como la reconocida funcionaria republicana y miembro del grupo especial contra el coronavirus de la Casa Blanca, Olivia Troye. “Le informan, le dicen los hechos, le están diciendo la verdad, le están diciendo las cosas que se tienen que hacer”, dijo Troye acerca de Donald Trump y su gestión del virus, durante una entrevista con NPR, “y es un ambiente muy frustrante en el que trabajar, porque sabes que el mensaje que va a transmitir es contrario a lo que se le acaba de decir”. Según la ex asesora, a Trump solo le preocupaba su reelección.

Crédito: Shutterstock

La lista de revistas científicas no ha terminado. El New England Journal of Medicine (NEJM), considerado por The New York Times como “la publicación médica líder en el mundo”, publicó su columna anti-Trump repitiendo todas estas acusaciones y diciendo que la Casa Blanca “cogió una crisis y la convirtió en una tragedia”. El NEJM tiene más años que Scientific American, 205, y, como Scientific American, esta es la primera vez que hace una declaración política. La revista no ha apoyado técnicamente a Joe Biden, pero sus autores dicen que no hacía falta especificarlo.

Los agravios a la ciencia, según todos estos artículos, van más allá que la respuesta al coronavirus. La pandemia solo habría sido el último y más grave de los muchos golpes atestados por Trump al razonamiento científico, por ejemplo en cuestiones medioambientales.

No es solo el coronavirus

Una de sus primeras medidas como presidente de EEUU fue colocar, al frente de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA), a quien había sido el peor enemigo de esta: Scott Pruitt, ex fiscal general de Oklahoma y lobista de grandes energéticas. Darle el mando del organismo que llevaba años combatiendo, con un total de 14 demandas judiciales, fue como situar al Che Guevara al frente del banco JP Morgan Chase. Pruitt fue rápido en ponerse manos a la obra, anulando las limitaciones a la contaminación que había impuesto la administración anterior. Sin embargo, el aparente abuso del presupuesto público para lujos personales acabó costándole el puesto a Pruitt. Su sucesor, un lobista del carbón llamado Andrew Wheeler, ocupó la dirección en 2018. 

El NEJM tiene más años que Scientific American, 205, y, como Scientific American, esta es la primera vez que hace una declaración política

En estos casi cuatro años, la EPA ha eliminado o reducido casi un centenar de regulaciones ambientales: ha suprimido las multas por contaminar el agua y el aire, las medidas de seguridad para extraer petróleo en el mar o los estándares ecológicos de los vehículos. El número de reglas en vigor, de limitaciones a la contaminación o a los abusos energéticos, está en mínimos desde hace 30 años.

La administración Trump ha completado la agenda aprobando la construcción de varios gasoductos, ampliado los territorios que las madereras pueden explotar y abandonando el Acuerdo Climático de París, firmado por casi todos los países del mundo. Una retirada que está a punto de formalizarse, un día después de las elecciones estadounidenses, por azares del calendario.

Estas medidas pueden haber sentado bien a las grandes petroleras y gasistas, a las madereras, a las carboníferas, a la industria financiera y a cualquier agente económico susceptible de beneficiarse de tener una regulación menos. Pero la comunidad científica volcada en cuestiones de salud pública y cambio climático ha resentido los cambios que Trump ha traído a Estados Unidos, y su rabia, con las elecciones al caer, ha estallado en estos sonoros editoriales nada propios del gremio.

Algunos médicos, como el doctor Christos Argyropoulos, jefe de división de Nefrología en la Universidad de Nuevo México, han protestado contra la toma de posición de estas publicaciones. No porque ellos apoyan a Donald Trump o a sus políticas, sino porque creen que, simplemente, estas columnas airadas no servirán de nada. Salvo para empañar su reputación de cabeceras neutrales.

“Odio tener que darles la noticia, pero para el ciudadano medio el NEJM [New England Journal of Medicine] es una página web muy aburrida con mucho dinero y por tanto menos fiable para el ciudadano medio”, declaró Argyropoulos en Twitter. “Las elecciones son peleas callejeras, no debates de clubes de lectura entre privilegiados”.

Quizás las revistas científicas, en lugar de dejarse arrastrar por el torbellino emocional del trumpismo, honrando al populista, igual que los medios de comunicación, con su odio y su desprecio, deberían de centrar su saber riguroso en analizar un problema acuciante: la relación de Donald Trump con la realidad.

Hay distintas maneras de verlo. Una, la manera evidente, comprobable, periodística. El hecho de que Donald Trump, según el departamento de verificación del Washington Post, miente más que nunca. El presidente habría pasado de decir una media de 13 falsedades diarias al principio de su administración, a 23 falsedades diarias en la actualidad. Esto son 14.000 falsedades en poco más de un año. Un año de pandemia.

El veredicto periodístico, no solo del Post, sino también de Politifact o Factcheck.org, es ese: que no ha habido líder político en la historia contemporánea que mienta o tergiverse al ritmo de Donald Trump. Barack Obama, George Bush o Bill Clinton hicieron de las suyas. Todos tienen más de una mancha en el currículum, algunas grandes e imborrables. Pero ninguno se acerca a las cumbres, o los abismos, alcanzados por el actual presidente.

En estos casi cuatro años, la EPA ha eliminado o reducido casi un centenar de regulaciones ambientales

Otra manera de verlo, como hacen algunos de sus aliados, es desde la amoralidad, y dice así: Donald Trump está dispuesto a sacrificar la veracidad en nombre de la persuasión. Su objetivo no es describir el mundo, como si fuese un científico o un periodista. Su objetivo es cambiarlo. Y para ello toma atajos constantemente. Como necesita vencer a sus enemigos, los insulta y los calumnia con las ocurrencias más salvajes. Con los amigos hace lo mismo pero a la inversa, y, cuando pone su vista en un proyecto, por ejemplo limitar la inmigración ilegal, no recurre a medidas racionales y verificadas que puedan tener un impacto razonablemente exitoso, sino que inicia una ofensiva emocional para mover las conciencias. Una campaña en la que no se ahorra exageraciones o falsedades, con tal de ganar el apoyo que necesita. Por ejemplo, ese muro con México, técnicamente irrealizable, pero que le permitió conquistar la atención, el amor y el odio, de Estados Unidos, y capitalizarlo hasta situarse en la Casa Blanca.

Lo que contaría para Donald Trump no sería el análisis frío, sino el fogoso voluntarismo. La obcecación pura y dura. Él no permite que el mundo le ponga límites, sino que es él quien le pone límites al mundo: quien lo moldea y lo reconstruye a su gusto. Incluso al coronavirus. Un día sabemos que se ha contagiado, al día siguiente ingresa en el hospital y tres días después ya está bajando del helicóptero en los jardines de la Casa Blanca, subiendo las escaleras y quitándose la mascarilla ante las audiencias planetarias. “¡No dejéis que el virus domine vuestras vidas!”, apremia a sus conciudadanos, como si dijera: es solo una cuestión de voluntad. Miradme a mí. Estoy tres días descansando y ahora no me hace falta ni llevar un pedazo de tela en la cara.

Esta es una perspectiva que Trump aprendió de Norman Vincent Peale, autor del famoso libro El poder del pensamiento positivo e influyente predicador a cuyas misas acudían los Trump en los años cincuenta y sesenta: para conseguir algo solo tienes que desearlo con todas tus fuerzas, decía Peale. Trump tomó nota y es verdad que a veces le funciona, y gana, por ejemplo, unas elecciones presidenciales contra todo pronóstico. Pero otras veces no, y se hunde, junto con el país que dirige, en una crisis sanitaria que de momento ha matado a más de 213.000 norteamericanos.



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