Protestas raciales en Brooklyn: una noche de ruido y furia - EL ÁGORA DIARIO

Protestas raciales en Brooklyn: una noche de ruido y furia

Nuestro corresponsal en Nueva York, Argemino Barro, nos traslada a una noche de protestas en el barrio de Brooklyn, donde manifestantes y policías se enfrentan en las calles. La violencia y la ira se han instalado en el corazón de Estados Unidos


La acción sucede bajo los helicópteros, entre las avenidas Bedford y Church. La temperatura es perfecta, las calles son anchas como pistas de atletismo y la energía también es la adecuada: los presentes van a purgar once semanas de frustración y confinamiento. El verano ya está aquí, el Verano de la Ira.

Hands up, don’t shoot!”, “Hands up, don’t shoot!”, corean los manifestantes. Decenas de policías forman un pasillo humano en la avenida Bedford. Los hay de todos los colores, tallas y formas. Policías latinas de treinta años, policías negros de cuarenta, policías blancos de pelo gris. Y todo el mundo está tenso, como si dos fuerzas tirasen de cada uno de nosotros: la excitación por un lado y el miedo por otro, un tira y afloja en nuestros nervios.

Manifestantes protestan en Nueva York. | EFE/EPA/JUSTIN LANE

A estas horas las protestas sacuden 75 ciudades de Estados Unidos. Los manifestantes denuncian la violencia policial y su sesgo racista, personificado, por enésima vez, en el caso de George Floyd: el afroamericano que suplicó por su vida al agente blanco que le presionaba el cuello. Floyd, sospechoso de haberle colocado un billete falso de 20 dólares a un tendero, acabó perdiendo el conocimiento y falleció camino del hospital. El policía, Derek Chauvin, le clavó la rodilla en el cuello durante nueve minutos, los últimos de los cuales Floyd estuvo inconsciente.

Un todoterreno de la policía está chamuscado y con las ventanas rotas. Alguien le ha colocado un cartel que dice: “Sin justicia no hay paz”. Varios manifestantes se acercan para sacarse una foto haciendo el signo de la victoria. El olor a quemado llena el aire. Un poco más adelante hay un autobús con cuatro manifestantes encima, azuzando a la masa que desde abajo los aplaude.

Un proyectil se eleva en la noche, blando y reluciente, elevado con tiento: como quien le lanza una pelota a un niño. Es un globo sonda. Un primer contacto con el enemigo, a ver qué hace. El proyectil, que refleja las luces de una gasolinera cercana, da en el blanco: el casco de un policía. Es una botella de plástico llena de agua. El policía no reacciona.

Protestas en Nueva York. | EFE/EPA/JUSTIN LANE

Del tumulto sale una mujer joven y se pone a gritarme. “¡Tienes que poner tu cuerpo en primera línea!”, me dice. “¡No saques fotos, ponte en primera línea!”. Está muy alterada y me chilla como si fuera mi sargento en una emboscada, como si Charlie nos disparase desde la selva vietnamita. “Soy periodista”, le digo.

Las manifestaciones empiezan por el día y son pacíficas. Junto a los activistas hay algunas familias y gente paseando al perro. Luego, por la noche, salen los lobos. Decenas y decenas de negocios han ardido en Mineápolis. Tiendas, restaurantes, gasolineras, grandes almacenes. En Nashville, Tennesse, los encapuchados han prendido fuego momentáneamente al ayuntamiento. Los Ángeles revive la sublevación de 1992. En Raleigh, Carolina del Norte, han quemado un periódico. “Estoy desconsolada. Somos un periódico progresista”, dijo una de las redactoras, como si esperase que los violentos hicieran una cuidadosa selección antes de lanzar piedras.

Un segundo proyectil cruza el aire, más rápido, recto como un aguijonazo. Esta vez es una botella de cristal que también da en un casco. Si llega a caer dos metros antes, le hubiera abierto la cabeza a un civil. Pero da en un policía. El hombre hace amago de romperle el cráneo a alguien y todos nos movemos con la rapidez de un banco de peces.

Un policía usa el gas pimienta en una carga policial. | EFE/EPA/KEVIN HAGEN

Los policías arrastran por la avenida a un joven esposado, con la cara inflada a golpes. La multitud abuchea a los agentes y la energía vuelve a fluctuar de la excitación al miedo, del miedo a la excitación. Dos jóvenes salen de la masa con la cara brillante y los ojos cerrados. Los han rociado con spray de pimienta y no ven nada. Alguien les da una botella de agua que se derraman por encima. Luego se aplican lo que funciona mejor, un galón de leche.

Back up, back up, back up!”, grita alguien, y salimos corriendo al unísono por la avenida. Es como si todos compartiéramos la misma fiebre, el mismo sistema nervioso. Pero es una falsa alarma. Volvemos al cruce, donde la policía.

Los alcaldes y gobernadores condenan los disturbios: gente que no tienen nada que ver con la brutalidad policial ni con el racismo está perdiendo sus negocios, sus coches, sus propiedades. Va a costar un dineral reparar los daños, por no hablar de las secuelas físicas de los heridos, tanto policías como activistas.

Los encapuchados tienen otros objetivos. Unos saquean por codicia y oportunismo, otros por rabia y otros por estrategia: piensan que destrozar el orden público es la única forma de atraer a las cámaras de televisión y de poner el foco en sus reivindicaciones. La CNN no va a marchas pacíficas. Son las llamas y los arrestados quienes abren los informativos.

Saqueo en una tienda de moda en Nueva York. | EFE/EPA/JUSTIN LANE

La excitación y el miedo luchan en nuestros corazones. En realidad, esto es como un juego. Somos dos equipos intentando sacar de quicio al contrario. Es un asedio, una guerra de desgaste. Pierde el primero que ondee la bandera blanca y se marche a su casa.

Por el otro lado de la avenida aparecen cuatro todoterrenos más y dos coches de la policía secreta. Los agentes bajan con parsimonia. “Bob, los escudos”, dice uno, y Bob saca los escudos transparentes de la parte de atrás. Las hileras de policías se vuelven más gruesas. Vuela otra botella. Los policías toman posiciones. Uno puede notar cómo su moral crece en la noche. Corre el rumor de que van a cargar.

Una joven latina de pelo muy largo se acerca a uno de los todoterrenos que acaban de llegar, saca un palo de medio metro y se pone a golpear una de sus ventanas. No debe de tener más de veinte años. Parece que está comprobando si hay alguien dentro del coche, si se le puede tirar, como al otro, un cóctel molotov.

La hora se acerca. Un policía, desde lejos, ve a la joven golpeando el coche. Este va a ser el detonante, pienso, cuando de repente suena una explosión. Debe de ser un cohete de fuegos artificiales estallado en tierra, en las narices de los agentes, porque de la bomba de humo salen chispazos azules a muchos metros de altura. Ahora sí. La policía carga con sus porras y escudos y la marabunta corre en dirección a Flatbush.

La avenida Church se llama así porque se concentran en ella muchas iglesias, y es delante de una iglesia donde la policía acorrala a un puñado de manifestantes. Uno de los agentes se adelanta a los demás haciendo una especie de baile, amagando, amagando, hasta que le estampa la porra en las costillas a un joven.

Es el momento de marcharse. Por el camino me topo con una docena de agentes de paisano que parecen gladiadores saliendo a la arena, con la cara roja y las venas del cuello infladas. Estamos en otro cruce, y los conductores, detenidos y con las ventanas abiertas, serían los espectadores que miran desde las gradas. Minutos después el eco de los disparos de las balas de goma resuena por el vecindario.


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