La rendición demócrata: cómo la izquierda le allanó el camino a Donald Trump - EL ÁGORA DIARIO

La rendición demócrata: cómo la izquierda le allanó el camino a Donald Trump

La rendición demócrata: cómo la izquierda le allanó el camino a Donald Trump

Nuestro corresponsal en Nueva York Argemino Barro hace un brillante análisis sobre la evolución ideológica y dialéctica entre demócratas y republicanos en Estados Unidos que ha llevado a llevado a la clase obrera a alejarse de la izquierda


Argemino Barro
Nueva York | 24 julio, 2020


Hace cuatro años una fiebre recorrió parte de Estados Unidos. Al principio lo hizo de forma silenciosa, pero luego comenzó a reflejarse en las encuestas. Los entendidos le quitaron importancia. “Va en cabeza de los sondeos porque es un nombre reconocible”, dijeron los politólogos. “En cuanto avancen las primarias, se desinflará”. Pero las primarias avanzaron y el nombre seguía bien alto. Cuando llegó noviembre, la fiebre era incontenible y ese nombre ganaba las elecciones.

Esta historia se ha contado muchas veces: la historia de cómo Donald Trump convenció, o inspiró, o se cameló, a la clase obrera blanca del interior de Estados Unidos. Y se contará muchas veces más. Es una gran historia. Lo que queremos referir aquí, en cambio, es su reverso: no cómo el Partido Republicano acabó siendo un partido obrero. Sino cómo los demócratas, tradicionales defensores de la clase proletaria, se han alejado de ella.

Las piezas de este puzzle no encajan perfectamente, sino que se solapan y crean formas incómodas. No todos estos votantes se han mudado de partido, ni los demócratas han abandonado cada uno de sus lazos tradicionales. La victoria de Trump, si bien histórica por su naturaleza populista, no fue debido a un Tsunami de votos, sino que se zanjó por un margen finísimo de papeletas en tres estados. Aún así, la obrerización de la derecha es una realidad palpable, un trasvase histórico de fuerzas reflejado por dos baremos: los ingresos y la educación.

El proceso por el que muchos de estos votantes han pivotado de un partido a otro no se debe al vudú de Trump; ha sido más bien una larga marcha. La primera señal de cambio se vio en 1992. Cuando George Bush padre se enfrentó a Bill Clinton, el voto de los condados más pobres del país ya estaba igualmente repartido, con una ligera ventaja para los republicanos. Cuatro años más tarde, en 1996, las proporciones se mantuvieron. En el año 2000, la ventaja republicana en estas regiones humildes creció todavía más, volvió a subir en 2004 y en 2016 era clamorosa. Con Donald Trump, los conservadores obtuvieron casi el doble de votos en el 10% de los condados más pobres que en el 10% de los condados más ricos de Estados Unidos.

El presidente Donald Trump regresa al despacho oval tras una rueda de prensa en el jardín de la Casa Blanca, el 14 de julio de 2020. | EFE/EPA/TASOS KATOPODIS / POOL

La divergencia también se da en el Congreso, y con mayor rapidez. En 2008, el PIB medio de cada distrito demócrata, representado con un escaño en el parlamento, era de 35.700 millones de dólares; una década más tarde había subido a 48.500 millones. Al otro lado de la bancada se dio el fenómeno opuesto. La riqueza media del escaño conservador se redujo, en 2018, a 32.500 millones de dólares.

El otro gran medidor, la educación, refleja la misma tendencia. En 1994, la mayoría de los norteamericanos que habían ido a la universidad votaban republicano. En 2018, su proporción había bajado hasta el 37%. Los demócratas, aún aglutinando el apoyo de las minorías, que suelen disfrutar de menores ingresos y oportunidades educativas, se han convertido en el partido de los estudios y la meritocracia: el partido de las élites profesionales.

Si nos fijamos solo en la clase obrera blanca, mayoritaria en los estados rurales y del interior, la diferencia es abrumadora. En 2016, Donald Trump recibió más del doble de votos que Hillary Clinton en este segmento de población, que suma el 44% del electorado.

Una evolución curiosa, dado que los republicanos siguen presentándose a día de hoy como el partido de las finanzas, el libre mercado, la austeridad fiscal y los aumentos del gasto militar. Son el “Viejo Gran Partido” de los privilegios y el orden y las reuniones en el club de campo. Reuniones a las que un Joe, con su camioneta y su trapo saliendo del mono azul, su pésimo seguro médico y su casita de las afueras pagada a plazos, no suele estar invitado.

Han sido muchos los pensadores que han analizado, o incluso pronosticado, este proceso político. Uno de los más afilados fue Richard Rorty, que en 1998 predijo cómo la clase obrera del interior, diezmados sus salarios y exportados sus empleos, perdería la fe en el sistema y votaría a un “hombre fuerte”. Rorty hablaba de cómo una izquierda “espectadora, asqueada, burlona” alienaría a parte de sus votantes y abriría el camino a la demagogia.

El último de las luminarias que ha dejado mella en este debate es Mark Lilla, historiador de las ideas y profesor de la Universidad de Columbia. Cuando uno lee a Lilla, se lo imagina mirando por la ventana un día lluvioso, contemplando cómo la izquierda, a la que él dice pertenecer, se hunde en el agujero del identitarismo: la nueva religión de la experiencia personal, el género, la raza, la orientación sexual y todo aquello que nos pueda diferenciar a unos de otros, como pequeñas barreras en las que se pone toda la energía. Una deriva narcisista, dice Lilla, que ha tribalizado el progresismo y expulsado a quien solía ser uno de sus pilares más firmes: Joe. El trabajador, de cualquier género o raza, que se enjuga la frente con un trapo después de un día duro y que no sabe lo que significa “cishomonormativo”.

En su libro El regreso liberal: Más allá de la política de la identidad, de 2017, Lilla identifica los dos grandes ciclos políticos del último siglo en Estados Unidos. Ciclos que abarcan dos o tres generaciones y que son activados cuando se produce la magia, un gran encaje, una alineación de los planetas. Ciclos que empiezan cuando alguien logra entender el espíritu de la época y aportarle el proyecto adecuado: medidas que funcionen y, al mismo tiempo, una retórica inspiradora, capaz de atrapar la imaginación de los norteamericanos y de mostrarles un futuro promisorio.

Esta magia se produjo con la elección de Franklin D. Roosevelt en 1932. El país estaba en ruinas. La Gran Depresión había volatilizado la clase media, los trabajadores se empleaban a cambio de un plato de sopa y millones de familias desahuciadas se arremolinaban en campamentos improvisados junto a las carreteras. El PIB se había desplomado a la mitad y la economía era un cuerpo sin vida. El entonces gobernador de Nueva York, demócrata de una familia acaudalada, se ganó el despacho oval con la agenda política más ambiciosa y relevante de la historia de Estados Unidos.

En sus primeros 100 días de gestión, Roosevelt creó de su puño una miríada de agencias oficiales, pequeños subgobiernos encargados de reconstruir el país como quien funda uno nuevo. La administración Roosevelt creó la seguridad social y el seguro de paro, reformó la política monetaria y las finanzas, acabó con la Ley Seca y llevó las infraestructuras al campo. En unos pocos años construyó un millón de kilómetros de carreteras, 78.000 puentes y 125.000 edificios estatales, además de canales, presas, vías de tren y todo tipo de servicios públicos que todavía, más de 80 años después, siguen vigentes.

Norteamérica se transformó en un hormiguero. Los obreros se comían su bocadillo sentados en las vigas de los rascacielos y los granjeros llevaban sus barreños de leche por carreteras recién asfaltadas. El símbolo del New Deal era un apretón de manos: un país que colaboraba, hombro con hombro, con planos desplegados sobre las paredes y un lapicero detrás de la oreja.

Almuerzo sobre un rascacielos. 1932. Edificio RCA. Archivo Acme Newspictures

Todas las tareas, coordinadas por un estado casi soviético, eran destiladas en pequeños relatos que contaba el presidente después de cenar, en la radio. Sus “Charlas junto al fuego” explicaban, en lenguaje sencillo, los mecanismos del sistema bancario, los defectos de la política monetaria o las bendiciones que traería la construcción de una presa o una nueva línea de metro. Su primera retransmisión fue escuchada por 60 millones de estadounidenses: la mitad de la población del país. La administración Roosevelt acercó el Gobierno al pueblo y fue la primera en establecer las ruedas de prensa.

Imagen de una grabación de ‘The Fireside Chats’ del presidente Roosevelt. 1937. The White House Historical Association

El esfuerzo se prolongó durante la Segunda Guerra Mundial. La producción masiva de aviones, tanques, barcos de guerra, vehículos y municiones acabó con lo que quedaba de paro y en 1944 las fábricas americanas generaban la mitad del material bélico del mundo.

La magia de la época fue mucho más allá de la vida de Roosevelt, que falleció en 1945 después de ser reelegido, con holgura, por cuarta vez consecutiva. Su visión había quedado enraizada en la burocracia y en las fantasías de los ciudadanos. De los 48 años que separan la elección de Roosevelt de la de Ronald Reagan, en 1980, 32 fueron presididos por un demócrata. Incluso los presidentes republicanos, Dwight Eisenhower y Richard Nixon, aprobaron sustanciosos planes sociales y ayudas públicas, en línea con el espíritu del New Deal.

Pero ninguna época es eterna, dice Mark Lilla, y el esplendor de estos días de progresismo, que trajo los programas de la Gran Sociedad de Lyndon Johnson y el final de la segregación racial en el Sur, estaba condenado a apagarse. “Cada catecismo tiende, con el tiempo, a volverse rígido y formulario”, escribe el historiador, “hasta que en un momento dado se despega de la realidad social”.

Los años setenta presentaban un paisaje decaído y gris. El orgullo americano había sido herido en Vietnam, la droga y el crimen dominaban las calles, las ciudades lidiaban con la bancarrota y los servicios sociales se caían a pedazos. La sonrisa de Carter no era la de Kennedy; la sociedad no estaba para nuevas fronteras ni utopías colectivistas; se había cansado de esta retórica.

John F. Kennedy.

La prosperidad de la era socialdemócrata, además, había colocado algunas minas que estaban a punto de estallar. El aumento del nivel de vida, la proliferación de electrodomésticos y la revolución sexual de los años sesenta minaron el núcleo familiar. Ya no hacía falta vivir en comunidad para salir adelante. Los hombres y mujeres podían casarse más tarde, controlar su natalidad, divorciarse rápido y tener una vida cómoda y libre sin necesidad de lazos sociales.

En otras palabras: se habían preparado las bases materiales y mentales para una nueva era. La era del individualismo.

Agotado el ciclo, tocaba iniciar uno nuevo. La magia volvió a aflorar en la figura de Ronald Reagan. El exactor y gobernador de California dio carta blanca a sus compatriotas para volver a ser luchadores independientes, como los pioneros que habían fundado este país sin ayuda de nadie. Ahora el estado era el enemigo, con su torpe, malvada, interminable burocracia. Nadie lo dejó tan claro como el propio Reagan. “El Gobierno no es la solución a nuestros problemas”, declaró. “El Gobierno es el problema”.

La visión de Reagan, escribe Lilla, “convenció a los americanos de que la felicidad de la edad de oro seguía estando al alcance, más allá de la siguiente colina, si la bondad y las energías creativas del país pudieran ser desatadas”. La era de los lobos de Wall Street, el gasto militar y la decencia individualista de las familias que daban las gracias a Dios antes de cenar, había quedado inaugurada.

La década siguiente pareció confirmar las intuiciones del presidente. La Unión Soviética, incapaz de seguir el acelerón presupuestario de su rival, acabó tirando la toalla. El frío mercado se extendió por el mundo; cientos de millones de personas se unieron a él, desde los arrabales de Gdansk o Bucarest hasta los de las naciones emergentes de Asia y América Latina. Incluso el Partido Comunista Chino, que seguía en pie, abrazó su propia versión de capitalismo.

Cuando, 12 años después, otro demócrata se instaló en la Casa Blanca, las reglas del juego habían cambiado. Bill y Hillary Clinton representaban otro tipo de progresismo. Las fábricas que bombeaban el acero, los barcos y los coches Made in America, la trama social de los sindicatos y el músculo manufacturero, habían entrado en decadencia. El mundo era un lugar mucho más competitivo, un mercado global donde Joe, por primera vez, había de medirse con la mano de obra barata de China y Europa del este.

Bill y Hillary Clinton en 2005. | Foto: Anthony Correia

El progresismo abrazó el credo de la productividad y el comercio y los Clinton se mezclaron con la casta meritocrática de las ciudades. Los expertos que, como ellos, habían estudiado en Yale o en Harvard y que prosperaban en las finanzas, la tecnología o las empresas mediáticas. No había grandes motivos para mirar hacia el interior, hacia esos estados que habían iniciado ya su lento declive.

Aquí se empieza a notar la brecha que cristalizaría, con todo su dramatismo, en 2016, cuando las ciudades y el campo votaron como dos bloques de cemento: dos equipos tan dispares como dos países distintos.

Uno de los grandes focos de poder de los progresistas eran las universidades. Aquellos pensadores que fueron derrotados por la ola de reaganismo se habían refugiado en los campus. Allí pudieron proyectar su idealismo y sus planes para un mundo mejor. Algún día volverían a mandar; hasta entonces transmitirían a las nuevas generaciones las esencias más puras de la igualdad; describirían para ellas una Arcadia del progreso y formarían escuadrones de guerreros sociales.

Según Lilla, la izquierda desarrolló su propio romanticismo, un culto a la protesta, a la lucha por los derechos civiles, a la expresión y a la narrativa. La “política de movimiento” se llevó toda la atención y la “política electoral”, la minuciosa, paciente, oscura y muchas veces anónima tarea de colocar a tus candidatos en alcaldías, consejos, congresos estatales y judicaturas, acabó siendo abandonada. El ruido del idealismo llenaba las portadas y las noticias en prime time y trataba de mover las conciencias. Pero luego, sin políticos electos que aplicasen los cambios, estos se hacían espuma contra las rocas.

Estudiantes en el campus de la Universidad de Yale.

El espíritu de la época seguía siendo el individualismo, y hacia allí se canalizaron, también, las energías de la izquierda. Si los conservadores practicaban su versión individualista del empresario, los bajos impuestos, la épica el hombre solo ante el peligro, sin las muletas del “papá estado”, los progresistas se obsesionaron con las minorías y las identidades. La retórica de la igualdad racial, en lugar de basarse en elementos comunes y colectivos, en la estela de Martin Luther King y su apelación a los valores americanos, se volvió hacia dentro: hacia la experiencia personal. La historia de cada uno de los oprimidos se convirtió en el nuevo testamento, un evangelio que no permitía la crítica ni el debate, y sobre el que se edificó una nueva escolástica: términos como “interseccional”, “cisgénero” o “no binario” salían de las universidades como un instrumento de poder, un arcano accesibles a los iniciados.

“La paradoja del progresismo identitario es que paraliza la capacidad de pensar y actuar de una manera que pueda realmente conseguir las cosas que dice querer”, escribe Lilla. “Está hipnotizado por los símbolos: conseguir una diversidad superficial en las organizaciones, reescribir la historia para centrarla en grupos marginales y muchas veces minúsculos, fraguar eufemismos inofensivos para describir la realidad social, proteger ojos y oídos jóvenes, acostumbrados a las películas de terror, de cualquier encuentro con perturbadores puntos de vista alternativos. El progresismo identitario ha dejado de ser un proyecto político y ha mutado en uno evangélico”.

“La diferencia es esta”, remata Lilla: “El evangelismo va de decirle la verdad al poder. La política va de obtener el poder para defender la verdad”.

La retórica woke se habría sumado a las fuerzas económicas para dividir aún más al país, como si a los efectos de la globalización se uniese la virulencia de la “guerra cultural”. Una lucha de prejuicios en el fango, azuzada por demagogias opuestas.

Discurso de Barak Obama en la Universidad de Kansas en 2015. | Foto: David Peterlin

La victoria de Barack Obama se dio en un paisaje, todavía, relativamente estable, con el voto diseminado en manchas rojas y azules que se mezclaban dentro de cada región. Sus planes y palabras acarrearon papeletas en un buen número de condados rurales. Diez años después, en cambio, el panorama era otro. En 2008, la mayoría demócrata en el Congreso representaba el 39% del territorio estadounidense. En 2018 su mayoría solo hablaba por un exiguo 20%: se había replegado, más que nunca, a las ciudades costeras.

El enrocamiento de la izquierda en sus bastiones ricos y multiculturales dejó que las regiones internas de Estados Unidos quedasen desatendidas, a merced casi completa de los republicanos. Mientras los demócratas se centraban en dominar los medios nacionales y en conquistar o preservar la Casa Blanca, los conservadores invertían en pequeñas radios locales, donaban dinero a las universidades de provincia, formaban think tanks, elegían jueces y gobernadores y excitaban los miedos de la clase rural y obrera. El llamado fly-over country, esa mancha de tierra atrasada y hostil que perciben los urbanitas cuando vuelan entre Nueva York y Los Ángeles, fue presa de los Ross Limbaugh y los Glenn Beck y los Newt Gingrich.

El pobre Joe, que ya llevaba dos décadas sintiéndose abandonado por quienes se supone que defendían sus intereses de clase obrera, no podía aguantar más. Y bajó la guardia. Las emociones tomaron el control y despejaron el camino, abriendo un espacio por el que Donald Trump marcó su gol de 2016.

Mitin de Joe Biden en Philadelphia en 2019. | Foto: Matt Smith

Han pasado cuatro años desde que la fiebre arrasara a Joe. El polvo del impacto sigue llenando el aire, y el Partido Demócrata parece tener tres niveles: un extremo socialista, más preocupado por la lucha de clases que por las identidades, consolidado bajo el liderazgo de Bernie Sanders y de estrellas ascendentes como la congresista Alexandria Ocasio-Cortez; el establishment de campaña, con un Joe Biden que prefiere no meter los pies en la guerra cultural y se dedica a seducir de nuevo a los condados fabriles. Y una vertiente identitaria que se expande hacia el mundo mediático y empresarial, a medida que van saliendo nuevas hornadas de licenciados, y que domina las lentes magnificadoras de las redes sociales.

Mark Lilla, firmante de la carta de Harper’s en defensa de la libertad de disentir, se preguntaba en 2017 si Trump no sería el síntoma de que el ciclo reganiano estaría llegando a su fin. El último coletazo, en forma de farsa, de una etapa histórica. La señal para que los progresistas ofrezcan de nuevo un plan y un relato cautivador, que amalgame a la nación, como hizo Roosevelt, y desencadene tres o cuatro décadas de políticas más comunitarias. En una reciente conversación (8), reconoció no ser demasiado optimista.


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