Trump y el cambio climático: otro mensaje electoral - EL ÁGORA DIARIO

Trump y el cambio climático: otro mensaje electoral

Los cruentos incendios que están arrasando California a causa de la sequía extrema y las altas temperaturas ponen a Estados Unidos cara a cara con las consecuencias del cambio climático, una realidad que el presidente Donald Trump se empeña en ignorar siguiendo motivos electoralistas. Nuestro corresponsal en Nueva York, Argemino Barro, analiza cómo el sesgo partidista influye en la preocupación climática del país


La escena se dio en un hangar cerca de Sacramento, en California. El avión oficial del presidente de Estados Unidos, el Air Force One, aterrizó en la solitaria pista, donde no le esperaba ninguna delegación. Fue el primer gesto del encuentro: dejar que el presidente Donald Trump llegase como un cualquiera, sin comité de bienvenida. Pero Trump devolvió el favor: a diferencia de los californianos que lo aguardaban dentro del hangar, no se puso mascarilla y se atrevió a contradecir las explicaciones de estos.

“Empezará a hacer frío, ya lo verás”, dijo Donald Trump a Wade Crowfoot, secretario californiano de recursos naturales, que acababa de mencionar el cambio climático como principal responsable de los incendios que arrasan la Costa Oeste. “Desearía que la ciencia estuviera de acuerdo con usted”, respondió Crowfoot. “No creo que la ciencia lo sepa, la verdad”, dijo Trump.

Y así transcurrió la reunión de unas dos horas, en una danza y contradanza, como si Trump y el gobernador de California, el demócrata Gavin Newsom, fueran bailarines actuando para sus respectivos públicos: los dos cordiales, y, al mismo tiempo, lanzándose dardos. Se trataba de las dos Américas frente a frente. Por un lado la costera, próspera y progresista, adherida a la ciencia del cambio climático y a los límites a las energías contaminantes; por otro, la América del interior, rural y conservadora, escéptica del clima y partidaria de liberar las fuerzas de las corporaciones estadounidenses.

El Air Force One aterriza en el aeropuerto de Sacramento, sin ninguna representación oficial esperando al presidente. | Foto: EFE/EPA/JOHN G. MABANGLO

Mientras, California ha perdido un equivalente en bosque al estado de Connecticut. La masa de contaminación y humo no solo ha emponzoñado el aire de Los Ángeles, San Francisco, Portland o Seattle; el viento ha arrastrado esa lengua gris y pastosa por todo el territorio de Estados Unidos, 5.000 kilómetros, hasta nublar los cielos de Nueva York y Washington DC.

A menos de cincuenta días de las elecciones presidenciales y a seis o siete puntos de su rival en las encuestas, Donald Trump no puede permitirse malgastar ni un cartucho, y ha podido utilizar la reunión de California para reforzar su mensaje. Negar el cambio climático es una manera de apoyar a las grandes industrias frente a las regulaciones medioambientales. O, lo que es lo mismo, desde el punto de vista las regiones manufactureras del interior: apoyar el empleo.

En Estados Unidos, la preocupación por el cambio climático tiene un fuerte sesgo partidista. Según una encuesta de Pew Research Center, el 88% de los votantes demócratas consideran el cambio climático una “importante amenaza”: una proporción casi tres veces mayor que entre los votantes republicanos (31%).

Cambio político en Virginia Occidental

La regulación medioambiental puede tener un respaldo mayoritario en las grandes ciudades, con su electorado progresista y su trama económica de servicios y diversificada. Pero en los lugares dependientes de industrias concretas puede ser veneno político. Por ejemplo en estados como Virginia Occidental.

Situada en el corazón de los Montes Apalaches, Virginia Occidental solía ser una fortaleza demócrata. Su abundante clase obrera, que bajaba cada día a las minas o a las fundiciones o a las plantas químicas del estado, defendía los sindicatos y las políticas sociales y solía votar demócrata. En 1992, Bill Clinton ganó allí con una diferencia de 13 puntos sobre George H. W. Bush.

En 2016, sin embargo, la victoria fue republicana. No solo eso: fue el estado de Estados Unidos que dio un mayor respaldo a Donald Trump; más incluso que los conservadores del “cinturón bíblico” sureño. El magnate neoyorquino ganó a Hillary Clinton en Virginia Occidental por una diferencia de 40 puntos.

La razón fundamental de este agresivo vuelco político puede estar en las leyes medioambientales. En el año 2000, el programa ecologista de Al Gore, que hubiera limitado o directamente cerrado buena parte de la industria del carbón, decidió a los habitantes de este estado a votar republicano: una agenda más amigable con los negocios y sobre todo más laxa con la contaminación.

La administración de Barack Obama confirmó los temores del estado. Su gobierno quería limitar un 30% las emisiones de gases contaminantes, lo cual implicaba poner coto a la actividad carbonífera. Entre 2010 y 2016, la producción de carbón de Virginia Occidental cayó un 30% y los empleos mineros un 27%. Cuando llegó la hora de elegir entre Donald Trump y Hillary Clinton, Virginia Occidental ya era el estado más pobre de Estados Unidos, solo por detrás de Misisipi.

El presidente Donald Trump, al que le gusta dar mítines en grandes plantas manufactureras, siderúrgicas, madereras, de reciclaje o en las minas, donde se pone un casco de minero y finge dar unas paladas de tierra, es consciente de esta disyuntiva. Y atacar a los californianos, epítome de esa clase urbanita y viajada contra la que arremete el populismo, o negar el cambio climático por efecto de la actividad humana, es un mensaje coherente con muchos de sus votantes.

Vista del fuego declarado en Shaver Lake en el Sierra National Forest de California en septiembre de 2020. | FOTO: EFE/ Etienne Laurent

El llamado “estado dorado” ha sido usado muchas veces como saco de boxeo por el propio Trump. El presidente se ha alineado con las grandes automovilísticas que luchaban contra los límites contaminantes a los vehículos que quería imponer California, y estos días, como ya ha hecho en otras ocasiones, culpa de los incendios a las políticas forestales del estado. El gobernador Newsom ha tenido que aclarar que, de todas las tierras, solo un 3% son de titularidad californiana; la mayoría, el 57%, las controla el Gobierno de Donald Trump.

Pero el tira y afloja continúa; de todas formas, California es un bastión demócrata. Aunque Trump le falte al respeto y le quite ayudas y se granjee la antipatía de su población, el impacto en sus posibilidades de reelección será nulo. Tal y como está hecho el sistema electoral americano, donde una ligera mayoría decanta todo el estado, Trump no ganará allí haga lo que haga.

El presidente ha expresado a veces estos cálculos electorales de la manera más cruda. El año pasado, un exalto funcionario de la administración Trump, Miles Taylor, que fue jefe de gabinete del Departamento de Interior, dijo que Trump había cortado la ayuda federal a las víctimas de los incendios de California por razones electoralistas. En concreto, porque el estado “no era parte de su base política”, según las palabras que habría dicho el presidente.

En esta ocasión el Fondo de Emergencias de la Casa Blanca sí ha dado ayudas a California, donde unos 17.000 bomberos siguen combatiendo las llamas de una treintena de incendios. Entre 1980 y 1999, el estado registró 43 fuegos. Entre 2000 y 2019, registró 300, y más intensos. Los cinco fuegos más agresivos de la historia de EEUU se han dado en este estado en los últimos tres años.

“Estamos totalmente convencidos de que el calor se está volviendo más caliente y de que la sequía se están volviendo más secas”, declaró el gobernador Newsom. “Algo le ha sucedido a la fontanería del mundo (…). El cambio climático es real y está exacerbando esto”.


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