La dehesa: ejemplo de sostenibilidad para el futuro

La dehesa: ejemplo de sostenibilidad para el futuro

La dehesa: ejemplo de sostenibilidad para el futuro

Estos ancestrales ecosistemas ibéricos ofrecen lecciones de cómo gestionar sistemas agroproductivos, valorando tanto el rendimiento como el balance ambiental


Nicholas Dale
Madrid | 8 abril, 2022


En estos tiempos de crisis climática y fatalismo puede ser difícil de creer, pero existen paisajes hechos por el hombre que, a pesar de ello, son armoniosos con el medio ambiente. En el sur-occidente de la península ibérica, sin ir más lejos, las dehesas ejemplifican una fórmula que permite aprovechar al máximo los recursos a la vez que se protege un delicado balance natural.

Son la respuesta desarrollada a lo largo de generaciones a una serie de características aparentemente desfavorables para la producción -áreas boscosas, con suelos pobres, terrenos ondulados, una considerable fluctuación climática estacional y un generalizado déficit hídrico- que han significado que estas zonas nunca hayan sido explotadas con cultivos de manera tradicional e intensiva. Teniendo esto en cuenta, las dehesas son entornos agroforestales principalmente ganaderos, por lo cual, ahora que se debate acerca del impacto ambiental de las llamadas “macro-granjas” de ganado, pueden aportar algunos secretos tradicionales sobre sostenibilidad y rendimiento. 

A simple vista puede que esto parezca una exageración. Quien las ve en Extremadura, Andalucía o Portugal, donde se concentran la vasta mayoría de los 4,5 millones de hectáreas de dehesas de la península, puede pensar que simplemente se trata de enormes bosques cuidados, salpicados de encinas o alcornoques podados y cerdos ibéricos, vacas o rebaños ovinos pastoreando; una pintoresca y centenaria imagen de la España rural.

vista aérea de una dehesa en Extremadura. | FOTO: Eduardo Estellez
vista aérea de una dehesa en Extremadura. | FOTO: Eduardo Estellez

«La dehesa es fruto de una secular intervención del ser humano sobre el bosque; más que un paisaje silvestre es un sistema del uso del suelo»

No obstante, esa imagen, aunque no está del todo incorrecta, esconde el fino equilibrio sobre el cual prospera el sistema. Ya que por definición es un sistema natural adaptado, se puede afirmar que la dehesa está siempre al borde del abismo. Dejar de podar y regenerar estratégicamente la vegetación la devolvería a su estado original de bosque semi-árido mediterráneo, mientras que la intervención excesiva implicaría que pasaría a ser temporalmente campo de cultivo o pastizales, pues las condiciones rápidamente se deteriorarían y se conllevaría el riesgo, incluso, de la desertificación.

Esta realidad evidencia de manera inequívoca el origen humano de uno de los paisajes ibéricos por excelencia, asegura la profesora Pilar Fernández Rebollo, directora del Departamento de Ingeniería Forestal de la Universidad de Córdoba y experta en las dehesas.

“Es un sistema que fue creando poco a poco el hombre, que sabiamente ha dejado aquellos elementos naturales del bosque de los que puede obtener beneficios. Ha sido un proceso de ajuste del ser humano con la naturaleza para cubrir sus necesidades, que han ido variando también. Ahora ya no necesitamos la leña para calentar los hogares, entonces tiene menor valor; pero al mismo tiempo la bellota se ha valorizado”, afirma la experta.

Considerando lo anterior, Fernández Rebollo prefiere definir la dehesa más que como un paisaje, como un sistema del uso del suelo orientado a la producción combinada y simultánea de ganado y también una producción forestal y otra agrícola.

Cerdos alimentándose en una dehesa extremeña. | FOTO: MAVV
Cerdos alimentándose en una dehesa extremeña. | FOTO: MAVV

Un balance económico y medioambiental

Ahora bien, si se lee a través del lente de la maximización de la producción, el sistema de la dehesa incluye cierta resignación por parte del ganadero que se “conforma” con que su tierra tenga un menor rendimiento por superficie.

Pero esa lectura es simplista, atenta únicamente a los niveles de producción de un producto particular. Puede que sea verdad que los kilos de carne producidos por kilómetro cuadrado sean menores en una dehesa que en una “macro-granja” simplemente por su naturaleza extensiva, pero cuando se tiene en cuenta que la dehesa también puede producir corcho, leña, miel o setas variadas, entre otros, el balance deja de ser negativo. Además, la carne producida es de mayor calidad por el régimen alimenticio tan variado del ganado y su calidad de vida; algo beneficioso para los animales y también para los consumidores.

mapa de las dehesas en España. | Fuente: Wikimedia
mapa de las dehesas en España. | Fuente: Wikimedia

Si la cuestión última es rentabilidad, considerando que estos productos no tienen márgenes muy altos, lo que hace el sistema en primera instancia es diversificar los ingresos del ganadero, haciéndolo, en principio, más resistente a las fluctuaciones del mercado. Pero además reduce costos. Los animales se alimentan libremente de lo que produce la dehesa, lo cual implica que no es necesario comprar tanto concentrado.

No obstante, concede la profesora Fernández Rebollo, los bajos precios de la carne de las últimas décadas significan que, actualmente, los negocios de los ganaderos de las dehesas, como tantos otros, se mantengan a flote gracias a las subvenciones. Dicho esto, las tendencias a la baja en el consumo de carne pueden influir en una reducción consecuente de la oferta y un incremento de los precios, lo cual podría posicionar al sistema de la dehesa como una alternativa sostenible para la producción alimentaria. 

«La dehesa tiene una gran diversidad biológica y una gran capacidad de retener carbono»

No solamente una sostenibilidad económica, también medioambiental. En primera instancia, destaca la biodiversidad. “Se considera que es un sistema con una diversidad vegetal elevada, sobre todo en los pastos herbáceos. Al estar siendo consumidos por el ganado no llegan a estar dominados por pocas especies, sino que coexisten muchas. Podemos encontrar en un metro cuadrado coexistiendo 30 especies distintas, mucho mayor que en pastos templados o cultivo intensivos”, explica la profesora Fernández Rebollo. Pero también hay que considerar la diversidad animal, elevada al ser un bosque abierto: hay muchas aves y animales silvestres que prosperan en la dehesa, además de las diferentes variedades de ganado.

Asimismo, se ha comprobado que la dehesa tiene una gran capacidad de retener carbono, un valor enorme cuando se quiere limitar el calentamiento global. Los árboles actúan como sumideros de carbono en sus troncos y raíces, lo cual significa que en el entorno de ellos la captación de carbono suele ser el doble de la que hay en los claros y, por lo tanto, también mucho mayor que en los campos cultivados o pastizales para ganado tradicionales.

Finalmente, su potencial para frenar incendios forestales también es importante. Ya que se ubican usualmente en los límites de bosques, ofrecen zonas descubiertas para detener el avance del fuego. Si se disponen de manera estratégica, podrían llegar a limitar los estragos que causan los incendios, cada vez más frecuentes.

Un fotograma de la película documental Dehesa, de Joaquín Gutiérrez Acha, en la que se aprecia un monte de alcornoques. | Foto: José Ramón Lora
Un fotograma de la película documental ‘Dehesa’, de Joaquín Gutiérrez Acha, en la que se aprecia un monte de alcornoques. | Foto: José Ramón Lora

Un sistema exportable

El pastoreo en bosques abiertos ya se da en muchos lugares del mundo. En la cuenca mediterránea, de hecho, es común. Hay sistemas similares en Córcega, en Cerdeña, en Portugal o en Grecia. Sin embargo, hay un elemento particular de la dehesa que hace que merezca mayor atención, asegura Fernández Rebollo.

Es un puzzle más o menos perfecto. Es decir, tenemos un árbol que nos produce un fruto que no se usa para la alimentación humana, sino que lo vamos a utilizar para alimentar a los cerdos, y ese fruto le va a dar una calidad especial a los productos del cerdo. Luego, la hierba la van a aprovechar los rumiantes. Entonces estamos ligando la producción frutal del árbol, con la hierba, con el ganado, en un equilibrio muy bueno, sin mermar la diversidad del sistema y los valores naturales”.

El jamón de bellota es el producto por excelencia de las dehesas. | FOTO: Shutterstock
El jamón de bellota es el producto por excelencia de las dehesas. | FOTO: Shutterstock

Teniendo esto en cuenta, el sistema de las dehesas es exportable en diferentes medidas. Por un lado, el sistema agroforestal de manera más general se puede introducir a cultivos o pastos de ganados tradicionales, incorporando árboles para diversificar la producción o mejorar los suelos.

Pero además, es posible replicar el sistema casi cerrado de las dehesas, planificando la relación de los árboles con los animales y combinando ganados de diferentes tipos. En última instancia, si se rescata poco más, la dehesa es una manifestación clara de que la sostenibilidad la da el equilibrio.



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