Quemar cultivos, una práctica dañina para el agua y la salud

Quemar cultivos, una práctica dañina para el agua y la salud

El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) alerta sobre los peligros ambientales y sanitarios que supone la temporada de quema de cultivos agrícolas, una práctica ancestral que es fuente de contaminantes muy potentes y reduce la retención de agua del suelo


Muchas zonas del mundo se están preparando para la temporada de smog, una forma de contaminación originada a partir de la combinación del aire con contaminantes durante un largo período de altas presiones, que provoca el estancamiento del aire y, por lo tanto, la permanencia de los poluantes en la troposfera y a veces, en la estratosfera, debido a su mayor densidad. Aunque su origen puede ser natural, la mayoría del smog (que viene de la fusión de las palabras inglesas smoke y fog, niebla y humo) está producido por la actividad humana y tiene graves consecuencias no solo sobre árboles y cultivos sino sobre la salud, ya que puede dañar las membranas pulmonares y oculares y causar cáncer de pulmón casi en la misma medida que fumar.

La conocida como temporada de smog suele ocurrir en el hemisferio norte entre agosto y septiembre, cuando los agricultores de muchos países se ponen a quemar sus campos para dar paso a una nueva cosecha, enviando columnas de humo tóxico que suponen un grave problema especialmente en zonas en vías de desarrollo donde esta práctica no está controlada por las autoridades. Es más, según alerta el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), las grandes áreas de tierras agrícolas que se incendian cada comienzo de otoño son un importante contribuyente a la contaminación del aire que mata a 7 millones de personas al año, incluidos 650.000 niños.

“Mejorar la calidad del aire que respiramos es absolutamente necesario para nuestra salud y bienestar”, ha asegurado Helena Molin Valdés, jefa de la Secretaría de la Coalición de Clima y Aire Limpio del PNUMA. “También es fundamental para la seguridad alimentaria, la acción climática, la producción y el consumo responsables, y fundamental para la igualdad. De hecho, no podemos hablar de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible a menos que nos tomemos en serio la calidad del aire “, ha explicado con motivo de la alerta que ha lanzado esta semana su organización para reducir en la medida de lo posible la quema de cultivos, especialmente en los países en vías de desarrollo que año tras año registran las peores marcas de polución atmosférica.

La polución en Pakistán provoca un smog muy denso que impide la visibilidad en muchas ciudades del Punjab.

Y es que por mucho que hablemos de una práctica ancestral que muchos agricultores consideran que es la forma más eficaz y rentable de limpiar la tierra, fertilizar la tierra y prepararla para una nueva plantación, la quema agrícola es también un problema ambiental. Al fin y al cabo, los datos demuestran que estas prácticas y los incendios forestales que se propagan a partir de ellas son la mayor fuente de carbono negro del mundo, un elemento amenaza tanto la salud humana como para el medio ambiente porque es componente fundamental de las partículas PM2.5, unos contaminantes microscópicos que penetran profundamente en los pulmones y el torrente sanguíneo.

Las PM2.5 aumentan el riesgo de morir por enfermedades cardíacas y pulmonares, derrames cerebrales y algunos cánceres, lo que hace que millones de personas mueran prematuramente cada año. En los niños, estas partículas también puede causar problemas psicológicos y de comportamiento mientras que, en las personas mayores, se asocia con la enfermedad de Alzheimer, la enfermedad de Parkinson y la demencia. Además, el carbono negro también es un contaminante climático de corta duración pero alta intensidad, lo que significa que, aunque existe solo durante unos pocos días o semanas, su impacto en el calentamiento global es de 460 a 1.500 veces más fuerte que el dióxido de carbono.

Quemar cultivos es negativo para el agua

Aunque la quema de cultivos es como hemos comentado una práctica ancestral que es vista por los agricultores como una práctica eficaz y rentable, irónicamente, lejos de estimular el crecimiento, la quema agrícola en realidad reduce la retención de agua y la fertilidad del suelo entre un 25 y un 30%  obligando a los productores agrícolas a invertir en costosos fertilizantes y sistemas de riego para compensar. Además, el carbono negro tiene otro efecto indeseado sobre la reserva hídrica ya que también puede modificar los patrones de lluvia y reducir su impacto, especialmente en el caso del monzón asiático, interrumpiendo por tanto eventos climáticos que son absolutamente necesarios para apoyar la agricultura.

“Las tierras quemadas en realidad tienen menor fertilidad y tasas de erosión más altas, lo que requiere que los agricultores compensen en exceso con fertilizantes”, ha comentado Pam Pearson, directora de la Iniciativa Internacional sobre el Clima de la Criosfera, que ha trabajado con agricultores a nivel mundial para introducir el cultivo libre de incendios. “Las alternativas a la quema, como incorporar el rastrojo en los campos o incluso plantar directamente a través del rastrojo, casi siempre le ahorran dinero al agricultor”, apunta.

Pearson señala en cualquier caso que cambiar el hábito arraigado de quemar desechos agrícolas requerirá educación, concienciación y desarrollo de capacidades para los agricultores, especialmente en zonas menos desarrolladas de Asia donde está práctica es especialmente masiva. Pero sus posibles consecuencias compensarían con creces los costes: por ejemplo, reducir la contaminación del aire de las granjas en el norte de la India podría prevenir el aumento de las inundaciones y las sequías causadas por el carbono negro que aceleran el derretimiento del hielo y los glaciares del Himalaya, un resultado que cambia la vida de los miles de millones que dependen de los ríos alimentados por esas montañas.

Otro buen ejemplo nos lo brinda la región indo-pakistaní de Punjab, donde la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) está buscando formas de convertir los residuos de cultivos que de otro modo se quemarían en una fuente de combustible renovable. En principio, la creación de una economía circular para tales residuos proporciona a los agricultores más ingresos y reduce la contaminación del aire, pero exige de importantes inversiones que requieren de la colaboración de los países desarrollados y las empresas del sector. El impulso de esta toma de conciencia será en cualquier caso clave el próximo 7 de septiembre, Día Internacional del Aire Limpio para los cielos azules, que está diseñado para estimular la acción mundial contra las partículas peligrosas como el carbono negro.



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