La guerra y su impacto devastador sobre el medio ambiente

La guerra y su impacto devastador sobre el medio ambiente

Este miércoles se celebra el Día Internacional para la Prevención de la Explotación del Medio Ambiente en la Guerra y la ONU recuerda que los conflictos armados suponen una amenaza crítica para los esfuerzos de conservación de la naturaleza


Los desastrosos efectos de la guerra son de sobra conocidos por la humanidad. Muertos y heridos, destrucción de ciudades y pueblos, enormes daños económicos, pérdida de producción industrial o incluso robo de arte. Pero hay una consecuencia especialmente importante de los conflictos armados que es ignorada con facilidad: su impacto en el medio ambiente y la amenaza que suponen para los esfuerzos de conservación de la biodiversidad.

Por eso, la ONU declaró en 2001 el 6 de noviembre como Día Internacional para la Prevención de la Explotación del Medio Ambiente en la Guerra y los Conflictos Armados. Y, en 2016, la Asamblea General reconoció el papel de los ecosistemas saludables y de los recursos gestionados de forma sostenible en la reducción del riesgo de conflicto armado, algo que alinea este día con la implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. En todo caso, no hay nada mejor que un recorrido por nuestra historia reciente para entender los estragos que puede causar una guerra en los ecosistemas de cualquier región. Estos cuatro ejemplos así lo demuestran:

Las Guerras Mundiales y el armamento sumergido

Al acabar cualquiera de las dos Guerras Mundiales que asolaron el planeta durante la primera mitad del pasado siglo, tanto los alemanes como sobre todo los Aliados tiraron toneladas de armamento al mar para evitar que estas fueran reutilizadas por el enemigo o simplemente porque se habían quedado viejas. Solo en la parte alemana de los mares del Norte y Báltico, una de las zonas mejor estudiadas y de las más contaminadas, hay

Un barco antiminas de la II Guerra Mundial, hundido cerca de Egipto.

algo más de 1,6 millones de toneladas de municiones. También alrededor de Hawaii hay un importante cementerio marino de armas estadounidenses. A largo plazo, los compuestos que llevan estas armas, muchos de ellos explosivos, se acaban liberando en el océano, lo que afecta a la química, la salud y hasta los genes de la vida marina.

Esta práctica desapareció tras la firma del convenio de Oslo en 1972, pero las investigaciones aún no han aclarado la cantidad de armamento que se encuentra en el fondo del mar ni, sobre todo, su impacto a largo plazo en los ecosistemas marinos, que puede ser especialmente tóxico.

El agente naranja en Vietnam

Un avión descarga agente naranja sobre selvas en Vietnam, en 1967.

Durante la larga guerra de Vietnam (1955-1975) el Gobierno estadounidense utilizó un gran número de nuevas tácticas para intentar acabar con la guerrilla del Viet Cong. Entre ellas estaban el napalm y el agente naranja, dos productos químicos altamente tóxicos que se usaban para despejar grandes zonas de selva. El primero era simplemente un incinerador instantáneo que quemaba todo lo que tocaba, mientras que el segundo era un herbicida y defoliante que acababa rápidamente con enormes extensiones vegetales. Los norteamericanos usaron ambos compuestos durante una década, destruyendo hectáreas y hectáreas de superficie arbolada para que la guerrilla no pudiera esconderse en la selva.

La destrucción sistemática de ecosistemas buscaba también acabar con la capacidad de los campesinos para ganarse la vida en el campo, obligándolos a huir a las ciudades dominadas por los Estados Unidos, privando así a la guerrilla de su apoyo rural y cortando suministro de alimentos.

El Congo de la eterna guerra civil

Un campo de refugiados improvisado en Guma (Congo), en 2008.

Entre 1995 y hasta mediados de la primera década del siglo XXI, la zona de la República Democrática del Congo se ha visto inmersa en un conflicto armado complejo, multilateral y que aún deja sentir sus efectos a día de hoy. Involucró a una decena de países africanos, causó la muerte de millones de personas y el desplazamiento forzoso de millones más: se considera el conflicto más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial. Este paisaje de guerra constante ha tenido un efecto devastador en las poblaciones de animales, que han servido como suministro de carne para combatientes, civiles  y desplazados. Especies pequeñas, como los antílopes, monos y roedores, y otras más grandes, como los gorilas y los elefantes de los bosques, han visto mermada seriamente su población debido a la guerra.

En estas guerras, la lucha por el control, el acceso y el uso de los recursos naturales y sus ingresos asociados, ha sido un factor clave de la violencia. La República Democrática del Congo tiene vastos recursos minerales, que están siendo explotados sin pudor por diferentes grupos enfrentados para lucrarse aprovechando la ausencia efectiva de un Estado que controle y legisle. Esto ha provocado la apertura de todo tipo de minas ilegales, que se expanden y contaminan sin control ante la alta demanda de ciertos minerales (como el coltán) en el mercado internacional.

Saddam Hussein y la destrucción de las marismas

Confluencia de los ríos Tigris y Éufrates, en Iraq.

En respuesta a un levantamiento chiíta en el sur de Irak, a principios de la década de 1990, las tropas del dictador Saddam Hussein (de orientación suní) drenaron las marismas de Mesopotamia, el ecosistema de humedales más grande y antiguo de Oriente Medio, situado en la confluencia de los ríos Tigris y Eufrates.

Una serie de diques y canales redujeron las marismas a menos de 10% de su extensión original y transformaron el paisaje en un desierto con cortezas de sal. La cuna de Babilonia vio como desaparecía una forma de vida centenaria, que había prevalecido entre los árabes chiitas que hicieron de los humedales su hogar y arruinaron el hábitat de docenas de especies de aves migratorias.


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