El Acuerdo de París cinco años y una pandemia después

El Acuerdo de París cinco años y una pandemia después

Un 12 de diciembre de 2015, hace justo cinco años, se firmaba el Acuerdo de París sobre cambio climático, un hito histórico en la gobernanza internacional. Analizamos en qué punto nos encontramos un lustro después y una pandemia de coronavirus por medio, que ha alterado la agenda diplomática internacional, pero también ha forzado cambios disruptivos de la realidad diaria y ha estimulado una tremenda percepción mundial sobre el alcance de globalización en que vivimos


Pedro Cáceres | Director adjunto
Madrid | 11 diciembre, 2020


Un 12 de diciembre de 2015, hace justo cinco años, se firmaba el Acuerdo de París sobre cambio climático, un hito histórico en la gobernanza internacional, pues por fin se conseguía alcanzar un documento de compromiso entre todos los países que sustituyera al inicial Protocolo de Kioto de 1997, que costó años consensuar y, pese a su enorme valor histórico y diplomático, no ofrecía ningún avance espectacular en el mundo real de las emisiones de gases de efecto invernadero.

El Acuerdo de París de 2015, aprobado durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático COP21, marcó el punto de partida para el abandono de los combustibles fósiles. Con él, 195 países asumieron el compromiso de conseguir que el aumento de la temperatura mundial en este siglo sea inferior a los 2 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales, y tratar incluso que el aumento no pasara de los 1,5 grados centígrados.

¿Por qué esa cifra? Pues porque los científicos señalan los dos grados como el límite máximo para conseguir que el calentamiento global no provoque consecuencias catastróficas.

“Ha habido una profundización intelectual, saber que las cosas no pasan solas y hay que activarlas”, explica la vicepresidenta cuarta del Gobierno y  ministra para la Transición Ecológica Teresa Ribera”

¿Cuánto hemos avanzado desde entonces? ¿Podremos conseguir el objetivo? La valoración, como ocurre siempre con la negociación climática internacional, no permite hablar de blancos o negros. Todo se mueve en un terreno más difuso entre la esperanza y la preocupación. Se avanza, sí, pero no al ritmo suficiente, no con la velocidad deseada.

La comunidad internacional ha logrado mucho en las últimas dos décadas. Se ha conseguido situar el cambio climático en el centro de la agenda global, en el foco de las preocupaciones ciudadanas, en el corazón de las estrategias empresariales, que ya asumen que los riesgos climáticos son una amenaza real a su actividad y toman medidas efectivas para abordarlos.

El límite de los dos grados

Sin embargo, la realidad atmosférica es tozuda. Hemos emitido mucho, y durante mucho tiempo; y seguimos haciéndolo. Hemos liberado a la atmósfera en 300 años el CO2 que la Tierra tardó 300 millones de años en capturar. Y este gigantesco experimentosolo puede tener consecuencias geofísicas de gran alcance, ya que el CO2 es el termostato del planeta.

Está por ver si llegaremos a tiempo de revertir la situación. Nadie duda ya de que la transición a una economía baja en carbono está en marcha y es irreversible. Toca ver la velocidad a la que se pondrá en marcha… y si será suficiente para llegar a tiempo.

Los datos son elocuentes. Desde 2015, las emisiones de CO2 han aumentado desde los 53.000 millones de toneladas en 2015 a los 55.000 millones de toneladas actuales, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP).

Precisamente por ello, la ONU cree que se debería multiplicar por tres la acción climática global para limitar a 1,5 grados el incremento de la temperatura respecto a los niveles preindustriales.

Además, hay que recordar que el forzamiento climático tiene un comportamiento exponencial. Hay límites a partir de los cuales se generan fenómenos en cadena y que se retroalimentan, como es la fusión del hielo marino del Ártico: cuanta más superficie oceánica queda expuesta, más calor absorbe el mar y la fusión se acelera y alimenta a sí misma. De ahí lo del límite de 1,5 o dos grados como máximo marcado por los científicos como línea que no se debe traspasar.

¿Cómo estamos ahora? Según los últimos análisis de la ONU, si consideramos los compromisos de reducción de emisiones para 2050 expresados por los países en este momento, y dando por hecho que se cumplirán, acabaríamos el siglo con un incremento de 2,1ºC de temperatura. Es decir, por encima de la línea de peligro, lo que implica daños graves para los ecosistemas y el bienestar humano en las próximas décadas.

El efecto del virus

Si la situación era ya de por sí compleja, 2020 ha sido el año del virus. Una conmoción a escala global que ha tenidos sus efectos sobre el esfuerzo internacional contra el cambio climático. Y de nuevo el balance ofrece pros y contras.

Algunos contratiempos son evidentes e incuestionables. Se suponía que por estas fechas del año debía celebrarse la COP26 de Glasgow, una cumbre fundamental para exigir compromisos firmes a los países y acabar de pulir los detalles no menores del Acuerdo de París que quedaron abiertos en 2015 y no fue posible cerrar en la COP25 celebrada en Madrid en 2019.

La céntrica calle de la Princesa, en Madrid, vacía de coches debido a las restricciones impuestas por el coronavirus. | Foto: Europa Press

“La pandemia ha mostrado revelaciones insospechadas. La primera, y no menor, es mostrar a la humanidad globalizada hasta qué punto está globalizada realmente”

El encuentro de Glasgow ha sido pospuesto hasta el próximo otoño de 2021, y sustituido por un encuentro online que la ONU y el Reino Unido convocan para este sábado 12 de diciembre.

Pero a cambio la pandemia ha mostrado revelaciones insospechadas.

La primera, y no menor, es hacer ver a la humanidad globalizada hasta qué punto está globalizada realmente. Ha mostrado cómo cuando hablamos de amenazas o retos globales estamos realmente conectados. “Hemos aceptado la necesidad del cambio; se ha asumido por parte de la sociedad, los ciudadanos y los actores económicos que debe hacerse. Ha habido una profundización intelectual, saber que las cosas no pasan solas y hay que activarlas”, explicaba la vicepresidenta cuarta del Gobierno y  ministra para la Transición Ecológica Teresa Ribera durante un encuentro con medios esta semana en el que participó nuestro diario.

La Cumbre de Ambición Climática 2020

El 12 de diciembre de 2020, el Reino Unido coorganiza, junto a la ONU y Francia, la Cumbre de Ambición Climática 2020, que se celebrará de manera virtual para marcar el quinto aniversario del Acuerdo de París. El Reino Unido iba a ser anfitrión de la COP 26, cancelada hasta 2021 por la pandemia de coronavirus.

El resto de las lecciones del coronavirus las hemos visto directamente durante estos meses. El parón de la actividad económica ha generado una bajada de las emisiones globales y una mejora de la calidad del aire en las ciudades porcentualmente extraordinaria.

Ha sido un lapso, ya que medida globalmente esta reducción coyuntural no basta para paliar el efecto acumulado de décadas y décadas. Pero sí ha mostrado una ventana real al mundo futuro que está por venir. Con una transición energética basada en renovables, como la que ya está en marcha, ese efecto coronavirus será perdurable y, sobre todo, no disruptivo. Es decir, se podrá mantener la actividad, pero sin necesidad de llenar los cielos de gases que provocan el cambio climático.

“Existe una ancestral tendencia en el debate ambiental a moverse entre los relatos del colapso y el catastrofismo y el panglosiano recurso a que el progreso o la tecnología solucionarán todo. El optimismo informado parece la solución más útil”

Como afirmaba la ministra Ribera esta semana, “hay muchas razones para el optimismo [debido a los avances realizados internacionalmente y las señales detectadas este año de pandemia], pero tenemos el aguijón de la velocidad“, de saber si es suficiente el ritmo para llegar a tiempo, aclaraba.

Pero hay motivos para valorar el mérito colectivo obtenido, también en nuestro país. “España en dos años y medio ha cerrado el 90%  de su parque térmico de carbón, una reconversión industrial y dolorosa para comarcas que vivían de ello. Y lo ha hecho  porque era anti económico”, explicaba, además de porque era una imposición europea que no se podía soslayar más. Y aun así, se ha hecho buscando consensos, creando iniciativas de reconversión y se han puesto en marcha medidas para acompañar esa transición, indicaba la titular de Medio Ambiente, porque el objetivo de no dejar a nadie atrás va imbricado con la transición ecológica.

El reto climático no es fácil. Hay intereses particulares, y necesidades colectivas.  Seguramente, en el término medio entre ambas visiones emocionales esté la virtud. Y también es posible que como herramientas, sean más útiles la gobernanza y las alianzas que cualquier otro método que podamos inventar.

Hemos vivido un año extraño y disruptivo, de consecuencias inopinadas. Lo compartía Ribera en su encuentro con los medios: “La crisis del coronavirus es ambivalente, pero precipita calendarios. Hemos visto cosas que estaban previstas, pero que se han acelerado, como los precios del petróleo, o los cambios en la movilidad urbana”, todos ellos positivos en términos climáticos.

“Nadie duda ya de que la transición a una economía baja en carbono está en marcha y es irreversible. Toca ver la velocidad a la que se pondrá en marcha”

Como afirmaba el economista alemán Ernst Friedrich Schumacher en su obra señera de 1973 Lo pequeño es hermoso: “Hay optimistas que proclaman que todos los problemas tienen solución. Hay pesimistas que hablan de una inevitable catástrofe. Lo que necesitamos son optimistas que estén totalmente convencidos de que la catástrofe es ciertamente inevitable salvo que nos acordemos de nosotros mismos […] y recordemos que somos capaces de desarrollar un sistema económico tal que la gente esté en primer lugar y la provisión de mercancías en el segundo”.

Como elementos hay de sobra para el debate, resumimos aquí en rojo y en verde, arriba y abajo, algunas claves recientes para que cada uno piense hacia dónde nos encaminamos. “No estamos en condición de hacer una valoración conjunta todavía. Las agendas nacionales han sufrido despistes en algunos casos, pero también hemos visto la conciencia de lo importante que es la acción climática, y ha quedado claro que la reconstrucción tras el coronavirus tiene que ver con el clima“, afirmaba la responsable española de Transición Ecológica esta semana.

Biden devuelve a EEUU a la partida

Build back better, o sea, Reconstruir mejor. Ese es lema con el que el ganador de las elecciones presidenciales de EEEU ha presentado su programa durante la campaña. Bajo esa idea, plantea un plan concreto de inversiones de dos billones de dólares para sacar al país de la crisis provocada por el coronavirus, con un foco en las energías renovables y la lucha contra el cambio climático. También ha prometido devolver a su país al Acuerdo de París, de donde Trump se borró, y organizar en sus primeros 100 días de Gobierno una conferencia internacional del clima para hacer ver que “the Eagle has landed”. Es decir, que la nación más rica del mundo vuelve a la gobernanza climática internacional y ve la transición energética como un reto nacional similar al que John Fitzgerald Kennedy lanzó con la carrera espacial. 

Europa apuesta por un 55% para 2030

Esta misma semana, los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea fijaban una meta de reducción de emisiones de, al menos, 55 % para 2030, respecto a niveles de 1990. Esta reducción de las emisiones sitúa a Europa como líder en la lucha contra el cambio climático, y refleja un claro aumento de la ambición de los países a la par que sienta las bases para un nuevo modelo de economía verde. España ha abanderado las posiciones más avanzadas en esta negociación entre los 28 menos uno.

China da un paso de gigante

China, responsable del 28 % de las emisiones globales y hogar de cerca de una cuarta parte de la población mundial, sorprendía a todos saliendo de su mutismo climático y prometiendo en septiembre, ante la ONU, que espera ser neutra en emisiones para el año 2060. Todo un vuelco en su posición. Sin duda un envite a unos EEUU que en ese momento se encontraban en plena campaña electoral. Y un cambio mayúsculo en el panorama internacional. Si China apuesta a renovables, es porque quiere y puede y le beneficia. Y eso marcará lo que hagan los demás. Como demostración de lo mismo, Japón y Corea del Sur, ambas en el top ten de potencias industriales del mundo, salieron a la palestra para afirmar que ellas también.

El petróleo pincha por la pandemia

Lo dice la Agencia Internacional de la Energía y lo afirman las petroleras. Hasta BP, un gigante mundial, le cuenta a sus  inversores que su futuro es ser un líder mundial de la energía libre de hidrocarburos… y rentable. La pandemia ha asestado un golpe mortal al consumo energético y la demanda de fuel. Hubo momentos en marzo y abril en los que el barril cotizaba en negativo. ¿Qué significa? Pues que los productores regalaban petróleo y pagaban además para que alguien se lo llevara de los depósitos de almacenamiento donde ya no cabía más. El negocio estadounidense del fracking, que Trump apoyaba, no es rentable. Con precios tan bajos, cuesta más extraerlo que venderlo. Los analistas dicen que hemos visto en directo el momento del peak oil.

La sociedad se moviliza

El 2019 fue el año de los millenials y sus generaciones sustitutas, del fenómeno Greta Thunberg y de la juventud movilizada. El 2020 ha sido el año del virus, pero ese impulso generacional, que reclama un futuro a sus mayores sigue en pie. La sociedad actual ha instalado el cambio climático y la preocupación ambiental como un eje central de sus preocupaciones. Y parece un fenómeno que ha venido para quedarse.

El CO2 en la atmósfera alcanza nuevo récord

La Organización Meteorológica Mundial presentaba este noviembre su boletín anual sobre gases de efecto invernadero, que indicaba para 2019 un nivel de estas sustancias en la atmósfera no visto en millones de años. El parón de actividad global por el coronavirus apenas va a afectar a los registros del año y no sirve para disminuir el cambio climático. Se ha llegado a las 410 partes por millón (ppm), que es la forma de medir la presencia de estos gases en la atmósfera.

El Ártico ya ha alcanzado dos grados

El nuevo informe sobre el estado de la región ártica emitido este diciembre por la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) de los Estados Unidos, referencia mundial en la cuestión avalada por las observaciones de la NASA, señala que está sufriendo un proceso de transformación sin precedentes que se ha incrementado estos últimos años como consecuencia del aumento de las temperaturas, que alcanzan una subida de 1,9ºC en la región en 2020.

Muchos países no están por la labor

El último estudio de la Red de Acción Climática (CAN), publicado hace unos días, detalla que de los 58 estados más contaminantes del mundo ninguno sigue la trayectoria adecuada para cumplir con París, pese a que se perciben mejoras, y es Suecia la que lidera los esfuerzos nacionales contra el calentamiento, en contraposición a Australia, Rusia y Brasil con una actitud climática muy baja.

España progresa adecuadamente

Hace apenas tres años, nuestro país carecía de una política climática establecida. No había un marco normativo para abordar el reto, una política de Estado, y se enviaban señales confusas a los mercados y a los ciudadanos.

Como ejemplo, se dictaron decretos que penalizaban la producción fotovoltaica distribuida, precisamente una de las grandes soluciones al cambio climático en las que países como Alemania, con la mitad de horas de sol que nuestro país, es líder mundial. Más o menos como si la nación europea del sol renunciara al sol y playa y dejara que los germanos ofrecieran el Mar del Norte como destino turístico.

Desde entonces se ha avanzado mucho y para bien. El actual gobierno ha elevado la Transición Ecológica al rango no ya de Ministerio, sino de Vicepresidencia, algo largamente demandado por el sector de la sostenibilidad y que el año pandémico que hemos vivido no nos ha permitido apreciar del todo en su justo término por lo que supone de vuelco mayúsculo del foco de las instituciones del Estado hacia la sostenibilidad.

Nuestro país ha elaborado una hoja de ruta a 2030, el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC), valorado muy positivamente por su ambición por la UE. España aspira a reducir un tercio las actuales emisiones de CO2 durante la presente década, y la ministra asegura que se trata de un proyecto absolutamente realizable y no un canto al sol.

Además, contamos con un renovado Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático que supone tener preparada ya la venda para la herida. Es evidente que el calentamiento global está golpeando a nuestro país y lo hará más, y de forma abrupta por nuestro clima mediterráneo, por lo que tener una herramienta de adaptación, dirigida ex profeso a sectores económicos y administraciones locales parece no solo necesario sino imprescindible.

Para ello ha sido necesario un esfuerzo de conciliación de intereses y de diálogo con los actores económicos principales y de la sociedad civil. Un equilibrio nunca fácil y sometido a críticas continuas y donde los conceptos de transición justa, no dejar a nadie atrás y acompañar son esenciales.

También está en trámite parlamentario la Ley de Cambio Climático, en cuya elaboración y debate en el Congreso han participado todos los actores, desde la comunidad científica, los movimientos sociales y el sector empresarial.

Como señalaba la ministra Ribera esta semana, el avance es complejo y requiere agregar voluntades: “Todo este proceso debe ser participativo y transparente, sumar, corregir con flexibilidad, integrando cada vez a sectores más variados. El hecho de contar con criterios y orientaciones ayuda; y el propio sector financiero ha ido profundizando en estos debates”.



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