Religiones y ecología: ¿puede la fe salvar el planeta?

Religiones y ecología: ¿puede la fe salvar el planeta?

Religiones y ecología: ¿puede la fe salvar el planeta?

¿Son las religiones movimientos afines al ecologismo? ¿Qué papel juegan las religiones en el camino hacia la sostenibilidad? ¿Tienen más influencia en los comportamientos colectivos de la población los líderes políticos o los líderes religiosos? Cuando el 80% de la población mundial se identifica con una fe, las religiones pueden convertirse en una herramienta poderosa con un impacto real en el medio ambiente


Sira Lara
Madrid | 31 marzo, 2021

Tiempo de lectura: 8 min



La conciencia pública sobre el cuidado del medio ambiente desde un punto de vista moderno surgió en la segunda mitad del siglo XX en los países industrializados a raíz de diversos desastres como vertidos de petróleo, contaminación de ríos o degradación de hábitats y de la publicación de obras emblemáticas como Primavera Silenciosa de Rachel Carson. En este contexto, el inicio del movimiento ecologista se suele fechar el 22 de abril de 1970, con la celebración del primer Día de la Tierra en Estados Unidos. Una corriente que no ha parado de crecer desde entonces.

Pero ¿existió una conciencia ecologista previa? La respuesta está en las religiones. De forma general, todas las religiones hacen una reflexión teológica del cuidado de la naturaleza. En las tradiciones abrahámicas (cristianismo, judaísmo e islam) Dios llama a los creyentes a cuidar la creación y en las religiones orientales (como el budismo, el hinduismo o el sintoísmo) la armonía con la naturaleza es la principal expresión del camino de purificación y ascensión. Pero son las tradiciones indígenas de África, América y Oceanía las que han cuidado el medio ambiente de forma más directa ya que una gran mayoría de estos grupos mantienen una fuerte conexión espiritual con la “madre naturaleza” y practican una firme ética de equilibrio y respeto de los ecosistemas.

Indígena Tukum de la Amazonía brasileña. | Foto: Laszlo Mates

Enseñanzas sagradas

Vidriera sobre el Jardín del Edén de la catedral de Bruselas.

En los libros sagrados de las principales religiones se pueden encontrar enseñanzas que suponen la base ética y espiritual de conceptos tan actuales como el cuidado de la biodiversidad, el ahorro de recursos o la economía circular. Ejemplos claros pueden ser el mandato de cuidar el Jardín del Edén en el Génesis del Antiguo Testamento o Jesús en los Evangelios ejemplificando sus enseñanzas a través de elementos de la naturaleza. También en el Corán podemos encontrar pasajes condenando a los derrochadores de agua o en el Talmut enseñanzas sobre cómo desechar los residuos del hogar de manera segura para no dañar el entorno.

Con todo, hay teólogos medioambientalistas que apuntan a la tradición judeocristiana como presunta causa de la crisis ecológica, ya que al conceptualizar al ser humano como superior al resto de las criaturas vivientes y difundir el mandato de Dios de “dominar la tierra”, la civilización occidental ha explotado los recursos en su beneficio sin preservar el equilibrio de la creación.

Lo que sí parece seguro es que mientras más nos hemos alejado de la naturaleza a través de la industrialización y de planteamientos más atropocéntricos, más hemos castigado el planeta que da de comer al hambriento y de beber al sediento.

Y ante este contexto de incertidumbre por el inexorable cambio climático que ya es una realidad ¿qué pueden hacer las religiones? ¿Cómo pueden ayudar a salvar la humanidad ya no desde el punto de vista espiritual sino físico?

Partamos de lo más tangible, el nivel de influencia. No cabe duda de que, aunque cada vez estén más separados del poder político, al menos formalmente y en especial en occidente, las religiones y sus principales representantes siguen teniendo un poder ético y cultural muy importante en la sociedad. Y qué decir del poder económico. Según datos de la Unesco, las organizaciones religiosas controlan el 8% de la tierra habitable de nuestro planeta, el 5% de los bosques comerciales y el 10% de las instituciones financieras. Se estima que hay 37 millones de iglesias, 3,6 millones de mezquitas, 20.000 sinagogas e innumerables otros templos y lugares de culto repartidos por todo el mundo.

Según un informe de Pew Research Center, el 54% de la población mundial adulta considera la religión como una parte “muy importante” en su vida y el resto, aunque la práctica religiosa varíe mucho según la parte del mundo, raramente escapa a la religión como manifestación cultural y tradicional en todas las comunidades del mundo. En total, el 80% de la población se identifica con una fe. Un dato, sin duda, muy poderoso a la hora de marcar tendencias globales.

Musulmán rezando.

Conscientes de este impacto, Naciones Unidas aprobó en 2008 una resolución para promover el diálogo interreligioso e intercultural, la comprensión y la cooperación para la paz, y estableció un grupo de trabajo sobre Religión y Desarrollo en 2010, compuesto por 19 organizaciones de la ONU. Tras desarrollar una serie de iniciativas con organizaciones religiosas, ONU Medio Ambiente lanzó en 2017 el proyecto Faith for Earth, Fe por la Tierra, para interactuar estratégicamente con entidades religiosas y asociarse con ellas para avanzar en el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Desde entonces ya ha construido una red de más de 750 organizaciones religiosas para aprovechar el poder de la fe en nombre del planeta

Faith for Earth tiene tres objetivos principales: inspirar y empoderar a las organizaciones religiosas y sus líderes para abogar por la protección del medio ambiente, hacer ecológicas las inversiones y los activos de las organizaciones religiosas para apoyar la implementación de los ODS y proporcionarles conocimientos y redes para que sus líderes trasladen de manera efectiva mensajes relacionados con la sostenibilidad y el medio ambiente a los tomadores de decisiones y el público.

Impulsores de los ODS

La Agenda Global 2030 y el ODS 17, Alianzas, se encuentran en el corazón de Faith for Earth. Ningún país o grupo de países puede alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible por sí solo. Todas las partes interesadas, incluidas las organizaciones religiosas, deben ser parte de la solución.

Las organizaciones religiosas han sido reconocidas como actores clave en la erradicación de la pobreza, la mejora de la salud y la educación de las personas, la protección del medio ambiente y el trabajo hacia el desarrollo sostenible. Su agilidad es crucial, especialmente a nivel local, para llegar rápidamente a la población más necesitada de ayuda.

Una monja católica atiende en un dispensario a un niño y su madre en Bogor, Indonesia.

Las redes de organizaciones religiosas y líderes religiosos cruzan continentes y fronteras políticas, lo que las convierte en un medio viable y práctico para avanzar en sostenibilidad y justicia social. Las religiones se ocupan del 50% de las escuelas en el mundo -el 64% en el África subsahariana-, sus inversiones ascienden al 12% del capital mundial y gestionan un tercio de las instituciones sanitarias en todo el mundo. Por tanto su labor en la consecución de derechos básicos para poblaciones vulnerables es esencial.

Una nueva ética para cambiar el rumbo

Las cuestiones ecológicas actuales son esencialmente cuestiones éticas. El imperativo moral y los sistemas de valores de las religiones pueden ser una herramienta útil para movilizar sensibilidades con el objetivo de conservar el medio ambiente para las generaciones futuras.

Y es que para que el ser humano siga siendo una especie viable en un planeta cada vez más degradado es necesaria una reevaluación global de sus valores, de su modo de vida, de su manera de relacionarse con la naturaleza. En este sentido, el historiador de la religión Thomas Berry habló de la creación de un nuevo mandamiento dentro de la escala ética que introduzca un nuevo concepto de “pecado ecológico”, en línea con el pecado que supone para todas las religiones el homicidio, el suicidio o el genocidio. Es un nuevo crimen moral: el biocidio o el geocidio.

Filósofos contemporáneos llevan décadas desarrollando el campo de la ética medioambiental, que últimamente ha sido acogida con entusiasmo dentro del ámbito religioso. El ejemplo más destacado es la encíclica Laudato si (2015) del Papa Francisco, “sobre el cuidado de la casa común”.

El obispo de Roma, cabeza de la iglesia católica, defiende en este texto la naturaleza, la vida animal y las energías renovables y realiza un crítica mordaz del consumismo y el desarrollo irresponsable con un alegato en favor de una “acción mundial rápida y unificada para combatir la degradación ambiental y el cambio climático”. También se detiene especialmente en el cuidado del agua y la importancia de este recurso para la dignidad del ser humano y el equilibrio del planeta.

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Papa Francisco.

A raíz de la publicación de esta encíclica, se han sucedido las declaraciones del Papa Francisco pidiendo a los países más ambición climática, a los Gobiernos más cuidado de la biodiversidad e incluso a las petroleras una transición energética radical. Para el líder de 1.200 millones de católicos la conservación de la naturaleza y la lucha contra el cambio climático son imperativos morales. Ya no es sólo cuestión de amar la creación, sino de evitar el daño contra millones de personas. Un mensaje que está calando en la agenda de las comunidades católicas de todo el mundo, que han añadido los valores del ecologismo como destacados en su escala ética y moral.

También en los últimos años ha tomado fuerza un movimiento de “ambientalismo islámico” que la opinión pública musulmana reclama con urgencia, impulsado por Islamic Relief Worldwide, la organización no gubernamental internacional humanitaria y de desarrollo musulmán más grande del mundo, junto con la Fundación Islámica para la Ecología y las Ciencias Ambientales (IFEES / EcoIslam). En 2015, en el Simposio Islámico sobre Cambio Climático celebrado en Estambul (Turquía), se redactó la “Declaración Islámica sobre el Cambio Climático” que fue adoptada formalmente.

Dirigentes musulmanes participantes en el Simposio de Estambul.

Muchos países musulmanes son grandes perjudicados por los efectos del cambio climático y son a su vez grandes emisores de gases de efecto invernadero, como Indonesia, y de los más contaminados del mundo, como Bangladesh y Pakistán, pero están haciendo poco para frenar esta situación.

La mayoría de estos Estados son reacios a imponer los conceptos occidentales de ecologismo, o ceder a la presión de países que ya han pasado por la industrialización sin tener que abordar la contaminación o reducir las emisiones. Consideran estas injerencias como “colonialismo ambiental”.

Pero los ecologistas musulmanes señalan que los reticentes no necesitan más que mirar el Corán, donde hay aproximadamente 200 versículos sobre el medio ambiente. A los musulmanes se les enseña que “más grande que la creación del hombre es la creación de los cielos y la tierra”. Y este enfoque puede llegar a los corazones y las mentes de los 1.800 millones de musulmanes de todo el mundo.

Un estudio de 2013 en Indonesia mostró que la inclusión de mensajes ambientalistas en los sermones islámicos llevó a una mayor conciencia pública y preocupación por el medio ambiente. En 2014, el mismo país emitió una fatua (opinión legal islámica) para exigir a los musulmanes del país que protejan a las especies en peligro de extinción.

También destaca el caso de la Alianza para las Religiones y la Conservación (ARC) que implicó a académicos musulmanes para convencer a los pescadores de Tanzania de que la pesca con dinamita, redes de arrastre y arpón va en contra del Corán. Y los escucharon.

Sin duda, si las religiones se lanzan a “evangelizar” sobre el cuidado del medio ambiente y los recursos, la conservación de la biodiversidad y la lucha contra el cambio climático, el mensaje llegaría con fuerza a miles de millones de personas. Un altavoz decisivo en esta cruzada en la que nos jugamos no la Tierra Santa, sino el planeta Tierra.



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