Así han cambiado los volcanes el clima y la historia humana

Así han cambiado los volcanes el clima y la historia humana

Así han cambiado los volcanes el clima y la historia humana

Los gases de las erupciones, como el dióxido de azufre, tienen la capacidad de enfriar la Tierra. El volcán de La Palma es demasiado pequeño, de momento, para hacer sentir su efecto a escala global. Pero ha habido casos que alteraron por completo la atmósfera y la historia humana


Pedro Cáceres
Madrid | 24 septiembre, 2021


La erupción en la isla de La Palma tiene en vilo a toda España desde hace una semana. No es para menos, porque la tierra se ha abierto y está arrojando una lengua de rocas candentes que con lentitud exasperante engulle terrenos y viviendas antes de llegar al mar. ¡Cómo no ponerse en el lugar de quien ve perder todo su patrimonio y su paisaje personal por esta fuerza de la naturaleza!

Pero cuesta también entender la sorpresa que buena parte de la sociedad muestra al comprobar que esto puede ocurrir. Si algo es cierto, es que en Canarias habrá erupciones. No puede ser de otra manera porque son islas volcánicas recién nacidas, aún en formación y con una geología viva hasta el extremo.

Que hayamos llegado los europeos a habitarlas hace apenas 500 años -que nos parecen una eternidad- y encontrarlas placenteras y levantar casas y sembrados, exigiendo a la Tierra previsibilidad y seguridad, es algo ridículamente insignificante en la historia de un planeta que tiene 4.500 millones de años.

Con una perspectiva temporal adecuada, solo cabe aceptar que las Canarias surgieron del fuego y apenas empezaron a hacerlo ayer, hace 20 millones de años, es decir, el 0,4% de la historia de nuestro planeta. En el caso de La Palma, hace solo dos millones de años, una minucia medida en tiempo geológico, el 0,04% de la historia terrestre. Acaban de formarse, como quien dice. Y siguen creciendo.

Erupción en Cumbre Vieja, en la isla de La Palma, en septiembre de 2021. | FOTO: Europa Press

“El paisaje de Canarias es un salvaje exhibicionismo de geología, pero también es la muestra de una secular relación del hombre con el territorio”

Cabe recordar, además, que las Canarias son un punto caliente de extraordinario interés científico por su intensa actividad y también por su comportamiento telúrico.

No hay, de hecho, un consenso sobre el mecanismo de formación del archipiélago; pero sí existe la certeza de que está vivísimo. Las islas no se forman en el choque entre placas tectónicas, como es habitual en casos como Islandia, sino en medio de una.

Al parecer, un soplete de fuego magmático surge del manto terrestre y va creando las islas a medida que la placa continental se desplaza sobre el foco. Es un hecho de gran interés técnico. Y la evidencia es clara: las islas han nacido de derecha a izquierda, algo comprobable en su antigüedad y grado de apaciguamiento. Y se sabe que surgirá algún día una nueva hacia el oeste, como a punto estuvo de ocurrir en El Hierro hace 10 años.

“En cierto sentido, las inundaciones de lava se parecen a las de agua”

Erupción del volcán Teneguía en 1971, en La Palma, seguida por vulcanólogos

El tiempo geológico

Hay algo en estos hechos y la forma de entenderlos que tiene que ver con nuestra percepción del tiempo. La Tierra trabaja en una escala que llamamos geológica, que opera en millones de años. Y el ser humano funciona en términos de décadas, casi el margen de una generación como mucho. ¿Cómo explicar esto a una sociedad que vive para lo inmediato?

Por eso, la última erupción en La Palma, la del Teneguía en 1971, que llegó incluso a ampliar la superficie de la isla con la lava que llegó hasta el Atlántico, apenas era recordada, si bien era una evidencia clara de hasta qué punto la bellísima isla es un escenario vivo y mutante.

Unos 300 años atrás, el mejor puerto colonial de Tenerife, el de Garachico, fue arrasado por una erupción cuyos efectos pueden verse hoy cuando se pasea por sus calles. El que fuera gran centro de actividad comercial hace siglos en la mayor isla canaria es hoy el más reposado de los pueblos, privado de su bien de actividad más preciado, una ensenada para barcos que ahora es un manto de roca convertido en coquetas piscinas marinas.

“Los plazos de retorno de los grandes eventos meteorológicos o volcánicos son sumamente amplios, aunque eso sí, inexorables”

El puerto de Garachico, en Tenerife, destruido por una erupción en el siglo XVIII

Para la historia humana, tres siglos parecen una eternidad y para la geología son un instante. Por eso los hechos caen en el olvido y la capacidad de previsión se relaja. En cierto sentido, las inundaciones de lava se parecen a las de agua, que es precisamente el foco informativo de nuestro diario.

Los plazos de retorno de los grandes eventos meteorológicos o volcánicos son sumamente amplios, aunque eso sí, ineluctables. Debido a este sesgo en la percepción del tiempo es difícil abordar soluciones de largo plazo, planes de resiliencia, inversiones necesarias, construcción de infraestructuras o adaptación de las existentes ante eventos que no queremos asumir que van a ocurrir tarde o temprano. Solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Y esto vale para el agua y para la lava, mal que nos pese.

¿Puede afectar al clima?

Los volcanes, como vemos estos días, tienen la capacidad de cambiar en un instante la vida de quienes habitan junto a ellos. Pero también, en casos extremos, pueden causar impactos de consecuencias globales.

Ahora mismo, el volcán de La Palma arroja todo tipo de materiales sólidos y también una ingente cantidad de gases. Entre ellos se encuentra el dióxido de azufre (SO2), un gas que tiene la capacidad de enfriar la Tierra.

Al llegar a la alta atmósfera, el SO2 reacciona con los iones OH de las moléculas de agua y se forman aerosoles de azufre, sustancias de gran poder reflectante que pueden reenviar el calor solar de vuelta al espacio. A gran altitud, los gases de sulfuro actúan de forma contraria a los de efecto invernadero y su poder persiste durante varios años gracias a las reacciones en cadena en la atmósfera.

“Para la historia humana, tres siglos parecen una eternidad y para la geología son un instante”

Gigantesco pirocúmulo formado durante la erupción del volcán Pinatubo, en 1991, en Filipinas. | Foto: CVO Photo Archives

De hecho, hace tiempo que se habla de la posibilidad de liberar azufre en la atmósfera como una solución de geoingeniería contra el calentamiento global. Una medida controvertida por su alto coste, la incapacidad de saber si funcionaría y el grave riesgo de generar efectos colaterales indeseados.

En 1991, cuando el Pinatubo entró en erupción en Filipinas, sus cenizas dieron la vuelta al mundo. Un año después, los científicos vieron que las temperaturas del planeta habían descendido unas décimas. Por unos meses, la erupción filipina frenó la tendencia previa al calentamiento global.

El volcán de La Palma emite hasta 10.665 toneladas de dióxido de azufre (SO2) diarias según las mediciones realizadas en los primeros días de erupción por el Instituto Volcanológico de Canarias (Involcan), según informa Europa Press.

La cifra es muy pequeña si se compara con los 20 millones de toneladas que se estima arrojó el Pinatubo durante su erupción hace 30 años, por lo que el efecto climático que puede tener el actual volcán canario es ínfimo.

A continuación narramos algunos casos que sí tuvieron consecuencias globales.

1. El Pinatubo enfrió el clima en 1991

El Pinatubo entró en erupción en junio de 1991, después de 500 años de inactividad. Situado en la isla filipina de Luzón, provocó una de las mayores erupciones del siglo XX, y en cuanto a las emisiones de gases, superó a cualquier otra medida en ese periodo.

La explosión inyectó grandes cantidades de ceniza volcánica y de aerosoles que llegaron hasta la estratosfera y que tuvieron el efecto de reflectar la luz. Además, se estima que el Pinatubo emitió unos 20 millones de toneladas de dióxido de azufre que generó  una capa global de ácido sulfúrico en los meses siguientes.

Erupción del Monte Pinatubo, en Filipinas en 1991, que enfrío ligeramente el clima la Tierra durante dos años. | FOTO: USGS

Debido a ello la temperatura media del hemisferio norte descendió entre 0,5 y 0,6 ° C y hubo una bajada planetaria de unos 0, 4 ° C.

2. El Tambora y el frío verano de 1816

El de 1816 se le llamó en Europa «el año sin verano». El descenso de temperaturas debido a las emisiones sumió a Europa en cielos oscuros y curiosos espectáculos de luz que sorprendieron a los habitantes de ciudades en todo el continente.

El Tambora es un volcán cercano a los 3.000 metros de altura localizado en la isla de Sumbawa, Indonesia, pero medía 1.500 metros más antes de que su cumbre saltara por los aires.

Cráter actual del volcán Tambora, en Indonesia, que saltó por los aires en 1816. | FOTO: M. Rinandar Tasya

La explosión movilizó unos 160 kilómetros cúbicos de materiales sólidos y se escuchó en lugares situados a 2.000 kilómetros de distancia.

Causó además alteraciones del clima a escala global. En Europa y América del Norte, el verano de 1816 fue extremadamente frío, las cosechas se perdieron y el ganado murió de inanición. Generó hambrunas a ambos lados del Atlántico.

A diferencia de la erupción del Pinatubo, que tuvo lugar en época moderna y con aparatos de medición, no es posible conocer exactamente el volumen de gases expulsado. Las estimaciones que tratan de reconstruir esa erupción histórica calculan cifras de entre 10 millones y 120 millones de toneladas.

3. Laki y la Revolución Francesa

Algunos historiadores atribuyen a la erupción del Laki, en 1783, en Islandia, efectos tan históricos como las revueltas populares que dieron lugar a la Revolución Francesa en 1789.

La erupción de Laki fue similar a la de La Palma, ya que surgió de una fisura en el complejo volcánico de Grímsvötn, sin tener una cumbre eminente como el Pinatubo o el Tambora.

El episodio duró ocho meses y arrojó 14 kilómetros cúbicos de lava y nubes de dióxido de azufre y ácido fluorhídrico que, junto al impacto de las cenizas, mataron a 9.000 islandeses y eliminaron la mitad de la cabaña ganadera de una isla donde apenas había cultivos y la fuente de sustento eran los animales.

Paisaje en torno al terreno volcánico de Laki en Islandia, cuya erupción en 1783 afectó a toda Europa. | FOTO: Marisa Estivill

Las nubes de gases y cenizas oscurecieron el cielo de Europa durante años y causaron penosas cosechas durante tres años. Se estima que murieron seis millones de personas por diversas hambrunas en el continente.

Llegó a afectar a lugares como Egipto, donde el Valle del Nilo sufrió el peor episodio de cosechas conocido.

El malestar popular por la falta de pan, alimentado durante años, acabó detonando en la toma de La Bastilla, aunque todo ello está sometido a interpretaciones.

4. Toba casi nos extingue hace 70.000 años

En Indonesia se puede visitar el escenario del mayor Armagedón del pasado. Toba es un supervolcán de la isla indonesia de Sumatra. Un lago rodeado de jungla cubre su monumental caldera. La lámina de agua tiene 450 metros de profundidad. La distancia de una orilla a otra es de 100 kilómetros. Pero no es un lago, sino el cráter de un volcán que ha reventado en varias ocasiones. La última vez, hace 74.000 años, afectó a todo el planeta y puso al ser humano al borde de la extinción.

Los materiales arrojados por el Toba oscurecieron el cielo y alteraron la química atmosférica, lo que produjo un enfriamiento global.

Se cree que la erupción del Toba es la más grande de los dos últimos millones de años. Ese margen no es una fecha cualquiera, pues comprende la mayor parte del desarrollo de los homínidos similares al hombre.

Estado actual del volcán Toba, en Indonesia, cuya monumental explosión hace 70.000 años afectó a todo el planeta. | FOTO: Sydeen

“La erupción del Toba puso a la humanidad prehistórica contra las cuerdas”

Es un momento crucial en la prehistoria porque era por entonces, hace 70.000 años, cuando los neandertales vagaban todavía por Asia y Europa y cuando los primeros Homo sapiens empezaban a abandonar África para  expandirse por el mundo.

Hace tiempo que los científicos trabajan sobre la idea de que la erupción del Toba puso a la humanidad prehistórica contra las cuerdas. Las simulaciones de computador realizadas tras la experiencia del Pinatubo en 1991 sugieren que las temperaturas globales cayeron unos 10º C tras el estallido. Otros cálculos lo sitúan en 2,5 grados. Cualquiera de las cifras es suficiente para alterar el clima de forma repentina.

Tras la gran explosión del Toba, la ceniza asfixió a las plantas y encenagó los cursos de agua dulce en amplias áreas. Después, el clima se enfrió y se hizo también más seco, por interacciones de la dinámica atmosférica. Esto afectó a la vegetación que varió hacia arbustos y pastos.

El Homo sapiens, asentado en África, descendió a unos miles de parejas en zonas de refugio. Los estudios de ADN prueban que la relativa cercanía genética que tenemos hoy los representantes de nuestra especie se debe a que venimos de un reducido grupo. Es lo que se conoce como un «cuello de botella» genético. Y data precisamente de la monumental erupción del volcán indonesio.

5. El cataclismo de hace 65 millones de años

Durante años se ha debatido si los cambios globales que acabaron con los dinosaurios hace 65 millones de años y provocaron la gran extinción masiva de la transición entre el Cretácico y el Terciario (límite K/T) se debió a los meteoritos o a los volcanes.

A finales de los 70, el geólogo estadounidense Walter Alvarez descubrió que la capa del límite K/T que él estaba estudiando en Gubbio (Italia), contenía 100 veces más cantidad de lo habitual de iridio, un metal propio de los meteoritos.

Su padre, el Nobel de Física Luis Alvarez, fue quien le ayudó a discernir las infinitesimales cantidades presentes en las rocas empleando el hoy conocido espectómetro de masas y que era un artefacto de su invención.

Después, otros hallazgos en diversos lugares del mundo, como el trascendental yacimiento de Zumaia, en Guipúzcoa, confirmaron la sospecha de que algo impactó sobre la Tierra hace 65 millones de años, cubriendo con sus restos todo el planeta.

Recreación de la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años. | FOTO: Limbitech

Después, Walter Alvarez encontró la pistola humeante, el gran cráter sumergido de Chicxulub frente a la costa mexicana de Yucatán  y numerosas evidencias más se han sumado más tarde para avalar su controvertida en un principio y luego comúnmente acepada teoría del impacto extraterrestre, una de las grandes aventuras del conocimiento de nuestro tiempo.

Sin embargo, los volcanes siguen formando parte de la ecuación. El asunto continúa sometido a un intenso e interesante debate y escrutinio científico, con estudios incesantes que matizan el relato.

La opción de consenso es que son el meteorito y los volcanes -a la vez- la causa de la gran extinción de hace 65 millones de años. Personalmente, casi en el plazo de un mes, estuve junto al agua mexicana de Chicxulub en su momento, y también sobre las cenizas depositadas por el impacto en la costa cantábrica española, escribiendo un artículo divulgativo,  y no puedo encontrar un momento en mi vida de mayor fascinación por la historia de nuestro planeta y la dimensión de lo que somos.

Según algunos autores, el impacto en Yucatán desplazó el magma y forzó un rebote en el punto contrario, en este caso la India, en la zona conocida como la meseta del Decán. Allí, durante cientos de años, hubo intensas erupciones que llenaron de basalto el subcontinente. Ese vulcanismo activo sí tuvo la capacidad de añadir más cenizas y gases a los provocados por el gran impacto del meteorito, defienden muchos expertos.

La tierra firme no lo es tanto

Respecto a la emergencia que ahora mismo vive Canarias, habría que recordar que su paisaje es un salvaje exhibicionismo de geología, pero también representa la muestra de una secular relación del hombre con el territorio.

A la sombra de los fértiles suelos volcánicos prosperan muchas culturas y sociedades. Y eso es lo que ocurre en el archipiélago también, por más que suceda sobre terreno inestable que a menudo ocasiona tremendas desgracias.

“No deberíamos olvidar que nadamos sobre roca fundida y los volcanes son la puerta a esa realidad”

No deberíamos olvidar que nadamos sobre roca fundida y los volcanes son la puerta a esa realidad. Si la Tierra fuera una manzana, nuestro mundo se levantaría sobre la última capa de piel y debajo tendríamos materia ardiente.

Flotamos literalmente sobre fuego. Las placas continentales navegan sobre el manto candente como las láminas de grasa que se forman en un plato de sopa. Encima de esa ligera plataforma acontece la vida en la Tierra y en ella traza el ser humano su breve historia de afanes e inventos, de guerras y versos.

A esa frágil cáscara que los volcanes rasgan tan a menudo llamamos tierra firme.

Canarias, las Galápagos del Atlántico

Hace 20 millones de años que las Canarias empezaron a salir del mar. Volcanes, ceniza, lapilli, arenas, los nombres que definen el grosor de los materiales que la Tierra dispersa cuando despierta. Lava y roca batidas por las olas; eso fue todo al comienzo. Llegaron después los líquenes, los hongos y las aves; después las plantas y los animales.

La vida se adueñó de la nueva tierra varada en el océano y regada por las nubes de humedad que arrastraban los vientos del alisio. La vegetación subtropical que cubría el hemisferio norte durante el Terciario se asentó allí. Las florestas húmedas prosperaron en las vertientes que miraban al norte y las tenaces plantas del desierto en las laderas orientadas al mediodía.

El planeta y el clima han cambiado desde entonces. Y muchas de aquellas especies han desaparecido en la mayoría de las regiones de alrededor. Pero esa flora antigua y fascinante aún resiste acantonada en esta barca de piedra y tiempo antiguo que son las islas.

El aislamiento y la evolución, además, han generado especies propias. Como los pinos, que aprendieron a resistir el fuego de los volcanes y sólo crecen en ellas; o los dragos y las palmeras canarias, únicos en el mundo.

Hoy, el archipiélago es un reducto de biodiversidad planetario, con el índice de endemismos – especies únicas – por kilómetro cuadrado más alto de Europa.

 

La Caldera de Taburiente en la isla de La Palma. | FOTO Barmalini

Las Canarias son al Atlántico lo que las Galápagos al Pacífico. Y hasta tienen una conexión común con Darwin. En su vuelta al mundo a bordo del Beagle, antes de recalar en la Galápagos, el naturalista británico pasó junto a Canarias. Ardía en deseos de visitarlas, porque había leído las descripciones que Alexander von Humboldt escribió décadas antes. Pero no pudo ser. Una epidemia obligó al buque a guardar cuarentena y los viajeros no pudieron desembarcar.

Es imposible saber lo que hubiera pasado, pero a uno le da por pensar que Darwin habría encontrado mucho que anotar en estas islas. Muy seguramente, le habrían ayudado a definir la teoría sobre la evolución que fue construyendo sobre la base de lo que vio en otros destinos.

Los millones de turistas que cada año visitan Canarias deberían apreciar el terreno que pisan. Saber que tienen la suerte de disfrutar un paraíso biológico que el pobre Darwin se quedó sin conocer.

El escenario de playas y atracciones turísticas de Canarias no permite a veces disfrutar la rotunda personalidad de esta tierra única, su relato de piedra, la variedad de la vida que se aferra a los vientos y a la geología torturada.



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