El clima en EEUU: ¿Destinado a ser un gran estado sureño?

El clima en EEUU: ¿Destinado a ser un gran estado sureño?

El clima en EEUU: ¿Destinado a ser un gran estado sureño?

Las previsiones de cambio climático auguran un empeoramiento de las condiciones ambientales en la mayor parte de los territorios de EEUU, con un aumento de sequías y fenómenos meteorológicos extremos. Las evidencias y predicciones científicas contrastan con la inacción de la administración Trump, declarada abiertamente contra el medio ambiente y la lucha contras las emisiones de gases de efecto invernadero


Argemino Barro
Nueva York | 5 junio, 2020


En la historia del cine, Nueva York es la ciudad que más veces ha sido destruida. Los rascacielos de Manhattan han sido víctimas de tsunamis, glaciaciones, rayos solares, meteoritos, lagartos gigantes e invasiones alienígenas, entre otras muchas hecatombes. Una serie de imágenes que en las últimas semanas parecen haber cobrado realidad, como si hubieran saltado de las pantallas. La pandemia de coronavirus y ahora los disturbios raciales han dejado la ciudad vacía, con los negocios tapiados o reventados y los predicadores ambulantes dando los sermones más justificados de sus vidas.

Una de las lecciones extraídas de estos episodios, todavía en curso, es la incredulidad inicial de sus víctimas. Los survivalistas llaman a esto el “sesgo de normalidad”: estamos tan acostumbrados a que todo vaya razonablemente bien, a que la vida sea estable, que nos es imposible imaginar lo contrario. Cualquier análisis de lo acontecido con la pandemia de coronavirus, en diferentes países, indica patrones similares: falta de previsión, respuestas torpes o tardías e incluso mofas de lo que se venían encima. Como si la normalidad tuviera secuestradas nuestras percepciones.

El epicentro de la pandemia en el mundo, siguiendo la pauta del cine de catástrofes, acabó siendo ni más ni menos que Nueva York.

La “ciudad que nunca duerme” se enfrenta, además, a otro desafío de proporciones bíblicas. Hace ya años que lo sabemos: nos lo dicen los científicos e incluso lo hemos podido notar en nuestras carnes. Inundaciones, huracanes, inviernos sin nieve. El cambio climático avanza, indeferente a nuestras pandemias, crisis económicas y peleas políticas. Impasible ante nuestra terca sensación de normalidad.

Vivir el cambio climático

“He convertido en mi misión pensar a largo plazo”, declaró Klaus Jacob, geofísico de la Universidad de Columbia, a New York Magazine. Jacob dice que los neoyorquinos nacidos en esta época llegarán a ver, a lo largo de su vida, un aumento de casi dos metros del nivel del mar. También aumentarán las lluvias y la frecuencia de tormentas y huracanes. Nueva York se convertirá, en palabras de Jacob, en una “Atlantis gradual”.

Daños provocados en 2012 por el huracán Sandy en Brooklyn, Nueva York

No hace falta echarle mucha imaginación. Hace ocho años, el huracán Sandy elevó las aguas tres metros en la parte baja de Manhattan. La quinta parte de la ciudad fue inundada y pedazos de algunos barrios terminaron en el fondo del mar, donde todavía siguen.

El epicentro de la pandemia en el mundo, siguiendo la pauta del cine de catástrofes, acabó siendo ni más ni menos que Nueva York

El geofísico lleva más de una década, desde antes del Sandy, pidiendo a los responsables políticos que tomen medidas mientras aún hay tiempo: que eleven el transporte público a varios metros del suelo, que preparen los túneles y los puentes y que levanten muros de contención. Afortunadamente para Jacob y su cruzada climática, el huracán de 2012 le dio autoridad: un aura de profeta.

Nueva York es un microclima de los cambios climáticos que, como en el resto del planeta, moldearán el futuro de Estados Unidos. El McHarg Center de la Universidad de Pensilvania ha creado una serie de mapas sobre cómo puede ser el clima del país en 80 años y cuáles serían sus consecuencias económicas, sociales y geográficas. El Proyecto 2100 detalla, a través de varios modelos de predicción, unas perspectivas nada ilusionantes.

Afección a todo el país

Según este informe, el aumento de las temperaturas castigaría, sobre todo, a los estados del sur. Podrían traer sequías, alternadas con fuertes lluvias, a estados como Arkansas, donde disminuirían o se echarían a perder los cultivos de arroz y de soja. El suelo se erosionaría, la base económica sufriría y crecería el gasto energético para aguantar la subida del calor y paliar sus efectos sobre la salud. Un paisaje similar se adivina en los otros estados sureños, desde Florida hasta la California meridional.

Aproximadamente tres cuartas partes de los estados del país serían castigadas. El resto, una minoría de estados al noreste y noroeste, disfrutarían de climas templados y preservarían abundantes recursos de agua. Pero se convertirían en refugios climáticos. Unos 13 millones de americanos emigrarían a estas regiones, lo cual, sumado a los inmigrantes de fuera, pondría presión en los recursos naturales del país. Dice el informe que el éxodo a las ciudades haría necesaria la construcción de 12 Nueva Yorks.

Ilustración publicada en 1870 en el ‘Magasin Pittoresque’ que muestra los primeros pozos de petróleo explotados en Pennsylvania (EEUU). Crédito Morphart Creation
Ilustración publicada en 1870 en el ‘Magasin Pittoresque’ que muestra los primeros pozos de petróleo explotados en Pennsylvania (EEUU). Crédito Morphart Creation

Otros estudios llegan a las mismas conclusiones y pintan los mapas de color rojo: más calor, más sequías, más incendios. Un paisaje que los californianos, por ejemplo, ya conocen bien. Para 2050, todas las ciudades del país habrán experimentado un notable aumento de las temperaturas. La Nueva York del futuro será como son hoy Misisipi o Alabama: lugares en verano, o primavera, casi perpetuo.

Estas previsiones han dado munición a la izquierda del Partido Demócrata, que el año pasado reveló el Green New Deal: un ambicioso pacto verde que espera lograr un mundo sin emisiones contaminantes para 2050. Una carrera global ecologista que lideraría Estados Unidos.

Con el Green New Deal Los progresistas quieren conseguir, en tres décadas, un 100% de energías renovables
Los progresistas quieren conseguir, en tres décadas, un 100% de energías renovables, lo cual incluiría financiar el desarrollo y uso de coches eléctricos, fomentar el transporte público y construir trenes de alta velocidad, prohibir la exportación de crudo, hacer sostenibles todos los edificios del país y crear millones de empleos avanzados, seguros, bien pagados y protegidos por garantías sociales. Una manera de incluir, en el paquete, la lucha contra la pobreza y la desigualdad.

Estados Unidos
Donald Trump sostiene un cartel que dice ‘A Trump le gusta el carbón’ en un mitin en Pennsylvania en 2016.

El coste del plan es imposible de calcular. Su mayor defensora, la congresista socialista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez dice que se financiará solo por las ganancias generadas. Voces conservadoras, como la del think tank American Action Forum, han estimado que puede llegar a costar 93 billones (trillions) de dólares en los próximos 10 años. Es decir, unos 600.000 dólares por hogar americano y el equivalente a casi cinco veces el PIB de Estados Unidos.

La propuesta golpeó de lleno con la suspicacia conservadora. El senador de Arkansas, el republicano Tom Cotton, dijo que los demócratas planean confiscar los coches de los estadounidenses y ponerlos a viajar en un monorraíl que funcione a base de “lágrimas de unicornio”.

Uno de los rasgos más marcados de la administración Trump es su escepticismo climático. Al poco de alcanzar la presidencia, el republicano ordenó la salida del Acuerdo Climático de París, que su antecesor, Barack Obama, se había esforzado en negociar. El presidente Trump ha firmado muchos decretos en esta línea: ha relajado los estándares ecológicos de los vehículos, ha dado luz verde a la construcción de oleoductos y ha cancelado un centenar de medidas ecológicas aprobadas por las anteriores administraciones. Cuando llegó la pandemia de coronavirus, la Casa Blanca anunció que no multaría a las empresas que se saltasen los límites contaminantes vigentes.

El sentir del presidente refleja el de parte de su base electoral. A pie de calle, el cambio climático se percibe, aproximadamente, en función de las sensibilidades partidistas. Nada hay en Estados Unidos que se escape a la politización.

Tormenta de polvo en Rolla, Kansas, ocurrida el 6 de mayo de 1935, durante la época del dust bowl, cuando varios estado del interior de EEUU sufrieron un grave fenómeno de erosión eólica. | Crédito: Everett Historical

Según una encuesta del Pew Research Center, la inmensa mayoría de los votantes demócratas, el 90%, creen que el Gobierno federal no está haciendo lo suficiente para reducir los efectos del cambio climático. Una proporción que baja hasta menos de la mitad, el 39%, entre los republicanos. Dentro de los republicanos, cuanto más hombre y más a la derecha, más escéptico.

Aún así, la preocupación general de la ciudadanía por el clima ha ido creciendo sostenidamente en la última década. Y, si bien la Casa Blanca actual es renuente a aceptar el rol humano en los cambios del clima, muchas autoridades estatales y municipales están emprendiendo medidas de largo plazo. Más de la mitad de los estados tiene sus propios planes de acción climática y una decena han establecido objetivos de reducción de las omisiones contaminantes.

En Nueva York, las prédicas del geofísico Klaus Jacob han hecho algo de mella. El Ayuntamiento ha creado una comisión especial para investigar los efectos del clima y actuar en consecuencia. El alcalde, Bill de Blasio, ha presentado un plan de 10.000 millones de dólares para proteger de las inundaciones las zonas más sensibles, elevando muros o ampliando dos bloques la línea de costa.

Central Park y el Upper West Side de Nueva York. | Foto. Francois Roux

Los nuevos edificios que se construyen, además, deben de tener tejados frescos: cubiertos de vegetación o pintados con un material reflectante. Una manera de evitar el recalentamiento de los edificios y por tanto de ahorrar en gasto energético. Desde 2015, otra iniciativa pública, “vecindarios frescos”, ha plantado un millón de árboles en los barrios más afectados por las altas temperaturas.

Todo sea para evitar que esta ciudad norteña, con sus navidades tradicionalmente nevadas y frías, no acabe teniendo el clima de Arkansas (9). Y Arkansas termine siendo inhabitable.



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