La caída de Nueva York - EL ÁGORA DIARIO - EEUU

La caída de Nueva York

La caída de Nueva York

El paso del huracán Isaías por Nueva York ha derribado árboles y cortado la luz a miles de personas, pero los resignados neoyorquinos, que aún sufren el impacto del coronavirus y aguardan sus consecuencias económicas, siguen con su vida diaria a pesar de todo


Argemino Barro
Nueva York | 7 agosto, 2020


La tormenta Isaías ha cubierto Nueva York de árboles tronzados. En lo que dura una película, los vientos huracanados, de más de 110 kilómetros por hora, dejaron un paisaje de coches aplastados bajo el peso de los arces, plataneros cruzados en las carreteras y millones de hojas húmedas desparramadas por los barrios residenciales. El Ayuntamiento recibió 16.000 llamadas por este tipo de incidentes, el mayor número jamás registrado. La caída del tendido eléctrico, según el proveedor Con Edison, ha sido la peor de la historia con excepción de la sufrida en 2012, durante el huracán Sandy. Más de un millón de neoyorquinos se quedaron a oscuras.

Con todo, Isaías casi ha pasado desapercibido. El barómetro neoyorquino de la desgracia se ha ensanchado. El umbral del dolor es mucho más alto. Una ventolera capaz de cercernar un bosque solo es un arañazo, una brisa que como mucho revuelve el pelo de las audiencias.

Los neoyorquinos, muchos de ellos con el pelo largo y descuidado y una mascarilla médica, las ropas arrugadas de quien ya no tiene ánimos de ponerse a planchar, observan una ciudad cambiante, en cierto modo mágica. Una metrópoli apagada y al mismo tiempo disponible como nunca antes lo había estado. Disponible para los largos paseos por sus calles anchas y despejadas, libres de turistas. Una Nueva York singular, y esperemos que efímera, que baja por un tobogán de sucesos del que todavía no atisbamos el final.

Al principio de la pandemia, los optimistas decían que, en el fondo, la plaga podría venir bien para reforzar la solidaridad y hasta sanar las heridas sociales. Junto a los que recomendaban hacer yoga, estudiar economía o escribir una novela, estaban los evocadores del espíritu del blitz: los creyentes en la desgracia como efecto catarsis, como punto de apoyo para despertar una conciencia de equipo y superar, hombro con hombro, las peores adversidades.

El blitz se refiere al bombardeo de Londres durante la Segunda Guerra Mundial. En la primavera de 1940, la Alemania nazi inició los ataques a los barrios residenciales ingleses con el objetivo de minar la moral en la retaguardia enemiga. Downing Street temía que los ciudadanos se quedaran acurrucados en los sótanos de sus casas y que hubiera saqueos y protestas contra la participación británica en la guerra, que era lo que prometía el recién elegido gobierno de Winston Churchill.

Los temores de Londres, que dudó si construir o no búnqueres por el miedo a que los ciudadanos se atrincherasen en ellos, demostraron ser infundados. Millones de personas siguieron yendo a trabajar por las mañanas y volviendo por la noche a sus casas. Si el bombardeo los pillaba de camino, se refugiaban en las líneas de metro. A veces se quedaban allí durante horas y se hacían las necesidades encima. Nadie, en toda la guerra, tuvo que llamar a un policía para mantener el orden.

Nueva York
Un voluntario da indicaciones a una mujer en un centro de testeo en Nueva York (EEUU). EFE/EPA/Cristóbal Herrera

Los británicos habían estimado que unos cuatro millones de personas, casi la mitad de la población de la capital, padecerían alguna crisis nerviosa. Cada noche morían decenas o centenares de vecinos y la ciudad despertaba llena de cráteres y escombros. Una vez más, sucedió lo opuesto: los casos psiquiátricos descendieron. Algunos pacientes, incluso, se recuperaron durante los bombardeos. Los epilépticos tenían menos ataques, los depresivos mejoraron y había menos suicidios. “Neuróticos crónicos en tiempos de paz ahora conducen ambulancias”, observó un médico.

Las explosiones, la destrucción, las cartillas de racionamiento y la incertidumbre de la guerra habrían tenido un efecto sanador, y todavía hoy los británicos honran aquel episodio como si fuera, en palabras del propio Churchill, su “hora más gloriosa”.

Quizás el espíritu del blitz se percibiera en los hospitales de Nueva York, o en el denodado trabajo de otras profesiones como los repartidores, los conductores de autobús o las fuerzas del orden público. Pero, a un nivel general, su ausencia ha sido patente. Una pandemia no es una guerra. El virus no crea camaradería; el virus nos acorrala en nuestras madrigueras y convierte el contacto humano en un producto de lujo.

Durante el confinamiento, los miedos y las energías permanecieron encerrados, incapaces de circular por los cauces normales, dando vueltas en nuestro interior como un tigre en su jaula, buscando un hueco por el que salir. Cuando el policía de Mineápolis asesinó a George Floyd, un afroamericano indefenso que suplicó clemencia durante casi nueve minutos, las calles de Nueva York estallaron. Como propulsados por un resorte, miles de norteamericanos en las grandes ciudades salieron con sus carteles y sus eslóganes y sus cánticos. Tenían fuego en el pecho. En la Gran Manzana estuvieron más de un mes protestando todos los días. Incluso rodearon el Ayuntamiento, acampando en tiendas rotas, con los eslóganes tirados por el suelo y centenares de personas sin hogar arremolinándose junto a ellos.

Las marchas fueron inéditas en cantidad y en potencia. De día eran pacíficas; de noche volaban las botellas y los artefactos incendiarios. El centro de Manhattan, la milla de oro por excelencia, fue presa de los saqueos. Ni los tablones pudieron proteger a Chanel en la Quinta Avenida. Las pequeñas scooter controlaban los alrededores y daban luz verde; luego aparecían las hordas, descendiendo sedientas como los hérulos sobre Rávena.

Las fuerzas de seguridad se estiraron como el ejército romano en el limes. La policía no daba abasto; cuando los agentes controlaban una manifestación en Flatbush, las joyerías eran saqueadas en Bensonhurst. Cuando los agentes se aglomeraban en Union Square, caían los negocios del Bronx. El jefe de la policía neoyorquina, Terence Monahan, llegó a hincar la rodilla frente a los manifestantes en demanda de paz y un respiro para sus hombres.

Un policía neoyorquino usa el gas pimienta en una carga policial. | EFE/EPA/KEVIN HAGEN

Luego las energías alcanzaron la política. El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, tomó nota de las demandas de las protestas; su propia hija había sido arrestada en una de ellas. El Ayuntamiento, presionado por un coro de voces mediáticas y activistas, recortó 1.000 millones de dólares del presupuesto de la policía, un 17%, y les prohibió determinado tipo de llaves, como la capacidad de inmovilizar a un sospechoso colocándole la pierna en la espalda o en el pecho. Los agentes, ninguno de los cuales estuvo presente en la firma, no se lo tomaron bien.

Los fuegos artificiales ilegales retumbaron en la noche durante cuatro semanas consecutivas. Estallaban en las calles, en los portales, en los parques y en los patios interiores. Salían disparados de las azoteas y reventaban papeleras y buzones. Los bebés se despertaban aterrorizados, las mascotas se escondían debajo de los muebles. Pero la policía se limitó a observar el espectáculo, como era evidente y como me reconoció, de forma anónima, uno de ellos: “No queremos meternos en problemas. Que revienten todo lo que quieran reventar porque no podemos hacer nada, desgraciadamente. Porque todo nos lo impugnan y todo lo que hacemos está mal”.

La desmoralización de los agentes, que se consideran maniatados por los políticos y vilipendiados por la opinión pública, tiene consecuencias mucho más graves: consecuencias vitales. Su relajación ante el crimen, como suele suceder cuando se producen escándalos de mala conducta, ha permitido que junio fuera el mes más violento desde 1996. En julio los tiroteos se triplicaron con respecto al mismo periodo del año pasado, los homicidios aumentaron un 60% y los robos en el Upper East Side, una zona tranquila de hospitales y embajadas, se dispararon un 286%.

Las energías desbocadas también rondaban por los medios de comunicación y las grandes empresas. Con objeto de señalar y vencer a la realidad del racismo, en las plazas públicas se tiraban estatuas de hombres blancos y en las redacciones y despachos rodaban las cabezas de quienes alguna vez habían mostrado algún comportamiento sospechoso, justificado o no. Solo hacía falta alborotar en Twitter, y una nueva testa venía rodando hacia los pies de los guerreros de la justicia social.

Las conversaciones sobre la pandemia se tornaron en conversaciones sobre el racismo, donde lo importante era declarar la adhesión de uno a la ideología woke: el evangelio del género y el color de la piel, de la vida percibida como una sórdida lucha de poder entre razas, con sus misas colectivas, sus herejes y su complicada escolástica.

Otros canalizaban su frustración hacia el rechazo de la mascarilla. En el supermercado Trader Joe’s de Murray Hill, en Manhattan, dos hombres entraron a comprar con la cara descubierta. Un empleado les pidió que se la taparan, así que uno de los hombres le arrancó la mascarilla al empleado, luego agarró un palo de madera y se puso a golpear a otro trabajador en la cabeza. Un tercer empleado recibió un tirón de pelos. En total hubo diez víctimas, entre empleados y gerentes. Por el uso de la mascarilla. Uno de los hombres tenía un arma encima y amenazó con sacarla. La policía detuvo a los dos poco después de que salieran de la tienda.

Pero la superioridad moral y los altercados eclipsan una realidad más cruda: la realidad económica de las familias neoyorquinas. La pandemia, como en otras ciudades y países, fue como una guadaña volando por entre las espigas de un campo de trigo, o como los vientos huracanados de Isaías tirando las acacias de Sunnyside, en Queens. Los empleos fueron rebanados limpiamente en marzo y abril. Sobre todo los más precarios y de clase trabajadora, desempeñados, sobre todo, por minorías.

No todos los barrios de Nueva York han sufrido igual: “Es como si partes del Bronx estuvieran experimentando la Gran Depresión, mientras el Upper East Side solo se enfrentó a modestas caídas del empleo”, escriben Quoctrung Bui y Emily Badger en The New York Times. En zonas como Flatbush Avenue, en Brooklyn, el paro ronda el 30%.

Las autoridades de la ciudad, el estado y el Gobierno federal han dado distintas salvaguardas económicas: cheques familiares, un paro reforzado de 600 dólares a la semana, préstamos a bajo interés y mayores facilidades para pagar el alquiler o la hipoteca. Protecciones que, sin embargo, no son eternas, y a medida que se acerca el otoño muchas de ellas van caducando y quedándose por el camino.

Las esperanzas de una rápida recuperación económica, en vista de cómo se expande la pandemia por los otros estados, se van hundiendo y en su lugar aumentan los miedos al calvario que, como apuntan Bui y Badger, puede quedar por delante: “Una ola de desahucios, la profundización de la pobreza, más hambre infantil”.

Los ricos fueron los primeros en marcharse, y siguen fuera. Ellos y su riqueza, tan apreciada por una ciudad que ahora mismo tiene un agujero de unos 9.000 millones de dólares. El gobernador del estado, Andrew Cuomo, ha pedido a los millonarios, o mejor dicho les ha suplicado, que vuelvan a Nueva York. “Literalmente hablo todo el día con gente que ahora está en su casa de los Hamptons y que también vive aquí, o en su casa del Valle del Hudson o en su casa de fin de semana de Connecticut, y digo ‘Tenéis que volver, ¿cuándo volvéis?”, declaró Cuomo. “Saldremos a cenar, os invitaré a una copa, venid a mi casa, cocinaré para vosotros…”.

Nueva York
El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo. | EFE /Mike Groll/Gobernación de Nueva York

Nueva York continúa deslizándose por este tobogán de los acontecimientos, del que todavía no vemos el final. Las energías reprimidas, además de manifestarse en las calles o en las discusiones políticas o en las peleas por la mascarilla, tienen al menos un área placentera por la que esparcirse. Una invención que los europeos conocemos bien, pero que en Nueva York es una rareza: las terrazas.

Pese a que estamos en la última fase de reapertura, la fase 4, las autoridades todavía no permiten entrar a consumir en los restaurantes. Así que estos han habilitado todo tipo de jardines y patios interiores y han tomado el control de las aceras. Ahora los cafés alinean sus mesitas en grupos o a la parisina: una hilera junto a las ventanas, para ver y dejarse ver, solo que con algo de distanciamiento social.

La ausencia de turistas permite recorrer Central Park mirando hacia arriba, hacia las ramas de los árboles que se agitan emitiendo suaves quejidos. Sheep Meadow, el “prado de las ovejas”, la explanada más grande del parque, se puede encontrar vacío a media tarde, como si estuviéramos en pleno enero. Los grupos de jazz practican en los recovecos más frescos, junto a la estatua de Walter Scott o bajo las terrazas de Bethesda. Quizás no ganen tantas propinas como en otros años, pero se los ve felices de poder observar a su alrededor la grandeza de este espacio aristocrático.

Al atardecer, cuando el sol desciende incandescente, llenando las avenidas con las sombras alargadas de los peatones, que pueden cruzar la calle sin mirar, dado el escaso tráfico, las terrazas brillan en las aceras de Chelsea. Mal que bien, el neoyorquino medio se permite una cerveza al aire libre, con la mascarilla en la barbilla, disfrutando de un momento de vacío y de paz, que, esperemos, sea pasajero.



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