Transhumanista e inmortal: el otro candidato a la Casa Blanca

Transhumanista e inmortal: el otro candidato a la Casa Blanca

La Casa Blanca no solo se juega entre Biden y Trump. Tras ellos, existen otros candidatos como el transhumanista Zoltan Istvan que, entre otros proyectos, promete la inmortalidad si es elegido presidente. Nuestro corresponsal Argemino Barro nos cuenta que es exactamente este movimiento con adeptos en todo el globo


Argemino Barro
Madrid | 23 octubre, 2020


Los líderes políticos de todas las épocas y lugares se caracterizan, a la hora de presentar propuestas, por su optimismo. Se supone que votar por ellos traería una era de seguridad en las calles y abundancia en los hogares. El paro bajaría, los adversarios nos respetarían y el césped de los parques resplandecería en una primavera perpetua. Pero ninguno de los candidatos políticos al uso le llega a la suela de los zapatos, en materia de promesas, a Zoltan Istvan: aspirante transhumanista a la presidencia de Estados Unidos.

“En lugar de en contratos militares gigantes en Afganistán e Iraq, vamos a coger ese dinero y a ponerlo en crear un complejo científico-industrial en América dedicado a terminar con el envejecimiento y actualizar al ser humano”, declaró Istvan al portal Roads and Kingdoms. Es decir: el candidato promete la inmortalidad. O al menos un impulso científico lo suficientemente fuerte como para llegar a ella lo antes posible.

La filosofía de Istvan, el transhumanismo, propone una “evolución participativa”: en vez de dejar la mejora de la especie humana en manos de la selección natural, es la especie humana la que tiene que tomar el mando, mediante la tecnología, y aplicar estas mejoras sobre sí misma. La inmortalidad solo es una de ellas, quizás la más ambiciosa. Pero hay muchas más: por ejemplo, hacer que la criogenización sea más efectiva, desarrollar implantes cerebrales que nos permitan tener todo el saber del mundo en la cabeza, lograr avances genéticos para evitar enfermedades o crear injertos mecánicos que potencien nuestra fuerza o nuestros sentidos.

Un retrato de Zoltan Istvan para mostrar su candidatura a la presidencia

Como filosofía, el transhumanismo es flexible y transversal; tiene muchas variantes. Hay una perspectiva socialista, que aboga por hacer que la tecnología esté disponible para todas las clases sociales; una perspectiva libertaria, que es la que propone Istvan, registrado como republicano; una perspectiva budista, otra cristiana, y casi tantas como religiones o ideologías políticas. El transhumanismo aborda tanto la parte práctica de los avances científicos, como la parte moral y ética: el debate sobre cuáles son los límites de su aplicación.

El considerado precursor del transhumanismo fue un pensador ruso, Nikolai Fiódorov, que en la segunda mitad del siglo XIX proponía alargar la vida humana mediante la ciencia. Fiódorov soñaba con la inmortalidad y la resurrección de los muertos, y elaboró una filosofía futurista que especulaba, también, sobre la conquista del espacio. Se trataba de impulsar a la raza humana hacia nuevas fronteras, hacia una frontera cósmica. Las ideas de Fiódorov, condensadas en el concepto de “cosmismo”, dieron forma, décadas más tarde, a la imaginación de los escritores y científicos soviéticos. El novelista Andrei Platonov sacó algunas ideas de los trabajos de Fiódorov y los astrónomos bautizaron un planeta en su honor en 1978.

La semilla del transhumanismo, como desgrana el portal The Verge, germinó también en otros lugares. Los científicos británicos J. B. S. Haldane y John Desmond Bernal publicaron en los años veinte sendos textos en los que imaginaban los efectos de la ciencia en las habilidades humanas, así como sus implicaciones éticas. Según Haldane, cuando suceden cambios radicales en la sociedad siempre vienen acompañados de críticos que los consideran “indecentes y antinaturales”. Los autores de ciencia ficción desbrozaron nuevos caminos. Neil R. Jones escribió un relato en el que un astronauta pasaba millones de años congelado en el espacio. Unos ciborgs lo hallaban, cogían su cerebro y lo colocaban en un robot. La historia se publicó en 1931: tres décadas antes de que Yuri Gagari se convirtiera en el primer ser humano que orbitaba alrededor de la Tierra.

Los cuentos y proyecciones científicas se fueron volviendo más sofisticados. En 1957 el biólogo evolucionista Julian Huxley acuñó el concepto de “transhumanismo”. “Hasta ahora la vida humana ha sido generalmente, como la describió Hobbes, ‘desagradable, brutal y corta’”, escribió Huxley. Pero “la especie humana puede, si así lo desea, trascenderse, no solo esporádicamente (…) sino en su totalidad, como humanidad”.

El filósofo apodado FM-2030

El término fue popularizado más tarde, en los años ochenta, por un profesor de la New School de Nueva York, el iraní-americano Fereidoun M. Esfandiary, aunque deberíamos llamarlo FM-2030: pues ese acabó siendo su nombre legal. FM-2030 consideraba que los nombres al uso, con sus apellidos y demás, solo eran reminiscencias de un pasado tribal y anacrónico. Un residuo del primitivo reino animal del que procedía el hombre. “Los nombres convencionales definen el pasado de una persona: el linaje, la etnia, la nacionalidad, la religión. Yo no soy quien era hace diez años y ciertamente no quien seré en veinte años”, dijo FM-2030. La cifra concreta de 2030 hacía referencia a su voluntad de vivir, al menos, 100 años. “En 2030 no tendremos edad y todo el mundo tendrá una excelente oportunidad de vivir para siempre. 2030 es un sueño y un objetivo”.

FM-2030 murió de cáncer de páncreas en el año 2000, antes de cumplir 70 años. Su cuerpo está desde entonces en “suspensión criónica” en la fundación Alcor de Arizona. Su cadáver fue el primero en ser vitrificado: una manera de criopreservar alternativa a la congelación.

La labor de FM-2030 puso las bases del transhumanismo contemporáneo, que, si bien está presente en distintos países, tiene su base oficiosa en Silicon Valley, la región californiana de la que proceden los inventos más trascendentes de los últimos veinte años. El lugar en el que existen los medios y el apetito para perseguir o explorar este tipo de ideas; y también la cultura de übermensch treintañeros en vaqueros y camiseta, buscando un nuevo hallazgo que defina al futuro.

El financiero Peter Thiel ha puesto dinero en distintas iniciativas, como la SENS Foundation o el Machine Intelligence Research Institute, encaminadas a curar el envejecimiento. Los mandamases de Facebook, Google y Apple crearon en 2014 el Breakthrough Prize in Life Sciences, un premio dedicado a financiar la compresión de los sistemas habitables y la extensión de la vida humana. El Palo Alto Longevity Prize otorga un millón de dólares a las empresas que logren alargar la juventud; y ninguna corporación ha mostrado el interés de Google.

El famoso buscador de internet creó en 2011 Google Brain, una división centrada en el desarrollo de la inteligencia artificial. El gurú futurista Ray Kurzweil, que ha dedicado su carrera a estudiar maneras de potenciar las capacidades humanas, desde la genética a la nanotecnología y la robótica, se puso al servicio de la compañía. En 2014 Google Brain se fusionó con DeepMind Technologies para entender la forma en que funciona la inteligencia y poder reproducirla en máquinas.

Otro visionario que encaja de manera tangencial en el transhumanismo es Elon Musk, consejero delegado de Tesla y Space X. El inventor de origen sudafricano, cuyo último retoño, X Æ A-12, tiene un nombre sospechosamente transhumanista, ha prometido convertir a la humanidad en una especie interplanetaria (colonizando Marte) para el año 2040.

Sin embargo, el transhumanismo no solo predica metas que puedan sonar a fantasía. Muchos de sus objetivos han sido, técnicamente, cumplidos, como la invención de trajes que fortifican los movimientos de quienes los visten. La empresa norteamericana Seismic ha diseñado ropa interior robótica que ayuda a la gente mayor, por ejemplo, a mantenerse erguida o a levantarse de la silla con más energía.

La cirujía ortopédica y las prótesis, además de recomponer tejidos y huesos y reemplazar extremidades, es también susceptible de hacer a un humano más rápido, como declaró el experto Blay Whitby, de la Universidad de Sussex, a The Guardian. “Nos estamos acercando al momento en el que, para algunos tipos de deporte en pista como los 100 metros lisos, los atletas que corren con hojas de fibra de carbono podrán superar a aquellos que corren con piernas naturales”.

Neil Harbisson, artista británico-irlandés nacido en España, es la única persona del planeta con una antena implantada en el cráneo. Una antena que tiene wifi y que le permite, a través de vibraciones audibles, percibir los colores que sus ojos solo ven en blanco y negro, recibir señales y llamadas telefónicas y tocar música. Harbisson ha sido reconocido legalmente como ciborg y es un activista del transhumanismo.

El movimiento, acunado por distintas fundaciones y proyectos académicos, ha seguido expandiéndose, y tiene en Zoltan Istvan su rostro político más conocido: un transhumanista con la ambición de llegar a la Casa Blanca.

El candidato asegura que llegó al transhumanismo gracias a una experiencia cercana a la muerte. Cuando era un joven reportero de National Geographic, se fue a Vietnam a hacer un reportaje sobre los misiles norteamericanos que seguían encontrándose en los arrozales y cuyo metal vendían los campesinos. Istvan tuvo que cruzar un campo de minas en el que estuvo a punto de saltar en pedazos. Su guía lo apartó del camino en el último momento, dejando en él una impronta, o un miedo a la muerte, que le dura desde entonces.

“No quiero decir que sea síndrome de estrés postraumático, pero realmente me hizo pensar: ¿y si podemos vencer a la muerte?”, ha reconocido Istvan. “Y cuando supe que podía hacer esto, me di cuenta de que esto era a lo que quería dedicar mi vida”. El periodista se unió a los transhumanistas, escribió una novela sobre el tema, redactó cientos de columnas y se hizo un nombre público que desde entonces trata de seguir cultivando.

Zoltan Istvan también se había presentado a las elecciones de 2016 con la promesa de acabar con el envejecimiento en un plazo de 15 a 20 años. Su idea era unificar la comunidad transhumanista, liderarla y poner al servicio de la idea de la inmoralidad los inmensos poderes del Gobierno de Estados Unidos; hacer que su cruzada pasara de las oscuras salas de juegos de Silicon Valley a las agencias públicas estadounidenses. Al final, sin embargo, su nombre no apareció en las papeletas de ninguno de los 50 estados.

Si bien es improbable que llegue a presidente, Istvan ha dado un pequeño paso de ciborg y se ha implantado en la palma de la mano un microchip del tamaño de un grano de arroz. Un dispositivo coordinado con los teléfonos Android que le permite, entre otras cosas, mandar mensajes o abrir la puerta de su casa. “Soy un surfista y soy un corredor y cuando vas a hacer surf siempre tienes que esconder tus llaves, y menudo coñazo es eso”, declaró



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