2020 ¿Año perdido o una oportunidad para la lucha climática?

2020 ¿Año perdido o una oportunidad para la lucha climática?

Las negociaciones climáticas internacionales, con la COP26 a la cabeza, se han suspendido por la crisis del coronavirus, pero esta pandemia también puede ser una enorme oportunidad para repensar nuestra forma de vivir y hacerla compatible con la salud del planeta

Nicolás Pan-Montojo
Madrid | 10 abril, 2020

Tiempo de lectura: 7 min



“Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”. Esta frase del psiquiatra y filósofo austriaco Viktor Frankl ilustra particularmente la situación sin precedentes que nos ha tocado vivir. La crisis del coronavirus ha puesto patas arriba la salud y la economía del planeta e incluso parece haber detenido por completo la que hasta ahora era la principal preocupación internacional: el calentamiento global y la lucha climática.

El año 2020 estaba llamado a ser importante para las negociaciones climáticas. No solo por ser el momento en el que se tenía que confirmar ese “aumento de ambición” en la reducción de emisiones de efecto invernadero de los países, sino porque daba el pistoletazo de salida a una década que todos los actores califican de “decisiva” para el clima. El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC) lleva tiempo alertando de que el tiempo se acaba para limitar el aumento de la temperatura global a un máximo de 1,5 grados centígrados, punto a partir del cual las consecuencias serían devastadoras para nuestro planeta.

Ahora, queda un año menos para conseguirlo. La suspensión de la COP26 por la crisis del coronavirus supone aplazar un encuentro clave, pues era el examen de reválida previsto cinco años después del Acuerdo de París. En Glasgow se debía elaborar el mercado de emisiones, un mecanismo imprescindible para la lucha climática, pero también analizar cómo habían funcionado las medidas tomadas y, sobre todo, tratar de obtener un compromiso por parte de los países para aumentar la ambición en el recorte de las emisiones.

lucha climática
Tres mujeres retiran un logo de la COP25, celebrada en Madrid el año pasado, al final de la cumbre. | Foto: EFE/Juan Carlos Hidalgo

A la suspensión de la conferencia sobre el clima se suma la cancelación de la COP 15 sobre la Diversidad Biológica, una cumbre clave para la biodiversidad, y el retraso ya confirmado de los próximos informes del IPCC. “Estamos perdiendo un año, un tiempo súper valioso para actuar. El confinamiento no debería implicar inacción, es más necesario que nunca continuar con las políticas climáticas”, afirma Fernando Prieto, director del Observatorio de Sostenibilidad.

“El hecho de que se cancele totalmente la COP, sin sustituirla por ningún hito, ningún avance, contribuye a sacar el tema del cambio climático de la agenda”, le secunda Cristina Monge, profesora de Sociología y asesora a la fundación Ecodes. Sin embargo, la también politóloga cree que empieza a haber “evidencias de que cada vez más población es consciente de que somos vulnerables y dependemos de la salud del planeta”. En este sentido, cree que la pandemia de coronavirus puede suponer “un antes y después en cuanto a conciencia ciudadana y en cuanto a presión de la sociedad civil” para aumentar la acción climática.

Coronavirus y salud mundial

Y es que pandemias y cambio climático tienen muchos más nexos en común de lo que parece. Según apunta el profesor de investigación en el CSIC y biólogo Fernando Valladares en una discusión online organizada por Climate Reality Project España, “resulta indiscutible que detrás de esta pandemia está la destrucción de la naturaleza”. El profesor explica que una naturaleza sana, con ecosistemas funcionales y ricos en especies “nos protege de una manera muy amplia ante infecciones por patógenos”, sobre todo gracias a la biodiversidad.

Porque, hasta que esta crisis nos ha estallado en la cara, no hemos sido conscientes de la enorme influencia que tiene el clima sobre la expansión de enfermedades, a pesar de que científicos e incluso empresarios como Bill Gates ya nos habían alertado de los enormes riesgos de la zoonosis. Y es que este término ha saltado de los círculos especializados al vocabulario científico popular gracias a esta crisis: el 70% de las nuevas enfermedades de los últimos 40 años han provenido de animales salvajes y su contacto con el ser humano.

Según Valladares, una gran parte del problema con las zoonosis actuales es “la globalización, que implica movimientos rápidos y masivos de la población humana”. El coronavirus, que se originó muy probablemente en los murciélagos y pasó en algún momento por los pangolines hasta llegar al ser humano, es el ejemplo mortal de esta peligrosa deriva que hemos sufrido en nuestras propias carnes. Pero antes ya hubo otros virus que pasaron de los animales al ser humano: avisos que no quisimos atender.

biodiversidad
La reducción de biodiversidad aumenta el riesgo de propagar patógenos.

Jesús Martínez Linares, Observador Internacional de la ONU para el Clima, apunta a otras dos conexiones entre calentamiento global y nuevas enfermedades que ayuda a concienciar sobre la necesidad de cuidar el planeta para evitar nuevas pandemias. “Uno de los efectos del cambio climático es la migración de especies tropicales a zonas más templadas, lo que ha permitido que mosquitos que portan enfermedades endémicas como el dengue pasen de África al Ebro”, asegura el autor del libro de divulgación climática Planeta Titanic.

Pero hay otra amenaza agazapada que se puede destapar si continúa el calentamiento: “El deshielo es un patrón global que tiene muchas consecuencias perversas. Una es que los glaciares guardan en su interior virus congelados de los que se desconoce totalmente su posible efecto. Es un peligro potencial muy grande, una pista que nos indica que, de no actuar ya, igual pronto tendremos que hacer frente a una nueva pandemia mucho más grave”, explica Linares.

“A medida que invadimos los frágiles ecosistemas del planeta, los seres humanos entran en mayor contacto con la vida silvestre”, asegura la directora ejecutiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Inger Andersen. “Además, el comercio ilegal de vida silvestre y los mercados ilegales son causas frecuentes de tales enfermedades. Alrededor de mil millones de contagios y millones de muertes ocurren cada año a causa de este tipo de afecciones”, sentencia. Y, si no hacemos nada, pueden ser muchas más.

¿Una reconstrucción verde?

A pesar de estos complicados augurios, lo cierto es que está en nuestra mano cambiar de paradigma y ponernos manos a la obra para poder cumplir con unos Objetivos de Desarrollo Sostenible que aparecen ahora como el camino a seguir para lograr mejorar tanto la salud del planeta como la nuestra propia. En ese sentido, es necesario ver también la crisis del coronavirus como una oportunidad.

Actualmente, la reconstrucción económica que será necesaria una vez se logre controlar el coronavirus es una de las mayores preocupaciones tanto de políticos como ciudadanos. Pero ese “nuevo plan Marshall” del que tanto se habla debería pasar también por una transición hacia una economía más sostenible. “Alinear políticas de reconstrucción y objetivos de neutralidad climática no sólo es posible, sino que es absolutamente necesario. Estamos ante una oportunidad histórica de cambiar a mejor”, apunta Fernando Prieto.

Invertir en el cambio de modelo energético, acordar objetivos más ambiciosos de reducción de emisiones de carbono, reconstruir ecosistemas y proteger la biodiversidad, promover más decididamente la electrificación de la movilidad, hacer una alimentación más sostenible… La lista es amplia pero perfectamente factible si hay voluntad política y presión ciudadana.

El impulso a las energías renovables es clave para lograr una transición a un mundo más sostenible.

La segunda puede darse por descontado si observamos las últimas encuestas de opinión, que muestran la enorme preocupación popular por el cambio climático. E incluso el impulso político parece que ya empieza a existir, aunque por el momento no sea unánime. Esta misma semana, diez países de la Unión Europea, entre ellos España, han enviado una carta a la Comisión para reclamar que se empiecen a mover ya los 100.000 millones de euros que se iban a invertir en el Pacto Verde Europeo de aquí a 2027.

No solo creen que son recursos necesarios para impulsar la economía de los países afectados por el coronavirus, sino que lo ven como una apelación muy necesaria en estos momentos en los que la unidad de la Unión Europea se ha puesto en duda como consecuencia del coronavirus. Y la ministra de Transición Ecológica española, Teresa Ribera, va incluso más allá: “La recuperación y el relanzamiento de las economías y del patrón de convivencia social encontrarán en las soluciones climáticas un espacio de bienestar para todos”, aseguró en declaraciones a EFE.

Aún así, Cristina Monge recuerda la importancia de que esta transición tan necesaria se haga de forma “justa”. “Los sectores que van a seguir perdiendo tienen que tener una atención especial. Antes hablábamos del sector minero o el del automóvil, pero el coronavirus demuestra que son muchas más partes de nuestra economía las que se van a quedar atrás. Y es absolutamente imprescindible acompañarlas, para mantener la cohesión y evitar cualquier desigualdad”, explica.

La oportunidad está ahí, solo tenemos que saber aprovecharla. No se pueden cometer los mismos errores que en 2008, cuando la crisis económica se tradujo en recortes de políticas sociales y ambientales, incluyendo un “hachazo” a las energías renovables y un aplazamiento de la cuestión climática a momentos más propicios. La reconstrucción económica y social no puede significar un retorno a la “normalidad” de antes de la crisis del coronavirus. Es el momento de poner a las personas y el planeta en el centro.

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La presión popular es clave para lograr que la reconstrucción económica sea al mismo tiempo verde.

En palabras de María Novo, titular de la Cátedra UNESCO de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible, “cambiar es ya un imperativo estratégico, no solo ético, que está en la mente de gobernantes y ciudadanía”. Según apunta la académica en CONAMA, “hemos aprendido, forzados por las circunstancias, a vivir mejor con menos, a ser felices con los pequeños placeres, a compartir recursos con vecinos que no conocíamos…” Una lección aprendida a la fuerza que quizás sea clave para lograr un mundo más sostenible.



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