El agua, fuente inagotable de acuerdo ¿y futuros conflictos?

El agua, fuente inagotable de acuerdo ¿y futuros conflictos?

A lo largo de la historia, el agua, sobre todo las cuencas internacionales, ha sido una fuente inagotable de acuerdos entre países, aunque la escasez derivada del cambio climático y el crecimiento de la población podría cambiar las tornas. El caso del Nilo y la disputa que mantienen Egipto y Etiopía por su control es un ejemplo paradigmático

Nicolás Pan-Montojo
Madrid | 20 marzo, 2020

Tiempo de lectura: 8 min



El agua potable no conoce de fronteras. Las llamadas cuencas internacionales, es decir, ríos que discurren por dos o más países, albergan alrededor del 40% de la población mundial y representan, aproximadamente, el 60% del caudal total de los ríos del mundo. Hasta 145 países forman parte de estas cuencas, un dato que ilustra perfectamente la interdependencia que existe en los recursos hídricos a nivel global.

Este catálogo de ríos compartidos, unido al reguero de guerras que ha teñido de rojo gran parte de la Historia universal, haría pensar que el acceso al agua potable ha debido ser una fuente inagotable de conflictos. Sobre todo en lugares áridos y con escasez de precipitaciones, en los que una sola fuente de agua en forma de río o lago puede significar la única oportunidad para la supervivencia de varios países al mismo tiempo.

Sin embargo, los antecedentes históricos van paradójicamente por otro camino. De hecho, ningún país ha declarado una guerra a otro únicamente por los recursos hídricos desde el año 2500 a.C. Entonces, en los albores de la historia escrita, las ciudades-estado mesopotámicas de Lagash y Umma lucharon entre sí por la cuenca de los ríos Tigris y Éufrates. Eso sí, el suministro de agua y las infraestructuras hidráulicas han sido a menudo tanto motivos para conflictos como instrumentos y objetivos militares, como veremos después.

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Grabado sumerio que narra la batalla entre Umma y Lagash por el control del agua. | Wikipedia Commons

Según la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), entre los años 805 y 1984 se han firmado en el mundo 3.600 tratados sobre las aguas. Es cierto que mayoría de esos acuerdos se referían a temas derivados de la navegación y la pesca, pero un número abundante de ellos se centra también en cuestiones de gestión del agua como el control de inundaciones, proyectos de energía hidráulica o asignaciones de caudales en cuencas internacionales.

Una investigación de la Universidad de Oregon estudió cualquier interacción entre dos o más países relacionadas con el agua y concluyó que la incidencia de conflictos graves en las cuencas internacionales es mucho menor al índice de colaboración entre las partes, a pesar del potencial desacuerdo en estas cuencas. Es decir, según los autores del estudio, a pesar de la retórica encendida de muchos líderes a lo largo de la historia sobre la gestión de aguas compartidas, ha habido más ejemplos de colaboración que de conflictos por el agua.

Un buen ejemplo lo tenemos mucho más cerca de lo que pensamos. Históricamente, los gobiernos de España y Portugal han firmado acuerdos bilaterales, en beneficio mutuo, sobre los usos y aprovechamientos de los ríos transfronterizos como el Tajo o el Duero. Ahora mismo sigue en vigor, desde el año 2000, el convenio de la Albufeira, por el que ambos países se reparten al 50% la potencia hidroeléctrica de las cuencas compartidas.

Pero lo increíble es que esta máxima del acuerdo antes que la guerra parece funcionar también entre enemigos y a veces incluso a pesar de que haya otro conflicto en marcha por otra cuestión. Algunos de los enemigos declarados más irreconciliables han negociado acuerdos sobre el agua y han creado instituciones comunes que demuestran una gran resistencia y flexibilidad, incluso en momentos de máxima tensión.

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El Triángulo Dorado es el área donde las fronteras de Tailandia, Laos y Myanmar se encuentran en la confluencia de los ríos Ruak y Mekong.

El Comité del Río Mekong, por ejemplo, establecido en 1957 por los gobiernos de Camboya, Laos, Tailandia y Vietnam como agencia intergubernamental, continuó intercambiando datos e información sobre el desarrollo de los recursos hídricos durante toda la guerra de Vietnam. Y la Comisión del Río Indo sobrevivió a dos guerras importantes entre India y Pakistán.

Pero, aunque aguas compartidas no generan conflictos violentos entre las naciones, el problema puede estar en el futuro. Con una población mundial que no deja de crecer y un cambio climático que amplía los efectos de eventos climáticos extremos como las sequías, el agua puede dejar de ser un fuente de entendimientos y pasar a serlo de conflictos

¿Hacia las guerras del agua?

La ONU advierte que, para el año 2050 la demanda mundial de agua dulce crecerá en más del 40% y por lo menos una cuarta parte de la población mundial vivirá en países con una “falta crónica o recurrente” de agua potable. Actualmente ya hay más de 800 millones de personas que carecen de acceso a servicios hídricos básicos.

Todo esto sin tener en cuenta los efectos cada vez más alarmantes del cambio climático. Las sequías y los desastres climáticos aumentan cada año, y suponen una presión añadida para un sistema hídrico que en muchos países es altamente irregular. Según la Organización Meteorológica Mundial, en tan sólo cinco años dos de cada tres personas en el planeta sufrirán restricciones en su suministro de agua.

Además, la ONU también ha avisado que, debido a la escasez, se está intensificando la utilización del agua como arma en situaciones de guerra y conflictos armados. Allí, la restricción o el control del acceso al agua puede convertirse en un instrumento de destrucción masiva.

Aunque históricamente una de las estrategias bélicas más habituales, sobre todo en asedios, ha sido la de impedir la entrada de recursos a la zona sitiada, en los conflictos actuales se ha vuelto habitual utilizar este tipo de tácticas contra población civil de manera indiscriminada. A través del bloqueo de pozos o fuentes, o con el sabotaje a infraestructuras de agua y saneamiento, se intenta que la población se quede sin agua y se vea obligada a huir para sobrevivir.

El ejemplo más sangrante y reciente lo encontramos Siria, un país que lleva más de 8 años sumergido en una guerra civil que parece no tener fin. Las principales ciudades, como Alepo y Damasco, y otras poblaciones más pequeñas han sufrido cortes de agua y sabotajes por ambos bandos durante los conflictos. Es decir, durante años, millones de personas han sido despojadas de agua segura y potable de manera aleatoria, para presionar al bando contrario a ceder.

La ciudad de Alepo, destruida tras ocho años de guerra civil.

También, en Yemen, la guerra ha destruido prácticamente todas las infraestructuras de agua potable y las condiciones higiénicas y sanitarias son existentes, lo que ha provocado la aparición de enfermedades transmitidas por agua contaminada como el cólera o las fiebres tifoideas.

Pero lo peor podría venir en zonas que comparten recursos hídricos y que cada vez están más enfrentadas por el control del agua. Como dijo el presidente estadounidense John F. Kennedy, “quien sea capaz de resolver los problemas del agua, será merecedor de dos premios Nóbel, uno por la paz y otro por la ciencia”.

El Nilo, un conflicto de más de un siglo

El colosal Nilo, el río más largo del mundo, es también uno de los más internacionales. Sus aguas fluyen a lo largo de unos 6.700 kilómetros y recorren 11 países: Rwanda, Burundi, República Democrática del Congo, Tanzania, Kenia, Uganda, Eritrea, Etiopía, Sudán del Sur, Sudán y Egipto. Sin él, muchas de estas naciones, abrazadas en parte por el desierto del Sáhara, tendrían casi imposible su existencia. El Nilo supone en cualquier caso un modelo paradigmático de ese papel del agua como fuente de conflictos y forzoso entendimiento.

Aunque no se ha establecido con exactitud dónde nace, pueden identificarse dos ramales: el denominado Nilo Blanco, que recorre la zona de los Grandes Lagos y aporta el 14% de las aguas que acaban en el Mediterráneo y el Nilo Azul, que nace en Etiopía y supone el 86% de los recursos hídricos con los que Egipto riega sus campos. Por supuesto, el país de los faraones es precisamente uno de los que más ha basado su historia, su identidad y su sociedad en torno al río.

El 99% de la población egipcia, que está en permanente expansión y en 2020 ha alcanzado por primera vez la cifra de los 100 millones, habita en los márgenes del Nilo. Para 2030, de seguir con el crecimiento reciente, se podrían situar en los 130 millones de personas, lo que implica una mayor necesidad de agricultura e industria. Es decir, una buena gestión de las aguas del Nilo es vital para la supervivencia de la nación árabe.

Cascadas en el Nilo Azul a su paso por Etiopía.

Gracias a su historia y su condición de nación más poderosa y desarrollada de la zona durante siglos, Egipto ha considerado siempre el Nilo como su coto particular. La historia colonial no alteró esta jerarquía, a pesar de que Sudán y Etiopía dependen también de ese caudal para seguir adelante. Mediante diferentes tratados, muchos firmados bajo el dominio inglés, los egipcios se arrogaron la autoridad sobre el 99% de las aguas del río y amenazan desde entonces con represalias a cualquiera que ose disputarles la hegemonía.

Etiopía es, sin duda, el otro pretendiente al trono del Nilo. Tras un primer intento en los años 70, del que se retiraron tras las amenazas de Anwar Sadat, las terribles sequías de la década posterior y la entrada progresiva de capital extranjero, sobre todo chino, han generado una mayor agresividad en la política hídrica de los etíopes. A pesar de las reiteradas protestas de Egipto, han construido multitud de presas en las últimas décadas y llegando a acuerdos con las naciones vecinas para compartir energía y disrtribuir los recursos hídricos.

Aunque nada como el último proyecto, en construcción desde 2011: la Grand Ethiopian Reinassance Dam (GERD). Este colosal proyecto, con una inversión de más de 5.000 millones de dólares, tiene previsto finalizar en 2023 y convertirse en la presa más grande de toda África. Con una capacidad de almacenamiento de agua de hasta 74 billones de metros cúbicos y una producción energética que alcanzaría los 6000 megavatios anuales, la faraónica GERD triplicaría la actual capacidad de generación eléctrica de Etiopía, convirtiéndola en el mayor productor de África oriental.

Pero en Egipto, consideran que la GERD es simplemente una amenaza para su seguridad nacional. Ante la posibilidad de que la presa reduzca el flujo de agua que llega hasta las orillas egipcias del Nilo, Egipto ha redoblado sus esfuerzos internacionales para evitar un proyecto etíope que no solo haría añicos su hegemonía absoluta sobre las aguas fluviales de la zona, sino que pondrían en riesgo la generación hidroeléctrica en la presa de Asuán.

Imagen satelital de alta resolución de El Cairo y del delta del río Nilo desde arriba. | Copérnico

A pesar de todo, la guerra, a día de hoy, parece una opción remota. Aunque Egipto posee uno de los ejércitos más poderosos de África, hay varios motivos que harían que una intervención armada tuviera un coste demasiado alto. Por un lado, está la inestabilidad económica y política que impera en el país desde la caída de Mubarak. Además, al estar volcados en el mundo árabe, los egipcios han ido perdiendo influencia sobre el resto de países ribereños: Rwanda, Tanzania, Uganda, Kenia, Burundi y Sudán del Sur han dado ya su apoyo al proyecto. Y no hay que olvidar la geografía: más de 1.000 kilómetros separan la frontera sur de Egipto de la presa.

Por ahora, y aunque Egipto, Etiopía y Sudán acordaron en 2015 que la construcción de la presa no debía afectar a la economía, al caudal del río y a la seguridad hidroeléctrica de ninguno de los tres Estados ribereños, desde entonces sólo se han producido discrepancias. El año pasado, el presidente egipcio, Abdelfatah al Sisi, advirtió de que el Nilo es una cuestión de “vida o muerte” para Egipto y que si no se negocia una solución conjunta, habrá “repercusiones para la estabilidad regional“.

Queda por saber si esto no es más que otro ejemplo de “retórica encendida” y si, cómo nos ha mostrado la Historia, los más probable es que ambas naciones lleguen a un acuerdo mutuamente provechoso. O si, por el contrario, el crecimiento de la población y el cambio climático nos sitúan en un escenario novedoso y viviremos, por primera vez en milenios, el primer enfrentamiento armado por el agua potable entre dos países.



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