Las heridas de una guerra que está acabando con el Ártico

Las heridas de una guerra que está acabando con el Ártico

El Ártico es testigo de cómo los efectos de la actual ‘guerra del clima’ está devastando sus tierras hasta el punto de crear auténticos campos de batalla pasados. No obstante, esa destrucción se está expandiendo por toda la Tierra y puede originar condiciones climáticas hostiles que no permitirán la vida tal y como la conocemos ahora

Carlos de Pablo
Madrid | 25 septiembre, 2020

Tiempo de lectura: 11 min



Se podría decir que el elemento más peligroso que existe sobre la Tierra es el conflicto. Tan solo son necesarias unas gotas de su corrupto aroma para tambalear los ideales de cualquier humano que, a partir de entonces, abrazará la senda de la violencia y se transformará en ese lobo que Hobbes advertía que yace en nuestro interior.

Por desgracia, la humanidad en su conjunto ha desarrollado una particular dependencia hacia esa droga, gestando en consecuencia algunas de las confrontaciones más destructivas nunca vistas en nuestro planeta. Confrontaciones que se traducen en guerras. Y las guerras, en su más profundo significado, nunca cambian.

Incluso ahora, conscientes del peligro que suponen esas confrontaciones para nosotros mismos y el propio entorno, somos testigos del surgimiento de una particular guerra silenciosa ocasionada por nuestra ambición. Una guerra en la que las tradicionales armas y las balas han cedido el testigo a los gases, llamas y polvo que, con paciencia, han comenzado a cobrarse las primeras millones de víctimas en nuestro mundo.

Los pruebas que señalan la existencia de esta guerra se encuentran localizadas en los distintos campos de batalla diseminados por todo el globo. Sin embargo, concretamente es en uno de ellos donde las heridas y destrucción de esta confrontación son claramente perceptibles al ojo humano.

Ese campo de batalla se conoce como “Ártico”, un lugar donde tradicionalmente el frío doblegaba a la misma naturaleza y que ahora, víctima de los gases de efecto invernadero antropogénicos, ha comenzado a calentarse y deteriorarse hasta tal punto que el propio terreno se ha deformado con socavones y ondulaciones. Una estampa lunar que no recuerda para nada al Ártico, sino más bien a uno de esos clásicos campos de batalla de la Primera Guerra Mundial.

Tierras de thermokarst

Los efectos de la llamada guerra climática o cambio climático en las zonas árticas ricas en hielo han producido una espiral de descongelación sin aparente freno. La ausencia de este hielo ha desembocado en diversas consecuencias, siendo una de ellas el inicio de la inestabilidad del suelo, que ofrece como resultado paisajes de thermokarst.

De acuerdo con el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), la palabra rusa thermokarst  se define como aquel paisaje caracterizado por ondulaciones y depresiones en el Ártico resultantes de la descongelación del hielo de la zona. En la actualidad, el USGS diferencia 23 tipos de paisajes de thermokarst.

Una reciente investigación señala que el permafrost (hielo permanente) sirve como elemento de unión de los sedimentos de los terrenos fríos como el Ártico. En el momento que este desaparece, comienza una remodelación del terreno que se manifiesta principalmente en dos sucesos:

  • Los sedimentos se separan por la falta de ese “cemento” que era el hielo y, por lo tanto, la tierra se hunde y se forman depresiones que se llenan del agua derivada de la descongelación y de las precipitaciones. Estos lagos de thermokarst rebosantes de agua aceleran la descongelación del terreno circundante y de su interior emana el gas metano de los componentes orgánicos antes atrapados por el permafrost.
  • Zonas de sedimentos ricos en gas (taliks) se descongelan debido a distintos factores (como la presencia de agua tibia) y empiezan a emanar gas por debajo de las capas del permafrost. El gas ejerce presiones en la tierra hasta formar una ondulación que puede disiparse y/o explotar, formando en el proceso cráteres que pueden llenarse de agua.

Este último fenómeno se ha hecho cada vez más frecuente durante los últimos años, dando lugar a cráteres de hasta 50 metros de ancho. En cualquier caso, el resultado es un paisaje lunar más bien propio de un campo de batalla.

Vista aérea de un paisaje de thermokarst en Siberia. En el se aprecian las depresiones llenas de agua sobre el terreno | Foto: MDPI

Solo para poner en contexto la magnitud de la situación que se vive en el Ártico, este año en Siberia la temperatura media fue 10 grados centígrados superior al promedio de referencia. Por ejemplo, en Verkhoyansk, una de las ciudades de la República de Sajá (Siberia Oriental) los termómetros registraron una máxima de 38°C, cuando durante esta estación la temperatura máxima media apenas llega a los 20°C.

Beatriz Hervella, portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) comenta a El Ágora que episodios como el de este año, aunque tienen un carácter extraordinario y sería necesario investigar más al respecto, apuntan a que “no parecen atribuibles a la variabilidad natural del clima”.

Tal y como explica la meteoróloga, los expertos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) realizan estudios de atribución en los que se compara distintos escenarios climáticos en los que se considera una mayor o menor contribución humana relativa a los gases de efecto invernadero. Se trata de comprobar si el resultado final confirma que lo estudiado es susceptible de tener origen en una causa antropogénica o no.

En este sentido, Hervella recuerda el trabajo realizado por los científicos del World Weather Attribution, los servicios meteorológicos europeos y el Instituto de Oceanología de Shirshov, que mediante un análisis de esos escenarios climáticos llegaron a la conclusión de que la ola de calor vivida este año en el Ártico fue al menos 600 más probable gracias a la influencia del cambio climático antropogénico.

Calor en tierras heladas

La crisis climática antropogénica ha desplazado al mundo hacia un escenario más cálido en el que la temperatura media planetaria se ha incrementado 1,1°C con respecto a los niveles preindustriales, según un informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Este ascenso en los termómetros, sin embargo, no se ha producido de manera uniforme por todo el mundo, sino que existen regiones como España que han registrado cifras superiores.

Según el investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Fernando Iglesias Suárez, que está realizando un post doctorado en la Agencia Aeroespacial Alemana, “el Ártico es una de esas regiones ya que se está calentando el doble de rápido que cualquier otro lugar del mundo“.

Las pruebas que avalan este hecho son diversas, pero tal vez las más relevantes son las que están relacionadas con el retroceso de las capas de hielo en esta región, en concreto las del hielo ártico marino y el permafrost.

“A diferencia de lo que mucha gente cree, el permafrost no es hielo puro, sino que se denomina así a aquellas extensiones de tierra que han permanecido en estado de congelación durante al menos dos años seguidos“, explica Fernando Iglesias Suárez a El Ágora.

Ártico
En los lugares fríos, la tierra se mantiene compacta gracias a la acción del hielo

De forma habitual, esta capa helada se localiza en las regiones más frías del planeta, como las elevadas cumbres de algunas montañas, y, sobre todo, en el Círculo Polar Ártico, donde ocupa aproximadamente el 24% de la superficie.

No obstante, los días del dominio del permafrost en el Ártico están viendo su fin con la llegada esta guerra. De acuerdo con el informe especial del IPCC sobre océanos y criosfera, la temperatura media del permafrost se ha visto incrementada entre 2°C y 8°C como consecuencia del cambio climático. Esta cifra se traduce en que un 20% del permafrost corre un riesgo crítico de desaparición.

En este sentido, los expertos del IPCC informan de que, en el caso de situarnos en un escenario de altas emisiones de gases de efecto invernadero, el 90% de todo el permafrost situado en las capas más próximas a las superficie desaparecerá para el 2300 y un 45% en el caso de rebajar nuestras emisiones.

“En cualquier caso, gran parte de la pérdida ocurrirá antes de que acabe este siglo”, señalan los expertos del IPCC.

Un Ártico sin permafrost

La desaparición del permafrost no es un hecho que pase desapercibido en el Ártico. De hecho, los efectos de su descongelación se están haciendo muy palpables dentro de las fronteras de las región.

Una de las principales consecuencias de su evanescencia es la proliferación de vegetación en zonas antes inhóspitas. Este suceso, que bien puede parecer positivo, es en realidad un revés para el Ártico ya que estas zonas verdes incrementan la humedad del ambiente, que junto a las precipitaciones en formas de lluvia ocasionadas por el aumento del calor, aceleran los procesos de descongelación del permafrost.

Por otro lado, una mayor presencia de vegetación es sinónimo de mayor riesgo de sufrir incendios. Como detallan los expertos del IPCC en ese mismo informe especial, las llamas están encontrando en el Ártico nuevo terrenos prístinos que arrasar. En este sentido, las altas temperaturas no ayudan a relajar la situación, sino todo lo contrario, motivo por el cual estos últimos años el Ártico ha registrado algunas de sus peores temporadas de incendios.

Por ejemplo, en lo que va de 2020, Rusia ha vislumbrado atónita como los incendios de sexta generación han arrasado más de ocho millones y medio de hectáreas de terreno en todo el país. Ocho millones de esas hectáreas están localizadas en los distritos de Siberia, según la Agencia Forestal Federal de Rusia.

Además, gran parte de las infraestructuras situadas dentro del Círculo Polar Ártico están cimentadas en el permafrost, por lo que la descongelación de este pondría en un serio compromiso a muchas de ellas. En este sentido, el ejemplo más claro de una posible consecuencia se ha vivido en junio de este año, cuando los pilares que sostenían un deposito de diésel se desestabilizaron, provocando que el contenido del tanque de combustible se vertiese al medio ambiente.

En relación con el hielo ártico marino, la situación es aún más crítica si cabe. Desde que comenzaron las mediciones por satélite en 1979, los científicos han advertido que la superficie de hielo ártico en verano se ha reducido prácticamente a la mitad.

Este año, por ejemplo, los últimos análisis han señalado que la extensión de hielo ártico se situó en 3,74 millones de kilómetros cuadrados, la segunda superficie helada más reducida en los 41 años de observaciones satelitales.

Al mismo tiempo, el grosor de las capas de hielo también se ha visto notablemente afectado según el IPCC, por lo que de seguir así diversos estudios apuntan que el Ártico se quedará ocasionalmente sin hielo para el año 2050, incluso si cumplimos la meta de los 2°C marcada en el Acuerdo de Paris.

“Después de 10 años con un calentamiento estable de dos grados centígrados sobre la media preindustrial, esperamos que el Ártico se despoje de su hielo en verano con una probabilidad de entre 10% y el 35%”, señalan los expertos del IPCC.

Del Ártico para el mundo

No debemos olvidar que esta nueva guerra, en consonancia con los visto durante el anterior siglo, se desarrolla en una escala mundial, por lo que las consecuencias de estas particulares batallas entre el clima y los humanos no solo traen la desgracia a las regiones más próximas al Ártico, sino que todo el mundo es vícctima de las acciones más atroces que ocurren en estos lugares inhóspitos.

Esto es porque, como explica Fernando Iglesias Suárez, el hielo de esta región juega un papel fundamental dentro del sistema climático terrestre. Su desaparición, inevitablemente, exacerbará los efectos del cambio climático a nivel mundial mediante singulares fenómenos de retroalimentación.

El permafrost esconde en su interior ingentes cantidades de materia orgánica congelada que no se han podido descomponer. Cuando el calor fusiona el hielo este material queda expuesto a los microorganismos naturales y otros elementos que comenzarán a consumirlos y, en consecuencia, liberarán al ambiente dióxido de carbono y, sobre todo, metano.

El problema del metano es que es un gas capaz con una capacidad 23 veces superior para calentar la tierra que el CO2, por lo que una tonelada de metano equivaldría a la emisión de 23 de dióxido de carbono. A medida que se desprenda más metano, la Tierra se calentará más deprisa, fundiendo el permafrost a mayor velocidad que, a su vez, emitirá más gases de metano a la atmósfera.

La amplificación polar

Una corriente fría se desplaza hacia el sur fruto de esa amplificación polar | Foto: NASA

“Puede resultar contraintuitivo concebir que el cambio climático sobre el Ártico y el deshielo que produce pueda resultar en olas de frío más resistentes en el resto del mundo. Cuando pensamos en calentamiento global nos viene a la cabeza más calor, no más frío. Sin embargo, la realidad nos sorprende una vez más”, detalla Fernando Iglesias.

Este fenómeno, que se conoce como la amplificación polar, sucede cuando las diferencias de temperatura entre las latitudes bajas y altas se reducen como consecuencia del calentamiento del Ártico. Dado este escenario, las masas de aire frío del norte pueden desplazarse hacia el sur, ocasionando intensas olas de frío en invierno. Del mismo modo, las masas de aire caliente se pueden trasladar hacia el norte, causando olas de calor.

Con el hielo marino ártico sucede un fenómeno parecido: a medida que desaparece las capas heladas, la eficiencia del albedo (porcentaje de radiación solar que refleja una superficie) disminuye y, por lo tanto, las superficies más oscuras del océano y continentales acabarán absorbiendo más radiación, calentándose en el proceso. Esto desembocará en la reducción de más hielo y, en consecuencia, más calentamiento que fundirá el hielo.

Para Beatriz Hervella, la consecución de una situación cíclica y descontrolada en el derretimiento del permafrost o en el resto del hielo ártico desembocaría en la destrucción de una pieza clave dentro del sistema climático de la Tierra y, por lo tanto, de la activación de un punto de no retorno.

“Nuestro sistema climático es como un intrincado engranaje de múltiples piezas que actúan al mismo tiempo. Unos elementos activan otros y estos, a su vez, ejercen como catalizadores o inhibidores de otros muchos”, explica la portavoz de la Aemet.

“Dentro de esa compleja red existen nueve engranajes de gran importancia y dos de ellos son la pérdida de hielo marino ártico y de permafrost, que requieren una especial vigilancia. En el caso de que los humanos lleguen a desestabilizar estos dos componentes de manera abrupta, alcanzaremos un estado en el que no podremos recuperar las pérdidas ocasionadas (punto de inflexión)”, añade la experta.

“Si desaparece una cierta cantidad de permafrost se podría precipitar un cambio de estado de nuestro sistema climático, haciéndolo evolucionar hacia uno nuevo con condiciones más hostiles que las actuales para el desarrollo de la vida tal y como la conocemos”, enfatiza.

Según el científico Timothy M. Lenton, existen 14 puntos de inflexión que se representan en este mapa. En el se observa como la reducción del hielo marino ártico y el permafrost constituyen dos puntos | Foto: Timothy M. Lenton, PNAS

De hecho, algunas de esas condiciones hostiles ya se están manifestando en muchos lugares del mundo en forma de tormentas que arrasan litorales, como lo son las DANAs en el Mediterráneo, hasta imponentes sequías que desertifican lugares antes llenos de vida.

En este sentido, los científicos del IPCC señalan que la consecuencia más devastadora de la desaparición de las capas de hielo a nivel mundial (Ártico, permafrost y Antártida) sería la elevación del nivel del mar en unos 80 centímetros en un escenario de optimista de emisión de gases, además de poner en jaque el mantenimiento de algunos recursos vitales para nuestra supervivencia, como el agua.

Incluso, las economías de muchos países se verán afectadas por el deshielo ya que, tal y como asegura Fernando Iglesias, “los costes derivados de afrontar las posibles consecuencias exceden con creces los beneficios de mantener estas capas con salud e, incluso, a los costes de aplicar estrategias de mitigación y adaptación”.

“Los posibles costes asociados al cambio climático se pueden estimar mediante modelos que emulen el calentamiento global y que traduzcan los cambios de las temperaturas en posibles costes económicos. Naturalmente, en estas estimaciones se incorporan variables, como los esfuerzos de adaptación y mitigación”, señala el experto que ha participado en un estudio científico relacionado.

De este modo, con cambios casi imperceptibles en el día a día pero notables a largo plazo, es como el cambio climático está estimulando el florecimiento del conflicto que, con su aroma, nos hará caer en un futuro lleno de nuevas confrontaciones derivadas de esta guerra del clima.

Existen pruebas de que cambios climáticos naturales en el pasado estimularon el surgimiento de sangrientas guerras por la escasez de recursos vitales para nuestra supervivencia. Después de las experiencias pasadas no podemos permitirnos que la sombra de una nueva guerra mundial impulsada por el clima se cierna sobre el mundo.

Por supuesto, existen mecanismos contrarios a estos medios tan poco ortodoxos y metas para lograr un mundo sin conflicto, como el ODS 16. Sin embargo ¿serán suficientes para controlar el desastre? ¿Estamos preparados para vivir en paz? ¿Seremos capaces de anticiparnos y evitar la desgracia?

Las guerras, las guerras nunca cambian. Y no cabe engañarse: en esta guerra climática los mayores perdedores seremos nosotros. Por ese motivo, es necesario iniciar otro camino en el que logremos remar todos en una misma dirección y alcanzar esa sostenibilidad que tanto deseamos. Mejor eso que arriesgarnos a comprobar en nuestra piel las armas de las que dispone la naturaleza.



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