Un cambio climático que exige un cambio de pensamiento

Un cambio climático que exige un cambio de pensamiento

Los últimos 365 días han sido testigos de que el cambio climático es una realidad. Olas de calor, DANAS e incendios serán habituales a menos que apostemos por una transición verde hacia un modelo sostenible que reajuste el sistema climático que hemos alterado. Los cambios en nuestra forma de pensar y la ambición serán claves para conseguir nuestros objetivos verdes

Carlos de Pablo
Madrid | 19 junio, 2020

Tiempo de lectura: 7 min



La humanidad sabía desde hace más de 50 años que algo estaba sucediendo en nuestro planeta y que, con total seguridad, nuestras acciones estaban detrás de ese misterio. Muchos advirtieron que se trataba de un cambio climático de magnitudes mundiales al que había que hacer frente de inmediato. Sin embargo, preferimos ignorarlo en vez de combatirlo cara a cara.

Como explicaba Antonio Guterres, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la razón de esa dejadez se debía, tal vez, a la lentitud con la que los efectos de ese cambio se estaban manifestando y que no despertaban nada más que el escepticismo en la sociedad, siempre con excepciones.

Sin embargo, el tiempo acabó dando la razón a aquellos que sí creían en cambio y ahora todos arrastramos las consecuencias de aquellas decisiones. Sin quererlo acabamos dando la bienvenida al cambio climático, que nos los agradeció con un caluroso abrazo.

Durante estos últimos 365 días hemos sido testigos de la verdadera naturaleza de este fenómeno que, alimentado por las masivas emisiones de gases de efecto invernadero, ha conseguido alterar en gran medida el sistema climático de nuestro planeta.

Prueba de ello son los numerosos informes que alertan sobre meses con temperaturas cada vez más elevadas como las que experimentamos en nuestro país durante el año pasado, uno de los más calurosos desde 1965, según la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). Para el Servicio de Cambio Climático de Copérnico (C3S), de hecho, el 2019 fue el segundo año con las mayores temperaturas mundiales desde que tienen registros.

Los gases de efecto invernadero son los artífices del calentamiento del planeta

En consecuencia, el mundo presenció como la superficie de hielo ártico se situó por debajo de los cuatro millones de kilómetros cuadrados, una cifra mínima que no se alcanzaba desde 1979. Además, el exceso de calor también propició el surgimiento de incendios de sexta generación, que arrasaron regiones poco acostumbradas a ellos, y de interminables sequías que alimentaron la desertificación del mundo.

Mientras todo eso ocurría en el mundo, España no solo tuvo que hacer frente a las olas de calor y a los incendios, sino también a las intensas precipitaciones que llegaban en forma de DANAS, unas tormentas de gran potencia que en pocos meses arrasaron gran parte del litoral mediterráneo. Los peñiscolanos recuerdan bien una de ellas, Gloria, que dejó un agujero de más de dos millones de euros en las arcas que hipotecó al municipio por completo.

Tal han sido los cambios en el sistema climático que nuestro país se ha visto amenazado durante el 2019 por un huracán de categoría cinco. Para Rubén del Campo, portavoz de la Aemet, se trata de un suceso atípico que solo se puede explicar por el aumento de las temperaturas.

El problema es que todos estos fenómenos extremos tan solo son la punta del iceberg de los cambios que están por venir, y que están sucediendo ahora, como consecuencia de esa alteración en el sistema climático. Y lo peor es que los expertos advierten de que se trata de una tendencia mundial que hoy en día es imparable, por lo que durante estos 365 nos hemos visto obligados a trabajar más si cabe en materia de adaptación.

Un futuro joven

Afirmar que nuestro planeta estuviera condenado a un futuro marcado por el cambio climático fue un mensaje que caló profundamente en los jóvenes, esas personas que, son las que heredarán este mundo tal y como lo reciben de generaciones anteriores.

En concreto, el mensaje caló en una niña sueca llamada Greta Thunberg que no estaba dispuesta a resignarse a vivir en ese mundo, sino que creía que los cambios podían revertirse. Por ello, y con los objetivos del Acuerdo de París en mente, salió a las calles de su país para exigir a su Gobierno mayores compromisos climáticos.

Esta acción fue aclamada por muchos y, tras varios meses de lucha, consiguió lo que parecía imposible: movilizar a todos y a cada uno de los jóvenes del mundo en favor de la salud del planeta, en una jornada que pasaría a conocerse como el 15-M climático.

Emergencia climática

En vista de las nuevas demandas de la sociedad, muchos gobiernos se lanzaron a decretar la emergencia climática, un estado que, según María Jesús Montero, portavoz del Gobierno de España, es “una apuesta estratégica para situar la transición ecológica como eje fundamental y transversal de la acción del Gobierno”.

Este año pasado, Oxford Dictionaries, el guardián de la lengua inglesa en Gran Bretaña, la seleccionó como palabra del año. En este caso fue definida como “una situación en la que se requieren medidas urgentes para reducir o detener el cambio climático y evitar el daño ambiental potencialmente irreversible que resulta de él”.

La razón de su elección radicó en que ese término pasó de la relativa oscuridad a ser una de las más nombradas y debatidas en el 2019.

A partir de ese momento, los jóvenes fueron vistos como los líderes del movimiento contra el cambio climático y, de hecho, tuvieron una participación especial en la Cumbre del Clima en Nueva York. Allí, Patricia Ramos, en el papel de representante de España, exigió más compromiso climático de cara a la próxima gran reunión, la COP25, que se celebraría en nuestro país tras la renuncia de Chile.

Sin embargo, y como buen animal de costumbres, las palabras quedaron en papel mojado y Greta Thunberg entonó su famoso how dare you para recriminar a los políticos su enorme pasividad ante este problema de dimensiones bíblicas. Tal fue la falta de compromisos que, dos meses después, Estados Unidos anunció el abandono del Acuerdo de París. Pareció que los jóvenes estuviesen solos en esta lucha.

Pactos aplazados

Con suerte, el mundo aún miraba con esperanzas a la COP25, una conferencia que se presentó como clave para dar paso a un decenio decisivo para el clima. Entre otras cosas, allí se debía renegociar las nuevas condiciones de los mercados de carbono, esenciales para conseguir reducir las emisiones de CO2 a la atmósfera.

Sin embargo, a la sociedad se le pasó por alto que esta cumbre no era más que una simple conferencia de transición técnica ya que los observadores y las partes solo esperaban cerrar algunos flecos derivados del Acuerdo de París. Por ello, y una vez terminada la cumbre, la sociedad civil se sintió bastante traicionada, y más tras la enorme ambición que demandaban.

“Las nuevas generaciones esperan más de nosotros, teníamos la obligación de estar a la altura de las circunstancias”, dijo Carolina Schmidt, presidenta de la COP25, al término de la conferencia.

De hecho, tan solo 84 países se comprometieron a presentar planes más duros de recorte de emisiones para 2020, entre ellos pesos pesados de la política europea como Francia, Alemania, Reino Unido y España. No obstante, no estaban ni Estados Unidos, ni India, ni Rusia, los mayores contaminadores del planeta.

Aun así, la COP25 no fue un completo fracaso. Entre otras cosas, se reconoció a los océanos como pieza fundamental del sistema climático de la Tierra y, como tal, se instó a garantizar su protección.

Además, la Unión Europea aprovechó el contexto de la cumbre para presentar el Green Deal, un pacto que pretende descarbonizar la economía del continente para el año 2050 a través de una inversión de más de un billón de euros. Sin duda, de los mejores sabores que dejó la conferencia.

Una nueva esperanza

Han pasado seis meses desde aquella cumbre, pero parece que haya sido toda una eternidad. Una eternidad en la que no han parado de sucederse nuevos y más catastróficos fenómenos extremos que nos siguen advirtiendo que se nos acaba el tiempo y que el trabajo de hoy es el salvavidas de mañana.

De hecho, la humanidad se enfrenta estos días a una de las consecuencias más palpables del cambio climático: el coronavirus, una pandemia que ha obligado a retrasar la lucha climática un año que no tenemos el lujo de perder.

No contento con retrasar la batalla por el clima, el coronavirus además está sumergiendo a la humanidad en una profunda crisis económica. Sin fondos con los que invertir será imposible realizar esa transición verde que tanto deseamos. Parece que estamos de nuevo en el punto de partida.

Sin embargo, el virus ha arrojado un rayo de esperanza al demostrar que la humanidad está capacitada para revertir el daño que ha hecho a la Tierra. A pesar de que las emisiones seguirán aumentando este año por efecto acumulativo, dos meses bastaron para evidenciar que con esfuerzo somos capaces de alcanzar nuestros objetivos climáticos.

De ahí que esta situación, más que una traba, sea vista como una oportunidad para potenciar la lucha climática. Como decía Teresa Ribera, vicepresidenta cuarta del Gobierno, “la recuperación será verde o no será”, porque uno de nuestros próximos desafíos es, exactamente, aprovechar esta crisis para lograr una reconducción de nuestro modelo de desarrollo y de bienestar, pensando en las apuestas que debemos hacer a medio y largo plazo.

En este sentido, España se ha mantenido firme en sus compromisos climáticos y ha presentado este año dos proyectos que prometen encaminar a nuestro país por la senda de la sostenibilidad. Uno de ellos, el proyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética, tiene como objetivo evitar la llegada a un punto de inflexión a través de acciones de mitigación, una de las dos estrategias para vencer al cambio climático.

La Transición Energética Justa es clave en este proceso. Con ella se pretende no solo descarbonizar la economía del mundo para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París, sino procurar no dejar a nadie atrás durante el camino.

Como explica Cristina Monge, politóloga y asesora ejecutiva de ECODES, uno de los problemas de esta Transición es que va a tener unos perdedores que, con la crisis del coronavirus, están quedando aún más retratados si cabe. Sin embargo, tenemos la oportunidad de no repetir los errores del pasado y desarrollar planes que eviten la desigualdad a cualquier precio, de ahí que este movimiento por parte de los gobiernos sea un gran desafío, porque, ante todo, se habla de personas.

Otro de esos proyectos, y sobre el que está apoyado esa ley, es el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático (PNACC). El cambio climático es un fenómeno imparable y por ello también requiere un proceso de adaptación que reduzca al máximo cualquier impacto que pueda tener sobre la humanidad.

escenarios climáticos
Conocer el clima es vital para anticiparnos al futuro

Como explicaba la Aemet, el conocimiento del clima y de los posibles escenarios climáticos es clave para poder desarrollar cualquier estrategia en este sentido. Por ello, el PNACC se vertebra, sobre todo, en esa área de trabajo.

En este sentido, España pretende aumentar las redes de observación meteorológicas en nuestro país para poder elaborar mejores y más precisas predicciones. Además, también apuesta para que ese conocimiento esté al alcance de todo el mundo gracias a una serie de servicios climáticos que quiere poner en marcha. Cabe destacar que España lleva trabajando en este campo desde los inicios de este plan, que se remontan hasta 2006, por lo que se han hecho importantes progresos.

Aun así, aún queda mucho trabajo por hacer porque estamos lejos de poder vencer a un clima que hemos enfurecido nosotros. Esta década es clave para poder alcanzar todos esos objetivos de mitigación y adaptación, en un contexto que dificulta aún más el desafío. Pero es nuestro castigo, y a la vez oportunidad, para redimirnos de nuestras acciones y alcanzar simplemente un futuro en el que podamos vivir en armonía con el planeta.



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