Naturaleza y humanidad unidos para construir la salud del futuro

Naturaleza y humanidad unidos para construir la salud del futuro

Los actos que hemos ido ejerciendo sobre la naturaleza están comenzando a pasar factura: según la Agencia Europea del Medio Ambiente, solo en Europa mueren cada año unas 630.000 personas a consecuencias de enfermedades causadas por la degradación y contaminación del medio. El último de esos avisos, el coronavirus, ha puesto de manifiesto la necesidad de reivindicar una salud que vele tanto por el bienestar humano, como animal y ambiental. Porque los unos dependen de los otros

Carlos de Pablo
Madrid | 11 septiembre, 2020

Tiempo de lectura: 7 min



Salud y bienestar no son elementos extrínsecos en la calidad de vida de las personas, sino que se presentan como componentes conexos que interactúan en un complejo vínculo con otras piezas de nuestra existencia, como lo son las circunstancias económicas o los entornos. El resultado de esas relaciones es la construcción de una experiencia de vida única visible en cada individuo.

Por tanto, se podría decir que nada ni nadie queda al margen en ese curioso baile de elementos, presidido a su vez por una legendaria invitada que ha estado presente desde nuestros inicios como especie y que nos ha acompañado sin descanso hasta estos momentos de intensa incertidumbre.

Ella es la naturaleza, y la prueba de nuestra dependencia hacia ella queda reflejada en el último informe emitido por la Agencia Europea del Medio Ambiente (AEMA), en el que se destaca que sin ella no tendríamos a nuestra disposición ese amplio abanico de recursos que garantizan nuestra correcta supervivencia.

Sin ir más lejos, este ente sin igual nos provee de un abundante y constante suministro de agua que da vida a los diferentes ecosistemas que existen en el planeta, por no hablar de que muchos de los medicamentos que existen en la actualidad se derivan de productos naturales y así un extenso etcétera.

El problema es que todos esos recursos que nos ofrece se están viendo alterados por la incesante acción de los seres humanos que, ignorando las advertencias, parecemos estar dispuestos a continuar con el legado imparable de destrucción que nos ha elevado hasta el grado de desarrollo del que gozamos.

Ahora nos situamos en el interior de un pozo lleno de ironía al encontrarnos con que la misma figura que nos otorga la vida ha adquirido un enorme potencial para arrebatárnosla.

De hecho, la AEMA, tomando como referencia información de la Organización Mundial de la Salud (OMS) emitida en el 2016, destaca en su estudio aproximadamente el 13% de las muertes que suceden en Europa, unas 630.000, son atribuibles a enfermedades ambientales.

“El estado del medio ambiente en Europa se puede considerar como negativo y, por lo tanto, afecta de manera desfavorable a la salud y la calidad de vida de los europeos”, exponen los expertos de la AEMA en el documento.

La polución como responsable

Para la AEMA el responsable indiscutible de esta enorme cantidad de muertes es la contaminación en todas sus formas que emitimos al medio del que dependemos y que, sin ninguna duda, degrada la calidad de los recursos que posteriormente necesitamos y utilizamos en nuestro día a día.

El aire, por ejemplo, que año tras año recibe la llegada de toneladas de gases, algunos dañiños para la salud humana y otros de efecto invernadero que alimentan el cambio climático. Entre los más preocupantes desde el punto de vista sanitario están los óxidos de nitrógeno, el factor que más muertes provoca al año en el continente.

Según los datos de la AEMA, la contaminación aérea arrebata la vida de 400.000 personas al año en los 28 países que componen la Unión Europea (UE), principalmente, mediante enfermedades no transmisibles, como los son los cánceres o los problemas cardiovasculares.

En cierto modo relacionado, la AEMA también saca a relucir los problemas de contaminación acústica que sufre nuestro continente y que causa unas 12.000 muertes prematuras al año y contribuyen a gestar 48.000 nuevos casos de cardiopatía isquémica durante el mismo periodo.

El segundo gran factor causante de muertes en nuestro continente es el calor, potenciado por los efectos del cambio climático. Este en concreto provoca unas 130.000 muertes prematuras al año, sobre todo en las ciudades, donde el efecto de “isla de calor” incrementa las temperaturas habituales más que en otras áreas urbanas.

En este sentido, la AEMA enfatiza que las muertes causadas por estos factores no se distribuyen de forma homogénea por el continente, sino que atienden a factores externos, como lo son las áreas urbanas, el grado de desarrollo económico o la propia salud de las personas.

De este modo, señala que los ancianos, los niños y personas con una salud delicada tienen a verse más afectados por los impactos de la mala calidad ambiental que el resto de la población. Por otro lado, las comunidades más pobres, localizadas en el este de Europa, son más vulnerables a los embates del medio ambiente al disponer de menos recursos con los que acceder a una calidad de vida apropiada en relación con el estrés ambiental.

“Por ejemplo, las personas con menos capacidad económica experimentarán mayores dificultades para hacer frente a las olas de calor, al no de disponer de recursos para instalar aparatos de refrigeración, o a otros fenómenos extremos de los que no podrán defenderse”, aclara la AEMA en el estudio.

“También aquellas personas que viven en los entornos urbanos, caracterizados por la presencia de múltiples factores estresantes y con mayor abundancia de recursos degradados, son propensos a sufrir mayores enfermedades ambientales. Por otro lado, aquí se goza de una menores espacios verdes y azules, esenciales para mitigar los efectos adversos que causamos”, añaden.

Tras estos, la AEMA nombra otra serie de factores, como la mala calidad de agua en algunas regiones e, incluso, la mala alimentación, capaz de producir obesidad y problemas mentales en un gran espectro de la población.

Un cambio tras el coronavirus

De entre todos estos factores, la pandemia del coronavirus ofrece un claro ejemplo de los vínculos entre la salud humana y la salud del ecosistema. El motivo reside en el origen del virus ya que los científicos creen que el patógeno provino de un animal salvaje y que, posteriormente saltó hacia los humanos.

Según Animal Health Europe, aproximadamente el 60% de las enfermedades infecciosas que afectan a los humanos tienen reservorios en animales domésticos y que normalmente se adquieren tras la ingesta de productos contaminados, como lo es la salmonelosis, una de las enfermedades que más afecta a los europeos.

Sin embargo, durante los últimos años, la tendencia se está viendo alterada y la creciente destrucción de los ecosistemas, sobre todo para ampliar los campos de cultivo y tierras dedicadas a la ganadería, y su simplificación está provocando que cada vez suframos más enfermedades por virus zoonóticos con reservorios en la fauna silvestre.

Tal y como explica Fernando Valladares, profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el hecho de poseer un ecosistema más complejo, con más especies intermediarias entre los patógenos y nosotros, es más beneficioso para los humanos debido a dos mecanismos que posee la naturaleza para conseguir tal fin, como lo son el amortiguamiento y la dilución.

Esto no quiere decir que gracias a la naturaleza estemos libres de sufrir enfermedades, ni mucho menos, sino que es una herramienta más de prevención que tenemos a nuestro alcance. Una herramienta que los veterinarios conocen a la perfección ya que son los expertos en esta rama los encargados de localizar y prevenir posibles brotes que puedan afectar a los humanos.

Sin embargo, y pesar de conocer la teoría de esta compleja relación, es aquí donde el sistema presenta su principal tara. Según el informe de la AEMA, tan solo el 3% del gasto sanitario de Europa se destinó a programas de prevención, mientras que el 70% lo fue para la atención médica y cuidados.

Tal y como apuntan numerosos expertos, como Fernando Valladares, ese enfoque en el que se sigue priorizando la cura en vez de la prevención demuestra el “auténtico fracaso” al que estamos sometidos

De hecho, como aclara la AEMA, poco más de un tercio de los casos de cardiopatía isquémica y el 42% de los diagnósticos de problemas cerebrovasculares podrían evitarse reduciendo la emisión de químicos contaminantes al ambiente, como los humos. Y eso es también prevención.

Los beneficios de Una Sola Salud | Foto: Animal Health Europe

No obstante, la necesidad de responder a la actual crisis sanitaria ha abierto, en parte, los ojos a los tomadores de decisión, que han comenzado a inclinarse por optar un modelo que engloba todas las ramas de la salud. Un enfoque conocido como One Health, una única salud, que defiende los beneficios de poseer una correcta salud en el ambiente, animales y personas para mantener la calidad de vida de todos ellos en conjunto.

“El concepto de Una Sola Salud surgió de la consideración de las grandes oportunidades ligadas a la protección de la salud pública por medio de las políticas de prevención y control de patógenos en las poblaciones animales en la interfaz entre el hombre, el animal y el medio ambiente”, señalan desde la Organización Mundial de Sanidad Animal.

Construyendo un futuro

La Unión Europea lleva años trabajando en mejorar la calidad de nuestros ecosistemas a través de regulaciones que potencien medidas que protejan tanto a las personas, como a los animales y medio ambiente.

Los primeros frutos de ese trabajo quedan reflejados en algunos proyectos que se están sacando ahora hacia delante, como el novedoso Pacto Verde Europeo, en el que la UE reconoce que “una favorable salud humana está estrechamente relaciona con la propia salud de nuestro medio ambiente” y que, por ese motivo, está enfocado en “proteger la salud y el bienestar de los ciudadanos frente a los riesgos relacionados con el medio ambiente”.

“La UE pretende asegurarse de que haya un alto nivel de protección y mejora de la calidad del medio ambiente, mediante el cual los ciudadanos europeos se benefician de una calidad ambiental mínima, entregada a través de políticas temáticas sobre contaminación del aire y del agua, ruido ambiental, productos químicos y cambio climático. Esto se recoge en el Tratado de Lisboa, pactado hace ya 13 años”, asevera la AEMA en el documento.

Mientras ese enfoque integrador de las políticas ambientales llega a su completa aplicación, presumiblemente para el 2030, la AEMA señala la importancia de empezar por lo básico y comenzar a transformar los grandes núcleos urbanos en espacios donde lo verde, lo azul y lo humano puedan coexistir en armonía con ayuda de las soluciones basadas en la naturaleza.

“Una naturaleza sana es un mecanismo clave para la salud pública, ya que reduce las enfermedades y promueve el bienestar y la salud. Las soluciones ecológicas ofrecen un triple efecto beneficioso para la salud, la sociedad y el medio ambiente”, argumentan.

“Los ecosistemas acuáticos, conocidos como espacios azules, y los espacios verdes de calidad en las zonas urbanas favorecen la salud y el bienestar, ofrecen zonas para la actividad física, la relajación y la integración social, y reportan mayores beneficios para las comunidades pobres”, añaden.

“Durante la pandemia de COVID-19, muchos expertos han observado una revalorización de los beneficios para la salud mental y el bienestar del acceso a los espacios verdes y azules, especialmente en las zonas urbanas”, concluyen.



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