Viena: tradición verde al servicio de la ciudadanía

Viena: tradición verde al servicio de la ciudadanía

Viena: tradición verde al servicio de la ciudadanía

La monumentalidad que en el pasado imperó en Viena ha cedido el testigo a las nuevas tecnologías y la sostenibilidad para seguir manteniendo a la ciudad como todo un ejemplo en el continente. La mentalidad de la ciudadanía ha sido, en parte, responsable del cambio que ahora se pretende seguir llevando a cabo con ayuda del sector privado


Carlos de Pablo
Madrid | 18 enero, 2021


Los 365 días que esculpen los años están llenos de vaivenes e incertidumbres. A veces nos arrastramos hacia un pozo de comparaciones con los anteriores con la única finalidad de conocer con certeza los desafíos que hemos superado y, por supuesto, las metas que hemos alcanzado.

Nos ayuda, en cierto modo, a conocer de dónde venimos para saber hacía donde vamos, por lo que ni siquiera algo tan cotidiano como son las ciudades escapa de esos paralelismos. De hecho, son cada vez más las empresas y consultorías que se afanan en saber cómo han evolucionado las principales metrópolis del mundo en ciertos aspectos, como lo es la sostenibilidad, ese intangible que, en comparación con el pasado, cada día gana más adeptos.

En ocasiones, son las urbes europeas quienes encabezan estas particulares listas verdes. En otras, los prodigios asiáticos, como Singapur, se cuelan entre los primeros puestos, demostrando así su capacidad de resiliencia. Sin embargo, lo que ni siquiera el tiempo ha sido capaz de alterar durante todos estos años es la casi perenne presencia de Viena en el podio de los rankings.

Al fin y al cabo, Viena es una ciudad con una larga historia a sus espaldas: de orígenes germánicos y tallada por los romanos, poco a poco se fue ganando un hueco en la geografía europea como ciudad enclave, aunque no fue hasta la entrada del siglo XIX cuando Viena adquirió ese sello de ostentosidad cuya esencia todavía rezuma hoy entre sus calles.

Por supuesto, los esfuerzos de los monarcas por plasmar su poder en cada piedra que tocaban ayudaron mucho a competir con otras ciudades europeas como París, la hija predilecta del continente. Sin embargo, el verdadero desafío al que tuvo que enfrentarse la actual capital austríaca no fue equipararse a una ciudad de semejante calibre, sino mantener todo ese vanguardismo amasado incluso después del paso de las dos guerras más sangrientas de la humanidad.

Los antiguos edificios imperiales se conservaron y remodelaron para disfrute del pueblo y la naturaleza. Ejemplo de ello es el Volksgarten o jardín del pueblo.

No fue una tarea fácil y, de hecho, casi fallaron en su objetivo al quedar la ciudad en la periferia del mundo occidental durante la Guerra Fría. Viena había pasado de ser un foco de cultura y excesos a ser simplemente una atalaya de población envejecida cuyo único propósito era vigilar a los comunistas que se encontraban al otro lado del telón de acero.

De hecho, con la caída del bloque del Este, las primeras previsiones apuntaban hacia un descenso de la población y estancamiento económico muy acusado, por lo que el futuro de Viena no fue para entonces nada halagüeño.

Crecimiento de población

Ante este escenario, también presidido por la necesidad de explotar con inteligencia los pocos recursos de los que disponían para salir del bache, como el agua, los vieneses recurrieron a una profunda actitud social-ecológica que se había estado gestando desde 1919 y que, con la llegada de 1979, cuajó con el establecimiento del Departamento de Protección Ambiental.

“El poder sobre la protección ambiental, incluyendo la calidad del aire, la conservación de la naturaleza, la legislación medioambiental y la gestión de residuos y recursos, como el agua, fue asignado en este departamento con el objetivo de mejorar el medio ambiente de Viena y, en consecuencia, el desarrollo de la ciudad”, señala un estudio elaborado por expertos de la Universidad de Viena.

El objetivo ya no era tanto mantenerse a la vanguardia, sino al menos procurar una vida saludable a su envejecida población con ayuda de la naturaleza. Sin embargo, lo que no supieron es que justamente esta estrategia sirvió como pilar fundamental durante los siguientes años ya que, lejos de disminuir la población, Viena sufrió una importante expansión demográfica como consecuencia de la venida de inmigrantes procedentes del bloque soviético y que buscaban una vida mejor. La planificación urbanística se convirtió en un imperativo para evitar el colapso de la ciudad.

En la década de 1980, el Departamento de Urbanismo y su “concepción apodíctica de la planificación” moldearon cada vez más el discurso ambiental de la ciudad, enfatizado en la prevención, la calidad de vida de los residentes, la justicia social y la solidaridad combinadas con la mayor conservación de recursos posible.

Ejemplo de las nuevas construcciones que se están realizando en Viena es el Viertel Zwei, un complejo residencia y empresarial peatonal inundado de innovaciones tecnológicas para maximizar la sostenibilidad.

“Es esencial entender que Viena tiene más autonomía que otras ciudades austriacas al estar dotada de poder para legislar. Esto le da la oportunidad de implementar y dirigir su enfoque social-ecológico que todavía está encapsulado en el discurso de la actual política ambiental”, argumenta el estudio.

Del mismo modo, la entrada de Austria en 1995  enla Unión Europea brindó a Viena la oportunidad de elaborar políticas municipales con el fin de desarrollar una ciudad que sirviese como centro regional en esta nueva Europa. La clave fue adoptar la modernización al tiempo que se compensaron los efectos sociales y ecológicos del nuevo desarrollo económico y el continuo crecimiento poblacional.

Movilidad urbana

Por ejemplo, el denominado Concepto de tráfico de 1993 propuso ampliar durante los siguientes años una red de transporte bajo en carbono (tranvía, vías peatonales, bicicleta…) para luchar contra las emisiones de los coches que parecían no tener fin en la ciudad: “Fue una de las prioridades más urgentes de los gobernantes. En ningún caso querían prohibir la utilización de los automóviles, aunque sí ofrecer las suficientes alternativas como para no depender de ellos”.

Todos estos cambios, junto a la introducción definitiva de la sostenibilidad en el discurso político a principios de siglo, el giro hacia la eficiencia energética en 2006 y la búsqueda de valores ecológicos mediante el desarrollo económico y urbano de 2014 transformaron Viena en lo que es ahora: una verdadera ciudad sostenible e inteligente.

“El modelo corporativista y la mentalidad ambiental y social de Viena se vinculó cada vez más con las estrategias para el desarrollo económico. De ahí que las estrategias para resolver sus problemas fuesen una mezcla de una aparente preocupación ambiental genuina con el oportunismo económico. Encontraron lo segundo siguiendo las pautas de lo primero”, argumentan los expertos de la Universidad de Viena.

Uno de los grandes hitos de todo este recorrido es el poder tener al alcance de la mano una vasta red de metro, autobuses y tranvías por tan solo 365 euros al año, o lo que es lo mismo, un euro al día. Aun mejor es tener la oportunidad de ir andando tranquilamente por una de las numerosas vías peatonales, como la Mariahilfer Strasse, una arteria de más de dos kilómetros de longitud que desde el 2015 está libre de tráfico rodado.

El tranvía de Viena es uno de los medios de transporte más vistosos de la ciudad, y también uno de los más utilizados.

En este sentido, gozar de estos privilegios ha ayudado a reducir considerablemente los niveles de dióxido de carbono que, incluso, se pretenden disminuir más premiando a su población con cultura a través de iniciativas como Kultur-Token. Según el ayuntamiento de la ciudad, se trata de una app en la que los ciudadanos adjuntan fichas equivalentes a 20 kilos de CO2 ahorrados en su día a día que, posteriormente, se podrán canjear por cultura.

“Se trata de un proyecto de digitalización único en el mundo, ya que es cultural y medioambiental al mismo tiempo”, señalan miembros del consistorio. “Nuestra intención es, además, premiar con cultura a aquellos que reduzcan sus emisiones de CO2”.

“Un cinturón verde de más de 12.000 hectáreas de terreno que rodea la ciudad”

La carrera contra la contaminación también se ha saldado con el galardón de ser considerada la ciudad más verde del mundo, siendo su conocido “Rundumadum”, o ruta verde, el ejemplo perfecto de como Viena se ha mimetizado con la naturaleza. Se trata de un cinturón verde de más de 12.000 hectáreas de terreno que rodea la ciudad y que, en cierto modo, funciona de antesala para toda la vegetación que se puede descubrir en la urbe.

De hecho, si por algo destaca también Viena es por ser la ciudad más habitable del mundo. Aquí su programa de gestión de vivienda social con el que acogen a más del 60% de la población de la ciudad es el más alabado, sobre todo, porque les ha permitido incluir de manera más efectiva medidas sostenibles, como la instalación obligatoria de placas fotovoltaicas y la construcción de espacios verdes.

Dentro de esta línea, el proyecto de ciudad inteligente de Viena del 2011 favoreció la inclusión universidades y empresas privadas en la formulación de nuevas políticas para reorientar la ciudad. Tal fue el éxito de la incorporación de estos agentes que a partir de ese momento no pararon de sucederse más foros incitando a la participación ciudadana y privada para fusionar el enfoque tecnológico que aportaban las empresas con esa tradición ecológica del sector público.

Esa estrategia “privilegiada que abarca varios enfoques”, según los expertos de la Universidad de Viena, ha sido clave para desarrollar los proyectos futuros de Smart City para mediados de este siglo y con los que, en esencia, se pretende no solo seguir abrazando la naturaleza, sino que se pueda seguir siendo uno con ella gracias a la ayuda de las nuevas tecnologías. Eso sí, y estableciendo un paralelismo con el pasado, hay algo que no quieren cambiar: “Seguir ofreciendo una calidad de vida óptima al ciudadano conservando los recursos de la manera más inteligente posible”.



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