Contra el campo: divide y vencerás - EL ÁGORA DIARIO

Contra el campo: divide y vencerás

Contra el campo: divide y vencerás

El maltrecho sector primario está en pie de guerra y no le faltan motivos. El desplante del Gobierno, que ha ninguneado a los representantes agrícolas y ganaderos, ha creado una situación de división con un objetivo claro: inventarse un enemigo al que culpar para tapar una inacción que viene de lejos



La Historia

El campo español se desangra y grita ¡socorro! a quien quiera escucharlo.

¿Porqué?

Dos años de malas cosechas por sequías e inundaciones, las guerras comerciales globales y los acuerdos comerciales de la Unión Europea con terceros países, unos precios en origen malos desde hace 30 años, las subidas del SMI -dos en menos de un año- que suponen un incremento del 45% de los costes laborales, han puesto de manifiesto profundos problemas estructurales. Demasiado para cualquiera.

Esta crisis ha supuesto una pérdida de renta agraria en el último año del 9%, y amenaza con el cierre de la mayor parte de las explotaciones agrícolas y ganaderas españolas.

¿Quién es “el campo español”?

En España hay 750.000 agricultores y ganaderos. La estructura de las explotaciones tiene un tamaño relativamente pequeño y fundamentalmente familiar, el 51% de los trabajadores del campo tiene menos de 5 hectáreas y sólo un 11% tiene más de 50 hectáreas. La superficie media se sitúa en 25 hectáreas por explotación, cifra bastante inferior a las 90 hectáreas que, de media, tiene en Reino Unido o las 62 hectáreas de Francia.

Esta atomización de las explotaciones y la gran variedad de producciones dificultan la concentración de la oferta, y confiere al sector productor una debilidad añadida que lo convierte en el eslabón más vulnerable de la cadena alimentaria y que menos valor conserva a lo largo del proceso de formación de los precios.

Alguien debería hacer algo

“Alguien” debería ser el gobierno, y “algo” crear las condiciones objetivas para la supervivencia del sector.
Pero claro “alguien”, o sea el gobierno, debía tomarse la molestia de conocer bien quienes son esas personas, trabajadores y empresarios agrícolas, que han decidido quedarse a vivir en el campo y del campo. También es su deber conocer las claves estructurales de una crisis que amenaza la supervivencia de la España rural.

El Gobierno en un principio, a través del ministro de Agricultura, Luis Planas, inició una ronda de contactos con las Organizaciones agrarias y el resto de eslabones que componen la cadena alimentaria, para buscar una solución a esta situación límite y lograr unos precios que al menos cubriesen los costes de producción agropecuaria. Nada fácil.

¿Arrojó resultados la gestión de Luis Planas?

Como era una gestión difícil, llegó el Señor de lo Fácil y susurró al oído del Presidente del Gobierno que se había perdido Andalucía y que, efectivamente, había que hacer algo porque con la crisis del campo las cosas no pintan bien.
—¿Y qué hacemos Pablo?
—Recomprar los votos perdidos.
—Bien. Pero eso no resuelve el problema del campo. ¿Alguna otra idea?
—Lo de siempre. Crear un enemigo
—Eso tampoco soluciona la crisis.
—No, pero tendremos a quien culpar: ¡al enemigo!

La puesta en escena

Y así fue como el viernes Pablo Iglesias y su Ministra de Trabajo optaron por elegir como única encarnación del maltrecho campo español a las federaciones andaluzas y extremeñas del campo -¡ah! Y al SAT que apenas tiene un 1% de representatividad, pero tiene la virtud teologal de ser dirigida por el podemita Cañamero- para anunciar la rebaja del número de peonadas mínimo de 35 a 20 para que los jornaleros accedan al subsidio por desempleo y se impulsen las inspecciones laborales a pie de campo.

Los sindicatos de otras regiones de España donde los jornaleros también trabajan, pasaron a la categoría de zombis del sector. Para los agricultores y ganaderos de las organizaciones agrarias, Asaja, UPA y COAG, había otro papel, un protagónico: el de enemigo. Terratenientes explotadores, rescoldos del franquismo (que tanto se empeñan en resucitar). Para unos y otros, el ostracismo.

¿Y nadie dice nada?

Nadie quiere pasar por el malo de la película que protesta por los subsidios a los jornaleros:
-Si no hay trabajo…Si en alguna región hace falta… Como ayuda está bien, siempre que no sea un desincentivo para trabajar y acabe siendo un lastre por falta de jornaleros.

Pero la realidad es que, en la actual campaña de la fresa, mientras en España reducimos peonadas, el personal que se contrata viene de fuera por falta de mano de obra y, eso sí, según el Convenio del campo firmado en 2018 cobran en torno a los 1.200 euros mensuales.

¿Qué pretenden?

Crear la división y el conflicto en el campo, sobre todo en el andaluz.

Romper la convivencia entre gentes que comparten esa voluntad de habitar el campo, a las que hay que dotar de los mejores servicios para que no sean ciudadanos de segunda.

El campo español no es sólo una actividad económica, es una forma de vivir sin la que nuestro país no sólo no estaría completo, sino que entraría en decadencia ambiental y perdería sus raíces.

La irresponsabilidad de jugar ese juego de destrucción alcanza la inmoralidad de enfrentar a las personas.

¿Hay esperanza?

La hay, y pasa por la unión de los auténticos actores de esta tragedia reclamando las soluciones difíciles, complejas y lentas, pero capaces de construir un futuro en el que no le deban el voto a nadie ni vivan en una reserva india, marginados de la vida real del país.

Sánchez se equivoca dejándose llevar por Iglesias al terreno pantanoso de un populismo destructivo. El problema del campo no es culpa suya, han pasado muchos gobiernos evitando enfrentar la crónica de una muerte anunciada:

—Presidente, no venda la convivencia por un puñado de votos, tal vez picando piedra consigue más, y encima el país se lo agradece. Eso sí, es verdad, será mucho más difícil.

 

El campo vive la tormenta perfecta


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