El día de la marmota - EL ÁGORA DIARIO

El día de la marmota

El día de la marmota

La democracia ideológico-partidista ha quedado obsoleta. La única esperanza es una gobernanza racional, científico-técnica, orientada a la eficacia y eficiencia de un proyecto de sostenibilidad económica, social y ambiental, como única posibilidad de recuperar el liderazgo, y no entrar en una definitiva decadencia como cultura planetaria



LA HISTORIA

Los días se han convertido en una noria de muerte y estupidez. La comparación de la gestión de la crisis entre España y Corea del Sur es lacerante, porque pone de manifiesto cómo las diferencias del modelo de proyecto político condicionan todo. Primero el tipo de liderazgo. En España particularmente, el auténtico liderazgo no está entre los políticos, que ofrecen candidatos mediocres, fruto de una democracia ideológico-partidista que se ha quedado obsoleta, y cuyas decisiones constituyen una gobernanza patética y torpe, frente a lo que debiera ser una democracia técnico-científica. Pero tampoco Europa, a fin de cuentas constituida por países, está sabiendo cambiar de modelo, y está poniendo en riesgo el único proyecto de reforma social y ambiental del capitalismo en el contexto de la cultura occidental que significa la Unión Europea.

¿Y EL COMPROMISO HISTÓRICO QUE RECLAMÁBAMOS EL OTRO DÍA?

Sí hace falta un compromiso histórico español y europeo. Todos parecen de pronto de acuerdo en la necesidad de consenso, pero la mentalidad de la política española no está focalizada en las necesidades de los ciudadanos sino en la ocupación del poder como un fin en sí mismo. En el principio de la democracia, aunque resulte difícil de creer para los más jóvenes, durante un breve espacio de tiempo eso no fue así. Y permitió la transformación de la realidad, la creación de nuestro proyecto político como país. Ahora la esperanza estaba en Europa como proyecto disruptivo que removiera las tripas de los países y obligara de facto a cambiar a los partidos políticos.

¿EL VIRUS LO HA FASTIDIADO TODO?

El virus ha puesto en evidencia las miserias de fondo que subyacen al nacionalismo y al modelo de gobernanza ideológico-partidista, pero ya estaban ahí. Ha aflorado por un lado la extraordinaria torpeza de nuestro gobierno en comprender y gestionar la crisis y por otro el prejuicio de un cierto norte con respecto al sur. Igual que ocurre en el interior de la propia España bajo el disfraz de derechos irredentos de algunos para denostar a los demás.
La esperanza es que se remuevan las conciencias, no las morales sino las que en medio de una crisis, cuanto más brutal más fácilmente, pueden reconocer la realidad y sus mecanismos, en una suerte de epifanía, y Europa retome el timón de ese proyecto común que es el único camino para salvar la civilización que amaneció en Grecia hace 3.000 años. En japonés crisis significa también oportunidad; quizás esta dolorosa crisis haga caer la venda que el egoísmo y el nacionalismo ponen en los ojos del proyecto europeo.

¿QUÉ HACEMOS ENTONCES?

Los primeros en renunciar a ese modelo de gestión ideológico-partidista deberíamos ser los ciudadanos. Destruida por Rivera la alternativa que en algún momento significó Ciudadanos, la única posibilidad sería que Europa forzara una gobernanza racional, científico-técnica, orientada a la eficacia y eficiencia de un proyecto de sostenibilidad económica, social y ambiental, como única posibilidad de recuperar el liderazgo, y no entrar en una definitiva decadencia como cultura planetaria.
Ese proyecto debe estar presente en los presupuestos de reconstrucción, que deben ser de consenso, alejados de las propuestas insultantes y obsoletas de parte del gobierno, que a quien primero se oponen es a la otra parte del gobierno que sí podría formar parte de la solución, junto con los elementos de la oposición dispuestos a alejarse de un estéril inmovilismo.
Hay que poner el proyecto encima de la mesa, y pactarlo entre todos. No hay mayorías que legitimen posiciones dominantes en un momento en que, como hace 43 años, hay que definir el futuro. La alternativa es asomarnos al abismo. Un poco más si cabe.

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