¿El principio de la desglobalización? - EL ÁGORA DIARIO

¿El principio de la desglobalización?

¿El principio de la desglobalización?

El miedo al coronavirus se extiende por todo el mundo. Italia ha pedido a la población del norte del país que no se acerquen entre sí a menos de un metro. Una solicitud difícil de cumplir y una metáfora de lo que se acerca. ¿Es la globalización la culpable de esta previsible pandemia y separarnos es la posible solución? Lo que sí está claro es que el virus está afectando ya a la economía mundial y las previsiones de crecimiento se reducen



LA HISTORIA

La mayor víctima de la gripe china es el turismo, metáfora de la globalización. El contacto físico, la proximidad, la esencia misma del ser humano, la víctima más sutil y tenebrosa.

¿NOS REBELAMOS FRENTE AL RIESGO POR MANTENER NUESTRA HUMANIDAD?

Los médicos, los sanitarios, ni se plantean la pregunta: viven y mueren, si hace falta, con sus pacientes. Pero tienen familia, ríen, sufren y lloran como cualquiera de nosotros. Simplemente hacen lo que deben: ¿Ser médicos?, no, ser humanos.

Nuestra humanidad se encarna en la suya.

¿Y LOS DEMÁS, QUÉ HACEMOS?

Mientras tanto en París, las obras de arte del Louvre quedaron encerradas para los ojos de todo el mundo menos para los de sus solitarios vigilantes. La decisión fue obra de los trabajadores, que decidieron unánimemente no acudir al trabajo para evitar “un peligro grave e inminente para su vida o su salud”.

En el norte de Italia se le ha pedido a 20 millones de personas que no se acerquen entre sí a menos de un metro. Que guarden las distancias, porque todos somos sospechosos de portar el virus. El 30% de nosotros es asintomático, es decir, llevamos el virus sin sufrir la enfermedad.

El teletrabajo se impone donde sea posible. Importantes partidos de fútbol se suspenden o pasan a jugarse a puerta cerrada. A fin de cuentas la mayoría de los ingresos son de la televisión. ¿Resistirá la fantasmal desaparición de la pasión de los aficionados? ¿Estamos hechos para vivir sin pasión?

PERO EL MOTOR DE LA HISTORIA ES LA ECONOMÍA…

El cierre del Louvre, además de privarnos de la visión de algunas de las más hermosas creaciones del ser humano, supone la pérdida de más de medio millón de euros al día.

Y qué decir del dinero que mueve el fútbol y el resto de los espectáculos de masas.

O la drástica reducción de los viajes corporativos entre muchas ciudades y su sustitución por teleconferencias. La extensión de la enfermedad por los cinco continentes plantea serios problemas al crecimiento económico, con cuarentenas, restricciones al movimiento, cierres industriales y un declive en muchas de las actividades del sector servicios. Antes de eso la reducción de la producción industrial en China ya está produciendo riesgo de desabastecimiento inminente en muchas empresas.

La OCDE cree que la recuperación mundial se va a ver seriamente afectada por la expansión de la potencial pandemia. Incluso en el caso de que se consiga contener la epidemia, las previsiones de crecimiento se reducen en más de medio punto, del 3 % al 2,4 %. Pero, si la epidemia alcanza a muchos países, el PIB mundial no subirá más allá del 1,5 %. Además de factores psicológicos como una caída de la confianza del consumidor.

Hablamos del peor escenario desde la crisis, en el que las medidas de contención y el miedo a la infección afectarían gravemente a la producción, además de implicar enormes gastos, por lo que podría llevar a muchos de los países afectados por la epidemia a una recesión total.

Si quieren ¿consuelo?, la polución atmosférica ha disminuido dramáticamente en China, como ya vimos en otros países durante la última crisis.

¿QUÉ HACER?

Lo cierto es que aunque el virus, en las adecuadas condiciones sanitarias, provoca una mortalidad baja –en el entorno del 1 %-, es enormemente contagioso. Por lo tanto una aglomeración de 100.000 personas en un estadio de fútbol, por poner un ejemplo, en una región sensible con presencia contrastada del virus, podría poner en riesgo de contagio a la mitad del estadio, pues como hemos dicho antes el 30% de la población podría ser asintomática. El 1% de 50.000 son 500 personas que podrían llegar morir si en las zonas de riesgo comprobado no se toman medidas drásticas. Son solo números, pero la responsabilidad de ignorarlos es grande.

La OCDE apunta a una única solución: actuar “rápidamente” frente al coronavirus, con medios suficientes contra la infección, apoyo al sistema sanitario y a las empresas “vulnerables”, y una acción concertada del G20 con otros países si la desaceleración se materializa y el crecimiento fuera mucho más débil durante un periodo prolongado. Eso debería incluir el compromiso colectivo de incrementar el gasto público necesario.

Además, se insta a las empresas a utilizar masivamente el teletrabajo y los horarios flexibles para preservar los empleos y se pide a los gobiernos que implementen medidas fiscales y presupuestarias temporales para amortiguar el impacto en los sectores más afectados por una eventual recesión, como el turismo o la industria automovilística.

PERO NO SOLO DE PAN VIVE EL HOMBRE (Y LA MUJER)

Muchas veces nuestra historia es la historia de Antígona, que enfrenta la muerte por asumir su humanidad antes que el miedo. Las masas se debaten con frecuencia en las situaciones límite entre la locura colectiva y la muerte individual, física o civil, del que se opone o simplemente se aparta.

Parece que hablamos de España, pero en realidad estamos hablando de cómo los efectos de la epidemia de un patógeno relativamente moderado pero muy contagioso nos pone frente al espejo de nuestros miedos para preguntarnos hasta dónde estamos dispuestos a llegar por seguridad.

Hay que decir que en España –donde, bien es cierto, la epidemia es aún leve- el doctor Simón, responsable de la gestión global del problema en nuestro país, transmite la necesidad de sentido común y evita con tino el alarmismo. Bravo por él.

Por otro lado, ya hay quien dice que con el coronavirus (más Trump, más Boris Jhonson, más todos los nacional-populistas y todos los post-peronistas…) ha comenzado la desglobalización.


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