Somos nosotros los que estamos en peligro - EL ÁGORA DIARIO

Somos nosotros los que estamos en peligro

Somos nosotros los que estamos en peligro

La virulencia del nuevo patrón de lluvias y la subida del nivel del mar a causa del cambio climático están teniendo y tendrán graves consecuencias en las costas y zonas inundables de todo el mundo. Si no apostamos ya por la adaptación y la mitigación, el planeta y todos los seres que la habitamos estaremos en grave peligro



LA HISTORIA

El cielo se seca o se desata y los ríos reclaman su lugar con la fe del notario, mientras nuestras playas desaparecen inexorablemente y la pérdida de biodiversidad nos trae enfermedades desconocidas. No es el Apocalipsis de San Juan, solo son las noticias.

PERO BUENO, ¿QUÉ PASA?

A la vista de la virulencia del nuevo patrón de lluvias que en pocos años parece haberse instalado en Europa, y las consecuencias catastróficas que estas lluvias tienen cuando se transforman en crecidas, avenidas e inundaciones, la Agencia Europea de Medio Ambiente aboga por devolver a los ríos, en la medida de lo posible, sus zonas inundables, esas de las que tiene carta de propiedad, y que muchas veces sirven de barrera entre las aguas desbordadas y el desastre. Desde luego no será suficiente pero es necesario.

Simultáneamente un grupo internacional de expertos, españoles incluidos, han realizado un exhaustivo estudio que demuestra que casi la mitad de las playas de arena del mundo, 132.000 kilómetros, se perderán si no reducimos las emisiones de gases de efecto invernadero para limitar la subida del nivel del mar. En España esto se traduciría en la pérdida de entre 54 y 90 metros de playa, según el escenario climático y la playa, desde hoy al final del siglo. Además la erosión y las nuevas tormentas agravan y aceleran el problema.

¿DE VERDAD ES TAN GRAVE?

Los fenómenos de los que hablamos son una evidencia. Para medir su gravedad podemos empezar por ver cómo nos afectan a nosotros.

Las playas de arena ocupan el 30% de la costa de todo el mundo y las zonas costeras albergan al 44% de la población mundial, por lo que su desaparición pondría en peligro las actividades socioeconómicas de las que se valen muchos países y la vida de las personas que habitan en ellas. Por no hablar del coste ambiental de su desaparición.

En España estamos hablando de la primera industria nacional, el turismo. Además las playas son la primera línea de defensa de las poblaciones costeras frente a los embates del mar, y su flexibilidad las hace muy eficaces en esa tarea.

Los últimos destrozos del temporal Gloria en nuestro Mediterráneo son una evidencia de la que parecemos olvidarnos rápidamente. Pregunten en Peñíscola por los hoteles y restaurantes afectados, algunos de los cuales no volverán a abrir sus puertas, pregunten por los puestos de trabajo perdidos. Ahí no se han olvidado.

Y qué decir de nuestros ríos, tantas veces secos o medio vacíos, que apenas parecen un recuerdo. Hasta que descubrimos un mal día que en realidad era un olvido, y que ahí está de nuevo reclamando lo suyo y llevándose por delante a los okupas.

Lo sabemos, lo hemos estudiado, todo está en peligro. Tenemos que actuar.

¿QUÉ HACER?

Hay que actuar con contundencia, no solo en la mitigación del efecto invernadero, que limitaría la subida del nivel del mar y la tropicalización del régimen de lluvias, sino también y con mucha urgencia en la adaptación.

Más allá del sermón apocalíptico de que estamos pagando los pecados de nuestra perversidad, hay que hacer e implementar planes de adaptación en todos los ámbitos para prevalecer, hay que cambiar lo suficiente para poder conservar lo mejor de nuestra forma de vida.

Está bien la iniciativa de acelerar la descarbonización que han presentado 12 países de la UE, pero lamentablemente la mitigación no depende solo de Europa, y por lo tanto además del esteticismo ético de nuestras propuestas hemos de correr a adaptarnos. Corrigiendo nuestros ríos, pero también quitándonos de en medio de su camino. Defendiendo nuestras playas, devolviéndoles sedimentos y arena sin destruir los necesarios embalses, modificándolos y adaptándolos, pero también reconociendo humildemente que hemos de retroceder hacia el interior para poder seguir viviendo y trabajando en las zonas costeras.

Sabemos hacer todo lo que hay que hacer. Tenemos los conocimientos y las tecnologías, pongamos los medios. Seamos audaces o lo pagaremos muy caro

¿QUIÉN TIENE QUE ACTUAR?

Todos. Evidentemente, la iniciativa colectiva deben llevarla los gobiernos mientras los ciudadanos cambiamos nuestros hábitos y asumimos que hay que hacer cosas distintas, y las empresas desarrollan técnicas, tecnologías y capacidades para hacer frente a los retos con eficacia y eficiencia.

La crisis del coronavirus es un dramático pero interesante ejemplo. La pérdida de biodiversidad –ayer fue el Día Mundial de la Naturaleza, de la diversidad de la vida silvestre– ha propiciado la aparición de un nuevo virus, del que aún no conocemos su mecanismo de contagio, y que está provocando una crisis de alcance global.

Pero inmediatamente las administraciones van adaptando su respuesta para hacer compatible la contención del problema y que la vida siga. La industria farmacéutica, particularmente la española, se ha puesto manos a la obra para desarrollar remedios contra la enfermedad, y parece que con éxito probable.

La tarea de adaptarnos al mundo que cambia a diario es titánica, y debemos estar juntos, y trabajar juntos.

Mientras, los predicadores se preocupan de su salario y de perpetuarse en sus poltronas. No molesten por favor, hay personas trabajando.


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