El conflicto por los trasvases de agua

Conflictos por el agua

Por Jorge Olcina

El conflicto por los trasvases entre cuencas es un laberinto hídrico cuya solución puede ser todo lo sencilla que la política esté dispuesta a aceptar. Porque la solución científico-técnica existe. Pero debe estar apoyada por la política

El conflicto por los trasvases entre cuencas es un laberinto hídrico cuya solución puede ser todo lo sencilla que la política esté dispuesta a aceptar. Porque la solución científico-técnica existe. Pero debe estar apoyada por la política

Los conflictos por el agua en el mundo surgen por varios motivos. En unos casos porque hay regiones o países que imponen su fuerza para tomar posiciones estratégicas para controlar las fuentes de un río, garantizándose así el abastecimiento presente y futuro.

En otros casos, la causa es la simple condición del río como frontera entre países, cuando uno de ello intenta ocupar las dos orillas. Más recientemente, la construcción de presas en un país, para controlar el caudal de un río, genera tensiones aguas abajo, en aquellos cursos fluviales internacionales que atraviesan varios países. Y también, se generan tensiones y conflictos en países y regiones donde funcionan trasvases de agua.

La plataforma Agua, Paz y Seguridad (WPS) elabora diariamente un mapa mundial de riesgo de conflictos de agua que puede consultarse en abierto en su web. Estos conflictos suelen tener una espoleta clara en las secuencias de sequía que se van desarrollando en las diferentes regiones climáticas del planeta. Y cuentan con coyunturas favorables allí donde los gobiernos de los países o regiones en cuestión no se asientan bajo los valores de la democracia. El contexto de cambio climático que vivimos va a provocar, además, un agravamiento de estas condiciones porque la intensidad de los extremos hidrológicos no hará sino incrementar las tensiones en el intento del control del agua.

“La plataforma Agua, Paz y Seguridad (WPS) elabora diariamente un mapa mundial de riesgo de conflictos de agua”

Son conocidos los conflictos del agua en los Altos de Golán, en la frontera entre Bolivia, Chile y Perú, entre Turquía, Siria e Irak, entre Etiopía y Egipto, entre la India y Pakistán o entre la India y Bangladesh o en centro África, por el control del río Zambeze.

En estos territorios, surgen tensiones en cualquier momento que no llegan a más por la mediación de organismos internacionales, de ONGs o por el simple hecho de que para estos países o regiones no interesa, de momento, entrar en guerra. Y junto a los propios conflictos manifestados o latentes por el agua, están las migraciones de poblaciones que anualmente se desplazan, en estas mismas áreas o, especialmente, en las regiones climáticas de clima subdesértico o desértico del mundo, en busca de agua para poder sobrevivir.

“Llevamos años, décadas, de desencuentro, de enfrentamiento partidista en materia hídrica”

Frente a estas situaciones, las tensiones de agua que se viven en países desarrollados, como España, tienen un carácter menor. Claro está que, para los colectivos afectados, fundamentalmente los agricultores, les parece el problema más grande posible. Pero es una cuestión de país rico que afecta a usuarios que quieren mantener o mejorar su nivel de vida. Porque, contrariamente a lo que se dice, los conflictos del agua que se viven en nuestro país, desde los años ochenta del pasado siglo, no conllevan pérdidas de nivel de vida, ni desarrollo de pobreza.

“La intensidad de los extremos hidrológicos no hará sino incrementar las tensiones en el intento del control del agua”

Entre los conflictos del agua que tenemos en España, el que tiene un carácter estructural desde los años setenta del pasado siglo, es el vinculado con el trasvase Tajo-Segura. Una solución desde la ingeniería hidráulica, que encuentra antecedentes en la II República, y que se materializó tras una aguda sequía en el sureste peninsular a mediados de los sesenta.

A priori una buena solución para la mejora de los recursos hídricos, por naturaleza escasos, del territorio beneficiado por la llegada de agua desde la cabecera del Tajo. Pero una solución que pronto comenzó a manifestar alteraciones en su hoja de ruta inicial puesto que, en los años previos a la llegada de las primeras aguas, en 1979, ya se habían transformado en regadío miles de hectáreas que rebasaron las previsiones iniciales de dotación de agua para la agricultura de este espacio geográfico.

Luego vinieron más transformaciones en regadío y un crecimiento urbano muy importante que sometieron a gran tensión a los recursos potencialmente disponibles procedentes del trasvase. Y surge la postura de la exigencia de agua, de más agua. La cuenca cedente, callada por evidentes razones en el momento de aprobación y construcción inicial del trasvase, va despertando y elevando el tono de sus reivindicaciones y de su critica a la solución adoptada que consideran perjudicial para sus intereses.

“En momentos de sequía no hay agua que se pueda trasvasar”

Y llegan las sequías, habituales en nuestro país, que someten a fuerte presión a esta infraestructura. Porque en momentos de sequía no hay agua que se pueda trasvasar. Y sufren tanto las zonas cedentes como las receptoras. Y el problema llega a zonas urbanas de la cuenca cedente que se quedan sin agua. Y comienzan a plantearse limitaciones desde las primeras que no quieren quedarse sin agua. Y se enciende la mecha de la tensión entre territorios.

Porque unos no quieren ceder más agua y los otros quieren todavía más caudales.  Y se siguen transformado irracionalmente hectáreas de regadío, como símbolo de progreso, aquí y allí.

Los de la cuenca receptora afirman que esas hectáreas transformadas en la cuenca cedente no son rentables y que el agua se pierde. Los agricultores de la cuenca cedente reclaman, por su parte, su derecho al desarrollo. Y la política viene a enturbiarlo todo, porque algunos partidos, de uno y otro lado, aprovechan la situación para lanzar un mensaje oportunista, de fácil calado social, pero irreal. Y el cambio climático culmina este panorama de complejidad porque se prevé disminución de caudales en la cabecera del Tajo en las próximas décadas.

“Entre los conflictos del agua que tenemos en España, el que tiene un carácter estructural desde los años setenta del pasado siglo, es el vinculado con el trasvase Tajo-Segura”

Página web de la plataforma Agua, paz y seguridad

Las bases del conflicto están servidas. Y no se solucionarán a corto plazo. Porque en el momento de transición energética que estamos viviendo, la energía nos va a costar más durante varios años y las soluciones posibles (depuración, desalación) suponen gasto energético.

La salida a este laberinto hídrico puede ser todo lo sencilla que la política esté dispuesta a aceptar. Porque la solución científico-técnica existe. Pero debe estar apoyada por la política. En sociedades democráticas, afortunadamente, debe ser así. Aunque llevamos años, décadas, de desencuentro, de enfrentamiento partidista en materia hídrica que ha impedido poner en marcha soluciones elementales a este problema hídrico que tenemos en nuestro país.

La clave: los territorios tienen que intentar ser autosuficientes en materia hídrica, deben incorporar las proyecciones climáticas a su planificación económica y territorial; y los gobiernos deben ser valientes en la puesta en marcha de soluciones que eviten conflictos territoriales por el agua.

Es una vergüenza que cada poco vuelva la matraca del trasvase a la escena política y social en nuestro país. Tenemos capacidad técnica para superar esa situación, sin perjudicar a nadie. Y tenemos dinero para desarrollarla. Falta decisión. Y el contexto climático corre en contra.


Jorge Olcina es catedrático de Análisis Geográfico Regional en la Universidad de Alicante.




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