La extraña suerte del Duguay-Trouin - EL ÁGORA DIARIO

La extraña suerte del Duguay-Trouin

Por Antonio Sandoval Rey

El naturalista Antonio Sandoval nos hace descubrir, entre vuelos de aves marinas y el fuerte rugido de las olas, la curiosa historia del ‘Duguay-Trouin’, uno buque tan longevo que formó parte tanto de las tropas napoleónicas como de la Armada británica

Con motivo de una reciente visita a Barcelona, llegó a mis manos un libro estupendo: Atlas de infortunios en el mar, de Cyril Hofstein (Geoplaneta, 2020). Mientras un día después viajaba de regreso a Galicia, abrir sus páginas fue como zarpar rumbo a algunas de las más escalofriantes o calamitosas historias de naufragios, tesoros hundidos, misteriosas desapariciones de buques o desventuras oceánicas escritas en la historia de la navegación.

A medida que sus capítulos y sus mapas me transportaban a otros tiempos y otras geografías, lo que menos podía esperar era encontrar, en una de ellas, una referencia a la zona de mar a la que más atención he delicado en mi vida: la Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) del Espacio marino de Punta de Candelaria-Ría de Ortigueira-Estaca de Bares, declarada entre otros motivos para proteger uno de los tramos más importantes del corredor migratorio que cientos de miles de aves marinas de decenas de especies utilizan cada año en sus viajes.

Son infinidad las horas de verano y otoño que he pasado contando esas aves. Su observación es todo un espectáculo. Antes de llegar aquí, muchas de ellas (charranes, págalos, negrones comunes, alcatraces; de estos últimos conté nada menos que 77.000 ejemplares el pasado 22 de octubre) atraviesan el Canal de la Mancha. Y mientras lo hacen buena parte sobrevuelan, a buen seguro, el lugar del hundimiento del Duguay-Trouin, protagonista de la extraña historia que acababa de descubrir en aquel libro.

Ese lugar está al sureste de Porsmouth y de la isla de Wight. Allí fue enviado a pique en diciembre de 1949, casi siglo y medio después de haber sido construido, entre 1794 y 1801 y con 55,3 m. de eslora, en el puerto de Rochefort. Antes de hacerse a la mar, se le puso el nombre de uno de los más célebres corsarios franceses de todos los tiempos, René Duguay-Trouin. Y se le armó con 74 cañones. Cinco años después, con una tripulación de 640 hombres, participaba en la batalla de Trafalgar (21 de octubre de 1805), en la que la armada hispano-francesa, comandada por el vicealmirante Pierre Villeneuve, se enfrentó a la británica al mando del vicealmirante Horatio Nelson. Como es bien sabido, fue esta segunda la que obtuvo la victoria, a pesar de la muerte de Nelson.

La Francia napoleónica perdió en Trafalgar doce de sus dieciocho barcos, y sufrió la pérdida de 2218 vidas. Pero el Duguay-Trouin salvó el pellejo. Junto a otros tres buques de su misma nacionalidad (el Formidable, el Mont-Blanc y el Scipion), y al mando del Vicealmirante Pierre Dumanoir, puso olas por medio y se dirigió hacia el Atlántico, para mantener rumbo norte frente a Portugal y Galicia.

Duguay-Trouin
Estatua de Duguay-Trouin en la localidad francesa de Saint Malô.

Estatua de Duguay-Trouin en la localidad francesa de Saint-Malô.Escribo todo esto con ese libro todavía a mi lado y mientras pasan ante mí centenares de alcatraces y numerosas gaviotas tridáctilas, algún frailecillo, alcas y araos… El océano está cubierto de pequeñas partidas de estas aves blancas, negras y grises que observo con mis prismáticos mientras vuelan contra el viento, y de borreguillos que se encienden y apagan como si llevaran las cuentas del paso del tiempo. El paisaje ornitológico de aquel día no debía de ser muy diferente al de esta misma tarde. Porque la fecha era muy similar: corría el 5 de noviembre de 1805. Levanto mis prismáticos y contemplo las aguas al norte del cabo Ortegal, junto al que se levantan los acantilados más altos de la Europa continental. Y evoco aquella jornada.

Hace cinco horas que dura la batalla. El viento se lleva el humo de la pólvora y los aullidos de combatientes y heridos. El capitán del Duguay-Trouin, Claude Touffet, ha caído en la lucha, lo mismo que 150 de sus hombres. El buque está desarbolado. El propio vicealmirante Dumanoir está herido de gravedad en la cabeza. El resto de la flota francesa no está en mejores circunstancias. Su encuentro frente al cabo Finisterre con la escuadra del británico Richard Strachtan dos días antes fue de lo más desafortunado. Dumanoir intentó la huida, pero los ingleses eran más, y navegaron más veloces. El enfrentamiento fue inevitable una vez frente al Ortegal. Dumanoir decide rendirse y entregar sus barcos. Se escribe así el epílogo definitivo de la batalla de Trafalgar. Pero no el final de la historia del Duguay-Trouin. Ni mucho menos.

Conducido a Plymouth, los ingleses decidieron repararlo y cambiarlo de nombre: en adelante se llamaría HMS Implacable, y con pabellón británico participaría en la guerra anglo-rusa del Báltico (donde capturó a una de las joyas de la flota del Zar Alejandro, el Vsevolod), y en campañas frente a Cádiz, Siria y Alejandría. Solo el paso de los años recomendó retirarlo del servicio activo y dedicarlo a buque de entrenamiento a partir de 1855.

Pero ese paso del tiempo resultó tan implacable como su nuevo nombre. Con el transcurso de más décadas, sin recibir los oportunos cuidados, y a pesar de ser ya el segundo buque más veterano de Reino Unido (el primero ya era el HMS Victory de Nelson, al que se había enfrentado en Trafalgar, y que hoy sigue atracado en Portsmouth) el Duguay-Trouin se fue ajando, hasta el extremo de valorarse su desmantelamiento. Fue entonces cuando un filántropo decidió salvarlo. Vivió así aquel buque ya centenario una larga prórroga, consistente en sucesivos intentos de reparación, frustrados por la ausencia de financiación.

El HMS Victory de Nelson sigue pudiendo ser visitado en Portsmouth.

En 1930, el mismísimo Duque de York participó en promover una enésima suscripción para restaurarlo. Pero tampoco se recaudó lo suficiente. El buque pasó así esa década y la Segunda Guerra Mundial anclado junto al HMS Victory, como viejos compañeros de fatigas. Llegó entonces la posguerra, de obligada austeridad: no era buen momento para preocuparse de antiguos barcos venidos a menos. Ni Francia ni Reino Unido, a pesar de sucesivas negociaciones para intentar una solución, se pusieron de acuerdo en salvar al Duguay-Trouin. De modo que se decidió condenarlo.

El 2 de diciembre de 1949, 145º aniversario de la coronación de Napoleón como emperador de Francia, fue remolcado hacia el Canal de la Mancha. Mientras pasaba junto al nuevo HMS Implacable, un portaaviones, y hasta que desapareció en el horizonte, sonaron La Marsellesa y el Good Save The Queen. Más tarde, frente al sureste de la isla de Wight, con todos los honores, y las banderas de ambas naciones en alto, se detonó la carga de dinamita que llevaba a bordo.

Tardó 3 horas en desaparecer bajo las aguas. Quizá no estaba tan maltrecho como se suponía. Mientras se hundía, quiero pensar que lo sobrevolaron varias aves marinas. Y que algunas de ellas siguieron luego rumbo a esta otra costa. Y no porque barruntaran que algo así sería un homenaje oportuno, sino porque es algo que las de su estirpe vienen haciendo desde mucho antes que la nuestra siquiera imaginara la idea de navegar.

Levanto de nuevo los prismáticos, y de repente es como si me asomara a un instante al mismo tiempo ajeno a la historia y repleto de infinidad de historias. El Atlas de infortunios en el mar, que tengo al lado, me invita a leer alguna más. Aguarda, le digo, que ahí vienen más frailecillos y alcatraces… Pero él insiste. E irremediablemente, zarpamos juntos de nuevo.




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