El grave error sanitario de profanar la naturaleza - EL ÁGORA DIARIO

El grave error sanitario de profanar la naturaleza

Por José Luis Gallego

El comunicador ambiental José Luis Gallego reflexiona y aporta luz sobre el peligro sanitario que supone la intrusión del ser humano en los hábitats naturales. No hemos hecho caso a las continuas advertencias de los expertos y el coronavirus ha terminado por explorar poniendo en peligro a la sociedad mundial. ¿Habremos aprendido la lección?

Cada vez son más los expertos que vinculan el aumento del riesgo de pandemias como la provocada por el COVID-19 a la destrucción de los hábitats naturales, la pérdida de biodiversidad y la alteración del equilibrio de los ecosistemas.

Asimismo, el tráfico ilegal de especies y la captura y consumo de animales salvajes sin ningún tipo de control sanitario están favoreciendo el contacto con patógenos (virus o bacterias) con los que en condiciones normales, si no hubiéramos alterado ese equilibrio, jamás habríamos entrado en contacto.

Hace ahora dos años el Banco Mundial y la Organización Mundial de la Salud (OMS) crearon la Junta de Monitoreo de Preparación Global (GPMB, por su sigla en inglés): un comité internacional de expertos con la misión principal de evaluar la capacidad del mundo para protegerse de las emergencias sanitarias.

Presidido por la ex primera ministra noruega y ex directora general de la OMS Gro Harlem Brundtland, entre sus integrantes figuran el Secretario General de la Cruz Roja y la Media Luna Roja, el Presidente de la Academia Nacional de Medicina de EEUU, el Director del Instituto Estatal de Control de Enfermedades de China, la Ministra de Sanidad de la Federación Rusa y sus homólogos de Holanda, Japón, Chile, Ruanda o la India, además de representantes de fundaciones privadas y centros de investigación de todo el mundo.

En septiembre del año pasado este grupo de trabajo redactó un primer informe sobre el nivel de amenaza sanitaria al que se enfrentaba el mundo en aquellos momentos. Su título no pudo ser más explícito: Un mundo en riesgo.

Los bosques amazónicos están amenazados por la deforestación y los incendios.

Entre sus principales conclusiones el escrito advertía que “el mundo está cada vez más expuesto a enfermedades propensas a devenir en graves epidemias: como la del Síndrome Agudo Respiratorio Severo (SARS), el Síndrome Respiratorio del Medio Oriente (MERS), el Ébola o el Zika, entre otras”.

Según los expertos de la OMS consultados por el GPMB solo entre 2011 y 2018 los rastreos llevados a cabo por esta organización identificaron 1.483 episodios epidémicos en 172 países, la mayoría de ellos por contagio respiratorio. Su análisis del escenario al que nos enfrentábamos en aquel momento era tan inquietante como desgraciadamente premonitoria: “Nos enfrentamos a la amenaza real de una gran pandemia, altamente letal y contagiosa, que podría estar provocada por la extensión de patógenos respiratorios que se propagan a través de gotitas respiratorias y pueden infectar a un gran número de individuos. Una grave crisis sanitaria que acabaría extendiéndose rápidamente a través del transporte y las grandes aglomeraciones, con capacidad de provocar la muerte de miles de personas en todo el mundo“.

Durante demasiado tiempo -concluían finalmente los expertos de aquel informe- hemos permitido un ciclo de pánico y negligencia ante las pandemias: aumentando los esfuerzos cuando existe una amenaza grave, pero pasando rápidamente a olvidarnos de ellos cuando la amenaza disminuye. Es tiempo de actuar y debemos hacerlo de manera urgente”. No lo hicimos: el COVID-19 ha sido la primera consecuencia.

Más allá de su alarmante (que no alarmista) contenido, uno de los aspectos más destacados del informe de GPMB es el que vincula el aumento del riesgo de pandemias con el deterioro de los ecosistemas terrestres y la alteración de las condiciones de vida en el planeta como consecuencia de la crisis climática.

Toma de muestras a un murciélago. | Foto: Roshan Patel / Smithsonian’s National Zoo and Conservation Biology Institute

En ese mismo sentido el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) lleva años alertando que alrededor del 75% de las enfermedades infecciosas emergentes tienen un origen zoonótico: es decir, que son transmitidas por los animales.

Ese fue el caso del ébola, la gripe aviar, el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS), el virus Nipah, la fiebre del Valle del Rift, el síndrome respiratorio agudo severo (SARS), el virus del Nilo Occidental o el Zika. Y según los científicos que siguen estudiando su origen, ése seria casi con total probabilidad el origen del COVID-19.

Para la OMS el brote de ébola surgió como consecuencia del aumento de la deforestación en África occidental y el establecimiento de nuevos asentamientos humanos en los hábitats silvestres. La gripe aviar estuvo vinculada a las malas prácticas sanitarias en la avicultura intensiva, mientras que la infección provocada por el virus Nipah (VNi), causante de graves dolencias (desde encefalitis a síndromes respiratorios agudos) tanto en animales como en el ser humano, tuvo como principal vector de contagio al cerdo.

tráfico ilegal
La deforestación derivada de la tala ilegal de madera supone un perjuicio para la naturaleza

Sin embargo, en este último caso, posteriores investigaciones han demostrado que la especie huésped original del VNi fue en realidad un murciélago frutero de Malasia perteneciente al género Pteropus (llamados zorros voladores por su gran tamaño), que transmitían el virus a un tipo de palma datilera cuyas plantaciones habían ocupado su hábitat natural y con las que se elaboraba el pienso que servía de alimento a los cerdos en las macrogranjas.

Una compleja espiral de contagio con un origen claro: la destrucción de los hábitats naturales y la intrusión del ser humano para ponerlos a su servicio en producción agrícola.

Ahora sabemos que la destrucción de la naturaleza nos expone a agentes patógenos que permanecían alejados de nuestro entorno, lo que nos expone a nuevas infecciones frente a las que ningún sistema sanitario es capaz de reaccionar. Una amenaza real que, como estamos comprobando con el COVID-19, es capaz de arruinar nuestro modelo socioeconómico. La pregunta es ¿habremos aprendido la lección?


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