El olor de la Navidad - EL ÁGORA DIARIO

El olor de la Navidad

Por José Luis Gallego

El sentido que con más precisión nos transporta a momentos de nuestra memoria es el olfato. Y a José Luis Gallego, el olor del musgo lo devuelve a la Navidad. El naturalista nos cuenta la importancia de este ser vivo que crece en los rincones húmedos de los bosques y su papel clave en los ecosistemas

Hay olores que permanecen anclados en el recuerdo para siempre. Aromas que nos devuelven instantes, paisajes, personas. La memoria olfativa, dicen, es la que más arraiga en el cerebro, dispuesta a convertirse de nuevo en sensación al menor estímulo. Y eso es lo que me ocurre con el olor de la Navidad, que para mí es el olor del musgo.

Es a lo que huelen los mercadillos navideños. Cómo huele a Navidad, decimos mientras los recorremos, cuando la nota olfativa dominante y la que más nos araña en la memoria es la del musgo que ofrecen algunas paradas.

Un musgo que nunca debió salir del bosque, pues allí cumple una función indispensable.

Esta comunidad vegetal (que no planta) crea mullidas y densas alfombras de color verde en los rincones más húmedos del bosque, junto a las fuentes, sobre las rocas del arroyo o el tronco caído de los árboles, agrupando a un variado número de especies vegetales que descienden directamente de las algas marinas.

Los tratados de botánica señalan que los musgos fueron uno de los primeros grupos de seres vivos que se decidieron a emprender la aventura de la vida y poblar el planeta. Desde entonces su adaptación a la vida terrestre no ha tenido demasiados sobresaltos. Por eso muestran aún ese aspecto primitivo, formando masas esponjosas, acumulativas y poco desarrolladas, tan parecidas a las colonias de algas que vemos en el fondo del mar cuando buceamos.

Debido a su alta capacidad para retener agua y acumular nutrientes, el musgo es en sí mismo un hábitat que sirve de hogar a multitud de invertebrados y facilita la germinación de muchas de las plantas que forman el sotobosque, por lo que sin él, la biodiversidad forestal sería mucho más pobre. Además, como los buscadores de setas conocen muy bien, las umbrías del bosque pobladas de musgo son el lugar ideal para recolectarlas pues el hongo encuentra aquí el adecuado nivel de humedad para florecer. Pero no siempre es así.

Durante el verano muestra un aspecto amarillento y reseco, como si estuviera muerto. Sin embargo, con las primeras tormentas de otoño, el musgo renace y va recobrando poco a poco su esplendor hasta aparecer como luce ahora: henchido y húmedo, oloroso y de un color verde intenso… verde musgo.

Las varillas de hojas, que parecían pajas marchitas, reverdecen y se hinchan con la lluvia para recobrar su húmedo esplendor. Ello se debe a que están compuestas por unas células llamadas hidrocitos que funcionan como las escamas de celulosa con las que se rellenan los pañales. Así, las hojas del musgo absorben la humedad del exterior para retenerla, ganando en volumen y manteniendo una alta proporción de agua en su interior, superior al 90% de su estructura.

Por eso las placas de musgo que cubren el suelo del bosque funcionan como humidificadores naturales, unos aljibes vegetales que, en función de las necesidades ambientales, van hidratando el ambiente interior de la arboleda para favorecer el correcto equilibrio del ecosistema: soltando agua; agua perfumada de musgo. De hecho, su esencia es una de las más utilizadas por la industria de la perfumería y con ella se elaboran buena parte de las fragancias que estos días se van a regalar.

Antes de despedirme deseándoles felices fiestas, una petición. No espolien el musgo del bosque para componer el pesebre navideño. Como hemos visto, su papel en el ecosistema forestal es esencial, por lo que al retirarlo estamos causando un grave daño a la naturaleza.  Además, si vamos a echar mano de la tradición para justificar su uso, ¿dónde está escrito que Belén estuviera hace dos mil años cubierta de musgo? Hasta donde sabemos, tanto dicha localidad como el resto de Judea forman parte de una región semidesértica a la que le dice más el serrín que el musgo.


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