El privilegio de abrir el grifo y tener agua - EL ÁGORA DIARIO

El privilegio de abrir el grifo y tener agua

Por José Luis Gallego

El naturalista José Luis Gallego vuelve a El Ágora para recordarnos que un gesto tan cotidiano como abrir un grifo y ver salir el agua es para muchos millones de personas en el mundo un verdadero privilegio, casi un momento mágico

Presionar el interruptor y que se encienda la luz. Poner la calefacción para que haga calor, o el aire acondicionado para estar frescos. Y sobre todo abrir el grifo y que salga agua: agua limpia, sana, segura; agua de beber, agua de vivir.

Actos reflejos, tan cotidianos como espontáneos, a los que no damos mayor importancia porque forman parte del equipo básico del ciudadano occidental, del ordinario colectivo.

Sin embargo, si nos detenemos un instante a reflexionar sobre el alto privilegio que supone tener garantizado el acceso a todos esos servicios, si pensáramos lo que sería de nosotros sin ellos, coincidiremos en que son la base misma de nuestra calidad de vida: la envidiada y exclusiva calidad de vida occidental.

Lejos de cualquier otro privilegio, el de abrir el grifo y ver brotar el agua sería considerado como un milagro por millones de ciudadanos del mundo, un conjuro que dejaría maravillada a buena parte de la humanidad, tal y como tuve ocasión de comprobar hace ya demasiados años.

Si mal no recuerdo fue durante la visita de un grupo de ciudadanos de la República Árabe Saharaui Democrática a mi ciudad. Al piso que ocupaba un compañero de trabajo llegó uno de ellos en acogida: un joven de tez aceitunada y sonrisa blanca, Issam.

Procedía de uno de los campamentos saharuis de la provincia argelina de Tinduf: el lugar donde su pueblo permanecía exiliado; un territorio de paisaje áspero y clima implacable donde el agua era un anhelo más que un derecho.

Lejos de cualquier otro privilegio, el de abrir el grifo y ver brotar el agua sería considerado como un milagro por millones de ciudadanos del mundo, un conjuro que dejaría maravillada a buena parte de la humanidad

Aquella era la primera vez que el joven Issam viajaba a un país occidental y visitaba un lugar tan alejado del suyo en todos los sentidos. Sus ojos (todavía los recuerdo: como dos aceitunas negras) no daban abasto ante tanta sorpresa. La capacidad de asombro de aquel hombre del desierto, de aquel inquilino de la escasez ante tanta opulencia, había sido ampliamente superada.

Una vez ubicado en su piso, mi amigo le ofreció la oportunidad de asearse en el cuarto de baño. Y allí se dirigió el joven saharui con una pequeña palangana: un recipiente del tamaño de un cuenco para el desayuno que portaba en el equipaje. Mientras se aseaba, al pasar por la puerta abierta del baño, asistí perplejo a una insólita escena.

Tras la mampara de vidrio el joven Issam se frotaba el cuerpo a secas sobre el plato de la ducha, con una bayeta que apenas iba humedeciendo en el pequeño cuenco que había llenado en el lavamanos.

Al percibirme de lo que estaba ocurriendo me acerqué con el debido respeto y le señalé el grifo que tenía a sus espaldas y que hacía brotar el agua por el teléfono de la ducha. Al retirarme pude observar cómo, tras accionarlo, aquella refrescante lluvia artificial le causó una la mayor impresión.

En la cena pudimos mantener una conversación con la ayuda de un agregado que nos iba traduciendo del hassanía. Aquella charla sobre el profundo respeto al agua que sentía su pueblo debería haber sido escuchada por todos. Especialmente por quienes tienen el hábito de derrocharla impunemente con esos hábitos insostenibles de los que llevo tanto tiempo hablándoles y que no hay manera de desterrar de nuestro comportamiento como sociedad.

Respetar el agua. Probablemente esa sea la base de todo, el punto de partida necesario para avanzar hacia un uso más responsable de este recurso vital y eludir los riesgos de la confianza que hemos depositado en los grifos. Y es que el grifo, ese objeto aburridamente común al que no prestamos la más mínima atención, puede darnos pronto un disgusto si seguimos avanzando hacia los peores escenarios de la crisis climática y el acceso seguro y cómodo al agua potable y de saneamiento deja de ser algo que damos por hecho.



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