El sigilo de los ampos - EL ÁGORA DIARIO

El sigilo de los ampos

Por Fernando Fueyo y Bernabé Moya

Esta semana disfrutamos de una nueva entrega de la serie Del natural. Qué mejor que un paseo sobre un manto de nieve mientras los ampos o copos empiezan a caer para disfrutar de estas fechas. El botánico Bernabé Moya nos envuelve con sus palabras en un paisaje blanco, mientras que una delicada ilustración del naturalista Fernando Fueyo nos transporta hasta la cumbre nevada de Peña Santa de Enol, en los Picos de Europa

“Nos aguardaba una buena decepción: durante el invierno, y sin nosotros saberlo, habían talado varios pinos nobles y antiguos por los que sentíamos mucho aprecio; unos tocones horrendos y montones de astillas era lo único que quedaba donde antes esos hermosos árboles habían agitado durante tanto tiempo sus perennes brazos. La tala de estos ejemplares parece haber modificado considerablemente el carácter de los campos vecinos, y es que con frecuencia ocurre que un solo grupo de árboles tiene el poder de alterar el aspecto general de hectáreas de tierras circundantes”

Susan Fenimore Cooper (1813 – 1894)

Aquella mañana la despertó el silencio, algo faltaba en el aire. El esmerado sigilo le reveló el blanco más apagado y el ambiente enrarecido. Una fría página en blanco rendía las aristas del paisaje. Se podía internar más allá de las líneas prescritas, de los caminos trazados, más allá de lo razonable.

Se dice a sí misma: los ampos nacen en las nubes. Lo sabe, son agua cristalizada y aire, pero todo empieza en la tierra. Al evaporarse en la atmósfera, las moléculas de agua pasan a disponer de la más completa libertad de movimiento y de acceso a los tres estados de la materia. Unas veces se agitan en forma de vapor, en otras dan lugar a gotitas minúsculas y también pueden solidificarse como bolitas de granizo y cristales de hielo. Y como pasa con los grandes principios, todo da comienzo con una insignificante señal. Es suficiente una imperceptible mota de polvo, una promesa en forma de grano de polen o un estremecedor silencio entre árboles para convocarlos.

Camina triste sobre la pradera helada. Los huesos rígidos, como rocas marmóreas, se estremecen ante el vacío. Se repite: tiene que hacer más frío, mucho más frío. Es entonces, cuando alrededor de ese algo impalpable el gélido vapor de agua crea una finísima lámina alrededor, y se congela. Cambia de estado. En un instante pasa de la libre vaporosidad de los gases a disponer de forma y volumen propio.

Peña Santa de Enol. | Ilustración: Fernando Fueyo

Sus pasos perdidos se dirigen hacia un anciano árbol solitario, el desmesurado tronco y las extensas raíces le reafirman. Levanta la mirada, contempla la cerrada y plomiza nube, y piensa: allá en lo alto, a muy bajas temperaturas, una vez se han formado los primeros núcleos de condensación en donde anclarse, da comienzo la cristalización. El helado vapor de agua que rodea los primeros cristales empieza a unirse ávidamente, un impulso geométrico anima el crecimiento. Sometidos a las leyes de la física, la polaridad de los tres átomos del agua se impone. Sus pensamientos permanecen confusos pero expectantes, asisten a la génesis de los ampos: cristalinos, traslúcidos, simétricos, armoniosos… y si hay suerte ramificados.

Lámina a lámina, los cristales más sencillos van adquiriendo personalidad. Las posibilidades son infinitas, y no se premia la presencia de dos idénticos. Todos los ampos son distintos, como los árboles, y los más elaborados llegarán a formar dendritas. El empeño no resulta sencillo, se van añadiendo delicadísimas láminas de hielo y van creciendo vivamente hasta ramificarse. Empiezan brotándoles tímidamente las ramas y acaban destelleando como dendritas estelares. No es la única geometría a la que pueden aspirar. Los hay que no anhelan ser estrellas rutilantes y adoptan la forma de diminutos cristales triangulares, y de seis caras; otros en finísimas y puntiagudas agujas con las que aguijonear la tierra; y los hay que toman la forma de prismas hexagonales, cajitas resplandecientes y frágiles columnas ahuecadas.

Microscópicas porciones de agua solidificada que conservan en lo más profundo de su ser, a modo de un preciado tesoro, un hálito de aire.

Se agitan, y cada vez más porciones de nube vienen a unirse. Aparecen los primeros ampos. Van ganando peso, volumen y adeptos. Flotan y crecen libremente en el interior de la vaporosa y fría nube. Se mueven en su vientre arrastradas vertiginosamente por torbellinos y corrientes incesantes. Ascienden y descienden, giran una y mil veces. Y cuando menos se lo esperan, ha llegado su momento. Unas veces es un imperceptible cambio de temperatura, en otras una ráfaga fugaz del viento, y cuando no la presión atmosférica o el cambio de altura. El ampo está maduro, y la levedad de su peso ya no pasa desapercibida a la fuerza de la gravedad. Los llaman. Caen.

Se acerca apresurada hasta la orilla del lago, el agua presenta un gélido azul intenso muy oscuro y profundo, allí irán a descansar cuando todo termine. Pero ahora prefiere no distraerse: la bajada será vertiginosa. Sabe que no todos llegan al suelo. Si la temperatura no es lo suficientemente baja durante la caída, los ampos se licuan y evaporan en pleno vuelo. Pero si hay un poco de suerte, esa afilada aguja de cristal que ahora ya no lo es, puede unirse a otro ampo más sólido y pesado que en ese preciso momento pasa precipitadamente a su lado. Mientras dure la caída podrán adoptar nuevas formas. Es, en ese momento, cuando es posible ver las dendritas estrellarse contra el suelo.

Nieva. Recorre con la mirada ausente el paisaje, trata de encontrar aquel grupo de pinos antiguos que abrían sus ramas a un cielo que hoy aparece tintado de nubes pardas, grises, oscuras y penumbrosas. Y cree comprender por qué la nieve artificial carece de fantasía. La belleza no se improvisa. Hubo quien quiso poner a prueba la creatividad de los cristales de hielo, y en su desesperación trató de repetir dos ampos idénticos en el laboratorio. No resultó nada sencillo; hay incluso quien afirma que se consiguió, pero de una forma tan elemental que no alcanzaron a ser, ni en sueños, dendritas estelares.

Contempla decepcionada el horizonte. Su mirada queda cegada ante el blanco más hiriente. La confusión del instante la arrastra hacia una avalancha de recuerdos. Han talado los pinos, han asesinado el paisaje. Un luto blanco la recorre por dentro. No queda espacio para el blanco inmaculado o virgineus, y nada resulta ya, a sus cansados ojos, resplandeciente: candidus o candidissimus. Cogidos de uno en uno, los ampos son transparentes. Amontonados tras su caída, cristales rotos, brillando cegadoramente a la luz del Sol.

Los rayos los penetran, los recorren, se reflejan y dispersan en el laberinto de hielo.  En este preciso instante, ese rayo de luz recién llegado se refleja como espejo hiriente; mientras aquel se descompone y recompone mil veces en la gama de colores del espectro visible. Recorren un dédalo ínfimo. Al cruzar el próximo prisma de hielo los tonos se unen, y vuelven a ser luz blanca. Arcoíris de ida y vuelta, apenas imperceptibles.

Los ampos suenan al caer. Un estrépito de cristales fracturados los amontona y envuelve. Gritan en silencio. En su caída, mínimas porciones de aire han quedado atrapadas entre los diminutos cristales individuales, les ayudan a permanecer ingrávidos y los tornan silentes. La etérea presencia del aire prisionero entre los ampos absorbe las vibraciones sonoras. Al llegar al suelo han dejado tras de sí un mutismo blanco. Calladamente van adormeciendo los sonidos más tristes.

Los paisajes del blanco más puro se abren a sus ojos como a un espejismo inalcanzable. Anda sin rumbo extraviada en un paraje que creía reconocer. A cada paso el mullido manto se endurece, pierde la cualidad nívea y el mutismo. Crujen los cristales despedazados. La efímera geometría del agua se viene abajo. Toma un leve matiz del amarillo, y se transforma en blanco marfil; transcurrido un instante el blanco se vuelve lechoso con cierta tendencia al azul; definitivamente va apagándose, al mostrar querencia por el gris. La siguiente pisada se hunde profundamente en la espesura de la nieve; emerge teñida con la gama de tonos de la arcilla, que ahora es de un rojo ladrillo un poco apagado: lateritus o testaceus. A cada paso el blanco se oscurece, entrando en la paleta de la terracota: gilvus o figlinus. Hasta extinguirse, tendiendo al negro parduzco, que ahora ya es sanguineus.

Un ruido ensordecedor de pensamientos no resueltos resuena en su cabeza. Cada nevada es una lluvia de estrellas caídas. Caminando entre los ampos rotos, el eco de sus pasos no encuentra quien le responda… se pierden… en un blanco mudo.


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