El tiempo junto al agua - EL ÁGORA DIARIO

El tiempo junto al agua

Por Antonio Sandoval Rey

El escritor Antonio Sandoval nos invita esta vez a sentarnos junto a un estanque rodeado de sauces. Se reflejan en su superficie las inflorescencias que ya han brotado en sus ramas aún desnudas de hojas. También lo hacen las casas de los patricios romanos, y Empédocles y Tales de Mileto. Incluso Zeus, convocando a los dioses y a las ninfas desde el Olimpo. Y es que el tiempo, junto al agua, transcurre de manera diferente…

Sauces llorones rodeando un estanque. | Foto: Gary BP

Los pequeños racimos de flores que cuelgan de las ramas aún sin hojas de los sauces se balancean en la brisa con expresión de desconcierto: “¿Hemos llegado demasiado pronto?”. Brotan cada año por estas fechas, en torno a febrero, cuando nadie está aún seguro de cuándo aparecerá de verdad la primavera, y es como si las hadas de la espesura, las dríades, adornasen con ellos los márgenes con que los bosques se asoman a las orillas.

Su reflejo en las aguas más mansas de los ríos, y en los estanques, charcas y lavaderos, crea intrincados mapas para la imaginación: esas verdes inflorescencias son como apretadas aldeas, y sus oscuras ramas como los retorcidos caminos que las unen. La luz que se cuela por entre unas y otras, y que palpita según las nubes cubren y descubren el sol, marca el compás de un tiempo paralelo a este. El tiempo de la contemplación. El de la filosofía.

Te sientas y miras. Recuerdas. Piensas. Del surtidor de tu meditación comienza a manar un chorro de ideas que, al caer sobre ese mapa, lo desdibujan para crear en él nuevas imágenes y conceptos, que permanecen ahí lo que tardan otros en sustituirlos, y así una y otra vez hasta que, sin darte cuenta, resulta que te has convertido en un manantial.

¿Cuándo se creó el primer estanque destinado, sencillamente, a mirarlo? Sabemos que desde la antigüedad, en diversas culturas, existían aljibes y cisternas para guardar el agua, o albercas en las que mantener vivas carpas y otros peces mientras no se enviaban a las cocinas. ¿Atraerían ya por entonces la atención, siquiera difusa, de quienes pasaban junto a ellos?

Impluvium en el yacimiento de Pompeya. | Foto: Black;Mac

En el centro de los patios interiores de las domus de los griegos, etruscos y romanos de vida más desahogada existían una especie de pequeñas piscinas cuadradas y de poco fondo, llamadas Impluvium en latín. Se llenaban con la lluvia que llegaba hasta ellos por unas aperturas abiertas en el techo, las compluvium. Con frecuencia se construían en mármol, y se adornaban, en su centro, con alguna pequeña estatua. ¿Se sentarían junto a ellos algunas veces los patricios, a reflexionar acerca de sus vidas y negocios?

Es inevitable evocar a un Empédocles desvelado y concentrado, una noche y a la luz de unas velas, junto a la superficie transparente y tersa de un estanque. Una brisa, que llega desde el Mediterráneo y sobre las secas laderas sicilianas hasta su hogar en Agrigento, revuelve ese espejo en el que se reflejan sus cavilaciones. Es como si le apremiara a expresarlas en voz alta: “Agua, tierra, aire y fuego”. Esta es, decide, la composición del Arjé, la materia prima del universo. Doscientos años antes, en Mileto, hoy en Turquía, Tales había sostenido que esa sustancia esencial, el origen de cuanto existe, era el agua. Y que esta estaba viva, lo que explicaba sus movimientos: olas, corrientes… Y que, además, era divina, por estar repleta de dioses.

Los botánicos llaman amentos a esas inflorescencias de los sauces y otros árboles. Vistos de cerca, son como espigas de diminutas flores, todas del mismo sexo. Hay así amentos masculinos y amentos femeninos. Ninguna de ellas tiene pétalos o sépalos, de modo que las masculinas están reducidas a los estambres, y las femeninas al estigma. Es el viento quien se encarga de llevar el polen de los primeros hasta las segundas.

Amentos de sauce. | Foto: Roxana Bashyrova

 

A veces, ese mismo viento, o la llegada algo impetuosa de un pajarillo a la rama en que ha brotado, arranca uno de los amentos, que cae hasta el agua quieta. Allí se queda, como una barca mágica. Tienes la impresión de que, si te acercas y lo observas con una lupa, descubrirás entre sus múltiples jarcias a unas pequeñinas y hermosas marineras en plena fiesta: las náyades, ninfas del agua dulce. Te miran divertidas y te invitan con gestos a beber de ese reflejo del mundo por el que navegan.

Tales tenía cierta razón: la lista de deidades que han habitado las aguas a lo largo de la historia de nuestra especie es infinita. Solo en Europa, casi cada fuente y cada poza, cada arroyo y cada río han tenido uno o varios. Cuenta Homero en la Ilíada que cuando Zeus convoca a los dioses a una asamblea en el Olimpo, no solo deben acudir los más renombrados, sino también todas las ninfas. Y entre ellas, por supuesto, las acuáticas, dadoras de vida y bendición a todas las criaturas. Sin agua, no hay vida.

En la Grecia más arcaica las musas que inspiraban a los poetas eran las ninfas de las fuentes y estanques, donde eran adoradas. Bebías allí y profecías y oráculos, canciones y relatos, brotaban en tu pensamiento igual que inflorescencias en un bosque aún sin hojas. Era luego el aire, a través de tu voz, quien se encargaba de mezclar el polen de unas y otros, fecundando el futuro con las semillas de nuevos árboles.

Sauce llorón (Salix babilonica) a la orilla del agua. | Foto: R.S. Orton

Un sauce vive poco más que un humano. Durante su existencia, los que crecen junto a estanques y lagunas cuidan de estos como lo haría un espíritu inspirado a la vez por la ingeniería y el arte. Sus raíces sostienen las orillas, evitando que su tierra se diluya. Sus frondas envuelven en sombra y frescura sus aguas. Con el paso de las estaciones, el cambio de pigmentación de sus hojas ilumina su superficie con la sucesión de colores de eso tan inexorable que llamamos el tiempo.

Pero hay otro tiempo. El de la contemplación. El de la filosofía. Te aguarda siempre también ahí mismo, junto a esas aguas rodeadas de sauces. Te sientas, en febrero, junto a ellas, y al rato le preguntas: “¿He llegado demasiado pronto?”. Y sus náyades se ríen.


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