El viaje del agua

El viaje del agua

Por Carlos de Hita

Con motivo del Día Mundial del Agua, el naturalista Carlos de Hita hace un relato sonoro que captura los sonidos del líquido elemento en la naturaleza. Desde el hielo y las nieves de las cumbres, el agua va recorriendo paisajes distintos: arroyos de montaña, ríos caudalosos, llanuras y bosques de ribera, hasta llegar a la desembocadura en una albufera

En su viaje río abajo, el agua cambia de voz a medida que, poco a poco, va cediendo protagonismo.

Todo comienza en una pausa. El hielo seco no produce sonido alguno. Pero el agua pronto se pone en marcha. Comienza el viaje con una simple gota, cuando el silencio blanco libera los primeros sonidos. Gota a gota, golpe a golpe, los caudales crecen, la corriente avanza y el paisaje nevado se convierte en un estruendo. Cada vez más alto -más fuerte-. Cada vez más bajo -más grave-.

El agua ya liberada se precipita por una cascada. Primero ruge, luego se afina y abajo, en la base, el agua pulverizada sisea antes de volver a quedar detenida en la superficie helada del lago. Pero quietud no es silencio. Las paredes de roca y la superficie helada recogen el murmullo lejano de las cascadas, lo mezclan con el viento y producen ese rumor sordo, sin aristas, que es la firma sonora de la alta montaña.

 

El agua fluye ahora por el lecho más inestable, una suave pendiente formada por cantos rodados. Y de cada canto, de cada remolino, emerge un sonido distinto.

Ya en el curso medio, embarrada por las lluvias y el deshielo, el agua baja ceñida por un cinturón de vegetación. Por primera vez, las voces de los animales empiezan a disputarle el protagonismo absoluto. Entre las marañas, al rebufo de los remolinos, las voces de seres invisibles adornan el viaje: cetias ruiseñor, zarceros, verdecillos…

Al fin el río se ensancha, la voz del agua es un rumor, un bajo continuo que sirve de fondo a las otras voces de las alamedas: el viento en las copas de los chopos, las voces de madera de cigüeñas y palomas torcaces, el mugido de un somormujo, el silbido aflautado de las oropéndolas.

Cerca del mar, en una albufera, la voz del agua se remansa. Ahora es el viento el que la hace sonar al levantar el oleaje. Y son las aves las que, zambulléndose, chapoteando, encuentran las últimas resonancias.



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