En la niebla

En la niebla

Por Antonio Sandoval Rey

Es pleno verano, pero en ciertos lugares de España, como la costa gallega, la niebla puede ser muchos días protagonista del paisaje. El naturalista Antonio Sandoval nos describe una mañana de brumas estivales en un texto que reflexiona sobre artistas como Monet, Winslow Homer o Alfred Sisley que trataron tratado de retratar la evanescencia del agua

Esta mañana mi vista no alcanza más allá de los 10 pasos. A partir de esa distancia, cuanto hay es agua: niebla. Es como si este paisaje, que tan bien conozco, se hubiera tomado vacaciones de mi mirada. Desde donde estoy puedo señalar hacia dónde caen, invisibles, el faro, el bosque de sauces o las curvas de este camino. El océano balbucea susurros a mi derecha, su inmensidad sólo imaginaria. No hay viento, ni brisa. La atmósfera está tan quieta como yo mismo, aquí detenido, condensando estas impresiones en mi cuaderno. Advierto las minúsculas gotas de humedad adheridas a mis pestañas. Mi cabello debe estar igual. Evito comprobarlo pasando la mano por él. Decido que es mejor que permanezca así, empapándose, igual que cuanto me rodea.

¿Por qué habría de continuar mi paseo? No tengo prisa. Aún es temprano. Me dejo estar aquí, quieto. Un hombre que escribe de pie diluido en la nada. Así, además, no suenan tanto mis pasos, y evito aquello que le sucedió a Octavio Paz en un poema que tituló, precisamente, Aquí: Mis pasos / en esta calle / resuenan / en otra calle / donde / oigo mis pasos / pasar en esta calle / donde / sólo es real la niebla.

Sí, sólo es real la niebla. Y esta breve orla que me rodea: el camino, sus dos bordes, un vallado de piedra, el comienzo de un prado. Canta cada poco un acentor. Es como si hubiera asumido, entusiasta, la responsabilidad de medir el tiempo en esta dimensión incierta.

Una célebre leyenda urbana cuenta cómo unos automovilistas que circulaban por cierta comarca española, tras atravesar una niebla tan espesa como esta, descubrieron aterrados al salir de ella que lo hacían ahora por Chile. Desde que la escuché, siendo aún muy pequeño, he soñado con que me sucediera alguna vez. ¿Por qué no ahora?

“Canta cada poco un acentor. Es como si hubiera asumido, entusiasta, la responsabilidad de medir el tiempo en esta dimensión incierta”

Un repentino soplo de aire abre a mi izquierda una caverna por entre el magma volátil y gris. En su interior (¿o acaso el interior es donde yo estoy, y lo que veo es desde él la boca de la cueva?), otro hombre, de aspecto cansado, pinta con trazos meticulosos, obsesivos, un óleo tras otro. El que tiene ahora frente a sí es casi igual que los 18 restantes: cambian los colores, pero el motivo es idéntico. Entre la banda de un cielo en el que palpita un sol indolente y la de un río, el Támesis, ambas de casi idénticas tonalidades en cada cuadro, se eleva la mole inconsistente, borrosa como en un sueño, del parlamento británico. Corre el año 1900, y Claude Monet se ha obsesionado tanto con esta vista que no deja de recrearla una y otra vez desde su terraza en el hospital San Thomas, en la orilla opuesta del río, cerca del puente de Westminster. Cuando parece girarse para observar al fisgón que a su vez le observa, un nuevo estremecimiento del aire cierra la ventana por la que miraba y abre otra a mi izquierda, donde el mar sigue rosmando.

Claude_Monet, ‘Houses_of_Parliament’
Claude Monet, Houses of Parliament, Londres, pintado hacia 1900. | CRÉDITO: Instituto de Arte de Chicago

El acentor canta la hora.

Entre unas olas cada vez más altas, un pescador solitario rema rumbo a su barco principal, apenas una silueta en la distancia. Sobre él, sobre todo ese horizonte oceánico de los Grands Banks, allá frente a Nueva Inglaterra, crece como una amenaza el volumen de una niebla que se acerca cada vez más. El ancla del bote, enganchada a la proa, golpea la madera con cada golpe de mar. Un tonel, y las colas de varios grandes fletanes recién capturados, se mecen al mismo compás. Apenas veo el perfil del pescador. Está vuelto hacia ese barco que la niebla está a punto de tragar. Su mirada mide la distancia. Y el tiempo. Sus puños aprietan sus remos. Corre el año 1884, y Winslow Homer, recién llegado de esas mismas aguas, pinta a este hombre en su estudio de Prouts Neck, en Maine. Durante ese año y los siguientes retratará la dura vida mar adentro de las gentes de esa costa. Junto a ellas ha aprendido, entre muchas otras cosas, lo que la niebla puede llegar a suponer. El pescador se gira hacia donde estoy en el mismo instante en que la brisa corre de nuevo ese telón y abre otro frente a mí.

Winslow Homer, The fog warning, pintado hacia 1885. | CRÉDITO: Museo de Bellas Artes de Boston
Winslow Homer, The fog warning, pintado hacia 1885. | CRÉDITO: Museo de Bellas Artes de Boston

El acentor canta la hora.

Lo propio sería tener ahora delante a otro caminante como yo, sólo que vestido de levita negra, apoyado en un bastón y con la mirada perdida, desde lo alto de una cumbre, sobre los jirones de niebla que emanan de un valle de Sajonia. Pero no es así. En lugar del famoso cuadro de Caspar David Friedrich, mi cuaderno ha optado por otro menos conocido.

Lo que contemplo es a una campesina de Voisin, cerca de Louveciennes. Inclinada hacia delante, recoge hierbas entre la bruma. Su única compañía es un arbolito… Sólo que quizás Alfred Sisley no ha pintado todavía al arbolito, porque no consigo verlo. Y eso que la luz es cada vez mejor, pues ya se identifica la posición del sol, y la niebla por fin se levanta. Lo mismo que la campesina, al descubrirme donde estoy. Alza su mano y me saluda. Respondo con el mismo gesto, y con una sonrisa que oculta mi desconcierto. La conozco bien. Vive en una casa cien metros carretera abajo de la mía.

Alfred Sisley, Fog, Voisins, pintado hacia 1874. | CRÉDITO: Musée d’Orsay
Alfred Sisley, Fog, Voisins, pintado hacia 1874. | CRÉDITO: Musée d’Orsay

Decido continuar mi caminata. ¿Para qué iba a permanecer aquí de pie, contemplando cómo se deshace lo que hasta hace un momento era lo único real? Mi vecina vuelve a sus hierbas. Yo a mis pasos.

El acentor canta la hora.



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