El frío, el hielo, la nieve y los árboles

El frío, el hielo, la nieve y los árboles

Por Fernando Fueyo y Bernabé Moya

Los árboles tienen adaptaciones evolutivas para lidiar con el frío y la nieve. Muchos de los daños sufridos por los especímenes urbanos este invierno se deben a su mala conservación, y a podas que no respetan su arquitectura natural y los debilitan. Garantizar una gestión del arbolado urbano basado en criterios científicos, de calidad, de profesionalidad y rentabilidad a largo plazo es totalmente necesario. Se deben dar soluciones reales a un problema generalizado que afecta al arbolado de los pueblos y ciudades de España

La ramificación de un gran árbol puede parecer a simple vista un bello ejemplo de la más absoluta de las anarquías. Sin embargo, las plantas se ramifican según formas estrictas que conducen a una forma o arquitectura analizable. Esta rigidez sometida al azar que suele reinar en el medio natural, a menudo hostil, unida a la gran longevidad que presentan los árboles, pueden dificultar su comprensión: pero no por ello deja de estar presente.

Francis Hallé (Seine-Port, Francia, 1938)

Los árboles se preparan para despedir un duro invierno marcado por la sucesión de borrascas, la caída de las temperaturas y las nevadas “históricas”. En estos días de frío riguroso el cielo se tiñe de azules intensos con ligeros toques de violeta. Son azules serenos. Las bajas temperaturas condensan el vapor de agua en la atmósfera, el aire permanece más seco, y el azul celeste se intensifica. Pero, no nos dejemos llevar aún por la ilusión de un tiempo más bonancible, es pronto para descartar completamente al crudo invierno. La cuestión está planteada ¿cómo sobreviven las plantas y los árboles a las bajas temperaturas y sus meteoros?

La temperatura es un factor determinante para la vida, condiciona su presencia y distribución. Las plantas lo saben bien al haber renunciado a huir, y también a emigrar. Tener la esperanza anclada a un solo lugar de por vida les obliga a enfrentarse a los grandes retos de la naturaleza cara a cara: nieve, hielo, heladas, tormentas, vientos polares… El frío extremo es letal para la vida, y la muerte por congelación marca el límite.

'Árboles para la vida', acuarela alusiva a un bosque de abedules obra del pintor Fernando Fueyo
‘Árboles para la vida’, acuarela alusiva a un bosque de abedules obra del pintor Fernando Fueyo

Los seres vivos necesitan adaptaciones muy eficaces para sobrevivir a las temperaturas extremadamente bajas en las que el agua y los líquidos biológicos internos pueden crear serios problemas. Al cambiar de estado, de líquido a sólido, el agua aumenta el volumen, y con ello pierde sus especiales propiedades físicas y químicas que hacen posible la vida, al tiempo que los afilados cristales de hielo rasgan y destruyen las paredes celulares, los tejidos y los órganos internos provocando daños irreparables a los individuos, y a menudo la muerte.

Dos ambientes, especialmente gélidos, marcan el cenit de las adaptaciones de las plantas a las bajas temperaturas: las tierras situadas en el círculo polar y las cumbres de las altas montañas. La temperatura es uno de los factores determinantes en la distribución latitudinal y altitudinal de la vegetación, junto con la precipitación, la orientación, la altitud, el régimen de vientos, la pendiente, el suelo… Observaciones y estudios que le valdrían al geógrafo y polímata Alexander von Humboldt, tras recorrer gran parte del mundo conocido y las cordilleras más elevadas del planeta para establecer las bases de la geografía botánica, o fitogeografía. Ciencia que estudia el hábitat, la distribución y las leyes que condicionan la presencia de las plantas en la superficie terrestre.

“La temperatura es uno de los factores determinantes en la distribución latitudinal y altitudinal de la vegetación”

Sabemos que al viajar del Ecuador a los polos encontramos diferentes tipos de bosques: ecuatoriales, tropicales, templados y boreales, para finalmente dar paso a las tundras árticas donde viven algunas de las plantas más resistentes al frío. Por su parte, las condiciones que se exigen a las plantas para vivir en la alta montaña son muy elevadas -cada cien metros ganados en altitud desciende algo más de medio grado la temperatura-, este gradiente térmico ha dado lugar a los diferentes pisos bioclimáticos con vegetación y fauna diferenciada. Al caminar por los Pirineos, primero encontramos los bosques de fresnos y hayas mientras que para llegar a los de abedules hay que ascender un poco más.

La alta montaña es un espacio muy exigente para la vida, al tiempo que extremadamente frágil y en equilibrio complejo, por lo que las perturbaciones de origen humano llevadas a cabo en estas áreas suelen ser difíciles de revertir. Es cierto que la presencia de árboles y bosques tiene un límite biológico en altura, pero no deja de ser interesante que, en cada cordillera, sea la de los Himalayas, Andes, Alpes o Pirineos, se sitúa a diferentes alturas.

“La acción humana llevó a la práctica deforestación de Islandia”

La tala abusiva y el sobrepastoreo han contribuido a disminuir tanto la extensión y presencia en altitud de los bosques como en la composición de la flora, tal y como se ha evidenciado en los bosques de alta montaña en los montes Taurus. En los Alpes, por encima de los 3.000 metros de altitud y hasta los 4.300, las vivas y coloreadas flores de la saxífraga, la milenrama, las gencianas y los ranúnculos glaciares se preparan para asistir al final del período invernal, los bosques han quedado atrás.

La acción humana llevó a la práctica deforestación de Islandia -una isla esculpida por el hielo, el viento y el fuego, situada al sur del círculo polar ártico-, al explotar sin límites los bosques nativos de abedules, serbales y álamos.

En la obra Íslendingabók, o Libro de los Islandeses, escrita en el siglo XII por un sacerdote islandés, se narra la colonización de la isla por parte de los vikingos procedentes de Noruega, en el siglo IX. En ella aparece una elocuente y gráfica descripción de la vegetación que poblaba la isla cuando la huella humana holló aquellas gélidas tierras. “En aquella época Islandia estaba cubierta por bosques que se extendían desde las montañas hasta la orilla del mar”.

Mil años después las formaciones boscosas naturales han sido llevadas a la práctica extinción y en la actualidad cubren únicamente el uno por cien de la superficie. Al tiempo que la imagen de una isla yerma, inhóspita y sin posibilidad de albergar árboles se ha extendido por el orbe. Algo similar sucede con los verdes y monótonos paisajes irlandeses y escoceses, aunque en estos casos la flora arbórea estaría integrada por más especies, como robles, hayas, arces y diferentes tipos de coníferas.

Las plantas han desarrollado dos tipos de estrategias para enfrentarse a las bajas temperaturas, y con ello esquivar los daños causados por el hielo. La primera tiene que ver con aspectos morfológicos, es decir con la forma, tamaño, aspecto o color de los que se valen las plantas y los árboles para establecer barreras físicas.

Cuando paseamos por las cumbres y cimas de la alta montaña, independientemente del lugar del mundo en donde lo hagamos, podemos comprobar como una gran parte de la vegetación, en realidad la mayoría, adquiere un porte bajo, redondeado, almohadillado o postrado. Hay que recordar que la esfera es la forma geométrica que expone la menor superficie al exterior para un volumen dado. La razón es la misma por la que cuando nosotros o cualquier otra especie animal tiene frio se enrosca formando una bola, reduciendo con ello la pérdida de calor interno.

Al reducir las plantas el tamaño, en general por debajo de los cuarenta centímetros de altura, la nieve que se acumula en el suelo tras una intensa nevada les sirve de eficaz aislante. Mientras a la intemperie las temperaturas caen por debajo de 20 grados bajo cero, las plantas protegidas bajo el manto de nieve permanecen a una temperatura estable en torno a los cero grados. De esta situación sale muy beneficiado el grupo botánico formado por las diferentes especies de sauces enanos, como el sauce del ártico, el sauce de los neveros, el sauce lanudo y el sauce de hoja de té, todos ellos presentes en Islandia.

“Al reducir las plantas el tamaño la nieve que se acumula en el suelo tras una intensa nevada les sirve de eficaz aislante”

Las plantas han añadido además barreras físicas, como la pilosidad con la que recubren los tallos, las hojas o las flores, una forma de evitar varios tipos de estrés: temperatura, viento, exposición solar, radiaciones… El edelweiss, -etimológicamente, “blanco noble” o “blanco puro”-, flor de las nieves o estrella de plata es una planta herbácea que se ha convertido en el símbolo del montañismo y de la defensa de la alta montaña, a pesar de que el origen botánico de la especie se sitúa en las estepas siberianas donde forman extensas praderas.

Estrella de Plata o flor de Edelweiss, acuarela obra del artista Fernando Fueyo
Estrella de Plata o flor de Edelweiss, acuarela obra del artista Fernando Fueyo.

A pesar de su apariencia, la flor del edelweiss es en realidad una flor de flores, es decir, está formada por un conjunto de diminutas florecillas apretadamente agrupadas para poder sobrevivir al frío extremo. Los elementos centrales, de tono amarillo áureo, son capítulos donde se reúnen las diminutas flores de uno y otro sexo, mientras lo que parecen ser los pétalos blancos son en realidad brácteas, unas estructuras para proteger la flor. Tanto los tallos como los “pétalos” aparecen recubiertos de un manto piloso de tono blanco argénteo, formado por diminutos pelos epidérmicos que aíslan y protegen térmicamente las partes vitales. Esta pilosidad constituye una eficaz barrera que limita la emisión de calor y la pérdida de agua por deshidratación, al tiempo que refleja una parte de la radiación solar.

Cuando las estrategias evitativas son insuficientes y las temperaturas negativas alcanzan el interior de los tejidos, hay que contar con medios más eficaces. Las siguientes habilidades pasan por evitar que se formen cristales de hielo en el interior de las células. Por ello, bajar el punto de congelación de los líquidos celulares acumulando compuestos solubles en el interior de la célula, tales como azúcares, es parte de la solución. Este proceso permite ganar unos cuantos grados al bajar el punto de congelación hasta los cinco grados bajo cero. El principio es el mismo por el que se esparce sal común en las calles y carreteras para evitar que se forme hielo tras una copiosa nevada.

Para sobrevivir a los 40 grados bajo cero se necesitan de verdaderos especialistas. Hay que ser capaz de eliminar la presencia de núcleos de condensación en el interior de las células, responsables del inicio de la formación de los cristales de hielo.

El abedul amarillo del Canadá se cuenta entre los árboles más avezados en esta técnica. Otra estrategia consiste en extraer el agua del interior de las células, es el camino que ha tomado el abedul papirífero o abedul de las canoas. En este caso, el agua se transporta al exterior de las células evitando con ello la formación de voluminosos y cortantes cristales de hielo.

Para ir más allá, mucho más allá de 40 grados bajo cero hay que cambiar de continente y de especies. En la Antártida las plantas sin flores son las reinas, más de un millar de especies de líquenes, musgos, hepáticas y algas terrestres dominan unos paisajes donde solo habitan dos plantas con flores y aspecto almohadillado: la hierba pilosa antártica y el clavel antártico. Este clavel nacido del hielo, con sus pequeñas flores de tono amarillo o blanco, fue descrito por Alexander Humboldt y Aimé Bonpland en su periplo por Sudamérica. El continente de la Antártida, con sus nieves perpetuas, es demasiado frío y seco para acoger bosques.

Volviendo a los árboles y las nevadas. Como bien sabemos, la nieve, aunque muestre su extrema levedad al caer, cuando se acumula y congela puede dar lugar a grandes pesos que las estructuras ramificadas de los árboles tienen que soportar. No es la única fuerza de la naturaleza a la que hay que sobreponerse, vientos huracanados, tormentas de granizo y precipitaciones torrenciales también forman parte de la vida cotidiana de los árboles. Situaciones con las que han venido batallando desde hace unos 400 millones de años.

“Estos eventos climatológicos “históricos” hay que entenderlos como si la propia naturaleza nos pasara exigentes pruebas de forma periódica para evaluar cómo hemos hecho las cosas”

La forma de la copa de cada especie no es algo casual, está prefijada genéticamente y se conoce como modelo arquitectónico de crecimiento -fueron los botánicos Francis Hallé y Roelof Oldeman quienes hace algo más de medio siglo establecieron las bases de esta disciplina botánica-. Cuando en la distancia reconocemos al pino piñonero por la forma aparasolada de su copa, lo que estamos haciendo es identificar su expresión. Lo mismo ocurre con la apuntada forma del ciprés mediterráneo, las sinuosidades que caracterizan la ramificación de los robles o el aspecto llorón de las ramas del sauce.

Es cierto, que cuando se presentan copiosas nevadas invernales algunos árboles en los bosques pueden sufrir daños. Lo preocupante es que ocurre de forma masiva y generalizada con los que crecen en el medio urbano. Estos eventos climatológicos “históricos” hay que entenderlos como si la propia naturaleza nos pasara exigentes pruebas de forma periódica para evaluar cómo hemos hecho las cosas. Tras estos episodios, acompañados de daños generalizados, roturas y caída masiva de árboles, se pone en evidencia que las cosas se pueden hacer bastante mejor, y con menor riesgo para las personas.

“Cuando en la distancia reconocemos al pino piñonero por la forma aparasolada de su copa, lo que estamos haciendo es identificar su expresión”

Se afirma, y con cierta razón, que las ciudades son lugares inhóspitos para acoger árboles. Pero no porque no puedan alargar su presencia durante siglos entre nosotros, los árboles seculares de ciudades como Besanzón, Ginebra, Londres o Boston, donde también nieva, lo atestiguan.

Garantizar una presencia y gestión del arbolado urbano basado en criterios científicos, de calidad, de profesionalidad y rentabilidad a largo plazo, y no en la inmediatez y superficialidad que caracteriza a la gestión política para contentar a una población, en muchos casos desinformada, parece un camino más fiable y seguro. El objetivo es aplicar soluciones reales y de futuro a un problema generalizado que afecta al arbolado de los pueblos y ciudades de España. Ellos, los árboles, están preparados.



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