"Somos como esos viejos árboles..." - La Mirada del Agua

“Somos como esos viejos árboles…”

Por Fernando Fueyo y Bernabé Moya

Con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente, el naturalista Bernabé Moya recuerda a los más antiguos defensores de la naturaleza, la población rural, a través de las palabras de un pionero del ecologismo en España: José Antonio Labordeta. Una semblanza del tiempo pasado y futuro con los árboles como protagonistas, acompañada como siempre de las bellas pinturas de Fernando Fueyo

“Talada la selva, con el criterio de la gallina de los huevos de oro, asolado el monte bajo, acaso roturado el suelo, queda este indefenso, sin el sostén de las raíces y la protectora techumbre del ramaje, y los aguaceros lo arrastran al mar, engendrando el azote de las torrenteras, desnudan la roca, y de camino levantan con los materiales de acarreo el lecho de los barrancos y de los ríos, remueven de su asiento y se llevan la principal despensa de los pueblos, los huertos, creados en sus orillas por la labor de muchas generaciones.”

Joaquín Costa (1846-1911)

<span class=”capitalLetter”>E</span>n la madrugada, antes que los tímidos rayos del sol den por iniciada la jornada, Anunciación y Agustina se levantan. La nieta duerme con la abuela en el mismo colchón de paja. Tienen suerte, en su casa, como en otras del minúsculo pueblo, se acuestan cuatro en cada cama, dos por arriba y dos por debajo. Anunciación la adora, van juntas a todas partes. La niña observa atenta sus lentos movimientos y abre bien los ojos cuando prepara el desayuno, sopas de pan duro y agua, como cada día.

Somos

como esos viejos árboles

batidos por el viento

que azota desde el mar…

Cuando tienen que salir durante el invierno, le gusta que la lleve a “caballito” tapada entre las sayas. Durante la noche ha nevado, hace mucho frío, y como casi todos los días tienen que ir a por una gavilla de erizos y aliagas. Les espera un gélido sendero hasta alcanzar la parte alta de la sierra, y un paisaje desolador. Ni siquiera los cansados ojos de Agustina han visto crecer bosques en aquellos interminables páramos, aunque piensa que alguna vez los hubo. Los únicos árboles que aguantan se alinean siguiendo el cauce de un río, al que llaman Seco. Algunos vecinos disponen de unos pocos chopos que desmochan para servirse de su leña, de sus hojas y de las ramas más gordas con las que techan los pajares, hogares y majadas. Ellas, como la mayoría de los pobladores de aquellas agrestes y frías sierras de Teruel, no tienen árboles.

… Hemos

perdido compañeros

paisajes y esperanzas

en nuestro caminar…

No muy lejos de allí, en las Lomas Altas, la puerta del pajar aún permanece cerrada, pero algo se mueve en el interior. Un pequeño montón de paja dejado caer en el suelo parece cobrar vida. Los tallos trillados y resecos de la cebada, del trigo y de la avena, que servirán de alimento y cama para el ganado y las caballerías, se iluminan con los primeros rayos de sol. Una luz limpia y dorada invade la humilde estancia. La ventisca de la noche se ha colado por dos desvencijados ventanucos de madera gastada. Dentro hace frío, mucho frio, demasiado frio, pero, por fin, ha salido de nuevo el sol.

árboles
‘Chopo del Negrón’, obra del artista Fernando Fueyo.

Unos ojos pequeños, curiosos, interminables asoman entre las pajas. Recorren la escena. Para Juan, que acaba de cumplir doce años, el frío de la noche le ha regalado un delicado manto blanco que a su hambrienta mirada parece de azúcar. Como todos los días desde que vive en la masía tiene que hacerse cargo de una docena de vacas. Pero, como hoy es domingo y el pastor descansa, cuida al rebaño de doscientas ovejas y siete cabras. Duerme solo en el pajar, y ya casi no tiene miedo.

… Vamos

hundiendo en las palabras

las huellas de los labios

para poder besar

tiempos

futuros y anhelados,

de manos contra manos

izando la igualdad…

Al pasar entre los corpulentos chopos, Anunciación mira curiosa en el interior. Sabe que allí viven algunos de sus amigos, el ciervo volante y el escarabajo errante, aunque ahora no los vea. Cuando llegue el buen tiempo, merodeará el caracol “chafadito” con sus espirales de color blanco, amarillo, rosado y marrón; a veces, los ve “pastar” entre el verdín de las ramas y la corteza. Y también le gustan las mariquitas, hay muchas en primavera.

En verano se escapa a la sombra de los viejos chopos para ver a los pájaros carpinteros, a los gorriones molineros y al “apalput”, que con sus vuelos, plumajes y cantos llenan de vida estos últimos árboles ribereños. Disfruta viendo cómo los murciélagos ratoneros se meten en los agujeros de los carpinteros. De tarde en tarde ve asomarse, y siempre esconderse, al ardacho, al sapo corredor y a la lagartija colilarga.

No le asusta la culebra bastarda, la abuela le ha enseñado a distinguirla del escurzón. Conoce dos tipos de erizos por sus morritos, los que tienen carita de perro y los que se parecen a un cerdito. Anunciación recuerda que el otoño pasado aprendió a distinguir las setas que crecen a los pies de estos árboles de hojas doradas. La que más le gusta es la seta de chopo, pero también se fija en el hongo yesquero, que resulta muy útil para encender el fuego.

… Somos

como la humilde adoba

que cubre contra el tiempo

la sombra del hogar…

Juan se levanta alegre, se dirige al establo, saluda a “Pelusa”, la perrita pastora, y comprueba que los animales están bien. Después, tras echarles la primera comida del día les abre las puertas. Entra corriendo en la cocina de la masía y se toma unas gachas de maíz como desayuno. La masovera le está preparando la “merienda”, un cacho de pan duro y una porción de tocino seco, con la que pasará el día. Lo mete en el zurrón de piel de cabra donde guarda su navaja, coge el garrote y la manta del pastor, y sale a toda prisa.

Lleva los animales al monte, las vacas van en cabeza, las ovejas y las cabras les siguen. Es una entretenida comitiva comandada por una alegre perrita y un niño, al que le asusta un poco la estrecha y larga barba del “buque”, el macho cabrío. Se dirigen a la partida de la Solana, un “privilegio” de pastos que reservan para el invierno. Es uno de los pocos lugares en los que el ganado se podrá alimentar de hojas frescas durante la dura estación.

… Hemos

perdido nuestra historia

canciones y caminos

en duro batallar…

Una vez abandonan la vieja chopera, les aguarda el extenso páramo. Allí es más difícil ver a las aves, los plumajes son más discretos. Anunciación recuerda haber escuchado los cantos del “culorroyo”, y también ha visto volar allá a lo alto, perdidos en aquel cielo azul pero lejano, al buitre leonado y al águila real.

De vez en cuando, la niña y la abuela encuentran alguna sabina chaparra. Les vendría bien para calentarse, pero no la tocan. Para ellas es difícil arrancar de cuajo sus enraizadas ramas. Los agotados brazos de la anciana y las débiles manos de la niña no dan para más. Su destino son las aliagas de flores amarillas y los erizos de flor azul, que sacan de raíz con una pequeña azada. Tras horas de duro trabajo y con las manos aguijoneadas por las hirientes púas, han conseguido reunir una gavilla. La abuela Agustina, que ya supera los setenta años, se echa a la espalda la carga de espinas con las que hoy podrán calentarse y cocinar.

…Vamos

a echar nuevas raíces

por campos y veredas,

para poder andar

tiempos

que traigan en su entraña

esa gran utopía

que es la fraternidad…

Cuando Juan y “Pelusa” llegan, el sol de la mañana ya ha empezado a derretir la zaraza, esa delgada capa de nieve caída durante la noche. Cada grupo de animales se separa. Pastan en la empinada ladera entre avellanos, rebollos y guillomos, donde no faltan los espinos, enebros y endrinos y algunos viejos pinos. Del “privilegio” no pueden salir, así que, prestan atención para que los animales no bajen al valle donde las primeras briznas de los cereales empiezan ya a verdear. Como es invierno no tiene que preocuparse por la zorra, las ovejas no empezarán a parir hasta la primavera.

Juan tiene suerte, hoy no tiene que sacar el ciemo de las cuadras, esa mezcla de estiércol y paja que alimentará las simientes del año siguiente. Como tiene tiempo, busca las zocas podridas de los pinos. Escarba en su interior y, a veces, encuentra duras porciones de madera impregnada de resina, la teda. Recoge la que puede. A la puesta de sol, y con la ayuda de “Pelusa”, que corre ladera arriba, reúnen el ganado. Juntos emprenden la vuelta hacia el establo.

… Somos

igual que nuestra tierra

suaves como la arcilla

duros del roquedal…

Al llegar, tiene que echarles de comer y hacerles la cama. Saca de la tiñada hierba seca del prado, avena en rama, “piprigallo” y paja, y también coge de la bardera ramas de pino.  Una vez ha terminado de servirlos empieza a astillar la teda que ha recogido. Se alumbran con ella durante la cena. Patatas cocidas picadas y un trocito de tocino frito es el menú de la noche. Comen a rancho, mientras hablan de las labores del día. Tras velar durante un rato a la luz mortecina del tedero, se levanta para dar de comer a los animales por última vez en el día.

árboles
‘Pino del Escobón’, obra del pintor Fernando Fueyo.

Una vez ha terminado se asegura que la puerta del establo esté bien cerrada. “Pelusa” hará guardia durante la noche. Juan prepara su cama en el pajar, rehace el montoncito de paja, coloca un trozo de manta roída en medio, desaparece bajo ella y saca las manos para apilarla. Hace ya casi dos años que no ha salido de la masía, que no ha ido al pueblo, que no ve a sus seres queridos ni a sus amigos. No va a la escuela.

… Hemos

atravesado el tiempo

dejando en los secanos

nuestra lucha total…

En la oscura soledad, y para alejar un poco el miedo, Juan empieza a hacer “cuentas” de cabeza, le gustan, se le dan bien. Se duerme sumando, restando, multiplicando… A la mañana siguiente trata de repetir las operaciones con un palo haciendo rayas en la tierra. Pero, algo no funciona, las cuentas no salen. Se siente confundido, domina las cuatro reglas de memoria, pero siguen sin salir… De repente se da cuenta de lo que le está pasando ¡Se le está olvidando lo que ha aprendido en la escuela! No piensa quedarse de brazos cruzados, y toma una firme decisión, a partir de hoy aprovechará cada momento del día para practicar. El futuro está en sus manos.

… Vamos

a hacer con el futuro

un canto a la esperanza

y poder encontrar

tiempos

cubiertos con las manos

los rostros y los labios

que sueñan libertad…

Trascurridos los años, Anunciación y Juan han ido al pueblo de al lado a escuchar los cantos de tierra adentro de José Antonio Labordeta. Ellos, siguen amando estas tierras despobladas que tuvieron que abandonar. A la vuelta, pasan entre los viejos chopos con sus nietos. Los pequeños, jubilosos, les cuentan que en el colegio celebran una fiesta el cinco de junio, el “Día Mundial del Medio Ambiente”. Mientras tanto, Anunciación, con los ojos humedecidos, les pregunta ¿cuántos árboles hay plantados en el patio de los colegios?, sí ¿conocen los nombres? y ¿quién cuida de los árboles ancianos y sus más desvalidos pobladores?

… Somos

como esos viejos árboles.



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