¿Hacia una primavera silenciosa?

¿Hacia una primavera silenciosa?

Por Carlos de Hita

En su nuevo post Carlos de Hita nos trae un sonido que poco a poco se apaga. Un paisaje en el que afirma que “las voces se van apagando una a una y se abren huecos de silencio”

Los científicos lo han contabilizado con bastante precisión. El declive comenzó hace más de medio siglo pero solo en las últimas tres décadas las poblaciones de aves han disminuido en un 30%. Los habitantes de algunos espacios resisten, mal que bien. Otros, sobre todo aquellos donde el zarpazo de la actividad humana es más intenso, se están desplomando con estrépito. En solo una generación el campo se vacía y el paisaje sonoro se empobrece.

Esto es un montaje, una alegoría. La precisión en los datos hay que buscarla en los informes científicos. Aquí solo hay impresiones personales y desolación. Empezamos en un pasado más feliz, en una dehesa figurada -ninguna en concreto, cualquiera en general-, donde una maraña de cantos se enreda en el aire. En el paisaje sonoro los parloteos de los aláudidos –alondras, calandrias, cogujadas montesinas, una totovía-, se entrelazan con el rechinar de los trigueros y las triples notas de las codornices. En el suelo, las estridencias de los insectos forman un rumor continuo.

Visualmente, los sonogramas generados por las voces de las aves rellenan el espacio contra el tapiz de fondo. Pero poco a poco pasan los años, se agudiza la crisis y los campos se vacían. Las voces se van apagando una a una: en el paisaje sonoro se abren huecos de silencio, en el tapiz visual aparecen espacios vacíos. Hacia el final, un minuto después, 30 años más tarde, el paisaje sonoro es mucho más pobre; solo canta alguna alondra, alguna cogujada, estridula algún ortóptero  y los graznidos de una corneja se mantienen en la lejanía.

En la década de los 60 del pasado siglo un libro avisó de la perspectiva de una primavera silenciosa. Fue uno de los primeros aldabonazos que alertaban de la crisis ambiental en ciernes. Esa primavera sin los cantos de los pájaros todavía no ha llegado, pero en el horizonte apunta un paisaje sonoro cada año más monocorde.


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