Interacciones de Bill Viola con el agua - EL ÁGORA DIARIO

Interacciones de Bill Viola con el agua

Por Julián H. Miranda

Julián H. Miranda recorre esta vez el trabajo de uno de los videocreadores más influyentes de nuestro tiempo, Bill Viola, que a través de evocadoras e impactantes imágenes nos habla de los grandes temas universales que ocupan y preocupan a los seres humanos: el paso del tiempo, la consciencia y el significado de nuestra existencia

Doble página del catálogo de Bill Viola. Espejos de lo invisible con la secuencia de la serie Martires, 2014.

El magisterio de Bill Viola (Nueva York, 1951) no ha dejado de crecer como uno de los grandes videartistas de las cuatro últimas décadas. En Italia y en España he tenido la ocasión de contemplar en los últimos años varias muestras parciales en Madrid, Fundación La Caixa y Real Academia de San Fernando, pero también una en Florencia y la última retrospectiva del Guggenheim Bilbao hace poco más de dos años. En esta última se podía constatar su conocimiento de la historia del arte, su modo de trabajo interdisciplinar y, sobre todo, cómo reflexiona en sus creaciones a través de la cámara y nos habla de los grandes temas universales que ocupan y preocupan a los seres humanos: el paso del tiempo, nuestros pasos por la tierra y el significado de nuestra existencia.

Ahora la Fundación Cataluña La Pedrera presenta hasta el 5 de enero una veintena de piezas de Viola, con el título Espejos de lo invisible, comisariada por Kira Perov, esposa y colaboradora del artista, y Lluciá Homs, que ofrece un recorrido por la trayectoria del creador neoyorquino. Al observar las obras en estas salas del edificio de Antonio Gaudí se ve cómo su evolución estilística ha ido en paralelo con las posibilidades tecnológicas que esta disciplina le ha permitido.

Bill Viola. El estanque reflectante. 1977-1979

El agua para Bill Viola, como los otros tres elementos, ocupa un lugar relevante en muchas de sus composiciones. En sus poemas visuales no hay palabras sino sólo poderosas imágenes, muchas veces con música, que irradian belleza y emoción pero también abren interrogantes sobre el sentido de la vida, combinando pantallas monumentales con otras más íntimas pero de igual aliento estético y ético. Como él mismo ha dicho “las imágenes en movimiento que yo he creado viven en algún lugar entre la fluidez temporal de la música y la certeza material de la pintura”.

Su carrera se inició en la década de los setenta, ayudado por Jack Nelson y David Ross, aunque le aportaron mucho en sus inicios Peter Campus y Nam June Paik. El período que abarca la muestra en La Pedrera va desde 1977-1979 con El estanque reflejante hasta la serie encargada en 2014 para la catedral de Saint Paul de Londres, Martires (Tierra, Aire, Fuego, Agua), lugar en el que exhiben estos cuatro vídeos de forma permanente.

La filosofía, la poesía y el misticismo de la cultura universal (occidental y oriental) han ocupado a Viola, que subraya su curiosidad constante para ir ahondando en todo el relato humano: el nacimiento, el desarrollo, la muerte, pero también el renacimiento y la transfiguración.

Un visitante observa Autorretrato sumergido, 2013. Bill Viola. Cortesía de Fundación Cataluña La Pedrera

En el Guggenheim de Bilbao la serie The Dreamers era un buen ejemplo de ello, con esos cuerpos de diferentes edades y género sumergidos en el agua, que parecen conservarse para la posteridad. En Barcelona tiene una instalación del mismo año, 2013, que enlaza con aquella serie: Autorretrato sumergido, en la que el artista está con los ojos cerrados flotando debajo del agua, vestido con una camisa azul más o menos clara y unos pantalones azules marinos casi negros, con un fondo de piedras y con su lenguaje de las manos, algo característico del artista neoyorquino, primero apoyadas en el estómago y luego abriéndose en una gestualidad poderosa.

Cronológicamente el recorrido se abre con El estanque reflejante (1977-1979), con esa tensión entre fotografía y película, mencionada antes y continúa con una pieza que evoca el agua, por su carencia en el desierto, en la instalación Chott el.Djerid (Un retrato de luz y calor), realizada en 1979. En ella Viola, como más tarde haría en The encounter y en Walking on the Edge, ambas de 2012 y grabadas en alta definición, alternó sutiles cambios cromáticos con la luz intensa del desierto hasta crear una atmósfera paisajística alucinatoria.

Entre las dos hay una pieza tan singular como Cielo y Tierra (1992), donde profundiza en el ciclo de la vida, indivisible del nacimiento y la muerte, al incluir imágenes de su madre en los últimos días de su vida y de él mismo poco después de su nacimiento.

Vista de sala. Bill Viola. Espejos de lo invisible. A la derecha The Quintet of the Astonished, 2000. Cortesía de Fundación Cataluña La Pedrera.
Vista de sala. Bill Viola Espejos de lo invisible. A la derecha Anima. Cortesía de Fundación Cataluña La Pedrera.

 

 

 

 

 

 

 

 

En The Quintet of the Astonished (2000) reflexiona sobre las pasiones y en Anima, del mismo año, graba a cámara lenta rostros que sonríen como retratos clásicos pero dinámicos. De 2001, un período muy creativo para Viola podemos observar tres instalaciones muy importantes: La habitación de Catalina, una secuencia con varias pantallas, inspirada en la predela del pintor sienés del siglo XV, Andrea di Bartolo Cini, cuando pintó a Santa Catalina de Siena orando. Y en cierto modo en esa secuencia vemos cómo se desarrolla el ritmo del día y de las cuatro estaciones en el interior de una habitación, con una luz cuidada que recuerda a Vermeer de Delft.

Varios espectadores contemplan La habitación de Catalina, 2001. Bill Viola. Cortesía de Fundación Cataluña La Pedrera

La segunda Cuatro manos es un estudio del lenguaje de las manos a través del movimiento y del paso del tiempo; y la tercera Surrender, son dos imágenes de un hombre que se inclina hacia delante e introduce su cabeza en el agua como si fuera un moderno Narciso, aunque termina siendo un espejo distorsionado. Esta dos últimas obras conectan con un video grabado tres años después: Abluciones, donde nuevamente dos chorros de agua caen lentamente sobre las manos consiguiendo una singular expresividad por las texturas de la piel.

Bill Viola. Tres mujeres, 2008.

Dentro de la serie dedicada a la transfiguración destaca un video de 2008, Tres mujeres, donde vemos a tres personas desenfocadas que caminan despacio y que se irán precisando gracias al agua, aparentemente de tres generaciones, para después regresar nuevamente por el agua a su estado anterior.

Y también en la Pedrera las cuatro pantallas de Martires (2014) donde crea un retablo polifónico con esos personajes que representan metafóricamente el dolor en los cuatro elementos: un hombre semienterrado, que poco a poco se va poniendo de pie, mientras la arena que le cubría va desapareciendo hacia arriba; una mujer atada de pies y manos que está colgada de los brazos y se balancea constantemente; un hombre sentado al que poco a poco le va invadiendo el fuego; y por último el agua, con ese hombre colgado por los pies y al que le empieza a caer agua hasta que lentamente va desapareciendo del plano de la cámara mientras continúa el goteo del líquido elemento.

Además de la veintena de instalaciones de video expuestas en la Pedrera hay otros espacios que acogen creaciones del Bill Viola, tanto en Girona, en el Museo de Montserrat, el Museo Episcopal de Vic o la Fundación Sorigué, además del Palau de la Música Catalana, donde se cuelga la pantalla de Nacimiento invertido (2014), que plasma las cinco fases del despertar a través de una secuencia de fuertes transformaciones.

Por último, en el Gran Teatro del Liceu en Barcelona tienen lugar proyecciones continuadas de cinco creaciones, entre otras La ascensión de Tristán y Mujer fuego, que fueron concebidas en 2005 para acompañar la conocida ópera de Wagner. En la primera Viola describe la ascensión del alma hacia el espacio  tras la muerte, impulsada por el agua, mientras que en la segunda hay una silueta femenina ante una gigantesca pared en llamas, que posteriormente nos conduce al azul del agua que a veces contemplamos en la laguna de Venecia.


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