Juan Ramón Jiménez y las perlas de las dunas - EL ÁGORA DIARIO

Juan Ramón Jiménez y las perlas de las dunas

Por Fernando Fueyo y Bernabé Moya

El poeta Juan Ramón Jiménez, autor del clásico ‘Platero y yo’, no es solo uno de los únicos cinco españoles en ganar el premio Nobel de Literatura, sino que era un ávido observador de la naturaleza. Nos los desvela el botánico Bernabé Moya en un texto de descubrimiento acompañado por las siempre hermosas ilustraciones de Fernando Fueyo

“Mira, Platero, cómo han puesto el río entre las minas, el mal corazón y el padrastreo. Apenas si su agua roja recoge aquí y allá esta tarde, entre el fango violeta y amarillo, el sol poniente; y por su cauce casi sólo pueden ir barcas de juguete ¡Qué pobreza!”

Juan Ramón Jiménez (1881 – 1958)

Suele suceder con las obras más aclamadas de la literatura universal que, siendo muy populares, no son necesariamente ni las más leídas ni las mejor conocidas. Pasa con El Quijote, con Pedro Páramo y también con Platero y yo. Hemos oído hablar muchas veces de ellas, las damos por plenamente conocidas, y acabamos cayendo en el error de creer que ya está todo descubierto, que no hay nada especial para cada nuevo lector ni en cada nueva lectura.

El premio Nobel de literatura, de 1956, Juan Ramón Jiménez, dedicó a la humilde planta de la camarina uno de los denominados escritos próximos a Platero y yo, que redactó con posterioridad a la primera edición completa de 1917. Su obra más universal no es, pese a que fue editada con ese objetivo, un libro para niños. “Yo (como el grande Cervantes a los hombres) creía y creo que a los niños no hay que darles disparates (libros de caballerías) para interesarles y emocionarles, sino historias y trasuntos de seres y cosas reales tratados con sentimiento profundo, sencillo y claro. Y esquisito”, aseguraba el autor. Platero y yo es un canto a la vida en contacto y en armonía con la naturaleza, al tiempo que un testimonio literario, dolorido y doloroso, de la desarmonía del mundo. “Mi vida es todo poesía. No soy un literato, soy un poeta que realizó el sueño de su vida. Para mí no existe más que la belleza.”

Asombrado, ante la definición que le ofrece el diccionario, le propone a su fiel amigo Platero ir a contarles a las camarinas de las playas de Castilla y de la Barra “…que solo existen aquí en Moguer…”. ¡Que lo dicen los académicos de Madrid! Y, con la enunciación del término, da comienzo el relato “Camarinas”. El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua dice: Camarinas: m. Arbolillo muy común que se cría en Moguer, provincia de Huelva. Muy común y solo en Moguer, Platero… ¿Cómo conciliar estas dos cosas?

El poeta aprovecha la desmañada definición de la camarina para argumentar la postura que ha mantenido a lo largo de su vida. “Tú ves, por eso, yo nunca he querido ser de la Academia y nunca he aceptado sus reiteradas invitaciones ni en la época de la monarquía ni en la republica ni en la de la dictadura de Franco. ¿No comprendes tú mi enorme responsabilidad si yo fuese de la Academia y tuviera que dejar esa definición tan importante de las camarinas en esa forma? ¡Y el tiempo que perderíamos discutiendo asunto tan importante para mí, las camarinas…!

Juan Ramón Jiménez
El poeta Juan Ramón Jiménez, retratado por Fernando Fueyo.

¿Quién es esa camarina tan señalada para el poeta que le impide pasar por alto la discusión académica? ¿Aceptarían los académicos de la lengua prestar la atención debida a un insignificante arbusto que frecuentemente apenas consigue levantar sus ramas un metro del suelo, adoptando, cuando son ancianas, un porte tendido – a los ojos de los no iniciados desvanecido-, cuando en verdad cabalgan victoriosas sobre las doradas crestas de las dunas? Y en todo caso, ¿por qué son tan importantes para nuestros protagonistas?

Sobre este último asunto da pistas en el texto “Las camarinas, esas perlas comestibles que llenaron toda mi infancia. Esas camarinas blanquiverdes, con su semilla negrita trasparentándose, tan redonditas, tan perfectitas, tanriquísimas de su sabor acidoso, esas preciosas camarinas de la playa que sólo crían en Moguer, según la Academia, y son todas para ti y para mí y para los carabineros, los fareros y los pobres que vienen de Sanlúcar por las playas de Castilla.”  La infancia del poeta trascurre en su Moguer natal, “la blanca maravilla”. Sus verdes campiñas, el cielo limpio, el alma celeste y los humildes pobladores son los protagonistas del mundo mágico de aquel niño de portentosa imaginación. Un paisaje que habla en soledad, poblado de vegetaciones, matices y gorriones, y donde granadas, alondras y el rocío de la mañana prestan el alma serena a su obra más universal.

Pero ¿quiénes son los pobres de la playa, los elegidos para degustar tan exclusivo manjar? Los humildes, y a la vez privilegiados destinatarios de las perlas de las dunas, son los niños pobres, los burros areneros, los titiriteros y pordioseros, los pastores y carreteros. Y, también, los marineros, pescadores y mariscadores que se afanan en cosechar las uvitas nacaradas entre los finos granos de arena, con las que más tarde apagarán la sed mientras desempeñan el duro y azaroso oficio en el mar.

Y, como no podía ser de otra forma, de los locos, los poetas, los fugitivos, los náufragos... Quienes para cobijarse del pertinaz viento del Estrecho alzan sus chozas entre las arenas y dunas en movimiento, valiéndose de los torturados troncos de las sabinas y los enebros marinos; las techan con los tallos y hojas de castañuelas, bayuncos y barrones; y que para tratar de refugiarse de la incansable presencia de Eolo, clavan en la arena las ramas de brezos y camarinas formando apretadas vallas con las que protegen sus endebles moradas, los animales domésticos y los de compañía.

“¿Habrá gozo mayor que encontrarnos una planta de camarinas en la arena correante, toda llena además de ellas ricas de toda la frescura ácida de la vida y deseando dárnoslas a nosotros solos?”

Cuantos son los desdichados que han tenido que deambular entre los cordones dunares y las playas de arena infinita, muertos de sed. Playas, dicen hoy paradisiacas, de fina arena albina con matices amarillos, anaranjados y dorados. A ellas acudían, no hace tanto, los pobres y desvalidos de la costa, y también quienes malvivían en los barrios de chabolas de Moguer, Barbate, Zahara de los Atunes, Sanlúcar de Barrameda y el Puerto de Santa María. Algo, a lo que, por cierto, no se le ha puesto fin, pues siguen arribando a estas playas los náufragos de una sociedad que se siente incapaz de acabar con la injusticia de la emigración y la desigualdad.

Volviendo a Platero y yo: “¡Y lo que se pierden otros! ¿Habrá gozo mayor que encontrarnos una planta de camarinas en la arena correante, toda llena además de ellas ricas de toda la frescura ácida de la vida y deseando dárnoslas a nosotros solos? ¿Porque si no las encontramos nosotros, quién se sorbería esas camarinas, esas perlasuvaslágrimas gotas de rocío?

Los desvalidos hombres, mujeres, ancianos y niños tenían a su disposición las perlas de las camarinas a partir de la primavera tardía y durante el largo y tórrido verano, como si un maná llegado de sus quebradizos tallos los atendiera. Y también recolectaban las piñas desprendidas, los frutos encarnados de los madroños y los murtones ácidos de los arrayanes, no faltaban los dátiles de zorra, el corazón de los palmitos ni los espárragos trigueros.

Entre todas estas delicias, las eufónicas camarinas constituían para el poeta, y su fiel Platero, las guindas del milagroso manjar con el que sobrevivir en aquel desierto de arenas doradas. Los propios recolectores las transportaban en espuertas a los pueblos próximos pregonando en su peregrinaje de calle en calle, de feria en feria, de playa en playa, la fruta cosechada de una en una, como si de valiosísimas gemas marinas exóticas se tratara.

Las camarinas no solo crecen en Moguer, también lo hacían hasta hace poco, aunque con cierta exclusividad, en los arenales y las dunas de la costa oeste peninsular, siempre mirando a la mar océana

Las perlas de las camarinas, de sabor ácido y sensación refrescante, servían de golosinas y refrescos -ahora sabemos también que de combustible para la imaginación-, y de salutífera solución medicinal para pequeños y mayores. Aquellas perlas comestibles eran una forma práctica de contribuir, siquiera mínimamente, a la mermada economía de unas gentes que mataban el hambre, el tiempo, la desesperación y la sed en unas playas que hoy parecen de ensueño: Caños de Meca y Bolonia, y también en las de Mazagón y Matalascañas en pleno Parque Nacional de Doñana.

Juan Ramón sabe que no son los primeros en degustarlas. “Vamos, Platero, vamos ahora mismo a las playas de Castilla a decirles a las camarinas que sólo existen aquí en Moguer, en la Tartéside y que sólo nos las hemos comido tú y yo, los carabineros, los fareros, los pobres de la playa y, claro, todos los Tartesios, todos los fenicios, todos los romanos, todos los cristianos, que como tú y yo las encontrarían cuando iban muertos de sed por las playas de La Barra y que, sin duda, no sabían ninguno de ellos, como tú y yo lo sabemos, que sólo ellos las comían y las bebían”.

Cierto, las camarinas no solo crecen en Moguer, también lo hacían hasta hace poco, aunque con cierta exclusividad, en los arenales y las dunas de la costa oeste peninsular, siempre mirando a la mar océana. Pero, prestemos atención a la definición que en la actualidad ofrece el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua “Camarina: 1. f. Arbusto parecido al brezo y de una familia botánica afín, con flores blancas o rosadas, según la especie, que se da en la costa atlántica de la península ibérica”.

Es decir, desde el cabo Camarinal, junto a la playa de Bolonia, al cabo Ortegal, en la ría de Ortigueira, ribeteando toda la costa portuguesa e incluso llegando a dar el salto a las islas Azores. Las camarinas solo crecen en esta parte del Viejo Mundo, se diría que con la mirada puesta en el Nuevo. En estos días de desamparo, tal vez sientan, como el maestro y su esposa Zenobia las añoraban desde el exilio.

Las camarinas fueron mucho más abundantes en el pasado, en la actualidad han sido prácticamente barridas del paisaje

Dicen los académicos de la lengua que las plantas de las camarinas se asemejan a los brezos, y no les falta razón. Las pequeñas hojas dispuestas a modo de limpia tubos a lo largo de los tallos le otorgan el aspecto distintivo de los miembros de esta gran familia de plantas. Los taxónomos vegetales, otros que tal, la han incluido en la tribu de las Empetráceas, curioso nombre para un arbusto que crece poco o casi nada “sobre la piedra”, tal y como sugiere la etimología, y muy bien sobre las arenas y dunas móviles, siendo incluso capaz de fijarlas.

Nuestra tenaz camarina reina en solitario en el género “Corema”, término proveniente del griego cuyo significado es el de “escoba”, vocablo que a su vez deriva del griego koreín “barrer”, dado que sus ramas eran utilizadas para elaborar escobas y escobones. Un nombre que seguramente alegraría al maestro y a su bello asno plateado dada la sencillez del significado, aunque sin duda le resultaría insuficiente vista la necesidad que urge hoy a las camarinas.

Las camarinas fueron mucho más abundantes en el pasado, en la actualidad han sido prácticamente barridas del paisaje. Tanto en Galicia donde las denominan camariñas o camarineiras como en Portugal, donde recibe, entre otros nombres populares, el de “urze-das-camarinhas”. Y también “hierba del hambre” o “herba da fame”, ya que en tiempos de guerra la población desesperada tomaba las perlas de las dunas para engañar el hambre y el miedo.

Un fruto, a modo de una sabrosa uvita nacarada, que no debemos olvidar está destinado a los conejos, zorros, tejones, jabalíes, gaviotas… al necesitar, imperiosamente, que las semillas pasen por su tracto digestivo para poder germinar. En el país luso, cuenta la leyenda que la reina Isabel de Portugal derramó sus lágrimas más puras a causa de la infidelidad del rey, yendo estas a parar a unas matas que crecían en medio de un pinar junto al mar. Fue allí, donde los frutos de las camarinas cristalizaron en perlas de un blanco tan blanco que transformaron aquel bosque en lugar de maravilla.

‘Las perlas de las dunas (Corema album)’, obra de Fernando Fueyo.

Pero a mitad del siglo pasado todo empezó a cambiar. En las apretadas, masivas y excluyentes plantaciones de pinos piñoneros y eucaliptos -dicen que, para retener el avance imparable de las dunas al haber perdido previamente la vegetación propia y original-, no se permitió el desarrollo del estrato arbustivo ni de la orla de vegetación a la que pertenece la camarina. No faltan los testimonios de quienes relatan como fueron tratadas como una perniciosa planta “invasora” en su propia tierra, arrancándolas con desprecio.

La sobreexplotación del hábitat, la urbanización costera, la proliferación de infraestructuras, la afluencia masiva a las playas, las “verdaderas” plantas invasoras y los grandes incendios forestales tan tristemente humanos, han reducido drásticamente la presencia de plantas de camarinas, y en consecuencia la producción de frutos y semillas. Las camarinas del poeta forman ahora parte del nada honroso club de especies en peligro de extinción.

En el ocaso de su esplendor, encontrarse a una solitaria y longeva camarina al atardecer dulcemente posada sobre las doradas dunas del Parque Nacional de Doñana, cuando más contrasta el brillo cautivador del nácar de las perlas sobre el verde oscuro del follaje, nos devuelve a la amarga realidad de esta sin razón y desmemoria. El premio Nobel de Literatura concluye “¿Te das cuenta, además, Platero, que ninguno de ellos ha sabido esto que nosotros sabemos gracias a los académicos de Madrid?”.



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