Juan Rulfo: "Alicia en bosque"

Juan Rulfo: «Alicia en bosque»

Por Fernando Fueyo y Bernabé Moya

¿Qué futuro cabe esperar para los pueblos sin memoria, y sin bosques? se pregunta Bernabé Moya en este artículo inspirado en la obra escrita y fotográfica del mexicano Juan Rulfo. Un relato donde los árboles de Mesoamérica conectan con Lewis Carroll, su Alicia, la Alicia de Rulfo y un sinfín de conexiones estéticas, botánicas, visuales y emocionales

Recuerdo los árboles del Contadero que retrató Rulfo. Al enterarme que luego muchos habían sido talados, entendí que eso indirectamente significaba un crimen contra el arte, el estupendo arte fotográfico de Juan Rulfo.”

 Nikito Nipongo (1918 – 2003)

El martes, 10 de marzo, de 1964, la influyente revista mexicana Sucesos para todos: El semanario de mayor circulación en toda la República publica el reportaje Alicia en el bosque. Ocupa tres páginas al completo con diez fotografías de Juan Rulfo, las grandes protagonistas, a las que acompaña un jugoso texto de Álvaro Lanza. El artículo está destinado a mostrar con toda elocuencia el valor artístico y la profunda mirada fotográfica del ya por entonces aclamado autor de El Llano en llamas y Pedro Páramo.

El semanario lo dirige el periodista, escritor, lingüista y caricaturista Raúl Prieto, conocido por el sobrenombre de «Nikito Nipongo» y su espíritu cáustico y mordaz. «Creo con orgullo que soy una de las primeras personas en haberse dado cuenta, maravilladas, del enorme valor estético poseído por las fotografías de Juan Rulfo: entusiasmado publiqué un buen número de ellas en la desaparecida revista Sucesos, de la cual fui director hará 36 años». En la actualidad, Juan Rulfo ocupa un lugar relevante en la historia de la fotografía mexicana.

La imagen con la que se abre el reportaje deja clara la intención del creador. La toma, en perspectiva, nos ofrece un descomunal tronco de sabino en primer plano ocupando la mitad de la página, al tiempo que su compañero de fila, de similares y desconcertantes dimensiones, yace desarraigado a su lado como un despojo. No es la única fotografía en la que captura el derrumbe de estos árboles enraizados en la cultura mexicana desde tiempo inmemorial. La última página presenta otro monstruoso ahuehuete abatido, a modo de anónima osamenta.

«Los árboles fotografiados por Rulfo narran su propia historia»

Alicia en el bosque. Acuarela y grafito. | Autor: Fernando Fueyo
Alicia en el bosque. Acuarela y grafito. | Autor: Fernando Fueyo

Los árboles fotografiados por Rulfo narran su propia historia. Ocho fotografías están dedicadas a los sabinos en exclusiva. Son planos de la parte inferior de los árboles que nos ofrecen precisos detalles botánicos: corteza ajada, deformaciones en troncos y ramas, ramificaciones vacilantes, oquedades insondables, raíces descarnadas, neumatóforos incapacitados para seguir insuflando el oxígeno vital a las raíces, la tierra dura como costra de tepetate… Árboles y bosques abandonados a su suerte, maltratados, negados. El bosque original, la cultura de nuestros antepasados, la memoria común, perdidas de forma irreflexiva y sin posibilidad de retorno. Generosos gigantes destruidos para manifestar la ignorancia, violencia y corrupción del ser humano ante la naturaleza.

La composición de las tomas se centra en el juego de formas y modelados que ofrecen los troncos y la base de los árboles, con las que Rulfo nos introduce en las intensas sensaciones y emociones que sentiríamos al penetrar en la espesura y frondosidad de un bosque de ahuehuetes ancestral. No deja espacio para el cielo, las nubes o el aire, elementos cargados de significado en el lenguaje fotográfico de paisaje de Juan Rulfo. Dos fotografías con Alicia, la niña protagonista, conforman el reportaje.

“Rulfo retrata el bosque original, la cultura de nuestros antepasados, la memoria común, perdidas de forma irreflexiva y sin posibilidad de retorno”

Rulfo siente pasión por los árboles y la botánica -dará cabida a los sabinos en los cuentos El hombre y El Llano en llamas-. Le agradan especialmente las excursiones y salidas al campo en familia – fotografiará a su mujer Clara Aparicio y a su hija Claudia, de muy corta edad, en compañía de ahuehuetes-. Y también con amigos, como el matrimonio mexicano formado por el escritor, y mentor literario, Efrén Hernández y Beatriz Ponzanelli. O la pareja formada por la artista española Elvira Gascón -quien realizará el dibujo de la camisa de la portada para la primera edición de El Llano en llamas-, y el arquitecto, pintor y fotógrafo Roberto Fernández Balbuena -quien también tomará imágenes de los sabinos-, ambos exiliados de la Guerra Civil. Tanto la hija de Efrén y Beatriz como una de las hijas de Elvira y Roberto han sido consideradas candidatas para representar el personaje de «Alicia» en la toma fotográfica.

Juan Rulfo había capturado las imágenes de los sabinos a mediados de la década de los 50, coincidiendo en el tiempo con la publicación de sus dos obras más icónicas. El fotógrafo y escritor se había acercado con su cámara –una Rolleiflex de doble objetivo y formato medio – a sus queridos árboles.

Las escenas de la sesión son el producto del estudio detallado del escenario y el conocimiento profundo de los protagonistas. Ha paseado largamente entre los ahuehuetes, los conoce -se diría que íntima y personalmente-, los ha tratado y retratado en su soledad, ha compartido su tiempo y descubierto los detalles y acontecimientos de sus vidas. Sabe de su infortunio y del de los suyos.

El texto que acompaña las imágenes de Alicia en el bosque es un encargo ex profeso a Álvaro Lanza, quien se inspiró en las fotografías de Juan Rulfo.

«Sale al aire ya anclado en tierra. Crece el tímido tallo de la plantita sobre la superficie de un suelo que sus raíces perforan. Pasan los años y ahora allí está un joven árbol, cuyas ramas empiezan a batallar con el viento. Cumple medio siglo, llega a los cien años y luego a los doscientos… Aquel poderoso ser vivo, ligado a la tierra, goza de una existencia de centurias.

Alicia se ha perdido en el bosque, un bosque de viejos árboles, venerables árboles. A algunos, los parásitos les han roído el tronco, tanto y tan adentro, que acaban por debilitarlos. Terminan derrumbándose. Caen como una catedral que se destruye.

Como chorros de lava son las raíces exteriores de varios árboles, gordas serpientes inmóviles que se clavan en el terreno. Son a la vez, los poderosos cables que afirman al árbol, los robustos tentáculos que lo amarran al suelo.

Otras Alicias se han perdido en el mismo bosque. Pero es un bosque ameno, un bosque de pesados árboles tranquilos, a veces cargados de trinos, a veces empapados de lluvia. No hay fieras en el bosque, no merodean por él alimañas dañinas ni en las noches danzan entre sus árboles las brujas. Es un bosque apacible con anchos claros, poblado de pájaros y de insectos. El sol cae recortado por ramas y hojas en un suelo de tierra muelle.

Pero Alicia interpreta las raras contorsiones, verdaderamente angustiosas, de las raíces de los árboles, y ve en ellas los nervios, los tendones retorcidos de auténticos gigantes. En ciertos troncos descubre rostros descompuestos y hay ramas que parecen largos brazos descarnados…

Alicia no debería tener miedo. En este bosque mexicano resuenan aún los ecos de las leyendas contadas por abuelas aztecas. Bellas leyendas en las que se habla de los habitantes, reales e imaginados, de los bosques. Son leyendas que divertirían a Alicia, si pudiera traducir los rumores que la rodean, los murmullos del bosque antiguo.»

La evocadora prosa poética de Álvaro Lanza junto con las contundentes imágenes de Juan Rulfo ponen ante nuestros ojos la angustia vital en la que viven los viejos sabinos y sus maltrechos bosques. Unos gigantes memorables que se derrumban ante nuestra mirada indiferente. La joven Alicia, pero también las jóvenes Alicias de hoy en día, -un nombre propio de origen griego que alude a la virtud de aquello que es «verdadero» y «real»-, ni saben leer los rumores del bosque ni desentrañar los murmullos de la naturaleza.

Juan Rulfo. Acuarela y grafito. | Autor: Fernando Fueyo
Juan Rulfo. Acuarela y grafito. | Autor: Fernando Fueyo

“Sus escenas de árboles son el producto del estudio detallado del escenario y el conocimiento profundo de los protagonistas”

El diácono, matemático, fotógrafo y escritor, Lewis Carroll, dedicó a Alicia dos novelas, la primera publicada en 1865 Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas. Dado el éxito con el que fue acogida –un libro dirigido a los más pequeños que entusiasmó a los adultos-, publicó en 1871 la secuela A través del espejo y lo que Alicia encontró allí. Alicia es una niña vital, ingeniosa, ávida en conocimiento y con una gran disposición científica y filosófica al asombro. La narración se vale de una amplia red de símbolos, metáforas, ambigüedades, disparates, significados absurdos y paradojas lógicas en un mundo donde reina la fantasía.

En una de las escenas de A través del espejo, la niña protagonista entra en el llamado Bosque del Olvido, por dónde camina sin rumbo al haber perdido la memoria. Alicia ha ido avanzando posiciones en el tablero de ajedrez, y en el relato. Cuando de forma inesperada se encuentra con un extrovertido mosquito parlante que le cuestiona las ventajas de poseer nombre propio. Para él, que los humanos del mundo real les asignen un nombre a los insectos carece de sentido, ya que no acuden cuando se les llama. A los insectos no les sirven de nada, asiente la joven Alicia, quien imagina que alguna utilidad tendrá para las personas que se los han puesto:

« […] Si no, ¿por qué iban a tener nombre las cosas?  – ¡Vete a saber! – le contestó el Mosquito-. Sólo puedo decirte que allá abajo, en ese bosque, las cosas no tienen nombre, y se las arreglan muy bien sin él…».

La cuestión está planteada, el mundo natural no necesita de nombres propios para existir ni funcionar, y Alicia no quiere perder el suyo.

«Pronto llegó a una gran pradera en cuyo extremo se alzaba un gran bosque. Parecía un bosque mucho más tenebroso que el que había cruzado anteriormente y Alicia se arredró un poco al verlo. Pero, haciendo de tripas corazón, decidió atravesarlo (…)

«Éste debe ser el bosque, – se dijo, preocupada – donde las cosas pierden su nombre… Me pregunto qué será del mío cuando entre en él (…)

Discurriendo de esta manera, llegó a la orilla del bosque. Tenía un aspecto fresco y sombreado. «Bueno, no se puede negar – se decía la niña, mientras penetraba bajo los árboles – que, después del calor que he pasado, da gusto encontrarme aquí en este…, en este…, en este ¿qué? -repetía, sorprendida de no encontrar la palabra adecuada-. Quiero decir, de estar bajo estos…, bajo estos…, ¡bajo estos! – dijo al fin, tocando uno de los árboles con la mano-. ¿Cómo se llamarán a sí mismos? Empiezo a creer que no tienen nombre… ¡Cómo que no se llaman de ninguna forma!».

“La evocadora prosa poética de Álvaro Lanza junto con las contundentes imágenes de Juan Rulfo ponen ante nuestros ojos la angustia vital en la que viven los viejos sabinos y sus maltrechos bosques”

Uno de los atributos de la personalidad humana es la capacidad de poder conservar en la memoria el recuerdo del propio nombre. Alicia comparte la angustiosa experiencia de olvidar el suyo al internarse en el Bosque del Olvido. Lo que le lleva a andar un trecho del camino junto a un encantador cervatillo, también desmemoriado. Pero, cuando tras cruzar el Bosque este recupera súbitamente la memoria, da un salto de alegría, se sacude el amoroso abrazo de la niña, y volviéndose hacia ella exclama: «Y tú… ¡ay de mí! ¡Tú eres un ser humano ¡Y, al pronunciar estas palabras, sus tiernos ojazos se llenaron de miedo…»  Alarmado, el inocente cervatillo huye despavorido de todo cuanto evoca la palabra «ser humano».

“El mundo natural no necesita de nombres propios para existir ni funcionar”

La serie de imágenes para Alicia en el bosque nos interrogan. La Alicia de Rulfo se muestra ante la cámara con gesto distraído. Frente a ella, o a su espalda, según la toma, se levanta un impenetrable muro vegetal formado por viejos, nudosos y retorcidos ahuehuetes -al fondo el esqueleto descarnado de otro gigante-. La escala desconcierta. Las imágenes son algo más que una bella toma documental, pintoresca o exótica de la naturaleza, evidencian el dolor, la soledad y la injusticia a la que están sometidos estos seres desvalidos. Tampoco son los sabinos o ahuehuetes -etimológicamente «los viejos o ancianos del agua» o «aquellos que no envejecen» nombre de origen náhuatl-, más famosos del país. Como el situado frente a la iglesia de Santa María de la Asunción del Tule -del que Rulfo tomará fotografía en color-, ni siquiera los más populares del bosque de Chapultepec -donde el joven escritor disfrutará de su compañía a la llegada a la capital de la República-, como el «Tlatoani» o el «Sargento», también hoy desaparecidos.

La pauta para la toma de la serie fotográfica parece seguir un patrón, un ligero contrapicado para conseguir que la mirada se centre en la base de los árboles, el muro de troncos, las arrugas y deformaciones de la corteza, y en la pequeña Alicia. La fila de gigantescos troncos que forman los ahuehuetes evoca ser la de un solo árbol. Rulfo ha suprimido la individualidad, y sin separación entre ellos son a un tiempo muro cerrado y bosque protector. En la parte alta, el follaje triste de los ahuehuetes cobija a una desorientada Alicia.

“Alicia es una niña vital, ingeniosa, ávida en conocimiento y con una gran disposición científica y filosófica al asombro”

Juan Rulfo ha captado la esencia del bosque de sabinos al incluir en la toma profundos sentimientos, emociones inaprensibles y reflexiones indelebles. El escenario, la composición y la cualidad de la luz reflejada en los troncos y las nudosas raíces, aparentan simular oscuras cavidades y extraños retorcimientos aptos para internarse en iniciática aventura. La atmósfera de la escena es algo más que una ilusión o un estímulo vago y aleatorio, que a los ojos del desconcertado espectador se vuelve reconocible, y tal vez procura inquietud. Un monstruo de la mente con las fauces abiertas acecha a la niña, que distraída mira hacia otro lado. Las imágenes son la manifestación de una deidad salvaje y desconocida cuya voluntad y poder nos atemorizan por ignorancia. La inmanencia inspira al creador que la encuentra en la naturaleza, y en los árboles que creemos imposibles, pero que en verdad son seres reales. ¿Qué futuro cabe esperar para los pueblos sin memoria, y sin bosques? La desmemoria, el abandono y el olvido son la muerte.


(*) Agradecemos a la Hemeroteca Nacional de México las facilidades y generosidad para acceder a la fuente documental del reportaje “Alicia en el bosque”, publicado en el nº 1610, de la revista “Sucesos para todos. El semanario de mayor circulación en toda la República”.

(**) Agradecemos al doctor Víctor Jiménez, director de la Fundación Juan Rulfo https://www.facebook.com/jrulfo, y al doctor José Carlos González Boixo las aportaciones para dotar del máximo rigor las fuentes documentales.

– Zepeda, Jorge, (coord.), “Nuevos indicios sobre Juan Rulfo: genealogía, estudios, testimonios”, Fundación Juan Rulfo, 2010.

– Millán, Paulina, “La difusión inicial de las fotografías de Juan Rulfo (1949 – 1964)”, en Jorge Zepeda (coord.), “Nuevos indicios sobre Juan Rulfo: genealogía, estudios, testimonios”.

– González Boixo, José Carlos, “Juan Rulfo. Estudios sobre literatura, fotografía y cine. Ediciones Cátedra, 2018.


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