La poza de la distancia - EL ÁGORA DIARIO

La poza de la distancia

Por Antonio Sandoval Rey

El naturalista Antonio Sandoval vuelve a su rincón de ‘La Mirada del agua’, esta vez para zambullirse en sus recuerdos de la infancia. Para revisitar a aquel niño que ya se quedaba embelesado ante la vida natural, ante el agua del mar y los seres que la habitan… todo aquello que miraba sin poder dejar de mirar

Durante un tiempo, de joven, leí cuanto pude acerca de los espejos. Fue como multiplicar en aún más imágenes, la mayoría literarias o filosóficas y solo algunas técnicas, cuanto de mí reflejaban entonces esas superficies, a las que sigo mirando mucho más de lo que imagino.

Antes de encender mi ordenador, por ejemplo para escribir este texto, la pantalla oscura me devuelve un rostro en el que, de manera ya inevitable, busco las huellas de la edad. Cuando me llevo los prismáticos a los ojos para observar aves, actividad a la que dedico muchas horas felices, lo que en realidad veo es el resultado de una imagen rebotada en los prismas situados en el interior de sus tubos. A menudo, cuando converso con varias personas cara a cara, me pregunto cómo será mi reflejo en los ojos de cada una de ellas: si me acercara lo suficiente a comprobarlo, ¿resultaría, para mi sorpresa, muy diferente en función de sus respectivos conceptos de mí?

Quien hoy me mira, a quien hoy miro, es al niño naturalista que fui hace muchísimos años. Tantos, que he tenido que venir a asomarme a uno de los ojos de una roca para comprobar el verdadero paso de ese tiempo. Por cómo me vea, sabré cuánto me he alejado de lo que fui. Por cómo lo vea, quizá conozca una parte de lo que ha sido de mí.

He llegado atravesando en bajamar la playa de mi infancia, he buscado por entre los volúmenes de granito húmedo las pozas más propicias, me he sentado junto a una de ellas y me he asomado a su interior.

Aquí estoy, pero no como un Narciso maduro y superviviente del castigo de Némesis. Por un lado, mi imagen jamás me resultó fascinante, por no haber motivo alguno para ello. Por otro, sé nadar desde muy pequeño, con lo que, de haber tenido en algún momento la tentación de arrojarme a la superficie que me devolvía mi rostro, habría salido con solvencia del baño de vanidad, evitando así acabar convertido en un Narcissus, esa flor que crece en los márgenes de los ríos y en la que, según Ovidio, acabó convertido el protagonista de aquel mito. Aunque aquí, de haber sido el caso, y ante la imposibilidad de que crezcan flores, la metamorfosis tendría que haber optado por una lapa… Pero es que aún hay algo más: yo no venía a este lugar a contemplar mi reflejo. Lo que yo observaba embelesado estaba justo debajo de él. A lo que yo venía era a mirar la vida.

Y aun así, lo cierto es que mi silueta oscura, recortada contra el cielo en aquella, en esta lámina de agua salada, me ayudaba y me ayuda en mi empeño. Lo he recordado nada más inclinarme hacia la breve profundidad que subyace bajo ella: justo por donde hago sombra encuentro el mejor lugar para examinar con comodidad la comunidad de criaturas que ahí habitan.

Caigo entonces en la cuenta de que, para verlas bien, precisaré de mis gafas de presbicia… Echo mano al bolsillo, las saco, abro sus patillas, las encajo en mis orejas y vuelvo a empezar. Pero solo por un instante, porque casi en seguida mis articulaciones protestan por lo forzado de la postura que las obligo a mantener. Les busco una posición más cómoda, tumbado boca abajo en una zona llana de la piedra, y me dispongo por fin a medir la distancia entre lo que fui y lo que soy.

Ahí están. ¡Ah, ahí están! Como de la página recién abierta de un libro durante demasiado tiempo cerrado, rebrotan en mi mirada las melenas carnosas de las actinias, la huraña terquedad de los erizos de mar, siempre apretados contra los rincones, los pentáculos amarillos de las estrellas, los ojos saltones de los blenios, el cuerpo translúcido de los pequeños camarones, capaces de cambiar de espacio-tiempo con sólo un golpe de cola, para teletransportarse a unos centímetros de donde ramoneaban una lechuga de mar. También el gesto intrigante, como si sostuvieran un símbolo entre sus pinzas, de los cangrejos, el sueño de los bígaros y caracolas, las aldeas apretadas de los mejillones, el niño que mira todo aquello sin poder dejar de mirar.

Yo vivía en un séptimo piso frente al océano, en un edificio demasiado alto que el viento marino estremecía durante los temporales de otoño e invierno. El resto del barrio también había crecido de manera demasiado ávida, ajeno a los espacios verdes o la apertura de vías peatonales hacia su entorno. Eran los años 70 del siglo pasado, los del boom del desarrollismo. Mi familia venía de fuera: no teníamos aldea. Cuando no jugaba con mi pandilla de amigos por aceras y soportales, refugiaba mi anhelo de soledad en la lectura, y luego cada vez más, según iban cayendo en mis manos obras de historia natural, en la exploración de lo más salvaje que tenía a mano, con solo cruzar la avenida: aquella playa, aquellas rocas que durante muchos días eran solo para mí.

Aún conservo uno de los libros que llevaba junto al salabardo y varios botes de cristal metidos en una mochila. Sus páginas están llenas de motas amarillentas, sus esquinas romas por el uso, la encuadernación algo desbaratada pero aún firme. Se titula “La senda de la Naturaleza. Costas y playas”. Su portada roja muestra, precisamente, la ilustración idealizada de una poza entre rocas. Pertenecía a una serie editada por Ediciones Plesa de la que guardo otros títulos igual de usados, igual de disfrutados.

Ojalá lo hubiese traído conmigo. Seguro que le hubiese gustado volver también él hoy aquí. Comparar de nuevo sus imágenes con las del fondo de esta poza, ayudarme una vez más a nombrar a quienes viven tras este espejo, animar a este investigador a poner en marcha estudios tan sencillos como excitantes. Una vez hice un mapa de los volúmenes de esta roca, como quien cartografía una isla recién descubierta. Desde mi ventana, miraba con frecuencia cómo la cubrían las olas en pleamar, cómo la envolvía la espuma. Llegué a conocer los escondites de los lorchos más grandes de cuantos aquí vivían. Nunca logré capturar a ninguno de ellos. Solo conseguía, de vez en cuando, meter alguno de los pequeños en uno de mis botes.

Cuando tras observarlos los liberaba, y nadaban veloces a esconderse entre las algas, sentía un goce que por entonces, claro, no tenía aún la necesidad de describir. El goce de la reposición. De devolver algo a donde pertenece.

¿En qué medida pertenezco yo a esta poza?, pregunto a su espejo mágico. Pasó el tiempo y sobrevinieron la adolescencia, las mareas negras, la edad adulta, los rellenos con arena traída de fuera… Dejé de venir. Pero no fue por eso. Es que creí saberlo todo acerca de rincones tan pequeños y próximos como este. Viajé en busca de otros aprendizajes primero por toda Galicia, buscando vida salvaje en forma de aves, luego por toda España, más tarde a algunos destinos del extranjero: selvas tropicales, tundras, desiertos… Paisajes con los que tanto había soñado desde aquellas lecturas infantiles.

Sí, algo hay de reposición en mi regreso a este lugar. En mi vuelta a este espejo. Igual que aquellos lorchos que huían aliviados de mis botes, es ahora mi mirada, a través del cristal de mis gafas, quien se refugia en el fondo de esta poza, como si ahí no existiera el vértigo de la distancia. Se acomoda entre las algas. Se va sosegando, pero no me pierde de vista ahí arriba, al otro lado de la superficie: un tipo algo inquietante, algo manipulador y en exceso curioso, pero al fin y al cabo bastante inofensivo. Las nubes pasan tras su silueta, llevándose consigo un poco más de su tiempo. En mis pupilas se multiplica hasta el infinito el reflejo de cuanto ha venido a buscar.


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