Leer el agua - La Mirada del Agua - EL ÁGORA DIARIO

Leer el agua

Por Antonio Sandoval Rey

Los océanos son enormes mapas que hay que saber entender. Hay que saber leer el agua del mismo modo que lo hicieron nuestros antepasados y las pardelas porque, como expone Sandoval, “vivimos en una realidad líquida” en la que la historia de los humanos ha sido definida por el agua

Ha sido como si el rumor de las olas me estuviese leyendo en susurros los párrafos por los que acabo de navegar. Cierro el libro y tiendo la mirada hacia el horizonte. Contemplo cómo las ideas que sinapsis tras sinapsis han ido emanando de los últimos párrafos se diluyen poco a poco en la inmensidad del paisaje marino.

Por donde hasta hace un instante los más antiguos exploradores del Pacífico iban hallando nuevos archipiélagos que colonizar, fluyen ahora alcatraces atlánticos, pardelas cenicientas, algún págalo pomarino y otras aves. También un par de veleros de bandera francesa, un buque gasero de casco color rojo sangre y un inmenso portacontenedores a media carga. Y las sombras de unas nubes blancas y serenas que avanzan sin prisa moldeadas por la misma brisa que las impulsa.

El libro pesa más que los prismáticos que también he traído conmigo. Se titula Un mar sin límites, tiene más de 1.300 páginas y me resulta apasionante. Llevo toda la mañana asombrándome ante cosas como esta: “Resulta, por tanto, indudable que los primeros aborígenes australianos (que muy probablemente fueran los antepasados de los actuales) debieron llegar al continente hace más de sesenta mil años, y que tuvieron que hacerlo salvando distancias de mar abierto de una anchura superior a los ciento sesenta kilómetros, lo que en muchas ocasiones les habría obligado a perder de vista el contorno de la tierra firme”.

Y es que mayor parte de las grandes islas de ese otro océano, el mayor del planeta, fueron descubiertas por navegantes de allá muchos siglos antes de que los europeos se acercaran a América. Tamaño logro, tal y como recoge el autor, David Abulafia, fue posible gracias a un extraordinaria sagacidad para interpretar olas, corrientes, estrellas, vientos, nubes o los movimientos de las aves marinas. Es decir, para leer el agua.

Pardela cenicienta sobre el mar | Foto: SEO/BirdLife

Las pardelas cenicientas acarician con las puntas de sus alas los efímeros valles entre las olas. Hago repaso de las veces que he tenido ocasión de conversar con quien es capaz de leer con nitidez el mar: pescadores, marinos, biólogos o regatistas. Yo preguntando asomado por la borda. Ellos explicándome el por qué de esta zona de olas más vivas, de la fuerza y dirección de aquella corriente, de la repentina presencia justo en ese lugar de una enorme cantidad de patexos, esos pequeños cangrejos de patas en forma de remo que cada comienzo de verano se presentan frente a las costas de Galicia para enorme satisfacción de las gaviotas…

En mi condición de terrícola irremediablemente enamorado del mar, escucharles ha sido siempre el mejor de los regalos. Durante la lectura de otro libro, Cómo leer el agua, de Tristan Gooley, regresé a muchas de aquellas charlas en cubierta. Y encontré nuevas respuestas a preguntas emergidas durante tantos paseos por orillas de agua dulce y salada.

Estas y otras pardelas, se sabe desde hace poco, reconocen pautas y señales en el mar a través del olfato. A finales de otoño partirán a pasar el invierno en aguas del hemisferio sur. Las regiones marinas que atraviesan lo son también de esencias así leídas. Inspiro con fuerza un trocito de brisa. Sabe a sal. Reparo en la cantidad de horas que, desde crío, he pasado mirando el mar en busca de aves marinas y cetáceos.

Un ejemplar de pardela posado en un acantilado

Casi siempre, eso sí, como hoy mismo, desde la atalaya de un cabo o de un acantilado. O las que he dedicado a ver fluir un río, más de una vez por urgente necesidad de alivio, en busca de ese asidero líquido que tanto parece necesitar cada cierto tiempo nuestra mirada para dejarse ir. Y es que contemplar, sobre todo a partir de cierta edad, el reflejo de un crepúsculo sobre el espejo de un lago, o el encenderse y apagarse de infinidad de borreguillos en una bahía un día luminoso de viento, quizá sea de los ejercicios de sinapsis emocional e intelectual más complejos de cuantos es capaz nuestra especie. ¿Por qué? A saber. Tampoco se conoce a ciencia cierta el motivo de que seamos unos primates con una tanta cantidad de grasa subcutánea. Hay quien sostiene que es porque nuestros ancestros fueron simios acuáticos.

¿Acaso no lo somos hoy? En cuanto tenemos ocasión, nos rodeamos de fuentes, grifos, duchas, baños, piscinas…Y acudimos de vacaciones sobre todo a paisajes protagonizados por el agua. Entramos en ella y es como si nos sintiésemos acunados por el cosmos. Cogemos aire y nos zambullimos. Cerramos los ojos y flotamos. Algunos de los más modernos pensadores definen nuestro actual concepto de la realidad como “líquido”.

Quizá lo lleve siendo desde hace mucho. Quizá la historia de nuestra relación con el agua sea una de las que mejor llegue a describir quiénes somos, incluyendo desde nuestro bipedismo, como sostiene esa hipótesis del simio acuático, hasta nuestra capacidad para crear gigantescas ciudades habitadas por millones de personas que sólo tienen que girar una manivela para beber.

Las pardelas cenicientas se concentran en una zona muy concreta del mar que tengo ante mí. Cojo los prismáticos, me los llevo a los ojos y busco bajo sus alas. Ahí están: delfines comunes. Son varias decenas. Sus aletas dorsales entran y salen de las olas a ese compás que nos resulta tan misteriosamente musical y familiar. A su paso la superficie se altera y se cubre de espuma, se llena de estelas, se pliega sobre estas y vuelve a ser como era hace solo un instante.



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