Monet y las ninfeas como fuente secreta de la vida

Monet y las ninfeas como fuente secreta de la vida

Monet y las ninfeas como fuente secreta de la vida

En esta cuarta columna sobre los grandes creadores y su relación con la naturaleza y el agua, nuestro colaborador Julián H. Miranda nos acerca a la figura del maestro del impresionismo, Claude Monet, que hizo de la naturaleza y sobre todo las plantas acuáticas su motivo pictórico principal


Julián H. Miranda | Especial para El Ágora
Madrid | 18 junio, 2021

Tiempo de lectura: 7 min



El grupo de los impresionistas del que formaron parte, entre otros, Manet, Degas, Renoir, Sisley, Cézanne y Pissarro, tomó su nombre de un cuadro de Claude Monet (París, 1840- Giverny, 1926) titulado Impresión, salida de sol, pintado en Le Havre en 1872, una marina en la que captó desde la ventana de un hotel una atmósfera brumosa del puerto de esa ciudad francesa, en la que pasó parte de su niñez, gracias a unas pinceladas sutiles que sugieren esa luz de amanecer y en medio barcas y los reflejos del agua del mar. Esa composición junto con otras obras de Monet y de los demás miembros del grupo formaron parte de la primera exposición de los impresionistas, que tuvo lugar en el atelier de Nadar, conocido fotógrafo de la época.

Monet
Claude Monet. Impression, Sunrise (Impresión, salida de sol) (1872). Óleo sobre lienzo, 50 × 65 cm. Reagalo de Eugène y Victorine Donop de Monchy, 1940. Inv. 4014. © musée Marmottan Monet, Paris

Monet desde muy joven se sintió atraído por el dibujo y la pintura y con 15 años demostró sus dotes para la caricatura. En 1859 partió de Le Havre a París y comenzó su formación en la Academia Suiza, luego entró en contacto con Courbet, quien influyó mucho en el camino que tomaría Monet porque aquel apostaba por la contemporaneidad y por la verdad en el arte. Dos años más tarde hizo el servicio militar en Argelia, del que regresó antes de terminarlo al contraer tifus, y al regresar a París continuó su aprendizaje en el taller de Charles Gleyre, donde coincidió con Renoir y Sisley.

Sin embargo, fue la huella de Édouard Manet quien impulsó con su modernidad  a muchos de los impresionistas. No en vano su Olympia, una reinterpretación del desnudo femenino, y Desayuno sobre la hierba, ambos pintados en 1863, fueron motivo de escándalo por su desenfado y emoción, le sirvieron de inspiración a Monet para su estudio Desayuno sobre la hierba, que fue una de las primeras composiciones de un artista joven, 25 años, en la naturaleza y donde supo integrar figuras de tamaño natural con espontaneidad. Ya en esa época Monet reflejaba en sus obras una nueva visión de la realidad con una forma personal de representar el paisaje. Años más tarde y ante la posibilidad de que Olympia fuera vendido en América, Monet le compró el cuadro a la viuda de Manet y lo donó al Museo del Louvre y hoy puede admirarse en el Museo D’Orsay.

Claude Monet. Los cuatro árboles (1891). Óleo sobre lienzo, 82 x 81 cm, Metropolitan Museum, Nueva York

Durante más de seis décadas siguió un sendero muy personal con diferentes estilos. Sus comienzos como artista están dentro del realismo pictórico, del que poco a poco se fue alejando, luego fue uno de los impresionistas más destacados con obras maestras de las décadas de los años 70 y 80 del siglo XIX, en los que apostó claramente por el pleinarismo, la pintura al aire libre. Bajo la luz cambiante del día, en días soleados o grises, Monet agudizó sus dotes de observación y plasmó en sus lienzos cómo eran las vibraciones de esa luz y consiguió creaciones armónicas llenas de vida.

De esas décadas nos legó para la posteridad numerosas composiciones donde la naturaleza, los cambios de luz y el agua, tuvieron un claro protagonismo, desde las impresiones ópticas que subyacen en A la orilla del agua (1868); su incipiente tendencia a la abstracción en La Grenouillère (1869); sus vistas de Argenteuil con la dársena y la regata; el ritmo urbano de El Boulevard des Capucines con la animada vida en las calles de París; Campo de amapolas, donde nuevamente los personajes se funden con la naturaleza;  la importancia de las obras públicas como los puentes o la movilidad del ferrocarril como símbolos de modernidad; las inclemencias del tiempo con las nevadas y el deshielo y cómo no los acantilados de Dieppe y de Etretat, con sus playas y su mar agitada o su modo de mostrar su emoción al contemplar y fijar más tarde el paisaje rocoso de Belle-Ille en Bretaña en 1886.

Claude Monet. Puente de Waterloo (1904). Óleo sobre lienzo, 65 x 101 cm. Museo del Hermitage, San Petersburgo

A lo largo de su vida Monet viajó mucho por Francia (Bretaña, Normandía y el sur de Francia), pero también por varios países europeos: Inglaterra, Países Bajos, Italia y España, entre otros. Estuvo en contacto con los mejores pintores franceses de la época, conoció la obra de autores como Turner o de paisajistas holandeses como Jacob o Solomon Van Ruysdael o su relación con Johan B. Jongkind y todo ello contribuyó a una mirada que fue evolucionando con el tiempo. Fue un pintor admirado por sus coetáneos, no solo Cézanne, Signac, Theo Van Gogh o Berthe Morisot, sino también por escritores como Mallarmé o Marcel Proust quien tanto en A la búsqueda del tiempo perdido como en Jean Santeuil sugirió una reflexión sobre las nubes y el mar, dos motivos ampliamente representados en la obra de Monet, o varias menciones al pintor con motivo de la adquisición de alguno de sus cuadros por parte de un coleccionista de Ruan.

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Claude Monet. Mañana en el Sena cerca de Giverny (1897). Óleo sobre lienzo. 75 x 92,5 cm. Musée d’Orsay, París.

En los últimos 35 años se dedicó sobre todo a pintar series de obras, un género pictórico en sí mismo que seguía la estela del japonés Hokusai: Desde sus conocidos almiares con más de 20 versiones a diferentes horas y días, pintados en 1890-1891; más tarde con Los Álamos, la catedral de Ruan (1892-1895) con un total de 28 pinturas con diferentes cromatismos; las vistas de Londres fruto de varios viajes entre 1899 y 1904, que le sirvieron para fijar el Parlamento de Londres con la espesa niebla del Támesis, y los puentes de Waterloo y de Charing-Cross; su visión de Venecia, donde se alinea con los colores de los grandes pintores venecianos, Tiziano, Giorgione o Veronés, para reflejar la luz y sus reflejos en el agua de los palacios del Gran Canal y, sobre todo, los nenúfares, una de sus grandes aportaciones a la historia de la pintura.

Claude Monet. El Palacio Ducal, Venecia (1908). Óleo sobre lienzo 47 x 64 cm

El universo de Giverny y sus ninfeas

En 1883 Claude Monet se sintió atraído por este pequeño pueblo de Normandía y alquiló una casa porque ese ambiente le aportaba paz para pintar. Siete años más tarde compraría una casa y allí pasaría los últimos años de su vida. Y poco a poco iría ampliando el terreno de la finca y con la ayuda de sus jardineros transformó el jardín de Giverny y el estanque se convirtió en un jardín acuático porque al elevar la temperatura del agua pudo cultivar nenúfares exóticos importados de Japón, luego instalaría y construiría un puente elevado: El puente japonés, también título de un cuadro pintado en 1895. Cuatro años más tarde pintó la primera serie sobre nenúfares que expuso con éxito Durand Ruel en 1900.

Claude Monet. Water Lilies, Evening Effect (Nenúfares, efecto de tarde) (1897). Óleo sobre lienzo, 73 × 100 cm. Michel Monet bequest, 1966. Inv. 5167. © musée Marmottan Monet, Paris

Claude Monet había transformado la naturaleza y ahora esa naturaleza iba a ser su motivo pictórico principal. Ya fuera a través de la vegetación frondosa reflejada en el agua del estanque o a travñes cuando su paleta proyectaba una mirada macro al reproducir la superficie del agua cubierta de ninfeas, en una cadencia cromática que revela una singular belleza, a veces solas y otras junto a bellos agapantos o lirios, con una paleta de gran expresividad que, en ocasiones, tendía a la abstracción.

Cuando contemplas muchas de las obras de esta serie, tanto en el Museo de la Orangerie –fruto de una donación que hizo el pintor al estado francés y que André Masson calificó como La Capilla Sixtina del Impresionismo–  como en el Museo Marmottan Monet también gracias a la generosidad de uno de sus hijos, Michel, que legó un conjunto notable de obras de la colección familiar a este bello museo parisino– cabe hacer varias preguntas: ¿qué quiso reflejar Monet, la naturaleza real o la reflejada por los recuerdos?; ¿qué misterio encierra esta planta acuática para Monet?;¿por qué en muchas de ellas eliminó un contexto espacial para el espectador?. Tal vez parte de la respuesta pueda estar contenida en una afirmación del propio pintor: “El motivo es para mí del todo secundario; lo que quiero representar es lo que existe entre el motivo y yo”.

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Claude Monet. Nenúfares (1919). Óleo sobre lienzo 219 × 602 cm. Museo de la Orangerie, París.

Aunque Monet estuvo alejado del cubismo, otros artistas de las vanguardias del siglo XX como Malevich, Kandinsky, Delaunay, Mondrian o Kupka tuvieron muy en cuenta su aportación de las series y especialmente esta última, algo que compartieron los expresionistas norteamericanos como Jackson Pollock o Mark Rothko, que supieron valorar las cualidades abstractas de muchas de estas pinturas, así como las variaciones y los temas en torno al color y la potencia del gesto en mucha de sus pinceladas.

Y una última reflexión, que no es una comparación. Al ver las series de los nenúfares en París no puedo dejar de acordarme de un sitio como la Capilla Rothko que crearon los coleccionistas De Menil y ver las similitudes de llegar a ser experiencias únicas para quien las contempla. Por un lado, el paisaje acuático habitado por ninfeas y el reflejo de árboles y nubes, que da la “ilusión de ser un todo sin fin, una onda sin horizonte y sin orilla” según las palabras de Monet; y por otro esos 14 grandes lienzos monocromáticos de Rothko, que invitan a la introspección y nos muestran los matices de cada pincelada del pintor de origen ucraniano.



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