Nos jugamos el mapa

Nos jugamos el mapa

Por José Luis Gallego

España es uno de los países con más superficie arbolada de la Unión Europea, pero es posible que esto cambie en parte gracias a los megaincendios que está impulsando el cambio climático. Está en nuestras manos actuar con responsabilidad y reducir al máximo cualquier riesgo para preservar una ‘obra de arte’ única en el continente

No me canso de mirarlo. Es uno de mis mapas favoritos. Siempre he dicho que ser amante de los árboles y vivir en nuestro país es como ser amante del arte y vivir en Florencia. De hecho lo que me ocurre a mí y a todos los clorofílicos que tenemos el corazón verde cuando acudimos a algunas de nuestras más bellas arboledas es algo semejante al síndrome de Stendhal

Y es que con casi 30 millones de hectáreas forestales, España es -solo por detrás de Suecia- el segundo país de la Unión Europea con mayor superficie forestal. Nuestro territorio está cubierto en más de su mitad por una gran extensión de arboledas, matorrales y pastizales que, en contra de lo que ocurre en gran parte del planeta, no para de crecer año tras año.

Durante las últimas décadas la superfície boscosa de España ha experimentado un sorprendente incremento, de más del 50%, algo que nos sitúa a la cabeza del continente en tasa de crecimiento. Asimismo la superficie arbolada por habitante es mayor en nuestro país que la media de la UE: 0,4 ha de bosque por habitante frente a 0,3 ha/hab en el conjunto de la Unión.

Es posible que a muchos lectores les esté sorprendiendo conocer esta circunstancia, la grandeza de nuestro patrimonio forestal que atesoramos, pero lo cierto es que España tiene mucha más superficie forestal que Finlandia, casi el doble que Francia, el triple que Alemania o el cuádruple que Rumania.

Sin embargo mucho cuidado porque ese precioso mapa puede pasar del verde al negro en tan solo un verano.

Mapa forestal de España y Portugal

Los expertos en gestión de incendios llevan años anunciando que la crisis climática está propiciando la aparición de un nuevo tipo de incendio forestal. Un incendio de nueva generación: mucho más virulento, con mayor intensidad energética y por lo tanto más devastador. Se trata de los denominados megaincendios climáticos, capaces de arrasar medio millón de hectáreas en apenas unos días.

Los hemos visto arrasar regiones enteras en Australia, California y Chile. Son “las llamas del infierno” como las describía hace unos meses el alcalde de Adelaida. Y pueden manifestarse en cualquier momento en nuestro país: de hecho los hemos tenido muy muy cerca.

Todos recordamos la tragedia que vivió nuestro país vecino en el verano de 2017, cuando según datos del Instituto de Conservación de la Naturaleza y Florestas (ICNF) ardieron 418.000 hectáreas en solo un año, incluidas las del terrible megaincendio de Pedrógão Grande (64.000 hectáreas en tres días) que acabó con la vida de 64 personas. Pero la realidad todavía es más dura: en las dos últimas décadas el fuego ha acabado con una cuarta parte de la superficie del país.

Alguien dijo una vez que la imagen más perfecta de un perdedor es la de un naturalista en medio del bosque quemado. Porque no hay entorno más desolador para quienes amamos la vida silvestre que ese vacío absoluto, esa especie de gigantesco nicho a cielo abierto, gris y maloliente, que es el monte quemado. Ese lugar al que uno acudía a buscar la compañía de la naturaleza para explicarla y en el que alguien, no importa si el temerario, el imprudente o el pirómano, ha sepultado la vida reduciéndola a un puñado de cenizas.

Incendio declarado en el término de Quesada, en Jaén, sobre el pueblo de Belerda | Foto: EFE / Carlos Cid

Todos los que hemos luchado alguna vez contra las llamas en el monte sabemos que el fuego no tiene quién lo apague. Y menos aún los nuevos megaincendios climáticos que solo apagan cuando dan por saciado su voraz apetito y solo quedan los negros y los grises con los que nos tizna el paisaje.

Por eso ahora, cuando la Aemet empieza a enlazar avisos por olas de calor y se suceden las situaciones que dan lugar a la alarmante “triada del fuego” (más de 30 grados de temperatura, viento superior a los 30 km/h y menos de un 30% de humedad) es preciso que todos tengamos claro que la única manguera que nos puede apagar los incendios que están por llegar es la prevención.

Hay que perseverar en el mensaje, hay que hacerse pesado, no debemos cejar en el empeño: no enciendas fuego en el monte, nunca; no hay excusa que valga. No utilices herramientas que puedan producir chispas en el campo, aunque esa labor imprescindible lo requiera, aunque tú controles (o mejor dicho, creas que controlas) y lleves muchos años limpiando fincas: no lo hagas.

Y respecto a las barbacoas, aunque te parezca que nadie se va a enterar, aunque no se mueva una hoja por el viento y estés en mitad de un descampado: no la enciendas. Sustituye la carne a la brasa o la paella por una buena carne empanada y una tortilla de patatas. Evitarás situaciones de riesgo que pueden acabar en tragedia y te evitarás un disgusto en forma de multa si te pillan los Agentes Forestales y Medioambientales.

Cuando llegan las primeras llamas (y en lo que llevamos de verano de 2020 ya han ardido bosques en Cuenca, Toledo, Guadalajara, Navarra, Ávila, Granada, La Rioja, Valencia, Badajoz, Zamora y otros lugares) muchos no nos cansamos de insistir, incluso en el mismo apunte y aún a riesgo de resultar cansino: no enciendas fuego en el monte, no tires colillas al suelo o por la ventanilla del coche, no generes basuraleza, obedece el cierre de caminos y, si ves una columna de humo en el monte, ponte a salvo y llama inmediatamente al 112 (por este orden). Seguro que entre todos conseguimos que nuestro mapa siga luciendo igual de verde.



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