Piedra y arena, la escultura del tiempo

Piedra y arena,
la escultura del tiempo

Por Fernando Fueyo y Bernabé Moya

En su nueva entrega para la sección Del Natural en El Ágora, el botánico Bernabé Moya y el pintor de naturaleza Fernando Fueyo recuerdan la obra de Italo Calvino y de Marguerite Yourcenar y reflexionan sobre su pasión común por las piedras y la arena, materia geológica que inspira reflexiones sobre el paso del tiempo y la vida misma

“A mí, que tenía llena la cabeza de ‘Las metamorfosis de Ovidio’, y de un libro que explicaba cómo el linaje humano procedía de los babuinos, tanto me daba descender de un pescado como de un simio. Con el tiempo me asaltaron algunas dudas acerca de esta genealogía, como también acerca de la formación de las montañas. ¿No sabe usted – me explicó Telliamed – que las corrientes del mar desplazan de un lado a otro la arena que encuentran a su paso, lo que va formando montoncitos, que al cabo de infinitos siglos forman montañas de 20.000 pies de alto, en las que, por cierto, no hay arena?”. François-Marie Arouet, Voltaire (1694 – 1778)

Eran dos. Dos nómadas, errantes e inconformistas. Compartían una visión: caminar hacia una educación universal, artística, científica y ética con la que aprender a vivir en sociedad. Y un método, basado en la familiaridad de los libros y el conocimiento y contacto con la naturaleza. Se enfrentarán a la desorientación, la soledad, la angustia y la decadencia de una sociedad, la actual, marcada por la simplicidad, la inmediatez y la visión caótica y fragmentada. Resistirán.

Él camina por las calles vacías. Entra a una exposición en París, y prueba: “Hay una persona que colecciona arena. Viaja por el mundo y cuando llega a una playa marina, a las orillas de un río o de un lago, a un desierto, a una landa, recoge un puñado de arena y se la lleva”.

Ella colecciona vivencias, sensibilidades y emociones. Pasea expectante por las salas de un museo en Nápoles. Se detiene ante una escultura clásica y, deslumbrada ante su belleza, deja deslizar suavemente la mirada entre los pliegues pétreos. Pausadamente, va desgranando las agitaciones que el artista ha revelado: “Grados sucesivos de erosión y desgaste que la irá devolviendo poco a poco al estado de mineral informe al que la había sustraído su escultor.”

La misteriosa colección de arena que se ofrece a sus ojos, los de él, tiene algo más que decir que esa primera impresión de rechazo que le ha provocado. Centra la atención. Observa a través del opaco silencio aprisionado en el vidrio de los frasquitos. Pasa revista al florilegio de arenas: “El color herrumbre del lecho seco de un río de Marruecos, el blanco y negro carbonífero de las islas de Arán, o una mezcla del cambiante rojo, blanco, negro, gris que se anuncia en el rótulo con un nombre más polícromo todavía: Isla de Papagayos, México.”

Su mirada luminosa, la de ella, recorre la cabellera de una Core, los restos de la Victoria de Samotracia y el cráneo limpiamente cortado de la Psique. Le evocan la obra del escultor Rodin: “Estos duros objetos, moldeados a imitación de las formas de la vida orgánica, han padecido a su manera lo equivalente al cansancio, al envejecimiento, a la desgracia. Han cambiado igual que el tiempo nos cambia a nosotros”.

Las arenas cautivas se le presentan como una caprichosa y absurda selección de paisajes, ahora muertos. Las diferencias son mínimas, y él necesita forzar la curiosidad “en un mundo cuyos únicos horizontes son estas dunas en miniatura”.

Ella continúa contemplando la colección de esculturas rotas: “Pero rotas de una manera tan acertada que de sus restos nace una obra nueva, perfecta por su misma segmentación: un pie descalzo apoyado sobre una baldosa, una mano pura, una rodilla doblada en la que reside toda la velocidad de la carrera, un torso al que ningún rostro impide amar, un seno o un sexo en el que reconocemos mejor que nunca la forma de la flor o del fruto”.

La fascinación que le provoca a él la extraña colección no reside en lo que se revela a primera vista sino en lo que oculta: “De regreso de un viaje, añade nuevos frascos a los otros en fila, y de pronto advierte que sin el índigo del mar el brillo de aquella playa de conchilla desmenuzada se ha perdido; que del calor húmedo del uadi no ha quedado nada en la arena recogida; que, lejos de México, la arena mezclada con lava del volcán Paricutín es un polvo negro que parece salido de la boca de una chimenea”.

A ella, “tal cuerpo comido por el tiempo recuerda a un bloque de piedra desbastado por las olas. Tal fragmento mutilado apenas difiere del guijarro o de la piedrecilla pulida recogida en una playa del Egeo”.

Se acerca aún más a la vitrina: “Trata de devolver a la memoria las sensaciones de aquella playa, aquel olor de bosque, aquel ardimiento, pero es como sacudir ese poco de arena en el fondo del frasco rotulado.” La única solución, para él, es rendirse: “Separarse de la vitrina, de ese cementerio de paisajes reducidos a desiertos, de desiertos sobre los cuales ya no sopla el viento”.

Para ella, “todo el hombre está ahí, su colaboración inteligente con el universo, su lucha contra él mismo, la derrota final en que el espíritu y la materia que le sirve de soporte perecen casi al mismo tiempo. Su intención se afirma hasta el final en la ruina de las cosas”.

Toda colección es una constancia, una obstinación, un propósito. Y a él, estas arenas le han descorrido el velo de su propio egotismo: “Tal vez justamente a alejar de su persona el estrépito de las sensaciones deformantes y agresivas, el viento confuso de lo vivido, y a guardar finalmente la sustancia arenosa de todas las cosas, tocar la estructura silícea de la existencia”.

‘Las páginas del tiempo’, ilustración de Fernando Fueyo

A los ojos de ella: “Algunas estatuas expuestas al viento del mar poseen la blancura y la porosidad de un bloque de sal que se desmorona; otras, como los leones de Delos, dejaron de ser efigies de animales para convertirse en fósiles blanqueados, en huesos expuestos al sol a la orilla del mar”. No cabe duda. Son obras de artistas menores: “Obras menores a las que nadie se preocupó de resguardar en galerías o pabellones hechos para ellas, dulcemente abandonadas al pie de un plátano, a la orilla de una fuente, adquieren a la larga una majestad o la languidez de un árbol o de una planta; ese fauno velludo es un tronco recubierto de musgo; esa ninfa inclinada se parece a la madreselva que la besa”. La Victoria de Samotracia es ahora más viento, más mar y más cielo. Menos victoria.

Quedan restos esparcidos, y también llagas y sustancias arrebatadas que le ayudan, a ella, a reconstruir el crimen. Y aunque ahora sea imposible descubrir al autor, a los autores, bien sabe que unas veces fue el tropiezo torpe, y para nada descuidado, de un asaltante; en otras la ciega barbarie en forma de tumulto, y siempre, siempre, la ignorancia: “Aquella cara de emperador fue golpeada a martillazos un día de motín o tallada de nuevo para servir a su sucesor. La pedrada de un cristiano castró a ese dios o le rompió la nariz. Un avaro extirpó de tal cabeza divina los ojos de piedras preciosas, dejándole así un semblante de ciego… Un mundo de violencia gira alrededor de esas formas serenas.

Más tarde hizo acto de presencia la vanidad, el convencionalismo y el prejuicio. Ella lo sabe bien. Llegaron con su tosca limpieza y su venda, y con ellas la necesidad de restaurar a ultranza, de refabricar una estatua completa, de añadir miembros postizos. “…nuestros antepasados no podían soportar ver mutiladas aquellas obras de arte, ver aquellas marcas de violencia y de muerte en los dioses de piedra… Puede que también nos hayamos acostumbrado más a las ruinas y a las heridas… Aceptamos con mayor facilidad que esa belleza, separada de nosotros, alojada en los museos y no ya en nuestras moradas, sea una belleza marcada y muerta. Finalmente, nuestro sentido de lo patético se complace en esas mutilaciones.”

Él se ha entregado, definitivamente, a la extravagante colección: “Entra con la mirada en uno de los frasquitos, cava su madriguera, se interna, extrae miríadas de noticias acumuladas en un montoncito de arena. Cualquier gris, una vez descompuesto en partículas claras y oscuras, brillantes y opacas, esféricas, poliédricas, chatas, deja de verse como gris o sólo entonces empieza a hacernos entender el significado del gris.”

Piensa, ella, en las obras perdidas para el viento y la luz. Pero ganadas para la oscuridad eterna de los fondos turbios de los mares causados por naufragios y batallas, la indolente pericia de un capitán presuntuoso o la impagada ofrenda al dios Neptuno que se exige por cruzar su reino: “La forma y el gesto que les había impuesto el escultor no fueron para esas estatuas sino un breve episodio entre su incalculable duración de roca en el seno de una montaña y luego su larga existencia de piedra yacente en el fondo de las aguas. Pasaron por esa descomposición sin agonía, por esa pérdida sin muerte, por esa supervivencia sin resurrección que es la de la materia entregada a sus propias leyes; ya no nos pertenece”.

Descifrando el diario de la melancolía, se pregunta él, encerrado en los frasquitos mudos, por las palabras y caminos que ha ido alineando a lo largo de su vida: “Quizá escrutando la arena como arena, las palabras como palabras, podamos acercarnos a entender cómo y en qué medida el mundo triturado y erosionado puede todavía encontrar en ellas fundamento y modelo”

Él liberó sus palabras en forma de Colección de arena, el 25 de junio de 1974. Su antroponimia rinde homenaje a la patria añorada de sus padres, le llamaron Ítalo Giovanni Calvino Mameli. Nació en el Nuevo Mundo.

Ella tenía nombre de flor, pero sobre todo era una perla. Trasformó en anagrama literario el apellido familiar, le llamaron Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine Cleenewerck de Crayencour. Nació en el Viejo Mundo, legó a la posteridad en 1983 el ensayo El tiempo, gran escultor.

Ella se dio a conocer como Marguerite Yourcenar. Él, como Ítalo Calvino. El conflicto, más vigente que nunca: conciliar arte, ciencia, naturaleza y humanidad.


Otras noticias destacadas