Cajal y la floresta nerviosa

Por Fernando Fueyo y Bernabé Moya

En estos días aciagos de pandemia, en los que la ciencia aparece como única esperanza, resulta útil leer la muy necesaria y extensa obra de Cajal, Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1906. El botánico Bernabé Moya hace una semblanza del científico aragonés, al que siempre interesó la naturaleza, el montañismo, la actividad al aire libre … y la fotografía. Precisamente su conocimiento de las plantas y sus habilidades para la imagen le ayudaron a ilustrar por primera vez los tejidos neuronales, que él consideraba una floresta nerviosa, usando a menudo términos botánicos para describir el cerebro

“Hoy todo ha logrado la perfección, pero ser auténtica persona es la mayor”

Baltasar Gracián (1601 – 1658)

A Don Santiago le atraían los enigmas de la naturaleza desde niño. Había nacido en un remoto caserío montañés y crecido entre las aldeas y pueblecitos del faldón pirenaico, donde “pasaba horas y horas en solitarios sotos y arboledas… ocupado en trepar a los árboles, saltar acequias, levantar a pulso pesados guijarros, manejar la honda y la flecha… Entre mis tendencias irrefrenables, cuéntase cierta afición estrafalaria a averiguar el curso de los ríos y a sorprender sus afluentes y manantial”. La enseñanza de la época, “errónea y empírica, memoriosa y desordenada”, había conseguido hacer de él “uno de los alumnos más indóciles, turbulento y desaplicado” empujándole a pasar todo el tiempo posible lo más alejado de la escuela. “¡Época feliz en que la naturaleza se nos ofrecía cual brillante espectáculo cuajado de bellezas…!”.

El sistema educativo de la época sigue el poco pedagógico principio de “la letra con sangre entra”, que otro aragonés universal, Francisco de Goya, había plasmado con genial acierto un siglo antes. El óleo presenta una escena en el interior de una clase, en la que el maestro parece blandir con maestría el latiguillo. El blanco parece claro, pues relumbran en la tenebrosidad de la escuela las nalgas del desdichado discípulo.

Ilustración alegórica de la obra del nobel Santiago Ramón y Cajal, por Fernando Fueyo. | CRÉDITO: Fernando Fueyo
Ilustración alegórica de la obra del nobel Santiago Ramón y Cajal, por Fernando Fueyo. | CRÉDITO: Fernando Fueyo

A su lado, algunos educandos colaboran y facilitan la acción; otros, tras haber recibido la lección, se recomponen la vestimenta con las caras descompuestas mientras gruesas lágrimas recorren sus rostros. Al fondo, un puñado de “aplicados” estudiantes se enfrascan en las tareas escolares: leer, escribir, dibujar, tomar notas… Probablemente, con la idea bien presente en la mente de tratar de evitar la severa disciplina de quien los instruye. Un fogonazo de luz se asoma por la puerta situada a la izquierda de la escena, el resto es penumbra, oscuridad. Las firmes y decididas pinceladas del genio reflejan la realidad sin edulcorantes, no cabe la visión idealista. La pintura no es un simple objeto estético sino un eficaz vehículo de instrucción ética.

“Cajal detesta la forma de enseñanza que tiene como principio pedagógico la letra con sangre entra”

Cajal detesta la forma de enseñanza que tiene como principio pedagógico lo representado por Francisco de Goya y Lucientes en la obra La letra con sangre entra o Escena de escuela, pintada entre 1780 y 1785, y escribe que “la rutina científica y la servidumbre mental, reinaban despóticamente en nuestras escuelas”.

Dibujos de Ramón y Cajal reinterpretados por el artista Fernando Fueyo. | CRÉDITO: Fernando Fueyo
Dibujos de Ramón y Cajal reinterpretados por el artista Fernando Fueyo. | CRÉDITO: Fernando Fueyo

Los años universitarios le han ido algo mejor: “No brillé ni poco ni mucho en las aulas…figuré constantemente entre los medianos, o, a lo más, entre los regulares”. Son sus dos mejores cualidades, “una petulante independencia de juicio y un sentimiento profundo de nuestra decadencia científica” que le valieron para pasar desapercibido por la universidad.

“Y más de una vez, durante mis paseos solitarios bajo las sombrías y misteriosas alamedas que rodean la ciudad heroica, agitado el cerebro por el estruendo de las tumultuosas aguas del Ebro, en esos eternos soliloquios que constituyen la conversación favorita del soñador, que gusta recatar su alma y sus queridas esperanzas de la heladora sonrisa de los “hombres prácticos” y de las “cabezas equilibradas”, sin medir lo arduo de la empresa ni reparar en la escasez de mis facultades, exclamaba: “No, España debe tener anatómicos, y si las fuerzas y la voluntad no me fallan, yo procuraré ser uno de ellos”. Sus grandes dotes para la observación, y la exploración, van a quedar confirmados por el milagro de la fotografía, que en aquellos años empieza a desvelar los misterios de la vida en blanco y negro.

 

Neuronas como las que dibujó Ramón y Cajal en versión del artista fernando Fueyo. | CRÉDITO: Fernando Fueyo
Neuronas como las que dibujó Ramón y Cajal en versión del artista fernando Fueyo. | CRÉDITO: Fernando Fueyo

Ya médico, y como investigador autoinstruido y autofinanciado, Cajal se propuso desentrañar los enigmas del órgano más complejo que la naturaleza ha creado. Una masa de color beige rosado, ligeramente blanquecina en su interior, a la que sin embargo llamamos “materia gris”. Un órgano intrincado, hasta entonces impenetrable, y siempre difícil de comprender, en el que reside el control de las funciones vitales, el razonamiento, el pensamiento abstracto, las emociones y la conciencia del individuo.

“Trabajo y perseverancia son dos de los valores que le permiten ganar el premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1906”

Las investigaciones sobre la estructura del sistema nervioso, los mecanismos que gobiernan su morfología y los procesos conectivos de las células nerviosas, condujeron a Don Santiago a formular la teoría según la cual el tejido cerebral está formado por un aglomerado de células individuales interconectadas: unos 100.000 millones para formar el cerebro humano.

Entre las más conocidas, las neuronas, capaces de establecer más de 1.000 billones de conexiones sinápticas. El dominio de las técnicas de tinción de los tejidos neuronales de los animales, enraizados en las técnicas fotográficas que tanto le apasionan, le permiten a Don Santiago Ramón y Cajal penetrar en el frondoso bosque cerebral.

El secreto para llegar a él es muy sencillo, se reduce a dos palabras: trabajo y perseverancia. Con ellos desarrollará una destreza que le valdrá el premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1906 “en reconocimiento de su trabajo sobre la estructura del sistema nervioso”.

Santiago Ramón y Cajal, en imágenes de juventud
Santiago Ramón y Cajal, en imágenes de juventud

Lo compartirá con el también médico y citólogo, de origen italiano, Bartolomeo Camilo Emilio Golgi, quien ideó los métodos de tinción celular a base de cromato de plata, procedimiento que permitió a los investigadores adentrarse en el hasta entonces inexpugnable cerebro.

Fue Golgi quien identificó por primera vez a las células nerviosas dotadas de unas extensiones llamadas dendritas, encargadas de transmitir los impulsos eléctricos nerviosos, es decir las neuronas. Pero creyó, dado que sus revelados y técnicas eran de peor definición que las de Cajal, que constituían una red compleja en masa, y no formadas por células individuales con entidad genética y metabólica distinta.

“Su pasión por la montaña y el amor hacia la naturaleza le van a asistir en sus investigaciones y exploraciones”

El término dendrita es un préstamo del griego que en origen significó “concerniente a los árboles” o “agente protector de los árboles”, con aplicación en mineralogía y botánica, hasta que se consiguió visualizar al microscopio a las neuronas, pasando a adoptar un nuevo sentido. Fue Ramón y Cajal quien desarrolló la teoría neuronal.

Su pasión por la montaña y el amor hacia la naturaleza le van a asistir en sus investigaciones y exploraciones. De la mano de Don Santiago Ramón y Cajal entraron las plantas, los bosques y las flores a formar parte del mapa con el que internarse en el laberinto más complejo conocido, es decir, en “la suprema belleza y elegante variedad de la floresta nerviosa”.

Al maestro le gustaba bautizar sus descubrimientos histológicos con esencias botánicas: “ramas trepadoras”, “fibras musgosas”, “hiedra”, “bejucos”, “nidos”, “árbol elegante y frondoso”, “plantas de jardín”, “series de jacintos”, “campos de espigas”, “eflorescencias rosáceas” Lo que unido a sus grandes dotes artísticas para representar con gran precisión lo que observaba a través del microscopio, evidencian un acusado sentido estético y un profundo conocimiento de la botánica. La pintura y el dibujo también son ciencia.

“De la mano de Don Santiago Ramón y Cajal entraron las plantas, los bosques y las flores a formar parte del mapa con el que internarse en el laberinto más complejo conocido, el de la floresta nerviosa”

El Premio Nobel de Medicina de 1906, Santiago Ramón y Cajal, en una imagen de juventud guarda en el archivo del CSIC
El Premio Nobel de Medicina de 1906, Santiago Ramón y Cajal, en una imagen de juventud guarda en el archivo del CSIC

La relación de Don Santiago con destacados miembros de la Institución Libre de Enseñanza, con sus facciones experimentalistas y pedagógicas, constituirá una alianza imprescindible para renovar el sistema educativo y científico a principios del siglo XX en nuestro país. “Hay quien piensa, en tono de crítica benévola, que son más importantes las aptitudes excepcionales que concurren en los grandes investigadores. Cuestión que, por otra parte, no se puede negar, que los más ilustres iniciadores científicos pertenecen a la aristocracia del espíritu, con capacidades mentales muy elevadas, a las cuales no llegaremos nunca, por mucho que nos esforcemos, los que figuramos en el montón de los trabajadores modestos. Después de esta concesión, sigo creyendo que a todo hombre de regular entendimiento le queda todavía mucho campo en el que ejercitar su actividad y de tener la fortuna que, a semejanza de la lotería, no sonríe siempre a los ricos, sino que se complace, de vez en cuando, en alegrar el hogar de los humildes”, escribe Cajal.

En lo pedagógico, afirmaba Cajal que la “misión trascendental del educador es desarrollar alas en los que tienen manos y manos en los que tienen alas”

En estos días aciagos de pandemia, en los que la ciencia aparece como única esperanza, resulta especialmente útil volver a releer la muy necesaria y extensa obra de Cajal. Una buena forma de empezar es por Los tónicos de la voluntad. Reglas y consejos sobre investigación científica, una reimpresión corregida y ampliada del discurso Fundamentos racionales y condiciones técnicas de la investigación biológica, pronunciado por Don Santiago con ocasión del ingreso del autor en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, en sesión celebrada el 5 de diciembre de 1897.

La edición de la editorial Gadir, de 2018, que ha corrido a cargo de Leoncio López-Ocón -investigador del departamento de Historia de la Ciencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y miembro del Grupo de Investigación Mundialización y Mundanización de la Ciencia-, se completa con anexos iconográficos y documentales relacionados con la vida y la obra científica y literaria de Cajal.

En lo pedagógico, afirmaba Cajal que la “misión trascendental del educador es desarrollar alas en los que tienen manos y manos en los que tienen alas”. En lo personal, consideraba que todo “hombre puede ser si se lo propone constructor de su propio cerebro, y aun el peor dotado es susceptible, al modo de las tierras pobres, pero bien cultivadas y abonadas, de rendir copiosa mies”. En lo político, ya solo nos falta dotar con suficientes recursos y medios a la Ciencia.

Ramón y Cajal, la naturaleza y la ignorancia

Si en nuestro país faltan referentes intelectuales antiguos ligados a la naturaleza es posible que sea no porque no abunden, sino porque no hemos sabido ponerlos en valor.

He aquí una cita de nuestro insigne Nobel de Medicina, escrita hace un siglo y de completa actualidad en nuestros días:

“Señal inequívoca de estulticia, frivolidad e ignorancia es aburrirse en el campo. Allí, entre árboles, flores e insectos, se nos revela el encanto de la vida. Y cuando de noche gira sobre nuestras cabezas el cielo estrellado, el infinito abre ante nosotros perspectivas inacabables. Sólo en el campo comulgamos con los actos y nuestra imaginación se complace en recordar soles y planetas, nebulosas y estrellas apagadas. La vía láctea se constituye nuestro pequeño universo, está envuelta en otros universos apenas concebibles. Para el reactivo soberano del ignorante es la noche estrellada. Se aburre, luego es un imbécil”.



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