El acceso universal al agua como servicio público, por Ramón Tamames

Servicios públicos y concesionalidad (III): El acceso universal al agua como servicio público

Por Ramón Tamames

Proseguimos hoy con el estudio jurídico-económico de la concesionalidad y otras cuestiones en la prestación de servicios públicos. Nos referimos en este artículo esencialmente al agua, una de las cuestiones básicas en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. Todo ello en pro de una mejor gestión universal del líquido elemento, indispensable para la vida. Por eso tiene tanta importancia que las políticas del agua sean sostenibles

La disponibilidad de agua por los humanos (sea azul, verde o do­rada, y con estas o aquellas infraestructuras) es una necesidad vital que se debe cubrir en términos de servicio público. La Asamblea General de la ONU reconoció esa necesidad como un derecho básico de los hu­manos.

Y es que el agua es algo fundamental, desde el momento en que las grandes civilizaciones cimentaron su progreso y su desarrollo en torno a la misma, viéndose muchas de ellas condicionadas por su escasez.

Hoy en día, los recursos hídricos suponen un reto cada vez más difícil, debido a la explosión demográfica: la Tierra cuenta con cerca de 7.800 millones de habitantes y, según el Fondo de Población de la ONU, en 2100 se alcanzará la cifra de 10.100 millones. Además, resulta indiscutible la aspiración general de disponer de un mejor nivel de vida, lo que se refleja en todo lo que sigue en esta entrega de nuestra serie para los lectores de El Ágora.

Otras entregas de esta serie

Servicios públicos y concesionalidad: por una administración eficiente

Servicios públicos y concesionalidad (II): el agua en un contexto global

 

A escala mundial, en 2015, se aprobaron los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), segunda versión de los objetivos mundiales previstos en el año 2000, para el período 2015-2030.

Sede de la ONU en Nueva York, donde se aprobaron en 2015 los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. | FOTO: Arnaldo Jr
Sede de la ONU en Nueva York, donde se aprobaron en 2015 los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. | FOTO: Arnaldo Jr

Más de 800 millones de personas no tienen acceso al agua potable y 2.200 millones carecen de servicios de saneamiento

En la actualidad, una décima parte de la población mundial, más de 800 millones de personas, continúa sin acceso al agua po­table, y 2.200 millones carecen de servicios de saneamiento. Todo ello se traduce en un elevado índice de enfermedades y sobre todo de mortalidad infantil. Por ello, está claro el desafío ODS 6 que supone facilitar agua y servicios de saneamiento a todos, te­niendo en cuenta que la población llegará a más de 9.000 millones de habitantes en 2030, y que para entonces la demanda de agua será un 30% superior a la actual.

En pro de una mejor gestión universal

Según los criterios más extendidos en la gestión de cualquier bien (y el agua lo es), hay que dejar atrás el modelo lineal de producción propio de la Revolución industrial que se ha aplicado durante los últimos 150 años y ha derrochado buena parte de los recursos de la naturaleza.

En su lugar, la nueva economía verde y circular, centrada en la sostenibilidad, debe promover un uso eficiente de los recursos renovables, dotar de rentabilidad a los diferentes procesos, y reuti­lizar buena parte de los coproductos y subproductos de estos. Y dentro de esa política el agua ocupa un lugar más que relevante.

Y lo que es más importante, como se ha sostenido por representantes destacados del sector del agua, en muchas ocasiones los problemas del agua no se deben tanto a la escasez del recurso como a una mala gestión. Es una cuestión de buena gobernanza y en las condiciones actuales, la búsqueda de un futuro de progreso exige, más que nun­ca, la colaboración público-privada (CPP). Esto es, una buena orquestación de iniciativas y esfuerzos. ­

En muchas ocasiones los problemas del agua no se deben tanto a la escasez del recurso como a una mala gestión

Contamos con soluciones para afrontar los retos del agua en cada zona del planeta, y también con las herramientas adecuadas para colaborar y cooperar, pues hay reservas suficientes que se pue­den utilizar con nuevos modelos de gestión. Es una responsabili­dad de todos: de las personas, de las administraciones, de las orga­nizaciones internacionales, de las universidades y de las empresas. Si somos capaces de construir un liderazgo colectivo para alcanzar un modelo de desarrollo sostenible, el agua dejará de ser ese factor histórico que ha contribuido a la desigualdad entre los pueblos para convertirse en un motor fundamental para la igualdad de to­dos y para el bienestar.

Todo lo anterior significa que se necesitan suficientes inver­siones en las zonas menos desarrolladas. En las que cuentan con cierta distribución organizada se genera un problema crónico, tal como expuso en su momento Catarina de Albuquerque, primera relatora de las Naciones Unidas sobre el derecho humano al agua y vicepre­sidenta de Sanitation and Water for All (SWA): muchas veces las tarifas son “demasiado bajas”, para garantizar el equilibrio social del sistema.

Gro Harlem Brundtland, ex primera ministra noruega, ex directora de la Organización Mundial de la Salud y una de las grandes defensoras del desarrollo sostenible desde los años 90. | FOTO: Efe
Gro Harlem Brundtland, ex primera ministra noruega, ex directora de la Organización Mundial de la Salud y una de las grandes defensoras del desarrollo sostenible desde los años 90. | FOTO: Efe

Por ello “el precio debe aumentar, al tiempo que debe haber una tarifa social para los colectivos más desfa­vorecidos”, explicaba. En otras palabras, las Naciones Unidas afirman que para garantizar el derecho al agua hay que hacerse cargo de los costes del servicio cuando los consumidores no pueden cubrirlos de manera total o parcial.

La tarifa debe reflejar, al menos, el coste real del agua, según manifiesta Martínez Dalmau, consultor de PwC, quien critica el “elevadísimo número de administraciones que tienen competen­cias en este ámbito, lo que provoca que poblaciones con una es­tructura de recursos hídricos similar tengan tarifas muy diferen­tes. Debe haber una metodología única común a todo el Estado, que establezca un precio justo”[1].

Sostenibilidad en la política del agua

“El agua, los alimentos y la energía son elementos esenciales en el fomento del desarrollo sostenible”, ha afirmado Gro Harlem Brundtland, primera ministra noruega entre 1990 y 1996, directora de la Orga­nización Mundial de la Salud entre 1998 y 2003 y enviada especial sobre el Cambio Climático de la ONU hasta 2010. De ahí que re­sulte alarmante que “en la actualidad, más de 1.000 millones de per­sonas vivan en regiones con escasez de agua y más de 3.000 millones podrían encontrarse en esta situación en 2025”, advertía la docto­ra.

Entre las diferentes medidas que hay que adoptar a nivel mun­dial para potenciar un crecimiento sostenible, Brundtland defiende que “el mercado debe reflejar todos los costes ecológicos y huma­nos de las decisiones económicas y establecer señales de precio que dejen claras las consecuencias de la acción y también de la inac­ción”. Ello se traduce en que “la contaminación ya no puede ser gratuita y las subvenciones deben ser transparentes”.

En cualquier caso, Brundtland decía sentirse optimista con las perspectivas relativas a este asunto ya que, a su enten­der, “resulta esperanzador que hoy haya un mayor reconocimiento y más preocupación real acerca de las distancias crecientes, tanto dentro de los países como entre ellos”.

La nueva economía verde y circular, centrada en la sostenibilidad, debe promover un uso eficiente de los recursos renovables, como el agua

El Mar de Aral, entre Uzbekistán y Kazastán, muestra mundial de lo que no debe hacerse en el manejo del agua. Lo que era un mar interior placentero se ha convertido en un cementerio de sal. Todo ello por los regadíos del algodón en la época de la URSS. La imagen muestra la evolución de la lámina de agua en los años 1973-1989-1999-2001-2003-2009. | Foto: US Geological Survey / NASA

Datos preocupantes

Las aspiraciones expuestas se basan en el hecho de que el cuer­po humano puede aguantar días e incluso semanas sin comer, pero muy poco tiempo sin beber. Además, el simple acto de lavarse las manos con regularidad es una de las me­jores formas de eliminar gérmenes y evitar enfermedades. Actividades cotidianas que, mientras unos disfrutan, de manera in­consciente suponen privilegios en no pocas áreas del planeta.

En algunos países la responsabilidad de recolectar agua a diario recae en mujeres y niñas, que invierten un 25% de su día en conseguir este preciado líquido para sus familias. Hasta 4.000 personas mueren cada día en el mundo por la escasez de agua potable y las enfermedades derivadas del agua estancada.

Para alertar sobre este recurso tan necesario, el 22 de marzo de cada año está marcado con una cruz en el calendario de la Asam­blea General de las Naciones Unidas, que lo consagra como Día Mundial del Agua para llamar la atención sobre la importancia y la defensa de la gestión sostenible del stock hídrico.

Si somos capaces de construir un liderazgo colectivo para alcanzar un modelo de desarrollo sostenible, el agua dejará de ser ese factor histórico que ha contribuido a la desigualdad entre los pueblos

Más en concreto, con el Día Mundial se invita a todas las na­ciones del mundo a la celebración de actividades concretas, como el fomento de la conciencia pública a través de la producción y difusión de documentales, así como la organización de conferen­cias, mesas redondas, seminarios y exposiciones relacionadas con la conservación y desarrollo de los recursos hídricos.

Es una jorna­da para debatir cómo deben gestionarse los recursos hídricos en el futuro. Una interacción imprescindible para erradicar la pobreza y garantizar una vida digna para todo el planeta. Así, es importante mimar este recurso que, en pleno siglo XXI, todavía causa estragos en muchas zonas con difícil acceso. Esto hace de la gobernanza y la tecnología las claves para garantizar el agua potable y el sanea­miento en cualquier lugar del mundo.

Una visión  histórica de las políticas de agua de Israel

El manejo de las tarifas de agua es fundamentalmente para in­fluir en su uso y consumo sostenibles. En ese sentido es interesante poner de relieve la política del Estado de Israel, que estableció en su momento un fuerte impuesto sobre el consumo excesivo de agua en los hogares. De ese modo, muchos de los consumidores pasa­ron de sus húmedos greens al césped sintético, y sustituyeron las plantas que necesitan mucho riego por especímenes autóctonos más resistentes a las escasas precipitaciones del país, como escribía Isabel Kershner en The New York Times.

El impuesto sobre uso excesivo doméstico fue retirado a fi­nes de 2009, y entonces se introdujo un sistema de tarifas de dos niveles; de manera que el precio más bajo de la cantidad asigna­da básica se compensa con un precio más alto para quienes con­sumen por encima de ella. Además, se aconseja a la población re­ducir el tiempo de ducha a no más de dos minutos. Así las cosas, el mejor uso del agua llevó a una reducción del 18% en el consumo en los hogares.

A ello se suma el gran esfuerzo que se realiza para la desalación del agua del mar Mediterráneo, así como para la depuración de las aguas residuales.

Todo ese cambio se generó como consecuencia de la sequía que comenzó en 2005 y que tuvo su peor momento en el invierno de 2008 a 2009. Las fuentes principales de agua natural del país —el mar de Galilea en el norte y los acuíferos de las montañas y de la costa— se vieron seriamente mermadas, lo que amenazó, de manera colateral, con deteriorar de manera irreversible la calidad del agua.

Dejamos aquí el tema hasta la próxima semana, y como siempre, los lectores de El Ágora pueden relacionarse con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.


[1] I. Fariza, “El agua potable es un privilegio”, El País, 22 de marzo de 2015.



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