Solucionar el futuro: salvar el pasado - EL ÁGORA DIARIO

Solucionar el futuro: salvar el pasado

Vuelve a visitar El Ágora el escritor Antonio Sandoval que, en su blog ‘En el fondo’, comparte con nosotros una mezcla de reseña literaria, orfismo y sed. Una reflexión sobre el olvido y el recuerdo, sobre la posibilidad eterna de volver a empezar


En el fondo, las mejores historias son las que te revelan qué has sido sin tú saberlo. Leerlas, escucharlas, desencadena un reajuste parcial e irreversible de algo muy parecido a tu identidad. Cuando terminan, es como si salieras de una inmersión demasiado larga y profunda: lo primero que inhalas con urgencia, antes incluso que aire, es ese vértigo ingrávido con el que tu memoria te recuerda cómo respirar.

Hay quien entonces echa a nadar conmocionado y sin rumbo claro, quien se sumerge a por más, quien huye espantado hacia tierra firme, quien se entrega a una quietud tan solemne que hasta las aguas parecen sonreír con las ondas que dibujan en torno a su petrificada gravedad…

Y quien decide que necesita un trago.

En el Hades, el infierno mitológico de la antigua Grecia, existían dos ríos. Cuando morías, debías beber de uno ellos, llamado Lete, o Leteo, para olvidar cuanto habías sido. Era parte del proceso de reencarnación que más tarde te devolvía al mundo de los vivos convertido en otra cosa.

lagoSolo a los iniciados, por ejemplo en los misterios órficos, se les permitía beber del otro río, a veces un lago, llamado Mnemósine. Sus aguas provocaban el efecto contrario. Al llevártelas a los labios, lo recordabas todo.

“La vida tiene un modo de hablarle al futuro. Se llama memoria. Se llama genes. Para solucionar el futuro, tenemos que salvar el pasado”, explica ante una sala abarrotada la doctora Patricia Westerford.

Es uno de los inolvidables personajes de El clamor de los bosques, de Richard Powers (Alianza, 2019), novela merecedora del Premio Pulitzer de 2019, y finalista del Man Booker 2018.

Es una de las lecturas que más me ha absorbido y conmovido este año, una obra repleta de hallazgos tanto literarios como botánicos y humanos, y sobre cuyos relatos quisiera mantener largas conversaciones, a la sombra densa de cualquier bosque extenso y maduro, con quienes la hubieran disfrutado tanto como yo.

Luego, cuando nuestras palabras se fueran apagando, como si decayeran y se mezclaran con el humus, escucharíamos a los árboles.

Aprendices de dragomanes, por unos instantes podríamos creernos atendidos por esas criaturas verticales y frondosas con las que compartimos un porcentaje sorprendente de nuestro legado genético. De nuestra memoria.

“Debemos enraizarnos en la oscuridad de nuestro ser más profundo”, nos propone Gary Snyder en La práctica de lo salvaje (Varasek Ediciones, 2016). Ganador también del Pulitzer, en su caso como poeta y en 1974, nos recuerda en este texto cómo la presencia de lo salvaje, tanto en nuestro cuerpo físico como en nuestra mente, sigue siendo una herramienta fundamental para comprender el mundo, y a nosotros mismos.

Igual que en las historias de Ovidio, o de Merlín el encantador, y de tantos chamanes como han existido en todas las culturas desde que la humanidad comenzó a explorar lo palpitante a través de la poesía, Snyder sostiene que “Todos somos capaces de transformaciones extraordinarias. En los mitos y las historias esos cambios son de animal a ser humano, de ser humano a animal, de animal a otro animal, o incluso saltos aún mayores”.

¿Tan mayores como árboles? Sí. La novela de Powers nos lleva tan altos, de rama en rama, que acabamos por balancearnos en la copa de una sequoia centenaria, a decenas de metros del suelo, zarandeados por el vendaval del consumo acelerado y sin freno de recursos.

En este caso, de un recurso que el sistema ha enseñado a sus fieles a considerar solo madera. Pero que en realidad son bosques milenarios. Formas irreemplazables de nuestra memoria. Un pasado que salvar.

Dice Snyder que “Lo salvaje requiere que aprendamos el terreno, saludemos a las plantas, los animales y las aves, vadeemos los arroyos y crucemos las sierras, y contemos una buena historia al volver a casa”.

Una buena historia. Pero claro, se dirá, no todos podemos aspirar a un Pulitzer. Es cierto, pero a la vez, ¿por qué ser tan modestos? ¿Qué tal construir de nuevo un relato universal, como quien mantiene abierto un sendero necesario con solo pasearlo cada cierto tiempo?

orfeoMencioné antes los misterios órficos. Cuando Orfeo cantaba con su lira, animales y hombres escuchaban, y los árboles se conmovían. Enamoró así a Eurídice. Esta murió. Él se sumergió en el inframundo para intentar regresar de allí con ella…

No se trata, claro que no, de acabar despedazados por los críticos literarios, como dicen que lo fue Orfeo por las Ménades, sino de, siquiera por unos instantes de armonía, “enraizarnos en la oscuridad de nuestro ser más profundo”, y ver qué pasa. Y de luego contarlo, como quien reajusta las piezas de su identidad con la caja de herramientas de un relato.

Cuando llegues a donde para ti termine ese sendero, o si prefieres tu historia, acaso te veas ante las puertas del Hades. Te vendrá bien, en tal caso, llevar contigo un Totenpass, un amuleto en forma de tablilla de oro impresa con instrucciones órficas para ese tránsito, como el hallado en Petelia (sur de Italia), preservado en el British Museum y datado en el 200-300 a. C., que dice:

Encontrarás en los pasillos de Hades un manantial, y junto a él un brillante ciprés blanco. No te acerques a ese arroyo (se refiere al Leteo). Encontrarás otro, de agua fría, que mana del lago de Mnemósine. Unos guardianes se acercarán a ti. Diles: “Soy hijo de la Tierra y del cielo estrellado, soy de estirpe celeste, y lo sabéis bien. Estoy sediento… Dadme rápido ese agua fría que fluye desde el lago Mnemósine”. Ellos te darán de beber del arroyo divino, y entonces tú dominarás junto a otros héroes. En Mnemósine este texto es sagrado para el iniciado cuando está a punto de morir.

Venga, echa ese trago. Y recuerda.

Hasta entonces, ten presente que todo reajuste es una pequeña reencarnación. Y que también lo es cada inhalación de aire hacia tus pulmones. Un aire, por cierto, que los árboles y el resto de vegetales destilan para ser libado por tus labios hacia tu interior, por mucho que este, siempre tan sediento, tienda a olvidarlo.


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