S’Ortu Mannu - EL ÁGORA DIARIO

S’Ortu Mannu

S’Ortu Mannu

El naturalista Bernabé Moya nos desvela la sabiduría antigua en torno al árbol del Mediterráneo por excelencia: el olivo. Y nos transporta a uno de los bosques más antiguos del mundo, S’Ortu Mannu en Cerdeña, donde los olivos silvestres son milenarios. Uno de ellos, inmortalizado en una bella acuarela del artista Fernando Fueyo. Todo un regalo para los lectores de El Ágora. ¡Disfrútenlo!


Fernando Fueyo y Bernabé Moya
Madrid | 28 agosto, 2020

Tiempo de lectura: 7 min



“Pel pujol on surt el sol

cada matí de primavera,

desafiant grop i llevant

es va morint una olivera.”

Joan Manuel Serrat (1943)

Pocos árboles son más generosos que el olivo. Su participación en el desarrollo y fecundidad de la cultura mediterránea, y universal, ha sido extraordinaria. El aceite, además de ser uno de los ingredientes que mejor define nuestra dieta; de formar parte de ungüentos con los que aliviar las dolencias y sanar los cuerpos; y participar del más profundo sentir simbólico y espiritual. Fue una de las primeras formas con las que nos abrimos paso en la oscuridad de los tiempos. Gracias a ello, pudimos aprovechar su luz para compartir experiencias, conocimientos, y para pintar, escribir y estudiar.

Desde los albores de la Humanidad hemos utilizado las plantas como alimento, medicina o veneno, para calentarnos y obtener energía o como fuente de innumerables productos y materiales. Durante largo tiempo, estos aprovechamientos se llevaron a cabo sin disponer de los saberes propios de la botánica. Pero ¿cómo cambió todo? Tal vez, podríamos comenzar por indagar ¿quién fue la primera persona que empezó a hacerse preguntas sobre cómo funciona el mundo? O dicho de otro modo, el porqué de las cosas. La respuesta no es fácil. Entre otros motivos, porque si de algo estamos seguros es que no fue una sola persona. Parece obvio. Son innumerables las culturas, los pueblos y los grupos étnicos que han habitado el planeta Tierra desde hace miles de años. Somos de los que creen, como el astrónomo Carl Sagan, que casi todas las culturas dejadas con sus propios recursos, ritmos y evoluciones habrían acabado por descubrir la ciencia, si hubieran dispuesto del tiempo suficiente para ello.

En el mundo occidental contamos con las deslumbrantes aportaciones de pensadores de la talla de Pitágoras, Eurípides, Platón, Empédocles, Heródoto o Diógenes Laercio. Así que dejémonos ayudar por ellos. Los primeros sabios se dedicaban más al estudio de la naturaleza que de la ética, la política o la moral, y para ello necesitaban de las matemáticas, la geometría, la meteorología y la astronomía. Llegaron a la conclusión de que la naturaleza no era totalmente impredecible, estaba sometida a reglas.

Tales, vivió en Mileto, una floreciente ciudad-estado griega dedicada al comercio, situada frente a la isla de Samos en la costa occidental de Anatolia. Un lugar fecundo, protegido por altas montañas, con fértiles valles bien irrigados y acceso directo para navegar en las pacíficas aguas del mar Mediterráneo. Y sobre todo privilegiado porque el centro de origen, desarrollo y difusión de la agricultura y la civilización había tenido lugar en una región próxima. El llamado Creciente Fértil, una extensa área comprendida entre Egipto y Mesopotamia, con la que los mercaderes de Mileto mantenían fructíferos intercambios. El filósofo de Mileto fue quien afirmó que todo estaba hecho de agua. Y hoy sabemos que su presencia es condición indispensable para que exista cualquier tipo de vida en la Tierra, y al parecer también fuera de ella.

‘Olivo Milenario'. Acuarela de Fernando Fueyo.
‘Olivo Milenario’. Acuarela de Fernando Fueyo.

Aristóteles, concedió a Tales de Mileto el honor de ser el primer filósofo occidental en tratar de encontrar una explicación racional a los fenómenos del mundo. Por ello, lo señaló como el primero de los filósofos de la naturaleza. Y aunque de su puño y letra no nos ha llegado nada de lo reflexionado por Tales, el propio Aristóteles nos refiere un pasaje alentador del avance en el conocimiento de la vida de las plantas, y en concreto del olivo. El fenómeno está relacionado con la producción de frutos, y por tanto del llamado “oro líquido”, que botánicamente se conoce con el nombre de “vecería”. Según el cual, un árbol da abundante fruto en un año y poco o ninguno en otro. Las razones que llevan al olivo a actuar de esta forma resultan de gran interés, pero las abordaremos en otro momento. Por ahora, sigamos centrados en nuestro propio provecho. De Tales de Mileto, dice Aristóteles en su Política:

“Se le reprochaba su pobreza porque demostraba que la filosofía no servía para nada. Según la leyenda, supo por su conocimiento de las estrellas, cuando aún era invierno, que se presentaría una gran cosecha de aceitunas al año siguiente; así, habiendo poco dinero, dio créditos para el empleo de todas las prensas de olivos de Quíos y Mileto, que había alquilado a bajo precio porque nadie compitió con él. Cuando llegó el tiempo de la cosecha, y se necesitaban muchas prensas de repente, él las alquiló al precio que quiso, y ganó muchísimo dinero. Así mostró al mundo que los filósofos pueden enriquecerse fácilmente si quieren, pero que su anhelo era otro.”

Los vigorosos brotes verdes nacidos de la observación atenta, el libre examen de los hechos y el pensamiento crítico dieron paso al nacimiento de la ciencia y la filosofía. Y con ellas, al comienzo de una nueva etapa de la Humanidad: la alegría de vivir en un mundo que podíamos empezar a conocer y entender. No debe extrañar que en este relato que nos ha legado uno de los mayores pensadores de la Antigua Grecia, el olivo juegue un papel esencial.

El olivo, y su follaje delicadamente azul plateado, es el árbol que mejor define el Mediterráneo. En los versos del médico, escritor, poeta y crítico musical del periódico Le Figaro, Georges Duhamel, “Allá donde el olivo renuncia, termina el Mediterráneo”. Así que, si queremos ir al encuentro del olivo, de los verdaderos bosques de olivos, únicamente lo podemos hacer en esta cálida región del Planeta.

Olivos silvestres

Para continuar con este viaje a través del tiempo y de la historia, hay que dirigir la proa de este relato hacia alguna de las innumerables y paradisiacas islas del mar del “medio de la tierra”. Es hora ya de empezar a esbozar como sería un bosque de olivos silvestres. Puesto que la imagen que a todos nos viene a la mente es la de grandes extensiones de campos con árboles pequeños, es decir, de olivares cultivados. En un bosque de olivos, los árboles alcanzan tales dimensiones y edades que poco tienen que envidiar a los más vetustos y frondosos robledales. Y como cabe esperar, no estaría formado únicamente por olivos, ya que a la naturaleza no le gustan los bosques de una sola especie. Lentiscos arbóreos competirían en altura con cornicabras de rojizos frutos, algarrobos monstruosos, fragantes mirtos y esbeltos palmitos azulados; mientras un sinfín de lianas treparían por ellos compitiendo por las copas, como madreselvas, hiedras, zarzaparrillas o vides silvestres.

En la deliciosa isla de Cerdeña, situada geoestratégicamente en mitad del Mediterráneo, todavía se pueden encontrar algunos retazos de esta exuberante vegetación. Además, de impresionantes restos megalíticos de la cultura nuraga. Un antiguo pueblo mediterráneo que mostró un gran dominio de las cuestiones mineras y metalúrgicas, que nos han legado en forma de alargadas estatuillas de guerreros en bronce. Al parecer, estos hallazgos arqueológicos sirvieron de inspiración al pintor y escultor de origen suizo Alberto Giacometti. “El hombre que camina” es una icónica escultura a escala real elaborada en bronce, influenciada por la filosofía existencialista. Muestra a un hombre solitario caminando con los brazos caídos colgando a los lados. La precariedad de la figura es un símbolo sobre los límites de cada persona en una sociedad en conflicto constante.

Continuando con los olivos en la isla de Cerdeña, allí se encuentra el Monumento Natural “Oliveto Storico S’Ortu Mannu”. Considerado como uno de los huertos – S’Ortu, significa “huerto” y Mannu “grande”-, más antiguos del Mediterráneo, y en consecuencia del mundo. En la actualidad, ya muy mermado y enfermo, cubre una superficie de unas doce hectáreas; allí viven casi un millar de olivos muy, muy viejos. De entre todos ellos se ha querido caprichosamente destacar a uno de ellos, es solo un poquito más grueso que los otros, al que han declarado Árbol Monumental de Italia. Es un anciano muy querido por los vecinos del pueblecito de Villamassargia, y tanto lo aprecian que le han otorgado el nombre de “Sa Reina”.

Olivo ‘Sa Reina’ del parque S’Ortu Mannu.

Si atendemos a las fuentes clásicas, las enseñanzas para el cultivo del olivo y la elaboración del aceite en la isla de Cerdeña, es obra del Dios menor de la mitología griega, Aristeo. También conocido como “el guardián de las abejas”. Aristeo recibió de las ninfas las enseñanzas para el cuajado de la leche, con las que elaborar el queso. Las de la cría de abejas en colmenas, de las que obtener cera y miel. Y, como no podía ser de otra forma, los conocimientos para domesticar los olivos silvestres, hacer que den abundantes y sabrosas aceitunas, y con ello obtener el nutritivo, saludable, perfumado y muy preciado “oro líquido”.

Olivo milenario conocido como Sinfo y localizado en Traiguera (Castollón). Fue elegido en 2020 como Mejor Olivo Monumental del Mediterráneo por la Red Euromediterránea de Ciudades del Olivo

Por Cerdeña, dada su posición de isla clave para el control comercial y militar en el Mediterráneo, han pasado innumerables pueblos, culturas y civilizaciones: fenicios, cartagineses, griegos, romanos, bizantinos, sarracenos, pisanos, genoveses, aragoneses, catalanes, españoles, franceses, piamonteses… Todos ellos, de una forma u otra, fomentaron el cultivo del olivo. Llama la atención las referencias históricas documentadas de las iniciativas puestas en marcha en diferentes épocas y gobernantes. Según las cuales, los campesinos sardos fueron animados a injertar los olivos silvestres que crecían en los bosques colindantes, con variedades de cultivo procedentes del centro y norte de Italia, y también de España. De ellas, podemos destacar la invitación que el Virrey de Cerdeña hizo en un “Pregón” de 1.436, dirigido a los vecinos de Villamassargia para injertar los olivos silvestres que crecían en el Valle del Cixerri. Una extensa llanura aluvial situada a los pies de un cono volcánico, en cuya cumbre se levantan las ruinas del castillo medieval de “Gioiosa Guardia”. El lugar destinado a injertar y plantar olivos comprendía desde Bega de S’Acqua hasta Santu Rumeu, con una extensión de unos 7 kilómetros.

A lo largo de la historia no han dejado de sucederse las reglamentaciones para proteger “S’Ortu Mannu”. Dándose la circunstancia de que cada olivo pertenece a un vecino. En la actualidad continúan esforzándose para cuidar y ofrecer al mundo este Monumento Natural. Y ahí estamos nosotros, estudiando, diagnosticando y planificando la conservación y salvaguardia de este patrimonio vivo, único e irremplazable. Su deseo es poder declararlos Patrimonio de la Humanidad.


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