Todo era lenguaje - EL ÁGORA DIARIO

Todo era lenguaje

El comunicador ambiental Antonio Sandoval Rey vuelve a El Ágora con una nueva entrega de su blog ‘En el fondo’. Esta vez para hablarnos del libro ‘El paseo bajo los árboles’ escrito por el francés Philippe Jacottet y de la novela ‘La montaña viva’ de Nan Shepherd


En el fondo, lo que nos conduce hasta una orilla a ver fluir una corriente, o ver llegar las olas, es nuestro deseo de aprender a mirar y escuchar mejor.

Hubo una vez, hace muchísimo tiempo, unas criaturas que vieron, comprendieron, sintieron o soñaron algo y tuvieron que contárselo a los suyos. Fue una necesidad irremediable. Quienes los escucharon sintieron una fascinación embriagadora por la magia que aquella combinación de sonidos provocaba en su imaginación. Ya no dejaron de producirla. Al comienzo de forma muy elemental, poco a poco de manera más y más elaborada, luego incluso mediante marcas en forma de códigos sobre superficies que se les antojaban imperecederas. Fueron así capaces de recrear otros lugares, otras emociones, otras ideas, otros mundos cada vez más complejos.

Hubo muchos diferentes, repartidos por todas las regiones físicas y mentales que habitaban. Surgieron terribles desavenencias. También prósperos acuerdos. Hallazgos asombrosos. Olvidos que no lo eran menos. Como consecuencia, cuanto les rodeaba, por todas partes, se fue convirtiendo en algo totalmente distinto. Tan distinto, que algunos de ellos, de nuevo de forma irremediable, necesitaron saber qué había sucedido. Qué sucedía.

A pesar de cuanto habían sido capaces de aprender entre todos gracias a aquella magia, no comprendían por qué no les servía para detener con suficiente urgencia algunos de aquellos cambios, sobre todo los más perniciosos para sus hogares, incluso para su supervivencia, según comenzaron a comprender con creciente temor. Acaso la respuesta, se dijeron, esté en otros lenguajes. Se dispusieron a buscarlos.

Dejaron de escucharse solo a sí mismos. De descifrar solo sus propios relatos, pensamientos y poemas. Comenzaron por averiguar que todas las demás criaturas, algunas asombrosamente diferentes a ellos, también hablaban, pensaban y sentían, y de maneras igual de diferentes. Y que cada una de aquellas otras conversaciones les concernía, porque era parte de un diálogo del que dependía cuanto estaba vivo. ¿Cuál era el asunto fundamental de que trataba aquel diálogo? Lo que fueron descubriendo para responder a esta pregunta les dejó tan fascinados como aquella primera vez, tanto tiempo atrás.

Philippe Jacottet

En El paseo bajo los árboles, el francés Philippe Jacottet apunta este párrafo del también poeta, en su caso irlandés, George William Russell: “El mundo visible acababa pareciendo un tapiz cuyo envés hubiera sido hinchado y agitado por el viento. Si ese tapiz se levantaba, aunque solo fuera por un instante, sabía que me encontraría en el paraíso; cada uno de los dibujos que lo cubrían parecía ser obra de los dioses; cada flor era una palabra, un pensamiento; La hierba, los árboles, las aguas, los vientos, todo era lenguaje”.

El paseo bajo de los árboles

Regresé a esas líneas mientras releía en castellano el capítulo dedicado al agua y sus formas de La montaña viva, de Nan Shepherd.

¿Leería Shepherd a Russell, quien por cierto solía firmar sus textos y lienzos con un lacónico “AE”? Es probable, pues este fue una figura clave en los ambientes literarios irlandeses de entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, y Shepherd (1893 – 1981), ávida lectora, tras graduarse de joven en la Universidad de Aberdeen fue profesora de literatura inglesa durante cuatro décadas, y una figura muy destacada en la renovación e impulso de la literatura escocesa. Ya solo los títulos de algunas de las obras de Russell (By Still Waters, Voices of the Stones…) parecen evocar algunos de los más deslumbrantes pasajes escritos por ella en La montaña viva.

Es este un libro que me hechizó desde mi primera lectura, en inglés, y de nuevo este año en su traducción al castellano, publicada hace unos meses por Errata Naturae en traducción de Silvia Moreno Parrado. Escrito en los años 40 del siglo pasado a partir de sus experiencias montañeras en las cumbres de los Cairngorms, y “amablemente rechazado” poco después por una editorial, se mantuvo oculto durante décadas en un cajón de su autora, hasta ver la luz en una edición breve de Aberdeen University Press en 1977. Desde entonces, no ha hecho más que crecer.

Estos días conversamos en torno a él en la tertulia de literatura y naturaleza que desde hace tres años mantenemos un grupo de amigas y amigos en la librería Moito Conto de A Coruña. Comentamos la modernidad y libertad de su autora para dialogar con los elementos de la naturaleza a través de una sensualidad poética entreverada por un profundo conocimiento de la ecología de ese medio. También su condición de pionera no ya como montañera (alcanzó seis de los picos más altos de su país siendo aún muy joven) y naturalista, sino sobre todo en la composición literaria de párrafos que son una sólida aleación de descripciones y sensaciones, filosofía trascendente, y una actitud nítidamente feminista. La montaña viva es una declaración de amor, también físico, al paisaje, las rocas, la vegetación (saxífragas, silenes, brezos, mirtos, enebros, abedules…), la fauna (águilas, ciervos, vencejos, liebres variables, chorlitos carambolos, perdices nivales) o el aire de las cimas de Escocia. Y a las formas del agua, claro: ríos, lagos, nieve, hielo, niebla… El capítulo titulado “Agua” es, de hecho, uno de los que más nos conmovió a algunos.

Léanlo. Reléanlo. Sin prisas. Como quien asciende cada cierto tiempo una misma montaña para aprender a mirar y escuchar, sin afán por alcanzar otra cumbre que esa.

Escribe Shepherd en el final de uno de los poemas de In The Cairngorms, libro que publicó en 1934: “…Agua viva, / Como una esencia pura del ser, / Invisible en sí misma, / Vista solo por su movimiento.”

La montaña viva

Y en La montaña viva, ante un lago de las alturas: “Y de nuevo paseé la vista por la superficie, despacio, de orilla a orilla, desde mis pies hasta el precipicio. No hay forma mejor de saborear la extensión de una superficie de agua”. Parece de repente que conversa con Michelle Petit, quien le responde desde Ler o mundo (Kalandraka, 2018; traducción de Fernando Moreiras): “Muchas veces he pensado que leemos en las orillas, en los márgenes de la vida, en los bordes del mundo”. Precisamente en el libro de Petit, una reivindicación hermosa y rebelde de la literatura, encuentro esta cita de Karen Blixen: “Sin historias, la especie humana perecería igual que perecería sin agua”.

¿Qué fue de aquellas criaturas que un día, hace muchísimo tiempo, descubrieron la magia de compartir historias, ideas y poemas? Igual que George William Russell, aprendieron primero a destapar el espeso tapiz de prejuicios que ocultaba la infinidad de lenguajes de otras criaturas. Igual que Nan Shepherd, comenzaron a continuación a conversar con aquellas voces, al principio a través de la propia, literatura adentro; luego, trascendiendo la palabra para incluir además al cuerpo: las sensaciones. Fue como quien entra en una corriente, o se deja mecer por las olas. Se les fue revelando así, de forma muy tímida al principio, una esencia de su ser “Invisible en sí misma, / Vista solo por su movimiento”, que les condujo a comprender cada vez mejor su sed de relatos.

 

Antonio Sandoval Rey es escritor, comunicador ambiental y ornitólogo



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