Turner: “Cómo luce semejante espectáculo” - La Mirada del Agua

Turner: “Cómo luce semejante espectáculo”

Por Fernando Fueyo y Bernabé Moya

El naturalista Bernabé Moya y el pintor Fernando Fueyo se sumergen en la obra de J. M. W. Turner, uno de los paisajistas más respetados de todos los tiempos, para explicarnos cómo las obras centradas en la naturaleza del autor inglés son capaces de combinar los pequeños matices con lo ilimitado y grandioso de nuestro entorno

“Si la totalidad de los colores se ofrece desde fuera al ojo como un objeto, ello le producirá placer, puesto que tendrá delante de sí, como un hecho real, la suma de su propia actividad.”

Johan Wolfgang Goethe (1749-1832)

“Éste es el objeto de la pintura”. Esta es la rotunda afirmación que el pintor paisajista inglés, Joseph Mallord William Turner, dejó anotada en el margen de la página de su ejemplar de la Teoría de los colores, obra escrita en 1810 por el poeta romántico alemán Johann Wolfgang Goethe, del que hemos extraído el epígrafe con que se encabeza el texto. El libro era un obsequio de su amigo, y también pintor, Charles Lock Eastlake, quien tras traducirlo del alemán al inglés por su cuenta le entregó una copia en 1843. Turner lo estudió con pasión, y lo homenajeó, valiéndose del contenido para nombrar y acompañar algunos de sus cuadros. Aunque nada parece indicar que fuera un discípulo de Goethe, ya que cuando la obra del poeta-científico llegó a sus manos, Turner había desarrollado la mayor parte de su extensísima obra pictórica. Los fenómenos de la luz y el color descritos, en especial los que se refieren al empleo de los colores y su significado, hacía tiempo que formaban parte de sus oleos y acuarelas.

La estimulante excitación a base de tramas de colores brillantes, que caracterizan la obra abstracta de Turner, suele atribuirse también a los extraordinarios fenómenos atmosféricos que se derivaron de un cataclismo acaecido en la otra parte del mundo: la explosión del volcán Tambora. Un estratovolcán ubicado al norte de la isla de Sumbawa, en Indonesia, cuya emisión de una gigantesca y densa nube de cenizas volcánicas, a principios del mes de abril de 1815 – apelada en los ambientes de la sismología y la vulcanología “la gran erupción”-, provocó anomalías climáticas globales de tal intensidad que dio lugar al fenómeno conocido como el “invierno volcánico”.

Tras la violenta explosión, el Tambora pasó de 4.300 metros de alto a tan solo 2.851, al tiempo que la columna de materiales piroclásticos proyectados a la atmósfera se elevó a 43 kilómetros, quedando en suspensión las partículas más finas y las cenizas. A consecuencia de ello, 1816 fue en el hemisferio norte un “año sin verano”, azotado por violentas tormentas y nubes arrebatadas que se acompañaron de un descenso térmico, siendo el responsable de generar un caos climático a escala planetaria, y una de las peores hambrunas del siglo XIX. En algunos momentos del año, los cielos adquirieron extrañas tonalidades a base de púrpuras y rosáceos en el cenit, que daban paso a atardeceres y crepúsculos dominados por gamas de naranjas y rojos muy encendidos.

El descanso de las miradas. Playón de Bayas (Asturias). Acuarela de Fernando Fueyo

Una convulsión cromática que al parecer no afectó a la obra del otro gran pintor paisajista inglés de la época, John Constable. Interesado en los efectos ambientales de la luz, e inclinado a la representación de un naturalismo más sombrío y melancólico cargado de sentimientos. Turner y Constable compartían el gusto de entrar en contacto directo con la naturaleza mediante paseos, viajes al campo y largas observaciones, además de pintar al aire libre.

La representación de una naturaleza desatada y la violencia de los elementos se convirtieron en motivo recurrente para pintores, escritores y músicos de la época. Se ha llegado incluso a firmar que la explosión del Tambora fue una de las razones que dio lugar al nacimiento del movimiento cultural y artístico del Romanticismo.  Aunque para entonces, Turner ya había recogido en sus pinturas algunos de los episodios más asombrosos, virulentos y dramáticos que la naturaleza puede ofrecer: tormentas, naufragios, incendios, catástrofes, avalanchas, torrentes desbocados, glaciares desplomándose, sin olvidar a las plagas y epidemias.

De los pinceles, plumas y lápices de Turner surgirá una nueva imagen de la naturaleza nunca antes concebida por un pintor. Al contemplar sus obras se tiene la impresión de ver por primera vez el mundo, la luz y el color. En palabras de uno de sus contemporáneos, y admirador, el crítico de arte y escritor británico John Ruskin: “Todo el efecto de la pintura descansa, en cuanto a la técnica, sobre nuestra capacidad de recuperar ese estado que pudiéramos llamar la “inocencia de los ojos”, ese modo de ver infantil que percibe las manchas coloreadas como tales, sin saber lo que significan”. Cuando el pintor reciba duras críticas a algunos de sus cuadros de la etapa abstracta, sostendrá: “No lo pinté para que fuera entendido, sino porque quería mostrar cómo luce semejante espectáculo”.

La obra de Turner no solo nos ofrece el carácter visible de la naturaleza, sino que apela a los ojos de un espectador activo que aporte su propia percepción visual. De niño había tomado la costumbre de vagar por el campo haciendo bocetos, al principio cerca de Oxford, Kent, Sussex… Más tarde, viajará por gran parte del continente europeo, de los países del Norte y Centro de Europa al Mediterráneo, sin olvidarse de los Alpes. Trabaja metódicamente, se prepara previamente los viajes, se documenta profusamente, estudia las descripciones que han llevado a cabo los viajeros ilustrados y anota los lugares que quiere dibujar: parques, casas de campo, iglesias, ruinas… y por supuesto árboles.

Para Turner, la pintura de paisaje ha de representar lo ilimitado y lo grandioso, pero también la naturaleza agreste y hostil. Son tiempos convulsos, las ideas revolucionarias, las guerras napoleónicas y el humo de la revolución industrial recorren Europa. La sociedad de la época desborda de miedo y admiración. A los ojos del pintor, el ideal romántico de lo “sublime”, lo bello, lo grandioso, se acompaña necesariamente de lo extremadamente dramático y trágico, contribuyendo a realzar el sentido de la obra. Y como no podía ser de otra forma, para su representación se requiere de una observación directa de los hechos.

El sueño de los árboles. Hayas de Irati (Navarra). Acuarela de Fernando Fueyo

Algunos de los privilegiados testigos que tuvieron la fortuna de coincidir en sus viajes, lo recordarán de forma indeleble. Como el periodista y escritor británico, Cyrus Redding, autor de la obra Una historia de naufragios y desastres en el mar,Una vez íbamos costeando hacia Brough o Bur Island en Bibury Bay… El mar tenía ese aspecto turbio y sucio que suele anunciar una tormenta… El artista disfrutaba de la escena. Estaba sentado en la popa y observaba concentradamente el mar, cuya agitación no le atemorizaba en absoluto”. Otra anécdota, más conocida, cuenta como el pintor a bordo de una diligencia que atravesaba una zona boscosa durante una impetuosa tormenta, sacaba insistentemente la cabeza por la ventanilla para dejarse deslumbrar por los fogonazos de los relámpagos, los pesados y oscuros nubarrones y la lluvia torrencial, tratando de captar la atmósfera del paisaje. Los acompañantes fortuitos de aquel viaje entre tormentos reconocerían tiempo después, en los lienzos que colgaban en las más prestigiosas galerías inglesas, aquellas aterradoras imágenes.

Obras como Glaciar y manantial del Arveron, subiendo al Mer de Glace, de 1803, y Caída de una avalancha en los Grisones, exhibido en 1810, nos presentan violentas tormentas, nubes desgarradoras, inesperados aludes, luz… y algunos árboles. En Glaciar del Arveron aparecen en primer plano un grupo de árboles desvencijados por una avalancha, a modo de mástiles abatidos tras el paso incontenible de una ola de rocas y hielo. El leve toque encendido de un violento naranja en lo alto del tronco del primero de los árboles -el latigazo de un rayo-, aporta una nota dramática y luminosa a la obra. A sus pies, un puñado de cabras pacen distraídamente junto a un manantial de montaña.

En el óleo dedicado a la avalancha de nieve en Grisones, nos ofrece el instante del rugido de la montaña con inmensos bloques de hielo, nieve y rocas arrasando todo a su paso. La mole de mayor tamaño porta en la grupa a un puñado de árboles, que hasta ese preciso momento han estado creciendo sobre ella seguros de su fortaleza, ahora la violenta realidad los lleva a desafiar al abismo mientras se llevan por delante una desvalida cabaña.

En las obras mencionadas está representado el movimiento, otra de sus obsesiones pictóricas. Las gamas de azules y grises causan sensación de vastedad en el paisaje; la espesura de una atmósfera húmeda y los velos de niebla, dejan espacio para el rayo de sol que penetra iluminando la escena… Aunque todo puede cambiar en cualquier momento: la bruma disiparse, las nubes proseguir su marcha y el sol brillar. Lo esencial está sugerido.

A Turner le gusta contemplar de forma detenida la naturaleza, el campo, las nubes, el paisaje, un árbol… en estado de aparente pasividad, para luego trazar con gran destreza y velocidad las primeras notas y bocetos. Ha capturado los matices, las sombras, la transparencia, los detalles. Refleja las tramas de color y de luz, y de esta forma aparece el blanco azulado del glaciar, el blanco amarillento de una lejana cumbre nevada, los reflejos plateados del río que discurre por el valle, las líneas de luz que estructuran el paisaje…

Para el pintor inglés, de humilde extracción, quien además no gozaba del don de la locuacidad, bosquejar era una forma muy eficaz de asimilar la experiencia vivida. Se ha llegado a firmar, que dibujaba con la misma facilidad con la que otros toman notas sobre la marcha. En sus estudios trata de representar el colorido de un grupo de árboles, no mediante la reproducción de los colores reales, sino derivando las verdaderas tonalidades y los efectos de la iluminación a partir de la mutua influencia de los colores fundamentales. Muestra el fenómeno natural en estado puro para conseguir que el espectador quede inmerso en el acontecimiento.

Turner
Una lágrima bajo el cielo. Isla de Deva (Asturias). Acuarela de Fernando Fueyo

Pero no todo es movimiento en su obra, los árboles en Turner también aparecen serenos, en especial en los temas dedicados al género histórico o mítico. En La bahía de Baia, con Apolo y la Sibila, de 1823, la escena queda enmarcada por dos grandes árboles, sutilmente entristecidos, a cuya sombra se cobijan los protagonistas. Apolo transforma en realidad el deseo de la Sibila de una larga vida, pero ella se olvida de pedirle la eterna juventud. En el óleo Cruzando el arroyo, exhibido en 1815, muestra a un perro situado en mitad del agua con dos mujeres solazándose en las orillas. Sitúa la escena en un paisaje boscoso que el pintor muestra apacible e interminable, aludiendo a la grandeza de la naturaleza. En la obra a lápiz, pluma, tinta parda y acuarela sobre papel avitelado blanco, Vista en el Avon Gorge, de 1791, aparece en primer plano un solitario y corpulento árbol en lo alto de un precipicio, desde donde preside la escena.

Lo hará de forma aún más patente, en 1796, en la obra titulada Un gran árbol, una acuarela y grafito sobre papel crema, presentándolo con tal grandiosidad, exactitud y minuciosidad como si se tratara de la más precisa descripción de un botánico. Tras su fallecimiento, y ya rico, deseó que su herencia se destinara en ayudar a lo que él llamaba “artistas desmoronados”.



Otras noticias destacadas